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Autor Missatge
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MissatgePublicat: Dl Gen 11, 2010 7:02 pm    Assumpte: Respondre citant

56.-Un hebreo importante: YAMÍN BENARROCH

Otros niños no tuvieron la suerte de vivir en una ciudad como la nuestra, que te permitía el contar entre tus amigos con personas de otras creencias religiosas, lo que te daba la posibilidad de crecer en esta cuestión tan compleja como es la fe con una visión más amplia, que podía generar hasta inconscientemente una mayor apertura de tu mente en este tema y que la naturalidad acompañara a todo este tipo de relaciones.

Ya reflejé en otros apartados ese afán nuestro de evangelizar con nuestros escasos años y cortas luces, a varios musulmanes; por supuesto, sin éxito alguno. Sin embargo, con los hebreos nunca lo intentamos, porque ellos tenían muy claras sus cosas y curiosamente, a pesar de ser niños, nosotros también.

Tuvimos muy buenos amigos hebreos, de los que hablaré a continuación; pero su comunidad, dentro de nuestra ciudad, fue de las más cerradas; sobre todo, en el aspecto de conservación con excesiva fidelidad sus costumbres y tradiciones y no me refiero a sus relaciones sociales, que generalmente fueron cordiales siempre con el resto de la población melillense; entre otras cosas, porque eran los que manejaban por aquellos años la mayoría del comercio de nuestra Melilla y vivían de ese público.

Uno de nuestros mejores amigos de la infancia fue Moisés, al que llamábamos para abreviar “Mosi” y que vivía en el último piso de nuestro portal. Con él compartíamos juegos y hasta meriendas. Posiblemente, bajaría más a nuestra casa, por estar en la planta baja, que nosotros subiríamos a la suya, ya que aquello de su cuarto piso, sin ascensor, y en inmuebles de techos tan altos, constituía una auténtica escalada; que dicho sea de paso, tampoco nos resultaba problemática, porque éramos chavales y nos sobraban energías para regalar.

La prueba más evidente de esto último era el hecho de que nos encantase subir hasta un poco más arriba, sin permiso de nuestros mayores ni de la portera, a la azotea para corretear en ella, molestando a los inquilinos de la última planta, en donde él vivía, y para divisar panorámicas extraordinarias del Parque Hernández, la calle General Mola, del barrio Obrero, de la Plaza de Toros y los bloques Orgaz, del campo de deportes de la Bandera de Marruecos, aguantándonos el vértigo de tanta altura al mirar para abajo; para saltar las pequeñas tapias que separaban las distintas azoteas y poder bajar, si encontrábamos las puertas abiertas de ellas, por otros portales y muy en especial por la del número ocho, donde vivían los Soler, Moncada, Isidorín, Esteban, Pedro y Jóver, pero por su trasera, que era el único bloque que tenía esta cualidad y por qué no señalarlo, para a hurtadillas, escondiéndonos en los lavaderos, fumar nuestros primeros cigarros o atrevernos con alguna que otra desaparecida cachimba, que de tanto chupar y chupar para encenderla, cosa que no sabíamos, terminábamos con una tranca de campeonato.



Con Mosi intercambiamos, llegadas nuestras fiestas principales, las de ambas religiones, productos característicos de ellas. Nosotros aportábamos las monas de Pascua o los polvorones y mazapanes de Navidad y él nos deleitaba con sus galletas aplastadas, ácimas porque no usaban levadura y también sin sal, grandes y con agujeritos, muy parecidas a las “regañás” nuestras.
Con este buen amigo me ocurrieron dos anécdotas, ya de mayor, bastante divertidas. Mosi, con toda su familia y para seguir con ese sino de su pueblo, un día hacen sus maletas y buscan otras tierras donde asentarse. Ellos no dirigen sus pasos al naciente Israel, como hace una gran parte de los judíos de nuestra ciudad, sino que emprenden su marcha hacia Francia, instalándose en París. Tendría más o menos unos catorce o quince años cuando se marcharon, pasan los años y dejamos de tener noticias de él.
Un atardecer, cercano ya a la noche, cuando las farolas de la calle están recién encendidas, cuando ya han pasado muchos años, una pareja se acerca a nuestro ventanal, que está abierto y con las persianas bajadas casi en su mitad, costumbre que teníamos cuando se aproximaba el buen tiempo y con el fin de gozar de la calle desde dentro y el varón pregunta si le conocemos. La cara de mi hermano es de perplejidad porque no reconoce a aquella persona. Sin embargo, yo, como si se hubiera producido una comunicación mental o porque aquel rostro a pesar del cambio sufrido por el paso del tiempo me resultara fácil de reconocer, con la mayor naturalidad del mundo, como si del día anterior de su marcha se tratara, le digo: “Tú eres Mosi”. Y la sorpresa se la lleva él y su acompañante, que era su esposa; ya que jugando con ventaja quiso sorprendernos y con mi rápida respuesta la impresión se la llevaron ellos.


Unos treinta años más tarde, donde los cambios se acentúan mucho más, lógicamente, en viaje a Málaga para recoger a uno de mis hijos y a dos sobrinos, hijos de mi hermano mellizo, que han pasado unos días en Melilla, decidimos acercarnos a La Carihuela a comer. Al terminar y deseando emprender la marcha hacia Sevilla, en la misma puerta del restaurante, una persona se levanta de una de las mesas del exterior y me detiene con su brazo en alto y me pregunta con descaro: ¿Tú eres Pepe o Clemente? Señal inequívoca de que nos conoce y bien a ambos, aunque no nos distingue por aquello de ser mellizos.

Mientras los demás siguen caminando hacia los coches por el paseo marítimo, aquel desconocido me interroga, dándome pistas al mismo tiempo de sus conocimientos hacia mi persona y me habla sin perder su sonrisa y con la complicidad de una señora que le acompaña y que permanece sentada en torno a la mesa donde han degustado las exquisiteces del lugar, de Melilla, del Parque Hernández, de la calle Teniente Coronel Seguí, cerrándome cada vez más el círculo, y continúa con la plazoleta, con el portal siete, con la planta baja... Y de pronto, otro fogonazo y me encuentro por segunda vez con Mosi. Con las lágrimas a punto de brotar en mis ojos le abrazo ante la mirada atónita de mis acompañantes, que esperan en la lejanía y que han visto como después de conversar con un extraño he terminado abrazándolo y besando a su mujer que le acompañaba. Hago gestos, especialmente a Clemente, para que se acerque y goce también del imprevisto encuentro. Residían en sus vacaciones en Benalmádena y aquel día fueron a comer como nosotros a La Carihuela. El destino nos había facilitado este nuevo encuentro y tan efímero como el anterior, pero curioso.

Otro hebreo que recuerdo de aquella época es a Benguigui. Jugábamos muchas veces juntos a baloncesto y voleibol en el campo de Bandera de Marruecos y formaba parte del equipo del Instituto de básquet. Su familia tenía una tienda de artículos de regalos y relojes y desde muy pequeño tomaba parte en el comercio. Por cuestiones deportivas nos desplazamos a la Península en varias ocasiones y recuerdo que cuando llegábamos al lugar de la competición, en el mismo albergue o residencia donde nos concentraban a los participantes, abría su personal “Mantelete” y continuaba con su negocio, que además era lo que llevaba en la sangre, obteniendo buenos beneficios a pesar de ser todavía un chaval. Convirtiéndonos incluso nosotros en estupendos colaboradores del mismo, buscándole clientes y pregonando las excelencias de sus artículos en calidad y baratura, a cambio de nada, y sólo por el hecho de ser nuestro amigo y compañero de viaje.

Muchos de aquellos hebreos, más compañeros de estudio que amigos, desaparecieron de nuestra ciudad cuando se marcharon en familia a repoblar Israel, a empezar una nueva vida llena de incertidumbres y esperanzas. Algunos, recién terminados sus estudios universitarios, emprendieron la aventura de establecerse en los quibús, sus comunas, porque en aquel país casi todo estaba por hacer. A los Chocrón, Belilty, Thruman, Benguigui, Benarroch, Salama, etc., se les presentó la oportunidad de dejar de ser, como pueblo, apátridas. Unos siguieron aquella especial llamada, dejando todo lo que tenían para comenzar vidas nuevas; en tanto que otros, habían encontrado su hogar en nuestra Melilla y en ella pasarían el resto de su existencia, sin renunciar a nada; ya que en Melilla tenían todo lo que necesitaban para llegado el tiempo de su último viaje alcanzar su paraíso.

Hebreas también eran dos hermanas que fueron mis profesoras en un verano aciago en el que tuve que prepararme mejor para superar los cates de junio, de las que guardo un gratísimo recuerdo y de las que curiosamente conservo en mi memoria perfectamente sus rostros, su afabilidad, su saber enseñar, despertando en tan poco tiempo en mí verdaderas inquietudes en torno al estudio y sin embargo, no sus nombres.

Existían diferentes hechos que demostraban la peculiaridad de esta comunidad en nuestra ciudad. Aunque era cierto y me reafirmo de que nuestra relación con los miembros de la misma era igual que si no lo hubieran sido, tampoco puedo negar la existencia de grupos que sólo buscaban relacionarse entre ellos y que hasta escogían para sus juegos lugares distintos, como la acera grande del Parque Hernández, desde su entrada principal, enfrente de la Agencia Minerva, hacia la Plaza de España, en la calle Teniente Coronel Seguí.

Otras de estas diferencias consistían en la no existencia de relaciones de noviazgo con miembros de otras religiones; así como el respeto a su sábado y a sus grandes fiestas, a esos días en que no podían ni encender las luces, ni cocinar, ni realizar ningún tipo de trabajo manual o aquellos otros en que sentaban en su mesa a algún pobre o desheredado, tarea que resultaría en ocasiones difícil de conseguir porque entre ellos no reinaba precisamente la pobreza.

Eran escrupulosos en el cumplimiento de su liturgia, celebrada en sus sinagogas y llamaba nuestra atención la vestimenta, siempre de negro, y el aspecto de sus rabinos. Y todo lo anterior con el soporte educativo de un colegio propio, situado en la calle General Mola, pasada la Cruz de los Caídos, en las cercanías de los lugares habituales de nuestros juegos y al que siempre lo vimos encerrado en el misterio, porque nunca llegamos a penetrar en él; ignorando si es que estaba prohibida la entrada a los cristianos o porque el edificio, sin ningún atractivo, no despertaba nuestro interés ni la más mínima curiosidad.

Aquel colegio hispano-israelí, que se llamaba “Talmud Torá”, sí que nos parecía algo siniestro, en el sentido de que no veíamos en él la algarabía y bullicio propios de todos los centros infantiles; aunque pudieran éstos existir en su patio interior en horas que no coincidían con las que nosotros nos encontrábamos en sus cercanía. Las entradas y salidas no eran tampoco masivas, a pesar de que la comunidad hebrea contaba con un importante número, que superaba con creces el millar de individuos. Además de que muchos de los chavales hebreos asistían a los distintos centros de la ciudad y especialmente a La Salle y al Instituto. Posiblemente fuera más un centro donde podían reunirse en horario extraescolar y dedicado a su formación espiritual y para el ocio, para mantener sus costumbres y tradiciones.

No llegué a conocer a un hebreo muy apreciado en la ciudad, posiblemente sí a sus descendientes, como lo fue el señor Yamín Benarroch, al que se debe la financiación de la sinagoga más importante de nuestra ciudad. Construida por el arquitecto municipal Enrique Nieto, con muestras evidentes del modernismo suyo y que prolifera en nuestra ciudad e inaugurada en 1924.

Sinagoga que sólo conocíamos en su fachada, así como algunos aspectos decorativos de su interior cuando sus balcones abiertos nos lo dejaban contemplar; pues nunca penetré en ella, pero contaban los que podían visitarla que gozaba de una excelente decoración interior y con enormes lámparas que lucían en sus altos techos y ricos mármoles.

Los que llegaron a conocer a este importante señor, a D. Yamín Benarroch, que da nombre a esta sinagoga melillense, que igualmente es conocida por el nombre de Luz Santa entre los israelitas de nuestra ciudad, hablan del extraordinario amor que siempre tuvo hacia sus semejantes, su altruismo y notable generosidad, de la protección y el favorecimiento de las actividades artísticas e intelectuales, sin olvidar las religiosas, de la Melilla de su tiempo.

Descendiente de Moisés Benarroch, que llegó a Melilla en 1875, siendo uno de sus hijos, el llamado Guerson, nacido en la ciudad marroquí de Tetuán, uno de los promotores del barrio de Reina Regente, barrio que surgió en nuestra ciudad gracias a la importante aportación de capital hebreo, por lo que con cierta ironía se le llamaba el barrio de Sión.

Fue un auténtico filántropo y mecenas, gozando con la estima de sus contemporáneos.

57.- Un juego: A LA UNA LA MULA

Muchos juegos de pídola teníamos los chicos de antaño; actividad lúdica que parece haber desaparecido en la actualidad, donde los niños están más atados a deportes más organizados o al sedentarismo de las maquinitas y de los juegos incorporados a los móviles.

El saltar uno sobre otros que permanecían agachados era un ejercicio continuo y que formaba parte de numerosísimos juegos.

Empezando por el “Periquillo correcalles”, que consistía en hacer una larga cadena, que podían formarla todos los niños que quisieran participar en el juego y que no tenía fin, o mejor escrito, que se acababa cuando se rompía. El que se quedaba, vocablo muy utilizado en muchos de ellos, tenía que agacharse el primero y sobre él saltaban todos los demás, con la única condición de cada saltador tenía que agacharse a unos dos o tres metros de su salto y sobre sus espaldas se realizaba el salto de todos los otros. Y cuando todos los jugadores habían saltado sobre el de la queda, éste se levantaba y comenzaba su rutina de saltos sobre los que ya los habían hecho y así no se interrumpía la cadena.

Teníamos tan trillado este juego que alcanzábamos velocidades tremendas, con lo que se corría el riesgo cuando el número de participantes era numeroso, de a alguno faltarle las fuerzas de tanto salto seguido y terminar por atropellar a otros de los compañeros o terminar sobre sus lomos, derrumbándolo y acompañándolo en la caída al suelo, con lo que tenías que quedarte de potro para el próximo juego, que se reiniciaba después de un corto descanso.

Le seguía el que conocíamos como “El salto de la papa”. Para este juego se formaban dos equipos por el sistema de echar pie, que consistía en que los dos capitanes, erigidos en tales por propia iniciativa o en calidad de su liderazgo natural u oportunismo de cada momento, se enfrentaban e iban avanzando después de retirarse, colocando al dar sus pasos tocando el talón de cada pie con la punta del otro, hasta que no hubiera espacio para que cupiese completo el pie y entonces el jugador que se encontraba con esta situación, pisaba al otro e introducía el pie de forma lateral, diciendo aquello de: Pisa y cabe o pisa y no cabe en el caso contrario, en el del perdedor.

Así, el que ganaba tenía el privilegio de comenzar a elegir, que para este juego era vital que fueran los más fuertes, no sólo en apariencia, y los más pesados y ya paso a explicar el porqué de estas recomendaciones.

Un equipo se agachaba, introduciendo cada cual su cabeza entre las piernas del de delante y agarrándose fuertemente a ellas, como en las “touches” del rugby, y todos los componentes del otro equipo tenían que saltar sobre ellos tratando de derrumbarlos. El equipo que enseñaba sus espaldas formaba como un fornido gusano y uno de sus componentes, que hacía de madre se colocaba de cara a los agachados, de pie y pegado a la pared, con el fin de amortiguar algo los golpes, ayudar a que no se cayeran y evitar que el primero de estos con el empuje de los saltos se diera contra aquella.

Luego venía el desarrollo del juego. Todos los saltadores, en orden iban montándose sobre las espaldas de los otros y allí comenzaban las trastadas. Los primeros hacían saltos largos para que cupiesen todos; dándose a veces la circunstancias de que algunos de ellos en su ímpetu exagerado o porque tenían cualidades para ello, ya que eran unos verdaderos saltarines, caían sobre las espaldas de sus mismos compañeros, con lo que el de abajo tenía que soportar el peso de ambos, teniendo que hacer verdaderos esfuerzos por no caerse. Si ocurría esto, es decir, que el equipo se derrumbaba, tenía que volver a ocupar el mismo sitio; por el contrario, si conseguían resistir a la montura de todos sus adversarios durante un tiempo señalado al principio del juego se cambiaban los papeles. Cuando jugábamos los pequeños no había riesgo alguno; pero cuando lo hacían los mayorcitos era algo complicado y raramente no terminaban en discusiones bastante agrias.

Otro, cuyo nombre no recuerdo, servía para ver lo lanzado que era cada saltador, así como la agilidad que se poseía para los diferentes saltos. Como en todos los de este tipo, el que se quedaba hacía de mulo y en esta ocasión tenía que resguardar su cabeza entre sus brazos y manos y estar firme en los pies, para evitar alguna patada de los saltadores y el no caerse con el empuje de los mismos, ya que había algunos que volaban.

En este juego el que iba el primero era el que marcaba el tipo de salto y los demás tenían que igualarlo o superarlo, ocupando este lugar privilegiado el que lo conseguía; en tanto que aquellos que no llegaban a emularlo quedaban eliminados. Las ayudas para ejecutar los saltos eran las medias y las enteras, que consistían en apoyar un pie o los dos, respectivamente, antes de saltar.

Como la distancia del que hacía de mulo se iba alejando de la raya de salto, se podían utilizar medias, enteras o ambas, en el número que se quería, pero cuantas menos mejor. Los primeros saltos se hacían sin ayudas y conforme se alejaba el agachado resultaban más difíciles y eran ya muchos los chicos que eran eliminados.

No faltaban en este juego los que movidos por un exceso de amor propio arriesgaban demasiado y terminaban por quedarse cortos, por arrollar al mulo o darse un batacazo impresionante al no poder superar a éste y encontrarse en la caída, algunas espectaculares, sobre el duro y áspero suelo.

Menos mal que algunos parecían de goma y que por aquellos años creíamos en la existencia del ángel de la guarda.

Sin embargo, existía uno de estos entretenimientos que nos atraía más a todos y no precisamente por su riesgo, ya que el mismo no encerraba ninguno. Quizás fuera por aquella retahíla divertida que acompañaba a cada uno de los diez saltos diferentes y que todos conocíamos como el de “A la una la mula”.

Curiosamente, estos juegos variaban en frases o palabras, incluso en el ritual que acompañaban a cada una de los saltos, porque su transmisión era oral, como las primeras obras de nuestra lírica tradicional y cualquier chaval era bueno, por creatividad o por falta de memoria, que no se iba a quedar sin jugar por causa del olvido, para suprimir lo que no le agradase u olvidado o recrear algo que seguro ya nunca se le volvería a olvidar, por ser su autor.


El primer salto que acompañaba al nombre del juego no tenía importancia y se convertía por ello en algo rutinario. Era el de "¡A la una, la mula!".

El segundo, que correspondía al dicho de: “¡A las dos, la coz!” y como su nombre indica, te obligaba en el salto a dar una patadita en el trasero del que hacía de mula. Si fallabas en el intento ocupabas su puesto y se empezaba de nuevo. También es justo indicar que algunos se pasaban y en lugar de una patadita, ya que se lo tomaban muy al pie de la letra, propinaban una auténtica coz, la cual tenía como consecuencia que el sufridor la aguantara estoicamente, pero te la guardaba para llegada la primera oportunidad devolvértela y con creces.

“A las tres, el perrito de San Andrés” y al saltar se le ladraba con mofa a la mula.

Le seguía “A las cuatro, brinco y salto”, que te obligaba antes de ejecutar el salto a dar otro brinco delante.

La originalidad en el ejercicio venía con el siguiente, en el que cada saltador lo ejecutaba como quería y que respondía a: “¡A las cinco, mi mejor brinco!” y el concepto de lo mejor siempre era diferente para cada uno.

“A las seis, haced lo que queráis” era el siguiente, en donde la imaginación te llevaba a hacer diabluras, desde tirarle de las orejas a la mula hasta subirte en ella, desde empujarle con las manos a darle un culazo, desde acostarte encima hasta hacerle cosquillas... Eso sí, cada cual tenía que hacer algo diferente y llamativo y no faltaban nunca las risas.

Otro golpe, éste con la mano abierta, simultaneaba el salto con el dicho de “¡A las siete, el cachete!”, que igualmente se daba de refilón en la cabeza o con más fuerza en todo el paquete glúteo.

En el siguiente, que era el de “A las ocho, me planto en mi borriquito mocho”, te estaba permitido montarte en la mula y hasta animarla con el correspondiente grito de ¡Arre!, a que caminara. Cuando el que se subía era delgado no había inconveniente hasta de darle un corto paseíllo; el problema venía para el sacrificado animal cuando tenía que soportar al pasadito de kilos, que nunca faltaba en ninguna reunión o al patilargo, que recogiendo sus piernas para no tocar el suelo aún te molestaba más.

Continuaba la retahíla con “A las nueve, empina la bota y bebe”, en el que cada jugador, antes de saltar, apoyaba el codo en la espalda del agachado, doblaba el brazo y simulaba con la mano el beber de la bota. Algunos aquí también se pasaban y golpeaban con el codo en la espalda, como el de “¡A las siete, el cachete!”, que igualmente se daba de refilón en la cabeza o con más fuerza en todo el paquete glúteo, volviendo a enfadar al que se quedaba.

Y terminaba el juego con “A las diez, como estaba borracho saltaba al revés” y tenía pacientemente la mula que aguantar como cada uno le diera la vuelta antes de emprender su último salto.

Por si alguien no se enteró de que iba esta historia le copio la retahíla, que era así más o menos:

A la una, la mula.
A las dos, la coz.
A las tres, el perrito de San Andrés.
A las cuatro, brinco y salto.
A las cinco, mi mejor brinco.
A las seis, haced lo que queráis.
A las siete, el cachete.
A las ocho, me planto en mi borriquito mocho.
A las nueve, empina la bota y bebe,
Y a las diez, como estaba borracho saltaba al revés.

Terminada la ronda, si queríamos continuar el juego, se sorteaba de nuevo para ver quién se quedaba y siempre, cosa lógica, el más empeñado en que se volviera a empezar era el que había ejercido de cuadrúpedo, por si tenía la posibilidad de devolver algunos regalitos a aquellos que se habían sobrepasado con él anteriormente y que conste, que no se trataba de una vulgar revancha, sino de un ejercicio de goce al tener buena memoria.


58.- Un hindú: LACHANDANI

La cuarta comunidad de fe en nuestra ciudad en razón del número de sus miembros y la última en incorporarse es la hindú, que aunque llegaron sus primeros individuos a Melilla allá por finales del siglo XIX, no experimenta un aumento algo considerable hasta mediados del XX, con motivo de la independencia y separación de la India y Pakistán.

Tendríamos aproximadamente unos diez años cuando vimos en persona por primera vez a estos hindúes. Como no era habitual su presencia, de verdad que nos llamó la atención; especialmente por el colorido de la vestimenta del género femenino, llena de gasas que envolvían túnicas coloristas que cubrían todo su cuerpo y gran parte de su cabeza; destacando el característico color de su piel, con esos toques rojos en sus frentes y en general una belleza diferente en sus rostros.

Según nos informaban procedían de la región de Synderabad, zona próxima a Karachi, la capital de Pakistán.

Cuando tenías que hacer algún ejercicio de Geografía y acudías al correspondiente Atlas, si sentías curiosidad y te detenías en aquellos mapas del mundo entero, podías observar lo lejos que estaba la India y nos preguntábamos cómo acudían a nuestra ciudad desde lugares tan remotos y para la mayoría desconocidos.

Era una prueba palpable de lo aventurero que es el hombre; así como de la necesidad de búsqueda de nuevas perspectivas de vida por parte de grupos humanos cuando la población es inmensa y los recursos insuficientes. Esto sí que lo sabíamos, gracias a las enseñanzas de don José Boluda, que aquella zona del mundo era de las más poblada y también por aquellas campañas que organizaba la Iglesia, especialmente las del Domund, en las que recogían sellos y dinero para el África negra, que casi toda era así por el color y por su pobreza, y para la India, donde existían muchísimos habitantes y más miserias.

Su religión era el brahmanismo, que además de sistema religioso era sistema social, politeísta y contaba como dios supremo a Brama, considerado como el dios creador. Estaban acostumbrados a convivir con otras creencias, especialmente con la musulmana, ya que en su lugar de procedencia la mayoría de la población tenía esta religión. Encontrándose además en Melilla con una ciudadanía tolerante al máximo y en donde convivían, a partir de su llegada, cuatro culturas en perfecta armonía. De ahí, que nosotros desde niños, crecimos en este ambiente multicultural y racial, que era como una vacuna contra la xenofobia.

La mayor parte de los componentes de esta comunidad se dedicaron al comercio, manteniendo en nuestra ciudad una quincena de establecimientos que ocupaban a unos centenares de hindúes. Llegando a ser un personaje importante en Melilla, por ser una especie de patriarca comercial el hindú Lachandani, que probablemente se dedicaría a la distribución comercial de los artículos expuestos en los establecimientos regidos por ellos y que se convirtió en una firma destacada en el comercio local.

Filántropo y mecenas como aquel Benarroch lo era en la comunidad hebrea, hay un momento en la vida de Melilla, donde su persona, en razón del poder económico de su actividad comercial y propio, ejerce una gran influencia; apareciendo su nombre relacionado con actividades que nada tienen que ver con el comercio propiamente dicho, en razón del apoyo desinteresado que presta a las mismas. Llegando a convertirse en una persona apreciada y querida en nuestra ciudad y plenamente integrada en ella

Curiosidad de esta comunidad es su día religioso semanal, que es el lunes y que cierra el ciclo de días festivos de las cuatro religiones, comenzando con el viernes para los musulmanes, seguido por el sábado para los hebreos, el día del Señor para los cristianos el domingo y el lunes para los mencionados hindúes y que junto a los de luna llena, evitaban comer carne, pescado y huevos, acudiendo entonces a una dieta vegetariana.

Aquello de las películas que reflejaban el ambiente de la India, en donde el animal sagrado era la vaca, que marcha a su gusto por cualquier lugar, sea campo o ciudad, sin que nadie la moleste, también es una realidad para ellos y creen en este animal, considerándolo como la Madre, portadora de vida, de que los campesinos siempre la utilizaron para arar sus campos de donde brota la mayoría de los alimentos que sustentan al pueblo. Respeto que se convirtió en devoción y precepto religioso; así como en necesidad de alimentarlas, de velar para que no les pasara nunca nada, dejándolas vivir sin molestarlas y la aparición de la prohibición de comer productos derivados de ella, como les ocurría a los musulmanes con el cerdo, aunque por razones bien distintas.

Salvo raras excepciones, que las hubo, las bodas fueron celebradas entre ellos y en los bautizos y funerales siguieron los rituales de su religión, el brahmanismo, a pesar de encontrarse tan alejados de su tierra. Todas sus fiestas, relacionadas con el calendario solar y sus celebraciones religiosas tenían lugar en el Templo que existía en la calle Castelar. Destacando entre ellas el Diwali, la más importante, el Gampeati y el Holim, que me hubiera encantado conocer en qué consistían, al igual que el origen de las mismas, ya que siempre para nosotros aquellas tierras y por causa de las películas que vimos o de los relatos recogidos en los libros que llegaron a nuestras manos, estuvieron siempre envueltas en el misterio.

Sabíamos que no enterraban a sus muertos, que allí eran arrojadas las cenizas de ellos, después de quemar sus cuerpos, a los ríos o mares para que fueran llevadas a su río sagrado, el Ganges, el de los bautismos multitudinarios y de los lavatorios purificadores. Lo que ignorábamos es si en Melilla los incineraban por aquellos años de nuestra niñez y el aumento de la llegada de éstos y que la verdad sea dicha, nunca llegaron a conformar un grupos excesivamente numeroso.

En la actualidad creo que sí lo hacen y son arrojadas las cenizas al mar por los numerosos cortados que
bordean la parte alta de la ciudad, para que sigan su curso hacia el mencionado Ganges, ya que Brama, su poderoso dios, propiciará los vientos y las corrientes marítimas para que lleguen felizmente a su destino.

Otra curiosidad de esta comunidad es su idioma, que por proceder de la región de Synderabad es el Syndi, que es uno de los dialectos que conocen entre los casi trescientos veinte idiomas que reconoce la Constitución India.

Pronto aprenderían el nuestro, porque la necesidad obliga y máxime cuando tenían que relacionarse con la población melillense en el ejercicio de su actividad y puede decirse que la relación de los miembros de esta comunidad con el resto de los habitantes de Melilla fue siempre correcta y sin problemas.

Yo no recuerdo por aquellos años de mi juventud e infancia haber tenido amigos hindúes, seguramente porque se asentaron en barrios lejanos al nuestro o no coincidimos en los centros de estudios a los que asistíamos nosotros; pero sí sabíamos de su existencia, de la belleza de sus mujeres, de la expresividad de los ojos de los varones que reflejaban el contraste agridulce de la alegría y tristeza en su mirada, del colosal colorido de sus vestiduras y de la habilidad para regir un tipo de comercio que había estado principalmente y casi con exclusividad en manos de los hebreos.

59.- Una excursión: A CALATRIFA

¿Qué niño no disfrutó con las excursiones?

Yo no fui una excepción y guardo excelentes recuerdos de ellas, no sólo porque suponía no tener clase ese día, sino por el aliciente que contaba en sí el hecho de salir de tu entorno más inmediato y conocer otros lugares que generalmente encerraban algún encanto; ya que nunca se escogía un emplazamiento donde no existiera nada que pudiera tener atractivo para el visitante; aunque sólo se tratara de una explanada para poder correr y dar patadas a la pelota o una arboleda que te sirviera de refugio contra el calor y te permitiera jugar al escondite.

Pero es que además, las excursiones contaban con los atractivos inherentes a ellas mismas, tales como saber en el tiempo en que las ibas a realizar, el acercamiento en el transcurrir de los días a la fecha señalada, los preparativos de las vísperas, el insomnio de esa noche por culpa del nerviosismo y el romper con la rutina de lo cotidiano. El mismo meter en la mochila, talega o cartera la habitual tortilla de patatas o los filetes empanados, algo de fruta y llenar la cantimplora de agua para el trayecto era demasiado goce para el improvisado viajero que iba a emprender su gira en unión de otros compañeros y amigos.

Dentro de este apartado, estaban las autorizadas por nuestros mayores y organizadas también por adultos y destinadas a colectivos, asociaciones o grupos de escolares y las que no contaban con el beneplácito de aquellos y que podíamos dar la categoría de “escapadas”, que no faltaron en nuestras vidas y que originaron broncas y castigos cuando llegaron a conocimiento de los mismos.

Y de entre estas últimas caben destacar las que hacíamos con bastante frecuencia a nuestro río de Oro en busca de cañas para hacer canutos o de ejemplares de sapos y ranas, sin olvidarnos de sus crías, aquellos renacuajos a los que llamábamos cabezones porque sólo contaban con cabeza y cola todavía.

Después de atravesar toda la calle General Mola llegábamos al puente grande del Tesorillo, donde se encontraba en su margen derecha, sin tener que atravesarlo, un depósito de agua que servía para llenar los camiones regaderas de la ciudad, así como para lavar otros vehículos de los distintos servicios municipales.

Como nuestro río se caracterizaba por la existencia casi la mayor parte del año de un escasísimo caudal o por un correr raquítico del agua procedente de las diferentes elevaciones del Gurugú, su tránsito por el lecho de su curso era fácil y sin riesgo alguno; eso sí, menos cuando se ponía furioso por causa de algún tormentón que viniera acompañado de lluvias torrenciales y que lo hacía impresionante; viéndolo entonces desde lo alto de aquel mismo puente, arrastrando en su correntía troncos de árboles y animales hinchados y con ese color marrón por la erosión de la tierra convertida en barro que arrancaba con su tremenda fuerza para depositarla en la playa de San Lorenzo. Lógicamente nuestras giras a dicho lugar se llevaban a cabo cuando el río dormía en su letargo habitual.

También las que hacíamos al chalet del compañero del Instituto Vandelvalle, con el fin de pasar la tarde jugando con él y que se encontraba una vez subida la cuesta de la Normal, la de los depósitos de la Shell, y en lugar de coger la curva de la izquierda que conducía a los cuarteles, hacerlo a la derecha y descender, por donde creo que se encuentra en la actualidad el nuevo colegio de El Buen Consejo y por donde la familia León tenía también el suyo, camino de Farhana. Su padre era un afamado abogado de la ciudad del que nos decían que era tan bueno que lo mismo podía ponerse en defensa del acusado que del acusador, del que lo solicitase y pagase su correspondiente minuta, y que siempre ganaba los juicios; cuestión que nosotros con nuestros pocos años no llegábamos a entender, pues creíamos en nuestra inocencia que el culpable, equivalente al malo, siempre era el culpable, cualquiera que fuera el que lo defendiera y que los abogados sólo existían para defender a los inocentes.

Siguiendo ese mismo camino y ya de manera más organizada, para pasar todo el día, tomábamos parte en las marchas con acampada incluida, que nos llevaban a la mencionada Farhana, en donde se encuentra el actual puesto fronterizo de igual nombre y al que también se podía arribar siguiendo el curso del río de Oro; con lo que estas excursiones tenían el doble atractivo de poder hacer la ida por un camino y la vuelta por la otra ruta, siempre que el río te lo permitiera. Allí, en una de sus explanadas, que todas nos parecían enormes o bajo la sombra de sus eucaliptos, degustábamos con verdadero apetito por la gran caminata la comida que llevábamos de casa o la típica y socorrida paella cuartelera si era organizada la gira por las Falanges Juveniles y se desplazaba con nosotros también el cocinero, que en muchas ocasiones era el mismísimo Hade, personaje del que hablaré en otro de los apartados.

Ya siendo algo mayorcitos y por iniciativa propia de un grupo de amigos, organizamos algunas a ese mismo lugar; hasta que dejamos de hacerlo por encontrarnos con algunos riesgos, ya que empezamos a ser vistos como extraños por aquellos lugares y de parte de sus habituales moradores, de los que teniendo iguales edades que las nuestras vivían en aquellas casas que surgieron en los alrededores del mismo puesto fronterizo y que dieron origen a discusiones y a intercambios de más que palabras, porque piedras había muchas en el camino y a tener que escapar en desbandada, concluyendo éstas con la lengua fuera de tanto correr o con el cuello dolorido de tanto mirar hacia atrás, por si aún nos perseguían; de tal manera que hasta que no llegábamos a lo que nosotros entendíamos como la civilización no nos quedábamos tranquilos.

Otras escapadas eran las que hacíamos a otro chalet y en el sentido contrario de la ciudad, cogiendo la carretera que iba a Nador y que creo que era de los Parres, que contaba con el aliciente de tener una zona con césped donde poder jugar a revolcarnos y unas palmeras ricas en dátiles que hacían nuestra delicia, porque nos recordaba a la del Parque Hernández; aunque allí no necesitábamos lanzarles piedras, ya que eran más bajas y además porque los propietarios tenían un palo largo que usaban para golpear los racimos y caían sin gran esfuerzo. Eran estas de las que considerábamos como escapadas y que generalmente nos llevaban toda la tarde, portábamos la merienda y la hacíamos en grupo y a pie, no utilizando la COA, pues se encontraba en las cercanías de la Hípica, que no era tan lejos.

Una excursión llena de atractivos y que nosotros sólo hicimos en una ocasión fue la de la subida a nuestro Gurugú. Menuda paliza, vaya caminata; verdadera fortuna que la bajada correspondiera al regreso.

Salvo los momentos del comer y contemplar con los ojos muy abiertos nuestra ciudad desde la altura y la lejanía, fue una larga jornada de subir y bajar, desplazándonos por caminos terrizos, sin asfaltar e irregulares, a veces a campo traviesa, cosa que a nosotros no nos importaba en absoluto, pues éramos como cabras buscando siempre los lugares más intrincados a pesar de las advertencias de los profesores o mayores que nos acompañaban. Con aquella parada obligada en los manantiales de Yasinem, para rellenar las cantimploras y disfrutar con agua tan deliciosa; aunque nos dijeran los anteriores que el agua no tenía ni olor ni sabor. Al volver a casa sólo teníamos ganas de acostarnos y de dormir como lirones. Nos daban un vaso de leche bien calentita y a buscar los sueños, que acudían inmediatamente.

Escapadas al Pueblo tampoco faltaron, en busca de rincones por descubrir, jugando a escondernos en sus múltiples recovecos, para asomarnos al gran mar y ver su inmensidad salpicada de menuditos e insignificantes barcos; fijando nuestros ojos en los atardeceres, porque de noche ya estábamos de vuelta en casa y no nos agradaban las oscuridades del lugar, en aquella enorme bombilla que era la luz del faro, en la pequeña iglesia, siempre soportando como fiel vigía las erosiones de las inclemencias del tiempo, que servía de morada a los mendicantes capuchinos o franciscanos, que no entendíamos mucho de órdenes y hábitos por aquellos años, en la cuesta que conducía al templo en donde la soldadesca bebía el vino al porrón y comía la tortilla de patatas en Casa del Manco, en la Puerta de Santiago, que era como las de las películas de la Edad Media o en los atrevidos muchachotes que se arrojaban al mar desde las rocas próximas al Foso de Hornabeque o desde la Cabeza del León.

Así como las giras al otro Faro, el del espigón del puerto, para contemplar a los pacientes pescadores como lanzaban el hilo de sus cañas y anzuelos o para capturar cangrejos entre los bloques, para darnos cuenta de lo lejos que estaba el Gurugú y para sentirte atraído y aspirar y sentir el olor a mar. Ese mar que te llama, que te reclama cuando llevas mucho tiempo en el interior de la Península sin tenerlo presente y del que sientes añoranza en la lejanía.

Ya siendo estudiante de Magisterio nos dio por hacer algunas excursiones a uno de los rincones más bellos de las cercanías de nuestra ciudad y en terreno marroquí, que había sido también frecuentemente visitado por nuestros mayores; me refiero al lugar conocido como Calatrifa.

Desde el barco que hace la ruta Málaga-Melilla se puede contemplar antes de llegar a nuestra ciudad y nada más doblar el Cabo Tres Forcas la belleza de un paisaje abrupto y salvaje, con cortados que caen sobre el mar, cuyas olas baten contra ellos salpicando de blanco el panorama en su base y con pequeñas y encantadoras calas de arenas doradas y aguas limpias y transparentes.

Una de estas es Calatrifa. No sé si los accesos a la misma en la actualidad han mejorado y facilitan la llegada a tan bello rincón; lo que sí recuerdo es que en aquel tiempo tenían un cierto riesgo, ya que los estrechos senderos eran fruto del ir y venir de la gente y no existían caminos especialmente preparados por el hombre para tal fin. Existían algunos tramos de una anchura cercana al metro o menos, que más parecían caminos de cabras, y otros en que casi exagerando un poco te veías obligado a hacer montañismo, moviéndote entre rocas o te veías obligado a bordear éstas, que en la bajamar sólo te obligaba a mojarte los tobillos, pero que en la pleamar te exigía cruzarla a nado.

Sin embargo, tanto esfuerzo valía la pena por la belleza natural y tranquilidad del lugar. Te encontrabas con una pequeña playa de arenas finas y limpísimas y a sus espaldas el cortado, con aguas absolutamente transparentes donde al bañarte veías con total nitidez el fondo marino, con peces pequeños en tus mismas cercanías, con cangrejos diminutos que huían porque alterábamos su tranquilo habitat sin miramiento, con un revolotear de diferentes especies de aves; acompañado del silencio que sólo era roto por el canto de éstas, por el continuo batir de las aguas y por nuestras voces. Refugio verdadero remanso de paz que nosotros en aquellas jornadas profanábamos.

De verdad que nunca olvidaré aquellas excursiones en las que nos encontrábamos con la naturaleza en su auténtica realidad, sin que ese enorme depredador que es el hombre, aún hubiera puesto sus manos encima para modificarla sin ninguna justificación.


60.- Una modista: PEPITA FERNÁNDEZ, MI MADRE

Tarea bastante difícil la de hablar uno de su madre sin caer en la tentación de ponerla por las nubes; principalmente, porque este pobre mortal le debe algo tan importante como es la propia vida.

Mujer bragada como la que más, pues jamás se hundió ante las numerosas adversidades que jalonaron su larga vida. ¡Qué verdad esa que señala que cuando en una casa falta el hombre, la mujer coge el timón y sale a flote; en tanto que, cuando es ella la que falta, el varón lo tiene muy difícil y se convierte en un barco que potencialmente y salvo raras y contadas excepciones tiende a irse a pique!

Mi madre enviuda cuando nosotros, los mellis, tenemos sólo dos añitos y en época en que eso de la Seguridad Social era una utopía. Por mi padre, trabajador de la Tabacalera, que fallece en plena juventud, no recibe ninguna paga, tan sólo la promesa de que cuando alguno de sus hijos alcanzara la mayoría de edad para trabajar, se estudiaría la posibilidad de que entrase en la empresa; cuestión que sólo quedó en promesa y en buenas intenciones cuando mi madre lloraba tan notable ausencia.

Aquella mujer de San Pedro del Pinatar, murciana de origen, que se traslada en unión de su familia a nuestra Melilla siendo una jovencita, porque sus progenitores son hombres de mar y parece ser que en nuestra ciudad pueden forjarse un futuro mejor, aprende a coser y es lo que hará toda su vida, hasta que las fuerzas y la dichosa vista le faltan; las primeras por todos esos años de lucha y sufrimientos y la segunda, por esa dichosa diabetes que la acompañó como su sombra durante casi toda la vida, a la que también ella le presentó siempre batalla, llevándola con resignación y perfecto control, pero que termina por arrebatarle un sentido que fue fundamental para ella, el de ver y de qué manera.

Concentra todos sus esfuerzos en la costura y porque tenía un don especial para ella, como si hubiera nacido para la moda con una gran dosis de intuición y creatividad, que nunca faltó en algunos miembros de nuestra familia, como si esto lo llevaran en los genes, se hace con un modesto nombre en nuestra ciudad.

Pepita, con sus treinta y pico de años aproximadamente, mujer todavía joven, con un tesón envidiable porque tiene que sacar adelante a sus cinco criaturas, sin ayuda económica de nadie y porque también le gusta lo que está haciendo, se toma en serio lo del taller de costura y tira para adelante sin complejos y con la seguridad de que aquello le va a funcionar. Tiene además la fortuna, dentro de la desgracia de perder a su ser más querido, de formar un tándem con otra viuda en soledad, esposa de uno de sus hermanos, mi tía Carmen, en el que mientras una labora con el fin de obtener los ingresos suficientes para vivir con dignidad, la otra se ocupa de la faena doméstica completa de la casa.

Pepita es buena en su trabajo, lo que viene a ser avalado por el continuo aumento de su clientela; hasta tal punto de que hay que solicitar sus servicios con bastante tiempo de antelación, que hay que ser previsora con ella.

Es además seria y muy exigente en el mismo, amante de las cosas bien hechas.

Ella toma medidas, corta en la gran mesa cuadrada del comedor y monta en aquellos maniquíes que nunca faltaron en mi casa, como testigos mudos de todos sus trajes, faldas, blusas, vestidos y abrigos.

Las oficialas y aprendizas, en buen número, laboran en el cuarto de al lado, donde se encuentran las dos o tres máquinas de coser de las marcas Singer o Alfa. Sabe escuchar y atiende las indicaciones de sus clientas; pero sin privarse de aconsejar a éstas lo que le va mejor a su cuerpo, a su hechura, en razón del tejido escogido y a la moda que se refleja en las revistas de moda de cada época, que también abundaban en nuestra casa, como el Marie Claire, el Hogar y la Moda o el Burda, por poner algunos ejemplos.

Sin apenas saber escribir bien, en pequeños cuadernitos anota las medidas básicas tomadas sobre el cuerpo de su clienta, acompañada de su nombre o apellidos y hay que verla cortar el tejido, colocado sobre la mesa, trasladando sus medidas a él con aquellos metros amarillos que se enrollaban a mano, señalando la forma con aquella especie de pastilla de jabón pequeña y dura que servía para marcar y sin jamás usar patrones.

Se gozaba, aunque éramos unos críos, viéndola reproducir los vestidos elegidos de los figurines sobre el maniquí de turno; como con la ayuda de los alfileres que había en unas almohadillas o sin sacar aún del papel en donde venían clavados en perfecto orden, daba forma al cuerpo, cortando por aquí y por allá, uniendo las diferentes partes con costuras sueltas que sólo servían para apuntalar el vestido.

Luego venía la primera prueba, que llevaba a cabo en la habitación primera de la casa, la más cercana a la puerta, donde además de dos tresillos, un armario y una mesita pequeña y redonda, existía un gran espejo donde poder mirarse con comodidad la señora o señorita, que de todo había, y que nosotros llamábamos el probador, en donde con alfileres se afinaban las medidas sobre el mismo cuerpo de la clienta o se señalaban con puntadas los reajustes.

Más tarde el vestido era marcado por pespuntes largos que iban reemplazando a los alfileres, para pasar a continuación a manos de las oficialas, que siguiendo las indicaciones anteriores lo iban cosiendo a máquina con el fin de prepararlo para una segunda prueba. En tanto que las aprendizas, como su nombre indicaba, se instruían en esta tarea, sobrehilando, poniendo botones, aprendiendo a hacer ojales y a echar dobladillos, pespunteando y con una tarea añadida que les venía divinamente, como era la entrega de los vestidos ya concluidos en los domicilios de las propietarias, en donde en la mayoría de los casos recibían las correspondientes propinas, amén de que se escapaban del taller para tal menester y disfrutaban de la calle, en donde no faltaban alicientes de todo tipo.

Aún siendo niños y sin tener inclinaciones al otro sexo, por supuesto, estábamos familiarizados con la terminología propia de la costura, del corte y confección, porque crecimos entre ella. Es más, a veces nos veíamos obligados a hacer algunos recados con relación a la misma; que en honor a la verdad no nos agradaba en absoluto y daba generalmente origen a gestos fruncidos como evidentes muestras de enfado, pues entendíamos que este tipo de compras eran más bien propias de las niñas.

Teníamos que ir principalmente a Casa de la Callera, establecimiento de todo tipo de artículos, a comprar hilos: blancos de sobrehilar o de coser más tupido, negro o de colores, que se ofrecían en unos muestrarios perfectamente ordenados y que pertenecían en su mayoría a la fábrica de Fabra y Coats, ubicada en Cataluña, pues no podía ser en otro lugar del país tratándose de algo relacionado con lo textil, llevando una muestra de la tela para escoger el más parecido a la misma; alfileres, cintas, elásticos, corchetes, etc.

Y preparábamos también a mano las facturas, porque teníamos mejor letra.

Cuántas veces mi hermano Clemente se lamentó de no habernos cogido a los mellis con unos cuantos de años más con el fin de poder apoyar el negocio de mi madre, para traer telas y sobre todo, contando con su habilidad para el dibujo y su creatividad, para dedicarse al diseño de moda por el que tenía una cierta atracción, pensando que podía haber llegado a realizar cosas interesantes.

Prueba de lo anterior y es que a pesar de los pocos años, en más de una ocasión, cuando mi madre tenía alguna dificultad para interpretar alguna de las fotos que aparecían en los figurines le pedía a mi hermano que se las dibujara en un papel en blanco o cuando tenía alguna idea propia de cómo resolver alguna situación comprometida o porque le encantaba una forma determinada, también recurría a él y dándole las explicaciones pertinentes terminaba el vestido reflejado en el papel.

Pepita dormía poco, se levantaba la primera y se acostaba la última, para en su soledad tirar trabajo fuera y preparar más, para que durante la jornada laboral no les faltara el mismo a las oficialas, a Matilde, a Lina, a Loli y Toñi, entre otras, a las que recuerdo con especial agrado. A todas aquellas mozas y ya menos jóvenes, siempre alegres, gastándose bromas y entre risas, contando chismes de fulanita o de menganita, canturreándose alguna cancioncilla o copla, algunas hasta picantonas, que cesaban cuando aparecía Pepita y se volvía a la aparente seriedad y formalidad.
Cuando la sombra de su viudez casi ha desaparecido, porque el excesivo trabajo no le deja pensar en la tristeza de la ausencia de su marido, mi padre, otra desgracia la sacude sin piedad. Su ojito derecho, la única mujer de los cinco hermanos, la mejor de todos por sus extraordinarias cualidades humanas, la dulzura y sencillez personificadas, su angelical Cuqui y adorada hermana nuestra fallece cuando acaba de cumplir los veintiséis años. ¡Cómo recuerdo aquella foto suya con traje de noche largo que le había hecho su madre, Pepita la modista, para algún baile de fin de año y que nunca faltó del probador de nuestra casa!
¡Qué cierto aquello de que nadie muere de pena!

No tiene tiempo de llorar, tiene que seguir peleando por sacarnos adelante a todos nosotros, a los que ahora se suman dos encantadoras criaturas de dos y cuatro años, sus retoños, que se vienen a vivir a nuestro hogar. La realidad de la vida le quita con brutalidad a la que más quería; pero la consuela entregándole a sus dos hijos, Marimel y José Ángel, que le dan motivos y fuerzas para seguir adelante.

Con el paso de los años su taller se va reduciendo, sin que ella deje de trabajar por ello.

Cada uno de nosotros inicia su propia vida por separado y se le viene encima, poco a poco, su soledad. Aparece el capítulo de sus males personales; ya habían descubierto en ella los médicos su diabetes y convive con ella sin grandes traumas, desde entonces su existencia camina inseparablemente de la insulina. Era tal su fuerza de voluntad, que las tartas y dulces no faltaban en casa en fechas señaladas de celebraciones, encargados por ella porque sabe que son de nuestro agrado en tales días y ni las prueba, aunque se le van los ojos detrás de ellos, porque en su mocedad también fue golosa. El régimen de comida lo lleva a rajatabla y sólo se permite pequeñísimos excesos y en casos muy puntuales.

Luego vendría la rotura de una de sus rótulas y la tienen que intervenir y que era como el preludio de roturas posteriores más graves, como lo fueron las de las dos cabezas del fémur. Lo de la rótula lo supera inmediatamente, aunque ya tiene años encima y la mejor rehabilitación la realiza en casa, utilizando sin descanso el pie de sus máquinas de coser.
Cada vez trabaja menos para la calle, sólo se queda con sus clientas de toda la vida, escogidas y que no se resisten a buscar otras modistas. Son grandes señoras, cuyos cuerpos y su evolución conoce perfectamente Pepita. Ya no tiene que soportar la carga de una gran casa. Eso sí, tiene una debilidad, su nieta, que cuenta, aunque ella diga que no tiene nada que ponerse nunca, con un vestuario extraordinario, difícil de igualar y ejecutado principalmente por ella.

De pronto se ve sola, con Maimona, su asistenta, y hasta en cortas temporadas vive con algunos de nosotros. Estando con Ángel en Málaga, al levantarse de la cama se cae y se rompe la cabeza del fémur o se cae porque ya se ha roto su apófisis. La intervienen en Sevilla y comienza para ella otro calvario que sin embargo y como era algo habitual, lo lleva con una paciencia ejemplar. Le implantan una prótesis y se ve obligada a llevar muletas; pasa el tiempo y la rechaza, por lo que tienen que volver a intervenirla y cambiarla por otra, según nos dijeron, de iridio y platino. Vuelve de nuevo a las muletas y curiosamente no deja su actividad, sigue cosiendo ahora con la ayuda de motor en sus máquinas.

Cada vez se acentúa más su independencia, ya que no quiere ser una carga para nadie y menos para ninguno de nosotros y sigue viviendo en su domicilio de siempre de la calle Teniente Coronel Seguí.

La rotura de la cabeza del otro fémur la lleva de nuevo al reposo, ya no quiere ser intervenida quirúrgicamente y con éste se le llega a formar una callosidad que aún con el riesgo de romperse nuevamente, de momento le evita el hospital.

Pepita ya no es la misma. Aquella extraordinaria mujer siempre erguida. muy derecha, de piel sedosa, tersa y blanca, sin apenas arrugas en su rostro a pesar de sus muchos años y de tanto sufrimiento y de su pelo cano, que jamás se tiñó y que le daba un cierto aire interesante, agraciada como siempre se mostró en fotos de su juventud y que llamaba la atención en su conjunto y en especial, como señalé anteriormente, por su piel y su caminar siempre tan derecha, ha cambiado muchísimo.

Sin embargo y en una prueba más de su fortaleza en la debilidad natural y de su fuerza de voluntad, cuando ya todos creíamos que no iba a poder dejar la silla de ruedas para desplazarse de un lugar a otro, a la que dicho sea de paso detestaba, un día nos sorprende caminando de nuevo con dos muletas, que incluso llega a sustituir por una sola para poder moverse por su casa sin necesidad de nadie.

Y termina sus últimos años de vida, porque su única hija, su querida Cuqui, ya no vivía y porque así lo quiso ella para no molestar a ninguna de sus nueras, en una Residencia, en donde la pueden atender de sus dolencias mejor que en cualquiera de nuestras casas; pero faltándole también el calor de unos hijos y nietos por los que había empeñado toda su vida, entregada de tal manera en esta tarea que no pudo gozar de casi ninguno de los alicientes que tiene este efímero paso de los mortales por esta bendita tierra de Dios.

Muchas de aquellas clientas, como la familia Montes o aquellas otras que nosotros llamábamos de Nador, porque venían de dicha población y habían vivido también en Venezuela, las de Estrella o Morales, la dueña del Cine Nacional, por citar a algunas, seguro que recordarán a Pepita como una extraordinaria modista y una excelente persona.

Para nosotros fue un símbolo, una bendita persona que aún sin frecuentar la iglesia ni participar en su liturgia con asiduidad, si existe el cielo, por su bondad y la vida que le correspondió interpretar aquí en la Tierra, seguro que ella tendrá una parcela en el mismo.

Por nuestra parte, Josefa Fernández Hurtado, Pepita la modista, es merecedora de algo más que este sentido y sencillo recuerdo. Yo, por ingenuidad o por lo que sea, desde que se me fue la recuerdo en muchas ocasiones y en especial antes de dormirme cada noche me encuentro con ella en el pensamiento, como en un ejercicio sencillo de gratitud, pidiendo al Señor por ella y a ella para que interceda ante Él por todos nosotros.

¡Gracias, mamá!
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MissatgePublicat: Dv Gen 15, 2010 8:29 pm    Assumpte: Respondre citant

61.- Un juguete: LA ARQUITECTURA DE MADERA

Lo lúdico y ya me parece haberlo señalado con anterioridad es algo consustancial al niño y cualquier elemento que participe de dicha actividad o la propicie nunca permanece indiferente a éste.

El juguete era el objeto deseado en determinadas celebraciones, como los cumpleaños o las onomásticas; cuando se recibía a familiares lejanos en el espacio, que siempre traían algo para los pequeños de la casa; al tener éxito en alguna prueba o cuando te veías envuelto en la enfermedad. Y en especial, se convertía en leit motiv de la fiesta de los Reyes Magos. ¿Alguien se puede imaginar un seis de enero sin la visita en la noche de vísperas de Melchor, Gaspar y Baltasar o con sus manos vacías de juguetes?

¿Qué sería, por otro lado, de un Santa Clauss, Papá Noel o San Nicolás con sus sacos sin ningún juguete? Sería algo así tan impensable como ver a una criatura en su niñez, contando con salud y sin querer jugar.

Es cierto que la vida ha evolucionado en demasía últimamente y además de forma acelerada, por lo que nos ha cogido en algunos aspectos como algo desprevenidos y el juguete no iba a escapar a estos cambios brutales, por lo que los niños de hoy no suelen jugar con los artefactos de antaño; ni los de mis tiempos podían imaginar en la existencia de esas maquinitas creadoras de “tics”, que te arrojan a una competitividad tremenda por conseguir no sé cuántos puntos, cuanto más mejor, o cuidar o dejar morir a un muñequito de poco más de dos milímetros que aparece en una pantallita y que tuvo su momento de moda, como fue el nominado como Tagamochi.

En nada se parece aquel aro obtenido de la llanta de una rueda vieja y ya en desuso de una bicicleta añeja sin radios ni nada más y conducido por una guía de hierro o de alambre del duro con la sofisticada Play station. Nada tienen que ver aquellos caballitos de cartón piedra o de madera recortada con su forma y pintados con esos patinetes movidos por baterías, que no tienen ni que impulsarlos con el pie, como los ejemplares de nuestro tiempo. Cómo comparar la sencillez y el candor de la Mariquita Pérez de las niñas de nuestro tiempo con la Barbie y su lujoso e inacabable vestuario, que hasta le buscaron novio o marido, vaya usted a saber y que presentan ejemplares que la muestran embarazada para que las niñas de ahora desde su más tierna infancia estén relacionados con estos estados tan naturales de la mujer.

Gran parte de los juguetes de nuestra niñez se han convertido en auténticas piezas de museos. Los coches y motos, con conductor incluido, de hojalata y pintados no eran como las fieles reproducciones actuales y su sistema de movimiento, si es que lo tenían, respondían al conocido como de cuerda, que consistía en introducir aquella pieza en forma de hoja de trébol plana y solo con dos partes en un eje que al girar enrollaba un fleje y que al desplegarse hacía girar las ruedas.

No había juguetes de pilas de esos que con sólo conectar el sistema con un interruptor originaban el movimiento. Existían aquellos muñecos planos y articulados que tirándoles de una cuerda se movían, como los cristobitas. Las muñecas eran de trapo o de porcelana; las primeras casi eternas si se cuidaban, hasta que se rompía alguna de sus costuras y se le salía el serrín, y las segundas, delicadas como las copitas de Nochebuena, descascarilladas por causa de los golpes.

Los patinetes, precedentes de los motorizados de la actualidad, rodaban gracias a aquellas pequeñas ruedas que llamábamos de bolones y que gastaban más las suelas del calzado del pie que se empleaba para impulsarlos.

Los juegos compuestos por herramientas para las profesiones más habituales, como aquellas propias de carpinteros y albañiles, nos encantaban a los chicos; igual que las cocinitas con toda clase de útiles y cacharritos para jugar a las casitas, hacían las delicias de las niñas.

Curiosamente, los juegos clásicos de mesa sí que han sobrevivido al paso de los años. Hoy se sigue jugando al parchís y a la oca, al ajedrez, al monopoly o Palé, al dominó, a la lotería, aunque ahora se le llame por la influencia yanqui el bingo, y a las cartas; aunque también hayan aparecido otros más complicados.

El plástico endurecido ha revolucionado los juegos de construcción. Hoy no despiertan interés alguno aquellos mecanos, con los que la imaginación infantil volaba y podías construir lo que te apeteciera, a base de multitud de piececitas engarzadas con tornillos, arandelas y tuercas o con simples muecas que ajustaban.

Ya que hablo de imaginación cómo no tratar de aquellos otros juguetes, que la misma situación económica poco boyante de aquellos años difíciles, te obligaba a crear. Las espadas hechas de dos palos, atados con una cuerda, como las de nuestros héroes el Guerrero del Antifaz o el Capitán Trueno, para seguir matando de mentirijillas a sarracenos; las superficies de madera con ruedas de bolones para desplazarnos cuesta abajo o siendo arrastrados por otros; las pistolas dibujadas, recortadas y pegadas, dándole incluso volúmenes, de cartulina o cartón blanco de las cajas de zapatos, que nos duraban poquísimo después de que nos costara un trabajo inmenso su elaboración por la misma fragilidad del material empleado.

Los tirachinas, merecen mención aparte, perfectamente ejecutados, escogiendo las mejores horquillas, quitándoles la corteza a las pequeñas ramas en forma de "Y", sujetando con alambre del fino o cordeles fuertes las gomas en los extremos de ellas y uniendo éstas con un trozo de cuero, donde se depositaba el proyectil, que solía ser una pequeña y redondeada piedra. Utilizándolos para conseguir dátiles dulces, de aquellos que nos encantaban o para un ejercicio algo más cruento, como era el de matar a inocentes pajarillos cuando se posaban entre las hojarascas de los árboles y por qué no señalarlo, para incordiar desde la lejanía a parejas de enamorados que en los bancos del parque jugaban al más antiguo de los juegos, al amor y para así evitar que fueran condenados al fuego eterno del infierno, ya que todos los curas nos decían que aquello era pecado y de los mortales, nada de veniales.

No siempre el mejor juguete era el más caro, ni siquiera el más deseado. Cuántas veces el que conseguía uno de los primeros no disfrutaba con él, porque sus padres no se lo dejaban con la frecuencia deseada para que no se rompiera pronto o porque el niño, que siempre era niño y que equivalía a sentir una curiosidad extrema siempre, una inclinación a descubrir las entrañas de todo artefacto y a probar la dureza de los mismos, lo destripaba inmediatamente y cuando ocurría esto perdía por completo su atractivo o lo dejaba por inservible.

Se imaginan ustedes a esos padres radiantes de felicidad, sonrientes por la gran cantidad y calidad de los juguetes que han conseguido para su retoño, él con su brazo por encima del hombro de su mujer, guiñándole el ojo como signo de complicidad para tanta dicha y al cruel niño pasar de todos ellos y dirigirse a una raquetita raquítica de plástico del barato que hay en un rincón y que se la trajo el aya o poniéndose a jugar con las cajas de cartón que servían de recipiente a los sofisticados y caros juguetes no prestándole ni pajolera cuenta a los mismos... Como diría el viejo sabio: Vivir para ver.

Tampoco tenía que ser síntoma de calidad el más deseado ni era el mejor; pues todos sabemos lo caprichosos que son los niños y así como a veces ocurre que en cuanto tenemos en nuestro poder lo que ansiamos perdemos todo el encanto, a ellos les sucede lo mismo.

Siendo otra cuestión muy a tener en cuenta por parte de los pequeños como era la de que no había peor juguete para ellos que el que por múltiples razones y que las había de todas índoles, como su peligrosidad, el ser muy caro, el ocupar mucho sitio, el que tenía que durar infinito, etc., en definitiva no se podía usar; los niños detestaban aquellos juguetes que sólo servían para decir a sus compañeros que sí lo tenían o para ser elementos de decoración u objetos valiosísimos, sin saber para quién, celosamente guardados.

Para nosotros existía un juguete que nos acompañó durante muchos años y que a mí me encantaba por sus muchas posibilidades de uso, era el juego de arquitectura de madera. Aquellos tacos de diferentes formas geométricas y colores, con los que se podían realizar diferentes construcciones, nos ocupaba mucho tiempo. Levantábamos con ellos puertas y torres, con distintas clases de arcadas y pináculos, descubríamos el valor de lo simétrico, hacíamos puentes con muchos ojos, jugábamos a buscar el equilibrio de las piezas colocando unas sobre otras, alternábamos los elementos curvos con los rectos y nos íbamos familiarizando sin querer con las formas y los volúmenes de la Geometría.

Además, sobre aquellas construcciones colocábamos nuestros recortables o saldaditos de plomo, cuando los teníamos, o los escondíamos detrás de ellas para ser protegidos ante los lanzamientos de proyectiles variados, como garbanzos, canicas, bolitas de papel o todo lo encontrado a mano, de las huestes enemigas.

Con nuestra imaginación convertíamos a aquellos trozos de madera en vehículos o terminábamos por lanzarlos contra las edificaciones ajenas para derrumbarlas y así concluir el juego.

En principio y sirviéndonos de los modelos que venían en el juego tratábamos de imitarlos. Cuando dominábamos éstos, los olvidábamos y recurríamos a nuestra creatividad, que no era poca. Presentando además la posibilidad de utilizar sus piezas para otros juegos. Si nos volvían a comprar el mismo juego o alguno parecido no nos disgustaba, ya que se incorporaban las piezas viejas a las nuevas y las construcciones podían engrandecerse. Había tacos por todos los rincones de la casa y como las cajas originales donde venían duraban poco de tanto meter y sacar, los depositábamos en las de los zapatos, lo que no evitaba que aquellas que íbamos dejando atrás y no recogíamos, corrieran el riesgo de terminar en el cubo de la basura.

Fue este juego, también casi en peligro de extinción, uno de los que nos hizo pasar mejores momentos de nuestra niñez y quizás el que propició mi afición al dibujo geométrico. Claro que también pudo ser lo contrario, que por gustarnos desde pequeño el dibujo, también nos atraía sobremanera este tipo de juguete.


62.- Un amor infantil: MARISA

Reconozco que siempre fui muy enamoradísimo y formalito al mismo tiempo. Vamos, que era de los que me tomaba muy a pecho estas cosas de la vida, a pesar y desde mis pocos años; precocidad la mía en esta cuestión que por mi forma de ser me trajo más quebraderos de cabeza de la cuenta y por supuesto, más angustias que alegrías.

Entraba bien a las chicas, algo debía de tener, pero debía de aburrirlas pronto, porque todo se acababa siempre y me obligaba a empezar de nuevo otra aventura.

Mi primer amor infantil fue Marisa. Nos conocimos de forma curiosa y hasta sorprendente. Parte del inicio de esta aventura creo que ya la conté en otro apartado anterior. Un atardecer se presentan a buscarnos a la plazoleta de nuestros juegos unas chicas. Para que luego piensen algunos que los tiempos de antes eran distintos a los de ahora en que las hembras buscan a los varones, yo entre estos y me reafirmo en ello; lo que ocurría es que aquella situación era la excepción que confirmaba la norma.

En aquella ocasión yo fui de los que las atendí, cómo no, y de los que me comprometí a devolverles la visita. La idea divide a la pandilla, ya que hay un buen grupo que piensa que aquello es una estupidez y que prefieren sus juegos a andar en líos prematuros de amoríos o noviazgos. Sin embargo, consigo convencerlos y acudimos a aquel original encuentro casi la mayoría.

La escena es pintoresca y parece más lo que en realidad es, un juego de niños y no la búsqueda de formar parejas y menos de su estabilización en el tiempo. Un grupo de chicas expuestas de pie para poder ser bien contempladas en plenitud de sus encantos en una parte; en la otra y sentados cómodamente en unos bancos de piedra, un grupo de chicos que cuchichean, sonríen maliciosamente y se golpean con los codos al tiempo que hacen comentarios en voz baja acerca de los atractivos y desencantos de las anteriores.

Yo, en un repaso más que rápido, las elimino a todas, no me gusta ninguna de ellas y dejo de atender al juego. Aburrido miro hacia otro lugar y me encuentro con otra chica que me sonríe y de mirada muy dulce, aparentemente tímida y que no rehúsa la mía cuando insistentemente la miro. Es un auténtico flechazo.

Cuando me llega el turno y demandan mis gustos, con la sinceridad de lo infantil señalo que no deseo a ninguna de aquel montón, que a mí la que me agrada es aquella y la indico con mi dedo.

Todas me dicen que eso no puede ser, porque la elegida por mí no entra en el lote, ya que está pillada, que equivalía a decir que ya andaba medio ennoviada con otro chaval. Insisto y la sorpresa se hace general cuando la demandada quiere entrar en el juego y me acepta con cierto rubor en sus mejillas.

Aquel atardecer en el paseo de la calle General Aizpuru nunca lo he olvidado por lo insólito de la situación.

Las conversaciones y juegos se prolongan, nos presentamos unos a otros y yo sigo encantado con la compañía de aquella chica que habla poco, que se sonríe y baja su cabeza con vergüenza y que cuando mira, sin embargo, se fija en mis ojos sin timidez.

Lo que yo me esperaba para el día siguiente sucede sin equivocarme. La aventura para el resto sólo duró un día, fue tan efímera que a la jornada siguiente nadie se acordaba de ella y todos estaban envueltos en sus habituales juegos. Bueno, todos no, porque yo, fiel cumplidor de mis promesas, hecho un aspirante a hombrecito, formal como ninguno, sí asistí al nuevo encuentro fijado en la velada del día anterior, viéndome solo y rodeado por el grupo de chicas que me interrogaban por el resto de la pandilla. No se me ocurrieron excusas adecuadas, que tampoco las hubieran aceptados, porque eran algo guerrilleras y en tanto que preparaban otra excursión para cantarles las cuarenta, que qué se habían creído aquellos niñatos para despreciarlas de tal guisa, nos dejaron a Marisa y a mí en uno de aquellos bancos y empezamos a conocernos más y mejor.

Tengo que confesar que me encantó desde el principio y creo, no pecando de vanidad, que yo tampoco le desagradaba; que pasábamos más tiempo mirándonos y sonriendo que platicando y que los que sabían de estas historias mucho más que nosotros nos indicaban que esto era lo normal en los principios, cuando las flechas de Cupido, que por entonces ignorábamos quién era este individuo, ya estaban clavadas, aunque no sintiéramos absolutamente nada, en nuestros infantiles y puros corazoncitos y que nos llevaban a poner caritas de tontos y a composturas de tórtolos. No entendiendo nada acerca de lo que nos decían.

La excursión de las ultrajadas compañeras de Marisa a nuestra plazoleta de juego se llevó a cabo y como era de esperar no fue exitosa en principio, puesto que nadie les hizo frente. Los chicos, avisados de su acercamiento y algo alarmados recurrieron al subterfugio tan socorrido de subirse a los árboles y aguardar el chaparrón bien cubierto y cada cual en su lugar favorito sin decir palabra alguna.

Como las niñas no eran tontas y conocían esta habilidad, llegando incluso a ver a algún rezagado de ellos realizar este ejercicio más propio de simio que de humano, montaron guardia debajo para ver si daban la cara.

Como el silencio se alargaba y el tiempo corría, aumentando el malhumor colectivo, y hasta el movimiento de las hojas y ramas, al igual que alguna que otra sonrisita contenida, los delataba, alguna de ellas rompió la aparente tranquilidad del lugar soltando una retahíla de apelativos nada cariñosos que fue aumentando en bocas de todas las gargantas de aquellas jovencitas agraviadas, que terminaron a coro con el grito de "¡maricones!", sin reservas de ninguna clase.

No encontraron lucha alguna como querían, pero se fueron con aquellos desahogos casi satisfechas.

Yo seguí con mis encuentros cotidianos con Marisa, acompañados en muchas ocasiones con su hermana que creo que la llamaban Aniti, supongo que de Ana, más inquieta, viva y hasta más simpática, pero no tan agraciada como la elegida por mí.

Vivían en una gran casa enfrente del solar donde jugábamos muchas veces los partidos de fútbol y bajo la sombra del Hospital de la Cruz Roja, desde cuya azotea los tuberculosos que luchaban contra esta terrible enfermedad de antaño, nos veían jugar o de cuyos sótanos salían los gritos de los locos, como las de aquel m o r o que quería ser torero y que no sé si tuvo su oportunidad o es que la demandaba, fijaciones éstas de niños pequeños que nunca se olvidan, y que se mezclaban con los nuestros en demanda de algún pase de un compañero o celebrando un gol.

En aquel solar fue donde se construyó más tarde el cine Avenida.

Quizás aquella aparente tristeza o serenidad, no sabría decir qué cosa de las dos, que la acompañaba o su aspecto algo delicado que la hacían más bella a mis ojos de niño, le viniese de una enfermedad que padeció, no recuerdo con seguridad cuál, tal vez una hepatitis, la convirtió en el centro de atención de todos los suyos y todavía por aquellos años aún no lo había superado del todo.

Pertenecía a una familia acomodada de la ciudad y si mal no recuerdo sus padres eran los propietarios de una sastrería famosa en Melilla que creo que se llamaba Lozano y que estaba situada en las cercanías de la Avenida. El hecho más evidente de lo que digo es que, cosa que no era habitual en el casco urbano de nuestra población, aquella casa suya contaba con una pequeña piscina en su interior.

Por aquellos años salíamos más en pandilla los chicos con las chicas en lugar de ir solos, lo que no quería decir que no tuviéramos ocasiones de disfrutar de la soledad de la pareja. Coincidíamos en el camino de los respectivos centros escolares; ella, uniformada por obligación, se quedaba en El Buen Consejo y yo proseguía hacia delante para asistir a las clases en el Instituto. Nos encontrábamos a veces en la salida. En ocasiones por la tarde nos veíamos en las cercanías de su casa o en el Parque Hernández y ya que hablo de este lugar, me permito recordar una anécdota que nos ocurrió y que viene a demostrar el carácter infantil de aquella relación, por muy formal que yo tratara de ser.

Generalmente y eso lo saben mejor que nadie los que son mellizos, casi siempre andábamos juntos, raramente nos separábamos y cuando esto ocurría inmediatamente estábamos demandado el reencuentro.

Con esto de mi precoz noviazgo eran lógicamente más frecuentes nuestras separaciones.

Una tarde llego a casa y mi madre me llama para preguntarme con algo de sorna y delante de las chicas del taller, que quién es una chica que se llama Marisa que acaba de estar en casa, acompañada de otras mocitas y preguntando si esta era la casa de tu hermano Clemente.

Todo aquello me mosquea un poco, porque hay sonrisas por medio y lo peor, también risas reprimidas y porque no entiendo que tiene que ver en esto mi hermano mellizo, ni lo que pinta Marisa en mi propia casa y hablando con mi madre.

La vergüenza que siento colorea mis mejillas, vamos, que se me sube el pavo y no sé lo que hacer. Pero ahí no queda la cosa y aún me siento mucho más afectado cuando me indica mi madre con la calma que le caracterizó siempre y como quitándole importancia, dando casi por terminada la charla, que vaya atrevimiento el de la niña al decirle sin ningún pudor que su hijo Clemente le había tocado el culo en el Parque, cuestión reafirmada por sus acompañantes.

Entré entonces en cólera y sin decir palabra alguna, refunfuñando, me retiré del lugar para esconder mis vergüenzas y preparar la venganza de aquella para mí terrible afrenta. Me fui a la entrada de la casa, al final del pasillo, en donde había una butaca de esas antiguas, con brazos cuyos pies se apoyaban sobre dos arcos en forma curva y que permiten el balanceo y después de pasear sin rumbo y desconcertado, me senté en aquella mecedora, rumiando de verdad el cómo salvar mi honor.

No sé el tiempo que estuve esperando, que se me hizo larguísimo y que aumentaba mi malhumor, cuando sonó el timbre. Me levanté como si tuviera un resorte y puse el ojo en la mirilla, lo que me permitió ver a mi hermano Clemente, abrí la puerta como un rayo y le pregunté sin esperar respuesta: ¿Por qué le has tocado el culo a Marisa? Como se echara a reír e intentase apartarme para seguir adelante, me abalancé como una fiera sobre él y nos propinamos una buena paliza.

Yo, sabiendo lo que hacía y él defendiéndose y sin comprender que aquella niñería del Parque estuviera de acorde o se correspondiera con aquel encuentro sorpresivo y lleno de violencia. El ruido y los gritos que acompañaron a la pelea hizo acudir a los mayores, encontrándonos a los dos revolcándonos por el suelo y enganchados como lapas.

Nos separaron, no sin esfuerzo y menos mal que la sangre no llegó al río. Él seguía sin entender nada y no comprendía la coladura que yo tenía con aquella niña.

Marisa creció como mujer más rápidamente que yo y comenzó a sentir la necesidad de un chico mayor, casi de algo más que un hombrecito o aspirante a ello como yo, a su lado, y lo mismo que aquel curioso y atípico atardecer en la calle General Aizpuru yo se la birlé a otro pequeño, un día me dejó y se entregó a un varón más hecho y derecho que el que esto escribe, que sin trauma alguno volvió a sus juegos de la calle y a subirse a los árboles con los demás de la pandilla, porque todavía no le había llegado la hora de ser mayor, que decían tenía el tope en aquello del servicio militar.

Luego supe, pasado los años, que contrajo matrimonio con un antiguo amigo y que era de los que había dirigido sus pasos hacia la vida castrense. No volví a hablar más con ella, no por enfado, sino sencillamente porque no se terció; ya que cada cual eligió su camino y porque aquello no fue más que un bonito juego de niños.

En mis vueltas a Melilla tampoco sentí la curiosidad por saber de su existencia, ni siquiera por saber si por la condición de militar de su marido tuvo que salir de ella al ser destinado a la Península, aun contando con una más que amiga común como lo era Angelines, la hermana de mi cuñado y que por aquellos años también estuvo metida en tan divertida aventura.

Y si me atreví a rememorar estos momentos de mi niñez fue porque me agradó el recuerdo de los mismos y este fue uno más y por supuesto, con la sincera y sana intención de no molestar a terceros.


63.-Un reloj: EL DEL AYUNTAMIENTO

En nuestra ciudad como en todas hay numerosos edificios emblemáticos y uno de ellos, sin ningún género de dudas, es el de nuestra Casa Consistorial, de la que todos los melillenses podemos sentirnos más que orgullosos.

No podía estar ubicado nuestro Ayuntamiento en otro lugar tan incomparable como el de la Plaza de España, que sirve como de colofón a la gran Avenida de Melilla.

Edificio grandioso que siempre despertó nuestra admiración y que nos producía por su monumentalidad un cierto respeto. Bastante cercano a nuestro hogar, ya que la calle Teniente Coronel Seguí, donde siempre viví en Melilla, también desembocaba en la misma Plaza de España, En sus inmediaciones en no pocas ocasiones, como a su sombra, realizamos algunos de nuestros juegos, bajo las pérgolas y en los bancos que existían rodeando la plaza en la zona cercana al Club Marítimo y que desaparecieron al ampliarse las vías rodados de aquel entorno. En sus numerosos recovecos jugábamos al esconder y al juego de la goma, con aquellos trozos o tiras de tal material, que estirándolos y soltándolos después salían disparados para impactar en los cuerpos de nuestros contrincantes, quedando eliminados si ello ocurría y que conseguíamos de las gomas de las ruedas de los vehículos.

Ayuntamiento que igualmente daba sombra a algo tan importante para la gente menuda como era el espacio en donde se ubicaban los cacharritos de feria, cuya mayor o menor ocupación de terreno se convertía en el termómetro que marcaba la calidad de los festejos para nosotros.

En sus aledaños también nos congregábamos para presenciar los lanzamientos de globos por parte de los empleados municipales en aquellos días del septiembre festivo en nuestra ciudad y que veíamos como ascendían haciéndose cada vez más diminutos, hasta perderse de nuestra vista o incendiarse a mitad de camino ante nuestra natural desilusión. Gozábamos con aquellos desfiles en el aire, que en la cercanía representaban personajes queridos y que al final se convertían en como cabezas de alfileres de luz brillando en el cielo o como diría Ramón Gómez de la Serna podrían transformarse en las pecas del firmamento por unos instantes.

Con el ritual que jamás queríamos perdernos de cómo aquellos globos de papel eran extendidos sobre el suelo, como despegaban sus caras, ilustradas en sus dos partes y eran sostenidos con la máxima delicadeza o cuidado por la fragilidad del material y en sentido vertical por uno de los empleados que se subía en una escalera de pie, en tanto que otro se ocupaba del aro de su parte inferior, donde se incendiaba el contenido de un pequeño recipiente que ocupaba su centro y que producía seguramente un gas que inflaba el globo haciéndolo más ligero para que se produjera su ascenso, sabiéndolo soltar a tiempo para evitar que ardiera todo ante la decepción de los asistentes y que se elevara acompañado de la correspondiente salva de aplausos de los pequeños allí congregados en gran número.

Todo lo anterior indica que estábamos familiarizados con sus exteriores, con su fachada principal y que nos habíamos enfrentado alguna vez a su enorme entrada y contemplado su escalera, que nos parecía monumental; pero sin penetrar en sus entrañas, en su interior, porque allí unos pequeñajos como nosotros no pintábamos nada y porque sinceramente nos imponía un cierto respeto aquella gran casa que estaría repleta de papelotes ininteligibles para los pequeños y de hombres mayores, vestidos de negro, serios y con redondeados quevedos apoyados en la punta de sus narices.

Este hermoso y bello edificio, construido en 1947 fue diseñado por don Enrique Nieto y Nieto, de ahí su aire modernista, después de que existieran otros consistorios de diferentes estilos, tales como árabe, colonial y andaluz, en diferentes lugares de la ciudad.

En su interior, por su grandeza, cuenta con numerosos salones y departamentos, viéndose un gran desahogo en el movimiento de sus trabajadores por la amplitud de los mismos, aunque desconozco lo que piensa los que actualmente laboran en él.

Su vestíbulo principal y de entrada recibe la luz del exterior a través de una vidriera que hay en su techo y que cuenta con el dibujo del escudo de España en su centro. Una amplia escalera, que se dobla en dos en su mitad, da acceso a la parte noble del edificio, pudiéndose contemplar en su frontal un enorme cuadro del conquistador de la ciudad, don Pedro de Estopiñán en actitud triunfante y sobre un precioso fondo.

Allí se encuentran preciosos salones, ricamente decorados; entre los que destacan su Salón Dorado, que está presidido por un repostero con el escudo de la ciudad, el salón Verde donde se reúnen las distintas Comisiones de la Casa Consistorial, el salón de Sesiones para el Pleno de la Corporación Municipal antigua, hoy Consejo General de Gobierno de la ciudad autónoma de Melilla y el salón de Visitas para recibir a autoridades y personas destacadas que se dignan en acudir a nuestra ciudad y son recibidas con la dignidad que se merecen por parte de nuestras jerarquías.

Inaugurado el 29 de marzo de 1950 por el General Galera Paniagua y el alcalde Rafael Álvarez Claro, fue bendecido por el padre Segovia.

Este edificio tiene además para nosotros un especial recuerdo, ya que en su sala de exposiciones o de cultura, destinadas a aquellas y a otras actividades, fue donde realizamos la primera de las nuestras, convirtiéndose como el punto de partida de nuestra actividad artística de cara al público, cuando éramos unos atrevidos jovencitos en esta materia.

Corría el verano de 1965 cuando en la sala considerada como de la Delegación del Ministerio de Información y Turismo, con entrada por el lateral del Ayuntamiento que daba al Club Marítimo y Puerto, presentamos nuestras primeras obras a los melillenses. La presentábamos, como las que vinieron más tarde, los dos hermanos; aunque tengo que confesar que el que más trabajaba y por lo tanto el de mayor aportación artística era mi hermano Clemente.

Expusimos en aquellos días 3 témperas y 17 óleos y sin timidez y respondiendo a la realidad nos declarábamos como autodidactas y pedíamos a los posibles visitantes que fueran sinceros en su forma de ver nuestras formas, estando dispuestos a recibir de nuestros paisanos toda clase de críticas. No había por entonces una definición o línea en nuestro quehacer, picoteábamos como todos los principiantes en la búsqueda de algo. Había motivos religiosos, como la forma nuestra de ver a Judas, a Jesús Dios y Hombre, al Apocalipsis, a la Anunciación y a la Piedad o al mismo misterio del “Levántate” de Lázaro; nos atraían las figuras del hidalgo caballero de la triste figura y de su bendito escudero; sentíamos una cierta atracción por los mayores y por los niños y no podían faltar figuras de marroquíes, como nuestro Sidi Hamed y Fátima o rincones del pueblo rondeño, donde ya ejercíamos el magisterio.

Dos grandes relojes situados en dos edificios nobles de nuestra ciudad merecen ser recogidos en estos apuntes, el de la Iglesia Parroquial del Sagrado Corazón de Jesús, nuestra iglesia, ya que en ella fuimos bautizados y recibimos la Primera Comunión y el del Ayuntamiento.

El primero nos servía para saber la hora exacta al pasear por la Avenida y tener que recogernos, que los tiempos no eran como los de ahora en el que cada vez se alarga más la de regresar a casa. En sus cercanías, el sonido de las medias o de las horas exactas, nos alertaban. Por estar, lógicamente, ubicado en su fachada principal nos indicaba también si llegábamos pronto, con el tiempo justo o ya comenzados los actos litúrgicos. Era el que nos marcaba si el novio tenía que esperar y cuánto a la novia el día de su matrimonio. Y servía igualmente para comprobar la puntualidad ajena y propia al quedar citados a tal o cual hora en la plazoleta del Sagrado Corazón.

En cuanto al del Ayuntamiento de nuestra ciudad, cuya fecha de su puesta en marcha corresponde al 6 de enero de 1967, bajo la alcaldía de Francisco Mir Berlanga, notable historiador y cronista oficial de nuestra Melilla y bendecido por el Vicario-Arciprestal Antonio Segovia, el reloj y no el periodista, contaba con otro encanto añadido y que nosotros teníamos el privilegio de oírlo con frecuencia, ya que era un reloj-carillón, por vivir en sus proximidades.

También nos avisaba cuando aún no tenía música si jugábamos en las pérgolas referidas anteriormente de sus inmediaciones y que ya no existen, cuando íbamos a ver cómo se instalaban las atracciones de la feria o al regresar de aquellas excursiones vespertinas al Puerto y que nos llevaban sin darnos cuenta a la noche cerrada. Pero lo que realmente nos atraía, lo mismo que a cualquier visitante que llegaba a nuestra ciudad y se encontraba en sus cercanías, que para eso era casi paso obligado, eran aquellos fragmentos de melodías muy conocidas, entre las que me parece recordar el “Soldadito Español” o por estar en Melilla, el trozo correspondiente del Himno de La Legión.

Reloj-carillón que fue fabricado, según he sabido después, por una empresa donostiarra y que es del mismo tipo que el instalado en el Palacio de Comunicaciones de Madrid y que como todos los relojes, enferma a veces y se enfrenta a largos periodos de mutismo, porque en nuestra ciudad, al igual que en la mayoría de ellas, siempre hay por parte del Municipio otras cuestiones más urgentes e importantes que lo de arreglar un reloj que se avería, porque además pocos profesionales entiende verdaderamente de esta materia y porque también todo el mundo prefiere mirar a su muñeca o al que se convierte ya en inseparable compañero de viaje, como es el móvil de los tiempos modernos, que alzar la vista para detenerla en el reloj del Ayuntamiento.

64.- Mi querido coronel: D. ÁNGEL MORALES MONSERRAT

Estaba ya destinado de maestro en un pueblecito de Guadalajara, Peralveche, y después de pasar unos días tan señalados como son los de Navidad en Melilla, especialmente los que estaban en torno a la Nochebuena, decidí terminar mis vacaciones en La Coruña, donde salía por entonces con una jovencita gallega desde hacía un año más o menos. A través de un informativo de la televisión me llegó el conocimiento, aquel 28 de diciembre de 1966, de la triste noticia del accidente sufrido por el padre de nuestro querido amigo Angelín Morales, cuando el helicóptero en que viajaba para verle precisamente chocaba con un cable de alta tensión, cayendo al suelo incendiado en el pueblo madrileño de Colmenar Viejo y en donde estaba destinado nuestro apreciado vecino y amigo de infancia, el mencionado Angelín.

Llamé a casa y me confirmaron la tragedia, sintiendo verdadero dolor, porque para nosotros fue un hombre del que guardábamos unos sentidos recuerdos, del que siempre recibimos muestras de afecto y atenciones y por la misma relación de amistad que teníamos con Ángel, al que llamábamos por su diminutivo afectuosamente y con el que convivimos muchos años durante nuestra infancia y juventud, hasta que después de aprobar el ingreso en la Academia General Militar de Zaragoza, siguiendo los pasos de su padre, se marchó a la ciudad del Pilar y perdimos la comunicación diaria de épocas anteriores.

Vivían ellos igual que nosotros en la calle Teniente Coronel Seguí, en el primer bloque y en el número 4 y por ser amigo y compañero de juegos de su hijo o porque mi madre, Pepita la Modista, le cosiera a su encantadora esposa o quizás también porque de pequeños éramos tan igualitos y llamábamos su atención o por todas estas razones juntas, cuando se encontraba en la calle con nosotros siempre tenía una sonrisa y palabras afables para esta pareja de mellizos, que ya desde niños le respetaba por su altura y amabilidad y por la gallardía y elegancia con que lucía el uniforme. Hasta, como tantos otros mayores que nos conocían, nos gastaba bromas acerca de quién era uno y otro.

Cuando se acercó la hora de cumplir con la patria y además sabiendo que nuestro destino era Regulares 5, donde por aquellos años él era el Coronel Jefe de aquella agrupación, mi madre aprovechó, como cualquier otra madre lo hubiera hecho, su conocimiento para buscar su recomendación y en especial a través de su esposa, que se ocupó de ello y que después de hablar con su marido le devolvió el mensaje diciéndole que no se preocupara, que llegado el momento se ocuparía de nosotros.

Curiosamente se produce en torno a esta situación un hecho anecdótico que me lleva a contar algo que no tiene aparentemente nada que ver con lo anterior y que en su conclusión se verá la relación existente.

Desde muy jovencitos elegimos los dos mellizos dentro de la actividad deportiva en lugar de la práctica directa, la del arbitraje o la de la enseñanza, como entrenadores. Así que. en aquella época en el que el basket de nuestra ciudad lo dirigía como Presidente de la Federación Melillense Guillermo Pezzi, tras sucesivos cursos, algunos de ellos incluso realizados fuera de nuestra localidad, conseguimos los carnés de árbitros de primera categoría; al igual que los títulos nacionales de jueces y entrenadores de voleibol.

Referido al primero de los deportes mencionados, al baloncesto, llegamos a formar una buena pareja y bastante compenetrada, cosa lógica por aquello de ser mellizos y llevar vidas casi paralelas desde la más tierna edad y algo más.

Y si existía una familia al completo entregada en Melilla a este deporte era la de Bohórquez, un joven melillense que lo hacía francamente bien y que de haber coincidido con los tiempos actuales, posiblemente hubiera jugado en cualquier equipo de la LEB o incluso en la ACB. Pero contaba con un handicap importante desde mi punto de vista, que era el de su propia familia que lo seguía con una fe ciega, entendiendo que no se le podía ni tocar, a lo que se unía por tanta protección el hecho de que fuera algo creidillo.

Mi hermano Clemente, por otra parte, era un árbitro bastante durillo, que no se casaba con nadie y cuando Bohórquez daba motivos no le duraba todo el encuentro, ante el correspondiente enfado de toda su parroquia, que hasta llegaba a excederse en comentarios agrios motivados por acaloramientos sin sentido y a que algunos de sus miembros nos llegaran a amenazar con que nos íbamos a enterar cuando fuéramos al servicio militar.

Sabíamos que no iba a ocurrir nada de esto, pues sólo eran amenazas sin consistencia alguna, fruto del calor deportivo y sinceramente no pensábamos que se produjera en un futuro ninguna situación delicada por motivo de un juego. Lo curioso del caso es que nos correspondió hacer el servicio militar en el mismísimo cuartel, donde por aquellos años, uno de sus comandantes era el señor Bohórquez; así que la mosca se nos puso, porque seguíamos siendo unos críos, detrás de la oreja.

Hicimos el periodo de instrucción en el Campamento de Viator, en Almería, y justo en la mañana siguiente a nuestro regreso a Melilla, ya en el cuartel de Regulares 5, que se encontraba en un desvío a la derecha de la carretera de Alfonso XIII, conocida como la de los cuarteles, a la altura de la que se enfrentaba con el Estadio Álvarez Claro, en hora muy temprana recibimos la orden de presentarnos al Coronel, ante la sorpresa lógica de los demás soldados de la compañía, incluso de algunos suboficiales y del teniente de la misma y la consiguiente preocupación por parte nuestra.

Cuando llegamos a su despacho y después de presentarnos con bastante torpeza, pues aún éramos unos novatos en la tropa, el Coronel Morales, reunido con otros jefes y oficiales, entre los que se encuentra el comandante Bohórquez, con bastante parquedad dice a sus subordinados, después de interesarse de cómo nos encontrábamos, que a estos dos jóvenes le agradaría que los tratasen como si fueran de su familia.

Y así se acabó la preocupación y la historia en torno al señor Bohórquez, con el que no tuvimos el menor roce; entre otras cosas, porque por su mente seguramente jamás pasaría el convertir en motivo de venganza aquellas situaciones propias de la competición deportiva.

Desde entonces ya nos pusieron la etiqueta de “protegidos”, eufemismo de enchufados. Clemente se fue a la Sala de Armas del Casino Militar, donde vistió siempre de paisano y yo me quedé en la Compañía de Destinos, ayudando al Sargento en las tareas burocráticas y contando con un pase para pernoctar en casa.

Así que no nos podemos quejar de nuestro servicio militar, ni tampoco quisimos abusar de su confianza ni del buen trato que siempre recibimos de él, que de vez en cuando se interesaba por la marcha del mismo.
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65.- Una iglesia: EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

No sé cuántas iglesias y capillas hay en nuestra ciudad aparte de la más vieja en el tiempo y que preside Melilla la Vieja, el Pueblo para los melillenses, de la Purísima Concepción. Que yo conociera en mi juventud y que recuerdo, estaba la Castrense, justo detrás del Ayuntamiento y el Casino Militar; la de San Agustín, en el barrio del Real; las capillas de El Buen Consejo, la de la Salle y la del Hospital de la Cruz Roja o Parroquia de San Francisco Javier, que por encontrarse más cerca del domicilio nuestro era la que posiblemente más frecuentábamos; la Parroquia de Santa María Micaela, situada en el barrio de La Victoria, donde contrajo matrimonio mi hermano mayor, Domingo; la Parroquia de la Medalla Milagrosa, que fue anteriormente la capilla del “Ave María”, de donde creo que salía la procesión del Domingo de Ramos y que era conocida en la ciudad como de la Pollinica, tan celebrada en nuestra ciudad y he dejado para el final a la nuestra, la nominada como Templo Arciprestal y Parroquial del Sagrado Corazón de Jesús y en donde fui bautizado y recibí mi Primera Comunión y que nosotros conocíamos abreviando su nombre como el Sagrado Corazón.

Hace muchos años que no la visito, por la razón obvia de que en la actualidad y desde algunos lustros no resido en Melilla y pienso que al igual que en otras historias, todo ha cambiado en demasía. Sin ser un templo excesivamente grande, sí lo era suficiente como para albergar a los feligreses de la zona; aunque también recuerdo el hecho de que en no pocas ocasiones, en fiestas de guardar, con sus puertas abiertas de par en par, había fieles fuera de ella en algunas misas, en el pasillo de entrada y hasta en el rellano que coronaba la amplia escalinata que daba acceso al templo. Llenándose igualmente las naves laterales y el pasillo central.

Creo que eran otros tiempos, sin atreverme a tener la osadía de decir que eran mejores o peores que los que soplan en la actualidad.

De pequeño considerábamos a esta nuestra iglesia como bella y hermosa, hasta como muy apropiada por su construcción para reproducirla en dibujos infantiles, con gran número de elementos para ser plasmados en el papel, sobre todo si uno se fijaba en su fachada principal.

En la ya mencionada y que considerábamos como grande escalinata o en el rellano que daba paso a la portada principal de la iglesia, era donde esperábamos si llegábamos antes de que comenzara la celebración litúrgica.

Contaba con una portada bastante grande con arcada clásica de medio punto, que dejaba ver sobre ella un enorme ventanal coronado por un rosetón y que era acompañado por dos estrechas y alargadas ventanas a sus laterales. En la parte alta, la torre de las campanas y la del reloj, que finaliza en flecha o pináculo.

Curiosas campanas las de esta iglesia, pues hasta tienen nombres. ”Sagrado Corazón” se llama la que voltea en las grandes fiestas; la fija recibe el nombre de “Virgen de la Victoria” y la del reloj ”María”.

Llamaba también nuestra atención el que su reloj contase con cuatro esferas, una en cada frente de la torre; así como la existencia a una altura media y en los laterales de dos casilicios, especie de torrecillas circulares que eran coronadas en volumen cónico y adosadas, que a nosotros nos encantaban.

Junto a la iglesia se encontraba la casa parroquial, en donde en más de una ocasión jugamos al tenis de mesa, cuando nos enfrentábamos al equipo de Acción Católica de los Hermanos Guirado y en tiempos del padre Martín, pequeño cura vasco que no hacía honor por su estatura a los lugareños de aquella zona del norte peninsular, pero de una actividad y entrega a su labor de pastoreo digna de todo elogio. También existían otras dependencias y el archivo de la parroquia.

En su interior de planta basilical contaba con tres naves; la central de mucha más altura, esbelta, y al fondo el ábside que contaba con cinco ventanales alargados propios del románico. Existiendo en su parte alta vidrieras de colores que originaban bellos efectos de luz.

A su altar mayor se accedía por cinco gradas de mármol, que era el material empleado en todo el presbiterio.

Encima de la entrada se encontraba el coro y un sonoro órgano que fue adquirido, según nos contaban, por suscripción popular.

Y como en Melilla es posible todo, hasta que Sara Montiel encuentre en ella a su último amor o se lo monte estupendamente para seguir saliendo en los programas televisivos del corazón, que no pocos consideran como telebasura, proporcionándoles buenos ingresos en su ya casi estado de momificación, llama mi atención ya de adulto que un industrial melillense Mohand Moh Mohatar, musulmán, sea un mecenas que sufrague los gastos de la nueva instalación eléctrica, la pintura, la colocación de mármoles de Macael y valiosas lámparas en dicha iglesia hace algunos años.

Situada en la Plaza de Menéndez Pelayo, cuyo entorno actual me parece un auténtico disparate, que nada tiene que ver con las edificaciones de los alrededores y de la misma iglesia y que me atrevo a calificar hasta de mal gusto y de chapuza. En nada se parece a la que gozamos nosotros, con aquella amplitud que tenía y que engrandecía al templo, que ahora parece quedar como oculto y aunque no existiera ningún elemento de mobiliario urbano.

El Sagrado Corazón se podía contemplar en su plenitud desde la Avenida, sin ningún obstáculo que se interpusiera en la visión del observador; aunque igualmente es justo señalar que sobre el gusto no hay nada y mucho, añado yo, escrito y que lo realizado buenos cuartos costarían.

Aquella iglesia que fue conocida en sus orígenes como la del “Llano” por su emplazamiento, cuyas obras comenzaron en 1911 con la aportación inicial del Estado y de los fieles, sufrió no pocas vicisitudes, hasta que siete años más tarde, en 1918, era inaugurada.

Cuando yo asistía a misa en esta iglesia me gustaba pasar desapercibido y ocupaba siempre la parte trasera, casi nunca ocupando los bancos de la nave central o en el lateral izquierdo, donde sin saber el porqué encontraba mayor recogimiento; una manía igual que otra, digo yo.

Recuerdo mi Primera Comunión en ella a través de una foto que guardo como reliquia, tan formalitos y con cara de inocencia, haciendo un capicúo los dos mellicitos, inmaculadamente vestidos de blanco, con Angelines en medio, con el misal que aún conservo y el rosario en la mano, que ya habían usado otros chicos en otras comuniones, requetepeinados y sin saber, lo confieso como anécdota, distinguir por el parecido tan extraordinario que existía entre nosotros quién era uno y otro; en definitiva, quién era yo.

Señalo que no fui excesivamente religioso; pero tuve épocas en mi vida en que me refugié en la religión y asistía con cierta regularidad a misas tempranas, donde la feligresía era corta y el recogimiento grande, siguiéndola a través del misal ya de adultos de pastas negras y filos rojos o dorados, que también conservo, y cuando éstas se celebraban en latín y encontrabas en el libro sagrado propio la traducción correspondiente para poder enterarte de ella, cuando el sacerdote en ocasiones de cara al sagrario te daba la espaldas y podías contemplar su tonsura y aún vestían con sotanas, que no era ni mejor ni peor o vaya usted a saber.

Asistí en ella a bodas y bautizos y a misas de despedidas de esta vida y a la liturgia especial de las grandes fiestas y solemnidades. Acudí a ella a confesarme en tardes de sábado, arrodillado delante de lo que nosotros llamábamos “quioscos”, que no eran otros que los confesionarios de madera, con rejillas en los laterales para las mujeres y que cuando no estaba el “pater” tenía sus cortinas negras echadas, con propósitos de enmienda que por lo general resultaban bastante efímeros.

Era de los que volvía con timidez la cabeza hacia atrás, una sola vez y sin descaro, cuando sonaba el magnífico órgano o cantaba el coro. En ella y siendo un chiquillo oí por primera vez, teniendo conciencia de ello, el Ave María de Schubert, cantado por el hijo de mis primos Fernando y Luisa, que lo hacia genial, en la boda de su hermana mayor.

Veo en mi mente la iglesia llena en cualquier domingo, con gente en el exterior que me daba la impresión que era como si no se estuviera en la misa, participando en ella como por mimetismo y con mucha rutina.

Recuerdo también épocas de vacas flacas, cuando la asistencia se hacía mínima y el cura desde el púlpito, que por aquellos años se utilizaba para el uso de la palabra, nos echaba la bulla a los asistentes.

Recuerdo los velos en las mujeres y el recato exagerado en el vestir, especialmente por parte de éstas, donde no se veían escotes provocadores y con mangas casi siempre largas en los vestidos.

Eran tiempos también, si tenías mala suerte y las familias eran largas, de ennegrecidos y casi permanentes lutos para las señoras, que en los hombres se hacían más livianos, pasando por la corbata negra al más que llamativo brazalete de igual color, para terminar con el ridículo del botón negro en el ojal de la solapa de la chaqueta.

Era y sigue seguramente siendo la iglesia más importante de la ciudad, sede actualmente del Vicario Arciprestal y la nuestra de siempre, la iglesia del Sagrado Corazón.

66.-Un personaje histórico: PEDRO DE ESTOPIÑÁN

El conquistador de Melilla, Pedro de Estopiñán, que dirigió aquella gesta por los años en que Cristóbal Colón acababa de descubrir el Nuevo Mundo, era para nosotros y creo que sigue casi siéndolo en la actualidad el gran desconocido de los melillenses.

De niño sabíamos que aquel señor era el que había conquistado la ciudad y pare usted de contar. Hoy, cuando a muchos melillenses a la vista de la escultura que lo representa se le demanda quién es ese personaje, su ignorancia podría compararse con la de nuestra niñez, sólo conociendo que se trata del conquistador de Melilla y nada más. Amén de que en nuestra ciudad creo sinceramente que se le hizo poca justicia y no se contribuyó en demasía a sacarlo de ese casi anonimato.

Levantarle una modesta escultura en una plaza escondida y pequeña, que en la actualidad, con más sentido, se trasladó al Pueblo, lugar más de acorde con su propia historia, aunque con la misma modestia, me parece sinceramente escasa atención.

Aunque como consuelo puede señalarse que no es caso único y que son muchas las ciudades que olvidan a sus prohombres de antaño, prefiriendo rendir culto a los contemporáneos, con lo que también entramos, por este mucho alivio, en el capítulo de los idiotas.

De verdad que en nuestra infancia fue un auténtico desconocido. Luego, con el paso de los años, fuimos descubriendo salpicados datos de su historia, siempre envuelta en la leyenda, porque la entidad de su empresa debió de ser de tan escasa importancia que no hubo notables cronistas que se ocuparan de ella.

Aquel ilustre personaje, que también se encuentra retratado en un cuadro de grandes dimensiones en el Ayuntamiento de nuestra ciudad, respondía al nombre de Pedro de Estopiñán y Virués y era hijo de don Ramón de Estopiñán y Mayor de Virués, perteneciendo a familia noble venida a menos, al carecer de recursos económicos importantes. Como era habitual, su padre desde muy joven lo pone al servicio de un noble, en su caso bajo la tutela y a las órdenes del Duque Don Enrique de Guzmán.

Contrae matrimonio con Doña Beatriz de Figueroa Cabeza de Vaca y entra posteriormente al servicio del Duque de Medina Sidonia Don Juan Alonso de Guzmán, en calidad de Contador y cumpliendo sus órdenes realiza un primer viaje de exploración a Melilla.

Coincidiendo con el tercer viaje de Cristóbal Colón a las Indias, él lleva una expedición a Melilla, que es tomada el 17 de septiembre de 1497, entrando en ella al anochecer.

El siguiente paso, una vez desembarcado, es el de asegurar la toma y ejecutar para tal fin las obras de fortificación del lugar conocido como el Pueblo, en donde se asentará la escasa población.

Terminadas las mínimas y posibles defensas, vuelve a Sanlúcar de Barrameda para informar y dar cuenta de la toma al Duque de Medina Sidonia, que a su vez lo envía a la Corte para notificar del hecho a los mismísimos Reyes Católicos, Fernando e Isabel.

Por tal conquista en el mismo año es nombrado Caballero de Jerez de la Frontera y al siguiente tiene que acudir a Alcalá de Henares para firmar el Asiento sobre “La tenencia y guarda de Melilla”.

Es también en este año de 1498 cuando dirige una expedición al vecino Orán, a la zona de Tarques, donde en nombre de su señor hace más de 260 cautivos.

Como es notable y conocido soldado, el mismo Rey le encarga en 1503 organizar una Escuadra para levantar el sitio de Salses, en Francia, localidad que se encuentra acosada por las tropas del rey Luis XII del país vecino; aunque según cuentan algunas crónicas no hizo falta su intervención.

Viaja igualmente a Flandes, donde reside Don Felipe el Hermoso, con el fin de informarle acerca de la situación del Reino; lo que viene a demostrar que goza de la confianza de la realeza.

Dos años más tardes, en 1505, muere en el que sería también residencia del Emperador Carlos V en sus últimos años de vida, en el Monasterio de Guadalupe, enclavado en tierras extremeñas, el día 3 de septiembre y según indican algunos de los cronistas de la época, como fruto de las habituales intrigas existentes entre los miembros de la nobleza y por causa de un envenenamiento.

La Melilla que se encuentra Don Pedro de Estopiñán había sido en la antigüedad establecimiento fenicio y cartaginés y colonia importante del mundo romano, denominada Rusadir, a la que los árabes dieron el nombre actual y los rifeños, en su dialecto el chelja, la nominaron como M´lilia, que significa “Lugar de la reunión” o porque era abundante y celebrada la existencia de rica miel y que fue en definitiva construida allá por el año 920.

Cuentan algunos historiadores que en nuestra vieja Melilla embarcó para ir a la Península el Califa de Córdoba Abderramán I y en ella también desembarcó, después de su expulsión de Granada, el último sultán de los nazaritas granadinos, Boabdil, algunos de cuyos servidores, según los rifeños, se establecieron en las proximidades de la ciudad y que cuando fue ocupada por los nuestros se trasladaron a otro lugar, frente a las Islas Chafarinas y cuyos descendientes son los que ocupan actualmente la cábila de los Ulad el Hach.

Conquistada la ciudad por Pedro de Estopiñán en nombre del Duque de Medina Sidonia, Don Juan Alonso de Guzmán, conocido históricamente como Guzmán el Bueno, por la defensa heroica que hizo de la ciudad de Tarifa, prefiriendo según la leyenda entregar su puñal para que los sitiadores mataran con él a su hijo en lugar de rendirse, tal como aparece en el escudo de nuestra ciudad, Melilla sufrió durante cerca de cuatro siglos continuos asaltos, sitios y asedios, que pusieron siempre en peligro la vida de sus moradores y defensores.

El apoyo y papel importante jugado por la Casa Ducal de Medina Sidonia en las diferentes campañas que dieron origen a la toma de nuestra ciudad y que pusieron fin a su reconquista, llevaron a las autoridades melillenses a que diera el nombre suyo a todo el barrio que conocemos los nacidos en esta ciudad como “El Pueblo”, que correspondía al recinto amurallado de Melilla la Vieja.

Este noble conquistador de la ciudad, magníficamente esculpido en bronce, con la espada levantada al aire en señal de mandato o victoria y portando el estandarte en la otra mano, con armadura cubriendo la parte alta de su cuerpo y con capa que vuela para conseguir la armonía del volumen en su conjunto; barbado y con su mirada alzándose al frente, pienso que se le ha buscado en la actualidad una ubicación más de acorde con su historia y que merece todo el cuido por parte de las autoridades melillenses por mimar su entorno; pues erguido y esbelto, hoy preside como vigilante permanente el rincón que fue fruto de su conquista, que no resultó nada fácil.


67.- Un Hospital: LA CRUZ ROJA

Estuvimos en nuestra niñez muy familiarizados con este edificio porque se encontraba en las inmediaciones de nuestro domicilio y por tanto, eran sus aledaños lugares propicios para nuestros juegos o de paso para emplazamientos también próximos. Ocupaba una superficie bastante grande y no podíamos imaginar que fuera diseñado para colegio, pues menuda instalación escolar para aquellos años.

Cuando íbamos a los hogares de Falange, situados en el bajo del edificio de Sindicatos, teníamos que pasar por delante de su fachada principal, donde se encontraba su entrada y que contaba con unos enormes ventanales con cristaleras que dejaban ver sus pasillos interiores. En esta parte de la calle General Mola, pasada ya la Cruz de los Caídos y el Colegio Hispano-israelí, que estaba en su misma acera, no jugábamos demasiado; quizás por respeto al lugar o porque contábamos con el mismo espacio para los juegos en su parte delantera y era además lugar aún más cercano a nuestro hogar y en donde se encontraba algo tan importante para los chicos, como lo era el quiosco de María, en cuya cercanía se colocaba aquel imponente puesto de melones y sandías, cuando llegaba su época y que atraía nuestra atención de forma especial.

Era igualmente paso obligado para nuestros desplazamientos al Tesorillo atravesando el puente que conocíamos como el del Garaje Bernabeu, propiedad éste, que contaba con gasolinera en su exterior, de nuestro tío Fausto Mas Bernabeu, o cuando marchábamos andando, sin utilizar la COA, al campo de fútbol Álvarez Claro, no subiendo entonces la cuesta de la Shell o de la Escuela Normal del Magisterio, sino ascendiendo por un atajo empinadísimo, como camino de cabra, que salvaba aquella diferencia de altura hasta el barrio de la Victoria en un corto espacio, pero que te dejaba sin aire cuando llegabas arriba.

Ya me parece haber contado que un solar cercano a su fachada lateral, que era la de mayor longitud y en donde se encontraban las habitaciones de los enfermos y que contaba con una enorme azotea, así como sótano a todo lo largo, nos parecía así, y en donde se construyó el Cine Avenida, echábamos unos partidos de pelota interminables, hasta que oscurecía y a marcadores tan elevados como a una veintena y si daba tiempo con revancha incluida y desempate si era necesario.

Aquel cine tan cercano a casa aumentó aún más nuestra afición al séptimo arte, porque además era más económico que el Nacional y el Monumental, y en donde vimos por primera vez el cine en relieve, de poco éxito, con aquellas gafas especiales que nos daban al entrar, incomodísimas por cierto, con la presentación de la película “Los crímenes del Museo de Cera”.

Al ir al Tesorillo por el puentecito nos encontrábamos con las tapias trasera del Hospital, en donde había jardines y arboleda, no demasiado cuidados, la puerta de servicios y hasta un pequeño huerto. Dicha tapia continuaba su línea dando con el Río de Oro.

En la estrecha calle que daba desde donde estaba el Cine Avenida hasta General Mola, en su mitad y antes de llegar a la esquina del colegio de los hebreos, vivió mi hermana Cuqui. A su casa íbamos a verla con frecuencia, al igual que a nuestros dos sobrinitos, Marimel y José Ángel, muy pequeñitos aún y para ayudarla a dar de comer a la niña, que era algo pajolera para esta cuestión y había que meterle la cuchara de comida haciéndole tonterías, engañándola y con la paciencia del santo Job. El niño era algo más pequeño y no daba guerra alguna. A cambio de esta tarea le sacábamos a mi querida hermana unas pesetillas para chucherías o para ir al cine.

Sólo entré en el Hospital una vez y mejor no haber tenido motivo para hacerlo, fue cuando estuvo ingresada en el mismo y unos pocos días antes de su fallecimiento a causa de una cruel y rápida enfermedad, cuando había comenzado a disfrutar de su casi estrenada familia, ya que sólo contaba con veintiséis años.

Qué ejemplo permanente el suyo, jamás la oímos quejarse por nada, siempre con aquel agrado y dulzura que cautivaba a todo el mundo, sin una palabra más alta que la otra, que hasta cuando reñía parecía que estaba pidiendo disculpas al mismo tiempo. Qué pérdida más grande para todos nosotros. Se nos fue sin alboroto, con la grandeza y entereza de los Santos, como queriendo entrar en los cielos sin llamar la atención, con la humildad y sencillez de los elegidos.

Sí asistíamos con relativa frecuencia a su capilla de San Francisco Javier, pequeña, por lo que se llenaba de fieles inmediatamente en las misas y como nuestra puntualidad a veces no era la debida, teníamos que oírla desde la calle, con el consuelo de que siempre había otros detrás nuestra, que equivalía a que eran menos puntuales que nosotros. A veces casi llegaba a llenarse también aquel pasillo al aire libre que daba acceso a la iglesia y que se encontraba entre el Hospital propiamente dicho y una vieja verja de tela metálica con enredaderas que lo separaba de los jardincitos de la Casa Sindical.

Incluso en esta iglesia fue donde realizamos algunos de aquellos Ejercicios Espirituales, creados por el Santo Ignacio de Loyola, que nos metía el miedo en el cuerpo al descubrir la debilidad del pecador, que los éramos todos sin excepción, y sobre todo, por las penas a que nos enfrentaríamos si no nos apartábamos del pecado y de Satanás, que nos estaba continuamente tentando. Vaya trago el de enfrentarnos a estas jornadas. Salíamos con el propósito firme de cambiar y de ser mejores, pero también y que se me perdone la expresión, ligeramente “acojonados”.

Menos mal que el poder de adaptación era inmenso y pronto nos veíamos, siendo como éramos, envueltos en la misma rutina de lo cotidiano; sin que viéramos que se produjeran conversiones profundas que llevaran al seminario, convento o a la vida contemplativa y de oración, como forma de vida a la mayoría de los que asistíamos a los mismos.

Esta capilla se inició en 1926 y tardaron en construirla casi un año justo. Hasta 1953 no se convirtió en Iglesia Parroquial, la de San Francisco Javier. En 1972 se firma el convenio entre el Obispado de Málaga, del cual depende religiosamente nuestra ciudad y la Casa Provincial de Andalucía de los Capuchinos, para que éstos se hicieran cargo de la misma. Siendo su primer párroco, a cuyas misas asistimos en más de una ocasión, Fray José Eulalio Valverde. Esta congregación capuchina estuvo al frente de esta parroquia hasta 1991,en que la devuelven al Obispado de Málaga, con el fin de que se hagan cargo de la misma sacerdotes de la diócesis malagueña.

¡Quién podía imaginar que aquel proyecto del capitán de Ingenieros, José de la Gándara, para albergar niños y ocuparse de su educación, ante la escasez de instalaciones escolares, no llegase a funcionar con tal fin una vez concluido y convertirse en centro hospitalario!

Por problemas económicos, lo que se empezó un día de Reyes de 1915, al colocarse en día tan señalado como regalo para los niños de la ciudad su primera piedra, no se concluyó hasta cuatro años más tarde.

La Campaña de 1921, con el terrible desastre de Annual, siempre tristemente recordado, donde los Hermanos de las Doctrinas Cristianas de La Salle realizaron un papel humanitario destacado en la recogida y enterramiento de los innumerables cadáveres, obligó a convertir aquellas Escuelas mixtas y Graduadas en hospital de campaña, al igual que el Casino Militar, ya ubicado en el nuevo edificio de la Plaza de España.

Un año más tarde se terminaba el proyecto de Hospital Civil, adosado al edificio de las escuelas, convirtiéndose en una gran centro hospitalario para la ciudad de Melilla, que quedaría bajo la gestión de la Asamblea Provincial de la Cruz Roja. Institución que ejerció a través de éste una labor humanitaria destacadísima en nuestra ciudad; gracias también al importante trabajo realizado por las monjas de las Hijas de la Caridad y los profesionales que se integraban en él.

En el año 1979 el Insalud se hizo cargo de su gestión y posteriormente de su personal.

Al abrirse el nuevo Hospital General de Melilla, dependiente del Ministerio de Sanidad, el edificio revirtió a la Asamblea Provincial de la Cruz Roja, que es la única institución que ocupa el mismo en la actualidad.

Ya lo señalé en otras ocasiones, de pequeño nos impresionaba la tristeza de aquellos enfermos que se asomaban en las numerosas ventanas y en especial los que estaban en su gran azotea. Aquellos cuerpos desnudos en su parte superior o con camisetas de tirantes, cuando llegaban las calores a nuestra ciudad y sin contar el edificio con los adelantos actuales del aire acondicionado, que se dejaban ver a través de las ventanas abiertas de par en par, buscando el aire que les faltaba con síntomas de ahogos y combatiéndolas con el abanico o con los viejos y pesados ventiladores de hierro.

Nos llamaban la atención, al igual que ahora, las sirenas de las ambulancias, que por entonces existían en menor número y las camillas en donde introducían a los enfermos en el gran hospital; la palidez y el andar calmo de los que habían recobrado la salud y marchaban a sus domicilios para recuperarse del todo; el encogimiento y la necesidad de ayuda de los que buscaban recuperar allí su salud; la tristeza de los familiares cuando la muerte les había arrebatado a algún ser querido y que manifestaban su dolor con llanto sereno algunas veces y con muestras de desesperación y gritos en otras..., porque uno aunque era pequeño, no permanecía ajeno a la enfermedad y a la muerte, que también las veía de cerca en su propia familia; aun contando con la ventaja del rápido olvido y la fácil adaptación a nuevas situaciones.

El Hospital de la Cruz Roja fue durante muchísimos años el mejor hospital de la ciudad.


68.- Un soldado: EL LEGIONARIO

El vivir en una ciudad eminentemente castrense como la nuestra te permite desde la niñez que estés en contacto y familiarizado con el soldado, con sus uniformes y que conozcas la existencia de los diferentes acuartelamientos que los cobijan, que salpican la ciudad, ocupando importantes espacios de la misma, generalmente en su extrarradio; aunque algunos de ellos, por el mismo crecimiento de Melilla, se ven en la actualidad rodeados por las viviendas de los melillenses.

Infantes, artilleros, zapadores, regulares, mehanníes, ingenieros, intendentes, caballeros, marineros y legionarios estaban establecidos en nuestra ciudad y con ellos convivíamos. Sin embargo, desde muy tierna edad, teníamos algunas preferencias que se centraban principalmente en los conocidos como los “novios de la muerte”, en los caballeros legionarios.

Quizás ello fuera debido a su mismo porte, al hecho aparentemente insignificante de ir despechugados, con la camisa completamente abierta y sacando pecho; a lo atractivo que resultaba su marcha en los desfiles, con más velocidad que ningún otro ejército, en aquellos desfiles tan frecuentes en nuestra ciudad y que culminaban en la Avenida y que contrastaba, porque se encontraban en el extremo opuesto, con el caminar lento y armonioso de la Mehal-la, con sus capas blancas al aire y su paso al son de las gaitas y de las chirimías que te trasladaban a otros lugares y mundos llenos de fantasía infantil; o al mismo misterio que acompañó siempre a aquella soldadesca que procedía de los lugares y situaciones más insospechadas, a las historias inventadas en su torno, a los hechos, algunos heroicos, en que se vieron envueltos o en el mito en que se convirtió su figura.

Te ponían la carne de gallina, cuando en el silencio de las noches de Semana Santa, tenían la osadía de romperlo con las voces graves al cantar su himno, procesionando a su Cristo crucificado, yacente y soportando la cruz con sus brazos durante todo el recorrido, como lo siguen haciendo, despertando admiración y aplausos, en la vecina Málaga.

Nos encantaba ver como los desfiles parecían suspenderse momentáneamente cuando a ellos les correspondía el paso por delante de la tribuna instalada en la Plaza Menéndez Pelayo, delante del Sagrado Corazón, y de pronto el tronar de los tambores y trompetas, mezclados con los espontáneos aplausos de la ciudadanía y los gritos de los pequeños indicando que ya venían, daban un color especial a aquellas paradas militares.

El ver a aquel gigantón negro, que ya nos resultaba familiar de verlo año tras año y que nos decían que había sido olímpico en algún deporte, al igual que desertor en varias ocasiones, acompañado en su paso marcial por el obediente borrego, que hacía sonar su cencerrito y despertaba la alegría y admiración de los pequeños como yo.

Múltiples leyendas se contaban de ellos y de los diferentes motivos que habían motivado su enganche en estas fuerzas especiales. Asuntos de huidas, de robos, muertes, incomprensiones, locuras, desencantos, faldas, odios, aventuras y un largo etcétera, acompañaban a estos hombres, que se veían sometidos a una dura disciplina que por otra parte, a ellos les encantaba e incluso la necesitaban.

Me refiero a aquella época en que la firma del contrato se hacía voluntariamente o en donde buscaban refugio hombres desarraigados y desheredados de la sociedad, con problemas de toda índole, que trataban de olvidar o resolver y que no siempre lo conseguían. Hombres duros y curtidos, a pesar de contar algunos con muy pocos años, en las vicisitudes y miserias del género humano.

Recuerdo aquella vez que arbitrábamos un encuentro de baloncesto, que no sé si lo habré referido ya, y contando con unos dieciocho añitos, entre un equipo de la ciudad y otro integrado por legionarios, a los que su capitán animaba diciéndoles que cuando llegasen al cuartel, si ganaban, les prometía una pipita de kifi y un buen porrón. Y que en uno de los lances del juego, uno de ellos pide al otro gritando que le pase el balón, llamándole “hijo de puta”.

Como dos resortes pitamos al unísono falta técnica al jugador malhablado, que se ve sorprendido por la decisión y nos pide explicación sin malos modos. Le razonamos el motivo de nuestra intervención y los que a continuación nos vemos sorprendidos somos nosotros; pues el soldado castigado por esta desconsideración con un propio compañero llama a éste, al insultado y le pregunta con absoluta naturalidad: ¿Tu madres qué es, fulanito? Y el otro, con la mayor tranquilidad del mundo, le responde: Una puta.

Al legionario lo veíamos como algo propio de la vida melillense, como al resto de los componentes de los demás ejércitos que convivían en nuestra ciudad.

Por eso nos agradaba aquel monumento que se encontraba al final de la calle O´Donnell y en su intersección con la Avenida, el destinado a los Héroes de España, en donde anteriormente estuvo el antiguo quiosco “La Peña”. Monumento que ejecutó el Ayuntamiento con la colaboración ciudadana a través de una suscripción popular durante el mandato del alcalde Álvarez Claro. Diseñado por el artista melillense Vicente Maeso y dirigida la obra por el arquitecto Enrique Nieto. Sobre la peana se encuentra esculpido aquel legionario con fusil y acompañado por un león, como queriendo encontrar una similitud de aquél con la fiereza del animal.

Otro melillense, Enrique Novo, ejecutó en bronce hace escasos años un nuevo monumento a la Legión, que se encuentra en los accesos al cuartel del Tercio “Gran Capitán Primero de la Legión”, en las cercanías de Rostrogordo. En el mismo se ha cambiado la actitud triunfante del anterior por la humanización del legionario, al recibir uno de los símbolos de la ciudad, el ánfora, de manos de una pequeña y que viene a recordar el papel de las tropas españolas, entre las que se encontraba la Legión, en misión de paz en la antigua república yugoslava, concretamente en la de Bosnia y que fue inaugurado por el alcalde Ignacio Velázquez y por el coronel de dicho ejército don Eduardo Ramos.

Esta Legión que tiene sus antecedentes en el Tercio de Extranjeros creado en 1920 y fundado por el Teniente Coronel don José Millán Astray y Terreros. Ilustre militar, gallego de A Coruña, que ingresó muy joven en la Academia General Militar de Zaragoza. De espíritu inquieto y aventurero, que nada más terminar sus estudios participa en la guerra de Filipinas.

A su regreso a España, en tiempo en que se perderían las islas asiáticas al igual que otras colonias allende los mares, se diploma en la Escuela de Guerra y ejerce como profesor en la Academia de Infantería.

Poco después entra en contacto con Marruecos al ser destinado a la Policía Indígena; marchando más tarde a Argelia, donde se relaciona con la Legión Extranjera francesa y fruto de los conocimientos adquiridos del funcionamiento acerca de ésta es la fundación por su parte del Tercio de Extranjeros de España, similar a la anterior, en 1920, cuando había ascendido recientemente al grado de Teniente Coronel y se convierte en su primer Jefe.

Estudioso y viajero empedernido, posteriormente se traslada a Francia para ampliar sus conocimientos, ejerciendo de profesor agregado en diferentes Academias militares francesas.

Herido en varias ocasiones en acciones bélicas, llama la atención la pérdida de uno de sus ojos y de un brazo, que sin embargo, no le alejan de la milicia.

Se encuentra en Argentina cuando se produce el conocido Alzamiento Nacional de 1936 y vuelve inmediatamente a España, siendo nombrado director de Propaganda, Prensa y Radio; así como Jefe del Cuerpo de Mutilados de Guerra.

Muriendo en Madrid en 1954.

La Legión fue creada como Tercio Gran Capitán Primero de la Legión en 1934 y en Tahuima, donde se encontraba el antiguo aeropuerto de la ciudad y en zona de Marruecos. Cuando este país obtuvo su independencia, en tiempos de Mohamed V, que había estado desterrado en Madagascar, el Tercio se traslada a Melilla y ocupa el actual acuartelamiento de Cabrerizas Altas, donde antes había estado el Regimiento de Perinola y Regulares 7.
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M

El siguiente paso y de ahí su nombre, era el de buscar las tijeras que mejor cortasen, que en el caso nuestro no era problema, ya que en el taller de costura de mi madre era fácil encontrar alguna libre en el cajón de las máquinas de coser o encima de la mesa del comedor, donde mi madre planteaba los vestidos y era útil imprescindible, para pasar inmediatamente al recorte cuidadoso de las imágenes dibujadas y en color.

Fuimos niños pacientes para esta faena, cualidad que ya de mayor tampoco nos faltó para tareas artísticas más complicadas, y sin prisas, procurando no salirnos de las líneas de los contornos, siempre marcadas algo más fuerte; los recortábamos bastante bien y digo esto, porque había otros chicos, menos hábiles, que cortaban a bocados y el resultado que obtenían de sus recortes no se parecía en mucho a los originales. Claro que éstos pensarían que para lo que servían, con tal de ponerse de pie estaban perfectamente, que lo de ser más o menos bonitos o feos no era lo importante. Una vez recortados se doblaba la solapa de la parte inferior y a comprobar si se mantenían en pie.

Ya hablé algo al principio de los recortables de soldados y es que había de todas clases. Seguían gustándome los legionarios y regulares, los había de artillería e infantería, nos encantaban los marineros y los de aviación, los de la nieve con los esquíes al hombro que nos costaba algo más recortarlos, evitando que se rompieran éstos, los cosacos rusos, los húsares húngaros, la policía montada canadiense, los yanquis y sudistas americanos...

Todos en diferentes posturas, la mayoría a pie, algunos de rodillas y otros tumbados en actitud de disparar. Con diferentes armas, con fusiles y lanzagranadas, con ametralladora o granadas de mano, con espadas y lanzas. No faltaban los que iban montados en caballerías, ni los que portaban banderas o banderines o tocaban la corneta. Había soldados, gente de tropa, los más, y también jefes y oficiales.

Las niñas se entretenían con otro tipo de recortables, que giraban en su mayoría en torno a la moda, con la variedad de que ellas tenían que recortar los vestidos, calcetines, calzados y demás complementos, donde no faltaban sombreros y pamelas, para vestir a su modelo adecuadamente y según la hora, el tiempo o el tipo de reunión a que asistiera. Sujetando todas estas prendas y complementos con unos cuadraditos blancos en sitios estratégicos que doblados hacia dentro lo ajustaban a la figura, que podía ser femenina o masculina; entrando en este último caso prendas propias para los caballeros, como pantalones, camisas y chaquetas, entre otras.

Como cada cosa tenía su tiempo cuando llegaba la Navidad aparecían en los recortables todos los personajes de los belenes, tales como la Virgen María, San José con su inseparable vara, el Niño Jesús en el pesebre, la mula y el buey, los pastores con los más variados regalos, los Reyes Magos andando o montados en camellos, sus pajes, los soldados del rey Herodes, la mujer lavando, los ángeles y toda la fauna propia de ellos, sin olvidarse de las palmeras que se convertían en el más fiel prototipo de la flora belenística.

Y ya que hablo del Nacimiento, recortables importantes eran los que constituían elementos imprescindibles del mismo, como eran el pozo, los puentes, el castillo de Herodes, las diferentes casitas y el Portal.

El pozo desarrollado en un rectángulo, que después de recortado había que convertirlo en cilindro, añadiéndole sus elementos propios, como el brocal para que no se viera demasiado el blanco del interior, las columnas que unidas en su parte alta soportaban la polea y el cubo que se podía improvisar hasta con un dedal.

Los diferentes puentes, en especial aquellos en forma de triángulo isósceles achatado y con un solo ojo, simulando la piedra y algunos hasta con barandillas que había que incorporarlas en su suelo.

El castillo de Herodes, con distintos modelos y grados de dificultad en cuanto a su construcción, con torres en sus esquinas, sin olvidar las almenas en todas sus parte altas y que en nada se parecían a la realidad de aquella época del nacimiento de Jesús.

Casitas, que en su mayoría no respondían al tipo de construcción de Judea o Palestina, pues no faltaban ni los techos de tejas rojas. Con el Portal abierto al frente y algunos también en sus laterales, de las más variadas formas e imitando a los elementos distintos de construcción, donde primaban la madera y la piedra, con suelos donde estaban las marcas correspondientes para colocar a los protagonistas del Misterio.

En razón del paso de los años y a nuestro natural crecimiento, no sólo físico, sino también en el desarrollo de las diferentes habilidades y aptitudes, aumentaba el índice de dificultad de estos recortables de construcción. Se podían realizar vehículos o transportes diferentes, planos en su mayoría, aunque en los mismos recortables aparecía dibujado el modelo y los pasos a seguir. Sencillos barcos, aviones o trenes. Pero la complicación aparecía cuando nos atrevíamos con reproducciones a escala de edificios notables, donde todas las piezas, hasta las más pequeñas, venían con indicaciones para saber en donde tenían que acoplarse.

Estos últimos invitaban a una tarea bien hecha, paciente y concienzuda, donde además de recortar bien exigía la realización de unos dobleces correctos y un pegado igualmente preciso y que no estaban al alcance de todos los chicos.

Aquellos recortables de nuestra niñez y el goce que se tuvo con ellos, la misma complicación progresiva de éstos en el paso del tiempo, supuso que bastantes adultos hayan conservado esta afición y más tarde ocuparan parte de su ocio en la dedicación a este tipo de construcciones, con otros materiales más variados que vinieron a reemplazar al sencillo papel ilustrado, y que como señalaba anteriormente, necesitaba de paciencia, de una cierta habilidad manual, de precisión y sobre todo, que te gustase.

Hoy, esta actividad ha quedado relegada a actividades escolares para los alumnos de educación infantil o de los primeros cursos de primaria y puede decirse, sin temor a equivocarse, que fue una especie extinguida para los niños, que se mueven en la actualidad con otros elementos más complejos y sofisticados, que nada tienen que ver con el paciente comportamiento del papel, que se prestaba y servía para casi todo, y en especial para poder hacer volar nuestra imaginación.


70.-Un periodista: CÁNDIDO LOBERA

El primer conocimiento que tuvimos de este hombre siendo niño fue a través del espacio verde que llevaba su nombre, el Parque Lobera, lugar que visitábamos con cierta frecuencia, al entrar en el capítulo de nuestras escapadas y principalmente, porque con ellas sobrepasábamos los límites de lo autorizado, con lo que se convertía en pequeña aventura y por la llamativa espesura de su arboleda y por la escasez de vigilancia, lo que nos permitía jugar a nuestras anchas; aunque era mucho más pequeño que el nuestro, el Parque Hernández, ya que abarcaba sólo unas dos hectáreas y en cuesta arriba.

Se construyó el mencionado parque en el espacio conocido como “Pedregal de Ataque Seco” y tenía para nosotros dos accesos, el de la izquierda pasado el cine Nacional y subiendo la cuesta de Ataque Seco, por donde se hacían rodar las latas en señal de júbilo el Sábado de Gloria o de Resurrección, que luego pasaría al Domingo y el de la derecha, que contaba con una pequeña plazoletita y una escalera de acceso, cuyo trazado lo vimos variar en más de una vez. Estando el comienzo del mismo de cara a las traseras del gran edificio de Correos y se empezó a ejecutar en el año 1927.

En la actualidad está jalonado en sus extremos por dos construcciones simbólicas de la ciudad, a las que vimos nacer, como son el Auditorio Carvajal, en su parte baja y el Parador Nacional de Turismo, en su lugar más elevado. No tanto en este último como en el primero, en muchas de nuestras correrías veíamos como se iba ejecutando aquel anfiteatro, como los de las películas de romanos en planta, pero en moderno, ya que era una obra que despertaba nuestra curiosidad.

Cuando se concluyó, allá por el año 1962, recién ganadas nuestras oposiciones de Magisterio y convertidos ya en unos jovencitos, comenzamos a frecuentarlo en razón de los diferentes espectáculos que allí tenían lugar y que iban desde los conciertos y recitales de los artistas de moda en la época a las zarzuelas, representaciones de obras teatrales, actuaciones de coros, variedades y hasta revistas, sin olvidar las veladas infantiles para la gente menuda.

Contaba con un aforo de más de 5000 personas, que se situaban en dos espacios: el delantero ocupado por sillas y el trasero convertido en un graderío, que por supuesto era el que más nos acogía, en razón de que su visión era igual y principalmente en que era su entrada más económica. Lo de la dureza del suelo no nos preocupaba en demasía y en casos extremos se acudía a la almohadilla.

El escenario era inmenso, con 25 metros de largo y 13 de fondo y 3 de alto. Tenía un foso para las orquestas y lo que más atraía nuestra atención, por su novedad, era su fuente que además de su estética, servía de telón, ya que sus surtidores elevaban el agua a una altura suficiente.

Se inauguró con la pieza teatral “La bella Malmaridada”, en homenaje a Lope de Vega y fue puesta en escena por la compañía de Teatro Nacional María Guerrero de Madrid.

En él pudimos ver, que siempre nos gustó el teatro, obras de autores consagrados como Antonio Gala, Buero Vallejo y Alejandro Casona.

Cuando tuvimos más años, que ya no éramos unos críos, y comenzamos a enfrentarnos cotidianamente con “El Telegrama del Rif”, sobre todo con sus páginas deportivas en principio, conocimos al señor Cándido Lobera por un nuevo motivo, por ser el fundador de dicho diario melillense de nuestro tiempo.

Periódico que aparece en 1903 y que tuvo su antecedente en "El Telegrama”, fundado también por él, por lo que el llamarle del Rif sólo supuso un cambio del nombre de su cabecera.

Cándido Lobera, hombre polifacético, de vocación inicial hacia lo castrense, se inicia como periodista en el año 1893 y algunos años más tardes, concretamente en el 1900, coincidiendo con el comienzo del siglo se incorpora al “El Heraldo de Melilla”.

Su periódico, eminentemente localista, es una estupenda fuente de información para los melillenses y hoy, puede decirse cuando ya han pasado tantos años, que se ha convertido en manantial rico para conocer el pasado de nuestra ciudad, desde los comienzos del ya pasado siglo XX.

Sus crónicas acerca de la Campaña de 1909 fueron bien conocidas y hasta tal punto eran del agrado del lector que se llegó a decir en la capital de España, que el grupo periodístico creado en Madrid en torno a periódicos como “El Liberal”, “El Heraldo” y “El Imparcial”, giraba alrededor de don Cándido Lobera.

Había nacido este hombre tan importante para la historia contemporánea de nuestra ciudad, en Granada en el año 1871, en el seno de una familia acomodada dedicada al comercio en la ciudad de la Alhambra.

Terminados sus estudios de bachillerato se enfrenta a la Universidad, iniciando los estudios de Derecho, que nunca llegó a terminar, pues los abandona después de aprobar sólo el primer curso; entre otras cuestiones por una muy fundamental, la de conocer a la que sería su esposa, Francisca Peré, hija de un importante comerciante de Melilla y también porque su vocación parece que le empuja hacia lo militar.

Pasa entonces por diferentes Academias Militares, después del correspondiente ingreso y a los 22 años ya era teniente, siendo destinado al Cuartel de Artillería 13 de Málaga.

Al producirse la conocida como Guerra de Margallo, aquel batallón malagueño es destinado a Melilla, en donde permanece al cesar la contienda bélica, con lo que Cándido Lobera se queda en nuestra p
población.

aparece otra faceta de su vida, la pedagógica, ya que crea en nuestra ciudad una Academia Preparatoria Militar, a la que denominó “Santa Bárbara” y que contó con un importante número de alumnos aspirantes al ingreso en las Academias Generales Militares del Ejército, principalmente en la de Zaragoza.

Cuando posteriormente lo destinan a Ceuta ya está perfectamente ubicado en Melilla y renuncia, pasando por petición propia que es aceptada por la superioridad a la situación de supernumerario, sin cobrar sueldo alguno, como recogía la ley vigente de aquellos años. Ello no evitaba, sin embargo, que por razón de edad siguiera ascendiendo y cuando obtiene el grado de capitán y poco antes de que estallara la llamada Campaña de 1909 vuelve al servicio activo y participa en dicha contienda.

Era de los que tenía muy clara la realidad de la presencia española en el continente africano y la defendía con todo el ardor del mundo, tanto como profesional del ejército como a través de su acertada y fácil pluma, por medio de numerosos artículos y crónicas que aparecían con asiduidad en diferentes diario de la época.

Aprende el árabe perfectamente, teniendo como profesor al mismísimo Abdelkrim, que por entonces era colaborador de su periódico “El Telegrama del Rif” y que posteriormente se convirtió en hombre clave y protagonista de la guerra que sacudió a Melilla y la zona del Magreb en 1921, con innumerables pérdidas de vida, porque entendía que el poseer el instrumento de la lengua le facilitaría el mejor conocimiento del pueblo rifeño, con el que era más rentable entenderse que enfrentarse bélicamente; aunque en no pocas ocasiones fuera necesaria esta última situación.

De nuevo nos encontramos con otra particularidad de su existencia, como lo es la de su dedicación a la vida pública. Participa de forma activa en la vida de nuestra ciudad, Melilla, que ya era también la suya, organizando certámenes literarios y juegos florales; preocupándose por la mejora de la enseñanza, propiciando la creación de nuevos centros escolares; no permaneciendo ajeno a las inquietudes y problemas de nuestros escasos agricultores, que si bien son minoría con relación a industriales y comerciantes o con otros sectores económicos de Melilla, como el relacionado con el mar, encuentran en él un defensor que pelea por su estabilidad y llega incluso a presidir el Ateneo de Melilla.

En 1927 forma parte de la Junta Municipal, que presidirá un año más tarde, convirtiéndose en el primer alcalde civil de Melilla; ya que anteriormente existía en nuestra ciudad una Junta de Arbitrios, pero no Ayuntamiento o Junta con este carácter.

Como todos los alcaldes, en su mandato se mejoraron cosas en nuestra ciudad, destacándose entre ellas: la construcción de la primera línea de abastecimiento de agua potable, se dio un excelente empuje al servicio de incendios y al alumbrado, así como fueron destruidas y desaparecieron las conocidas como “Barracas itinerantes”.

Otra de sus actividades fue la comercial, participando en negocios relacionados con la minería por su claro contacto con el Rif, formando parte con otros melillenses conocidos de su tiempo una sociedad denominada Sindicato Minero de Melilla, que tenía la posesión del coto minero conocido como “Mina Navarrete” en Beni-bu-Ifrur y que fue cedido a compañías extranjeras.

Es fundador, junto a Pablo Vallescá, de la Asociación de Comerciantes e Industriales en 1899, que viene a ser como la precursora de la Cámara de Comercio de Melilla, que se crearía en 1906.

Hombre intuitivo y práctico, ve con claridad que para el desarrollo de la ciudad, desde los puntos de vista militar, político y comercial, es absolutamente necesario un puerto, realizando para tal fin un trabajo impreso que es premiado por la Junta de Arbitrios de la ciudad en los Juegos Florales de 1900.

Desde las páginas de su diario, porque es hombre también preocupado por los problemas sociales, promueve la construcción de un barrio para los obreros, que en 1904 cristalizaría, haciéndose realidad y en donde transcurrió toda nuestra niñez y juventud, tras la calle Teniente Coronel Seguí y que se conoció siempre como el Barrio Obrero. Se puede decir igualmente que la Junta de Beneficencia nace por iniciativa suya y que es espléndida la labor que desarrolla a favor de los menesterosos en cuanto a las instalaciones y servicios que les presta.

Fue creador y primer presidente en 1912 de la Asociación de la Prensa en Melilla.

Personaje controvertido, orgulloso y distante como reconocían sus propios amigos, choca con hombres y organismos de nuestra ciudad en determinados momentos, con personas que pretenden acaparar todos los cargos representativos de la administración y comercio melillenses, con la Cámara de Comercio y la de la Propiedad.

Fue hombre notablemente condecorado y falleció en el Hospital de la Cruz Roja el 30 de abril de 1932, instalándose la capilla ardiente en la dirección de “El Telegrama del Rif”.

El Ayuntamiento melillense acordó que una calle de la ciudad llevara su nombre en el barrio de Ataque Seco, acompañando en el callejero a personajes ilustres de nuestra literatura, como Antonio Machado, Dámaso Alonso, Emilio Prados, Federico García Lorca, Gabriel Celaya,, Gerardo Diego, Jorge Guillén, Juan Ramón Jiménez,, León Felipe, Luis Cernuda, Miguel Hernández, Pablo Neruda, Pedro Salinas, Vicente Aleixandre, entre otros y con el escritor melillense Miguel Fernández.


71.- Un transporte: LA COA

Si hay algo en nuestra ciudad al que ningún melillense puede permanecer ajeno es a la empresa de transportes que callejeaba por Melilla y que todos conocíamos como la COA, sin más. El amarillo pálido del color de sus autobuses con la franja horizontal anaranjada en donde iba inscrito el anagrama nos los hacían familiares y los distinguían de aquellos otros, en donde predominaban los verdes, que llevaban al personal a los distintos pueblos de Marruecos; los más inmediatos, como Nador, Tahuima, Segangan, Monte Arruit, por señalar a algunos, o tan lejanos como Alhucemas, Xauen, Alcazalquivir, Larache, Tánger o Tetuán, en uno de los cuales y aún siendo un chaval imberbe, nos desplazamos allí para jugar un sector juvenil de voleibol y en donde me llevaron los compañeros, algunos de los cuales ya estaban más corridos que cualquier circuito moderno de velocidad, por primera vez a una casa de las llamadas de citas, un verdadero burdel que jamás se me borraría de mi mente.

Como cualquier servicio urbano existente en todas las ciudades contaba con sus puntos de salida y llegada y las paradas correspondientes en los diferentes trayectos. Por vivir en el centro y aunque no pasaba por nuestra calle ninguna línea regular, estábamos familiarizados con este transporte, porque sus puntos de salida se encontraban en la calle Marina, en la otra acera del Parque Hernández, y en la Plaza de España, que se encontraba al final de la calle Teniente Coronel Seguí y también porque su servicio lo usábamos con bastante frecuencia y casi siempre con los mismos destinos.

Por aquellos años teníamos además buenas piernas y estábamos ligeros de kilos, ya que no parábamos de hacer ejercicios y quemábamos estupendamente las calorías; por lo que sólo lo usábamos para determinados viajes y siempre actuando con la lógica de que si te ahorrabas el gasto usando el coche de San Fernando, como decían algunos, un ratito a pie y otro andando, te quedaba el importe para golosinas, que en nuestro tiempo tampoco faltaban, pues los quioscos y los vendedores ambulantes, como aquel que vendía arropías, ya se habían inventado o para otras cuestiones que estimábamos más importantes.

Tampoco en nuestra ciudad existían distancias excesivas; pues aquel cañón llamado “El Caminante”, que desde la batería ubicada en el Fuerte de Victoria Chica, que en 1862 con sus disparos sirvió para fijar los límites y configurar la soberanía de Melilla, no tenía demasiado alcance.

Diferentes rutas y paradas utilizábamos. Por ejemplo, si íbamos al cine Perelló y teníamos tiempo y nos sobraban algunas perrillas nos marchábamos a la Plaza de España para cogerla. Si el tiempo era justo, cruzábamos por el puesto de Socorro y pasado el gran puente del mineral que sobrevolaba por encima de la carretera, en una parada que existía bajando el monte de San Lorenzo, antes de llegar a la casa de Pacoli, allí nos subíamos. Como el servicio era bastante continuado, otras veces echábamos a andar y cuando la veíamos venir, corríamos y la cogíamos en la parada más próxima o la dejábamos pasar y seguíamos andando.

Esta ruta incluía nuestros desplazamientos a la casa de nuestra tía Trini, que vivía en una elevación del terreno que se encontraba precisamente enfrente del cine Perelló y por cuyos bajos pasaba el tren de las Minas del Rif. Allí íbamos a saludarla en la planta alta de un edificio en donde residía y que en su planta baja contaba con una carpintería que había sido de mi tío, ya fallecido y que tenía arrendada a un familiar, en donde veíamos como trabajaban allí y nos gustaba oler el serrín y la madera recién cortada, además de que nos dejaban coger tacos y pequeños trozos de éstas que nos servían para nuestros juegos.

También esta línea nos acercaba al barrio del Real; sobre todo, cuando llegaban sus fiestas, la segunda en importancia después de las de septiembre que eran para toda la ciudad y a la que acudían gran número de melillenses de diferentes barrios. Allí acudíamos también en “escapadas”, especie de pequeñas aventuras o giras, para jugar curiosamente en el paseo con bancos y arboleda que existía en su avenida principal, para visitar su mercado y curiosear, así como su pequeña iglesia, y siempre con el consiguiente misterio y picardía de encontrarnos en las cercanías de la calle Mar Chica, donde decían que se encontraban las casas de putas de la ciudad, frecuentadas principalmente por el personal de tropa y en donde se encontraban con mujeres malas, que a nosotros nos parecían todo lo contrario, llevados por nuestra imaginación y que la soñábamos como las más buenas.

Y tenía su final en la Hípica, adonde acudíamos en ocasiones, aún sin ser socios, acompañando a algunos de éstos; que si eran mayores no nos ponían pegas para entrar, como cuando acudíamos con el señor Molineros, nuestro vecino que era oficial del ejército, no recuerdo ahora su graduación y que no tenía hijos, para presenciar los concursos hípicos. Otras veces íbamos con pequeños de nuestra edad y la entrada dependía del humor del portero de turno, que a veces no nos decían nada ni ponían ninguna pega y otras nos despachaban sin miramiento, a pesar de las protestas de los valedores y el enfado nuestro. Claro que como la paciencia es la virtud de los victoriosos, en no pocos de estos casos, esperábamos que el susodicho portero fuera reclamado por algún superior, que allí los había a montones, o que dejara su puesto para cualquier otra tarea, para colarnos y poder así presenciar los partidos de tenis o de baloncesto que se jugaban en aquellas novedosas pistas rojas de ladrillos molidos, que enseguida ponían de tal color el calzado y los calcetines de los jugadores; todavía no habían llegado las pistas de material sintético, ni el césped natural ni artificial para éstas.

Cuando no teníamos éxito nos alegraba andar también por el camino, todavía sin asfaltar, que existía entre la tapia de la Hípica y el cuartel, que conducía a la playa y en donde existía una puerta de servicios, mucho más pequeña que la principal, para vehículos y animales y por donde nos colábamos en algunas ocasiones si no había vigilancia y que era también la elegida para salir cuando habíamos burlado la vigilancia del portero principal y no encontrarnos con él.

Cuando llegábamos al final y por el exterior nos encontrábamos con aquella alambrada que separaba la bien cuidada playa de la Hípica de la otra, que permanecía por aquellos años en estado silvestre y que apenas era utilizada por los melillenses, por carecer de los mínimos cuidos y servicios. Eran tiempos en que el pensar en un paseo marítimo y en una playa única y en condiciones parecía utópico o cosas que sólo existían en las películas de los americanos.

Otra de las rutas era la que nos llevaba a la zona alta de las proximidades del campo de fútbol o estadio Álvarez Claro y también con diferentes fines. Para usar esta línea generalmente íbamos a la calle Marina o también podíamos coger la COA en las cercanías del monumento del Alférez Provisional, en la calle que iba desde las traseras de la Comandancia General, con pabellones militares a su derecha y después de cruzar Carlos de Arellano hasta el final de la calle General Mola y que no recuerdo si era la calle Reyes Católicos o sólo Isabel la Católica.

Si nuestro objetivo era sólo presenciar algún encuentro de nuestra U.D. Melilla nos apeábamos en el cruce de la carretera de Alfonso XIII, conocida como la de los cuarteles, que contaban enfrente con grandes bloques de pisos para los militares, con otra pequeña que llevaba en una dirección a Regulares 5 y en el otro sentido al mismo campo de deportes, y que en su encrucijada contaba con una especie de estación de radio o algo por el estilo. Y más adelante, cuando el barrio de la Victoria se consolidó, podíamos trasladarnos al mismo en la COA y apearnos en la parada que existía en su entrada, que daba a la tapia del campo de fútbol, en las cercanías del actual Instituto de Bachillerato. Línea que cogíamos igualmente cuando visitábamos a nuestro hermano mayor, Domingo, y a los suyos que vivían en todo el cogollo del mismo.

Claro que a veces cuando queríamos ver a los azulinos de nuestro equipo y andábamos mal de cuartos y por aquellos años en que el barrio aún no estaba concluido, subíamos andando por el atajo en gran pendiente y en estado semisalvaje que se iniciaba enfrente de la fábrica de gaseosas de los Weil, antes de los depósitos de la Shell y de la cuesta de la Escuela Normal del Magisterio y que te llevaba a una gran explanada, desde donde se podían contemplar panorámicas excelentes de diferentes rincones y la mayoría de los barrios de nuestra ciudad, y que una vez atravesada te conducía al Álvarez Claro, que con esta sencillez nominábamos a nuestro campo de fútbol, en honor del magnífico alcalde que lo construyó y que por entonces, por supuesto, que nosotros no sabíamos quién era. Había que dar por descontado que el regreso era más liviano, porque se tenía que bajar y sobre todo más llevadero si el equipo de nuestros amores se había alzado con el triunfo. Después de los partidos, por lo anteriormente dicho y porque se formaban unas colas monumentales para coger la COA, raramente acudíamos a su servicio.

Cuando iniciamos los estudios de Magisterio, curiosamente, en raras ocasiones nos subíamos a ella; quizás ello estuviera motivado porque la entrada de la Escuela Normal estaba en la misma curva que coronaba la cuesta de la Shell, en donde la carretera se bifurcaba hacia Farhana y la parada quedaba algo lejana. Además de que teníamos que subirla a diario y que cuando terminábamos las clases el recorrido era también cuesta abajo, lo que nos familiarizó principalmente con la industria del mármol de los Gámez, padre e hijos, a uno de los cuales, me parece que a Pepe, me lo encontré en cierta ocasión, dándome una gran alegría, perfectamente instalado en la misma actividad en el polígono industrial del puerto onubense de Ayamonte. La verdad es que no valía la pena coger la COA para tal recorrido y menos aún al regreso, pues por la propia inercia de la bajada, sin darte cuenta, una vez atravesado el puente del Tesorillo, ya estabas en Mola, que era la antesala de Teniente Coronel Seguí y porque por entonces teníamos buenas piernas.

Era curioso que algunos chavales, imitando a mayores y con espíritu coleccionista, guardábamos los pequeños billetes que nos daban al montarnos el cobrador de turno, que iba de asiento en asiento cobrando el importe de los mismos a los usuarios y que nada tenía que ver con la conducción del autobús, como ocurre en la actualidad, cuya numeración correspondía a una cifra capicúa; es decir, que tenían números que se leían igual al derecho que al revés. Era motivo de alegría conseguir uno de ellos y se guardaban con auténtico mimo.

A los neófitos y despistados les gastábamos la broma, cuando con desilusión comprobaban que su número no era capicúa, de animarles a que comprobasen si eran capicúas ingleses, explicándoles que eran aquellos que sumaban igual sus cifras en los dos sentidos. Algunos caían en el juego y gozosos señalaban afirmativamente que sí lo era, al sumar las cifras empezando por la izquierda y coincidir en el resultado cuando lo hacían desde la derecha; aunque cuando después de algunas risas, descubrían su error, el rubor subía a sus mejillas y seguro que se consolaba pensando que no sería el último en caer en la trampa y que intentaría pegársela a otro pardillo como él en el futuro.

La modernidad trajo la máquina y la reducción del personal. En aquel transporte urbano, además de la figura del conductor existían la del ya mencionado cobrador, que iba arrancando de aquellos pequeños talonarios de diferentes colores y de un papel casi tan fino como el de seda, impreso y numerado, los billetes que entregaba a los pasajeros a cambio de su importe. El problema era cuando la COA, por diferentes motivos, se llenaba y no quedaban apenas huecos para moverse éste. Sin embargo, su habilidad era tal que raramente se escapaba el personal sin pagar.

Otra línea era la de los cuarteles y que durante mi servicio militar tuve que usarla con bastante frecuencia; apeándome en el mismo lugar que cuando de pequeño iba al fútbol y andando, cogiendo la carretera que iba a Yasinem, me llevaba a una distancia de unos doscientos metros a la entrada principal de Regulares 5. No estoy seguro si esta línea al terminar la carretera de Alfonso XIII seguía para el barrio del Real o bajaba por el Hospital Militar, enfrente del cine Perelló, para rodear la ciudad.

Existirían algunas más, pero la verdad es que tampoco las recuerdo bien, porque apenas las usé: pero pienso, por pura lógica, que alguna subiría a Cabrerizas Altas, a las cercanías de Rostrogordo, porque por allí habría muchos potenciales usuarios, como los eran los habitantes de dicha barriada y los moradores de los diferentes acuartelamientos.

Curiosamente, cuando veo otros transportes urbanos inmediatamente los asocio con el nuestro; en donde y como el rigor no era como en la actualidad, te podías dar con ejemplares tan variados como el que encontramos en el mismo género humano, desde los modernos vehículos de reciente adquisición por parte de la empresa, a los achacosos y agobiantes vehículos que te daban la impresión de que te podían dejar tirado en cualquier rincón de la ciudad. Esta asociación era tal y sobre todo al dejar nuestra ciudad, que en más de una ocasión, cuando en otras localidades te veías obligado a utilizar este medio de transporte, inconscientemente se me escapaba lo de “Vamos a coger la COA”, reemplazando el artículo por la marca que llevabas contigo desde la niñez.








































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72.- Las leyendas de nuestra niñez: LA DEL CABO NOVAL Y OTRAS

Al igual y sin ánimos de molestar a nadie que en la desconocida Extremadura de antaño los abuelos contaban a sus nietos historias de desheredados y perseguidos por la justicia que se convirtieron en viajeros, aventureros empedernidos y grandes conquistadores o que en la verde Galicia, donde decían que para descansar el mismo Dios después de la azarosa y ardua creación, apoyo su mano en esta bendita tierra dando origen a sus maravillosas rías, sus mayores contaron a sus rapaciños historias de emigrantes que salieron empobrecidos y antes de que la muerte los llamara regresaban como potentados y adinerados para en un gesto de extrema gratitud devolver a su terruño lo que no habían recibido de él, a pesar de su extraordinaria belleza; no es de extrañar que en nuestra querida Melilla los ancianos contaran a sus nuevos retoños, en las largas noches de estío o en las menos largas del suave invierno, cuando la ligera lluvia les privaba del paseo y del juego respectivamente y les obligaba a permanecer en casa, historias convertidas en leyendas de héroes arcanos, porque el lugar, Melilla, y sus alrededores, con el inquieto cabileño esporádicamente queriendo recuperar lo que estimaba que había sido de sus antepasados y en muchas ocasiones en pie de guerra, daba motivos para la aparición de aquellas.

Cuántas veces nos contaba nuestra querida madre, algo medrosa en este aspecto, el pánico que pasaron cuando ella era todavía una niña y después una moza, en las campañas de 1909 o en la que ella llamaba, porque fue más consciente de su riesgo, la guerra del 21. Y en medio de todos estos encuentros bélicos entre el que quiere conservar unas veces sus dominios y ensancharlos otras, y el que desea recuperar lo suyo, siempre aparecen los adalides que con sus gestas despiertan el deseo del narrador por registrarlas, engrandecerlas y hasta recrearlas, con el único inconveniente de que las historias casi siempre son escritas y contadas por los vencedores.

Estas historias locales se confundían porque sólo tenían una transmisión oral y servían para dar aliento y ánimos a la ciudadanía, casi siempre en una situación bastante precaria y complicada. Así, me parece recordar que los nuestros nos contaban la historia del Cabo Noval, como la de un joven artillero que cogido prisionero en el Gurugú y teniendo que disparar sobre la ciudad, quitaba las espoletas a las bombas para que no causaran daño y que al ser descubierto lo dejaron ciego en principio y lo maltrataron de tal manera, que no pudo resistir y encontró la muerte después de sufrir martirios y lo indecible. Posiblemente se produjo algún hecho parecido y ellos le pusieron el nombre de este joven, el del asturiano Luis Noval Terrón, que también murió trágicamente y como un verdadero héroe, porque también les sonaría de algo.

Fue efectivamente la del Cabo Noval una de las hazañas más heroicas de la conocida como Campaña de 1909, teniendo en cuenta también la relatividad e importancia de los hechos, ocurrido éste en el Zoco el Had de Beni Enzar. A eso de las dos de la madrugada los moros atacan la posición defendida por las tropas de la plaza, viéndose prisioneros los ocupantes de algunos puestos de centinelas, entre ellos el Cabo Noval. Sujeto por las tropas enemigas quieren éstas obligarle a que indique a los que están en las trincheras que se trata de soldados de una avanzadilla, no de enemigos, con el fin de penetrar en el Campamento y aprovechándose de la oscuridad. Éste, lejos de cumplir con las indicaciones anteriores, en las proximidades de sus compañeros, grita: “Haced fuego sobre nosotros, que son moros”.

En su tumba se podía leer el siguiente epitafio: “Diste tu vida por la Patria escribiendo hermosa página de Gloria en la Historia del invicto Ejército Español como buen hijo y mejor Patricio; Cabo Noval en África”.

Así se ve más claramente también lo señalado anteriormente acerca de que la historia casi siempre es escrita por los que ganan.
Enterrado en principio en el cementerio melillense de la Purísima Concepción, en el año 1914, sus restos fueron trasladados posteriormente a su ciudad natal, Oviedo; después de que se le levantaran monumentos en Madrid y en ella y de que recibiera la Laureada de San Fernando en el año de 1910.

Y ya que hablo de nuestro cementerio, en él podías sentir curiosidad al presenciar aquel monumento con forma de torre inclinada, coronada con una columna truncada y dedicado a Bueno Espinosa y algún antiguo del lugar podría explicarte que el mencionado mausoleo donde reposan sus restos fue costeado por los jefes y oficiales de este soldado del Batallón Disciplinario de Melilla, que murió apaleado en las inmediaciones de Cabrerizas en el año 1892 en el cumplimiento de su deber militar.

O podrían contarte que aquel famoso hidroavión llamado “Plus Ultra” que en 1926 salió de Palos de Moguer, en la provincia de Huelva, en busca de las Américas, parando primero en Las Palmas y consiguiendo entusiastas acogidas en Pernambuco, Río de Janeiro y Buenos Aires, que aparecería posteriormente en todos los libros de texto, y pilotado por el aviador Ramón Franco, por el capitán de artillería Julio Ruiz de Alda, por el teniente de navío Juan Durán y por el mecánico Pablo Rada, pertenecía a la base de hidros y que conocíamos bien en el Atalayón, que se encontraba en la Mar Chica, entre Melilla y Nador, donde en alguna ocasión vimos como amerizaban estos aparatos de hélices que se apoyaban en el agua con esas especies de barcazas que llamaban nuestra atención.

Otro día y a cualquier niño de nuestra ciudad el relato contado podía hacer referencia a Antonio Mesa, que tenía a su cargo como cabo un cañón en el barco “General Concha”, que en el año 1913 naufragaba en unos arrecifes de la playa de Busicú, a unas cinco millas de Alhucemas. La nave se ve atacada desde tierra, produciéndose algunas bajas entre la tripulación y como no puede comunicarse, porque sus aparatos de radio están averiados, con otro cañonero que se aproxima a la costa, el “Lauría”, se ofrece como voluntario con otros diez compañeros para embarcarse en un bote y arribar a éste para indicarle la crítica situación de su embarcación. Dirigida la pequeña barca, que sólo cuenta con dos remos, por él y animando al resto de subordinados que remen con los brazos y manos, consiguen llegar al “Lauría”, con la mala fortuna que cuando creían estar a salvo todos, una bala le hiere en la cabeza de gravedad y nada pueden hacer por salvarlo; aunque recibiera los primeros auxilios en el mismo barco y posteriormente llevado a Melilla, donde era operado en el Hospital Doker.

Otros niños recibirían como narración, al calor de aquellas cocinas aún de carbón, en torno a la mesa con mantel de hule y de cuadritos de colores, la valentía de aquel soldado del Regimiento de África que en 1893, en una refriega con los moros fronterizos, escondido tras un caballo muerto, se batió como un jabato para impedir el avance de refuerzos para la toma del Fuerte de Camellos. Consiguiendo además, ya sin apenas fuerzas, llegar a dicho fuerte, siendo abrazado por el mismo General Margallo.

La conversación también podría girar en torno a Carlos de Arellano, cuya calle estaba muy próxima a la nuestra, y de su mala estrella, cuando allá por el año 1646, en que es Gobernador de Melilla y sale de la ciudad vieja y amurallada en persecución de un grupo de fronterizos que se habían llevado 14 caballos, se ve envuelto en una emboscada, perdiendo él y un número importante de soldados la vida.

Cómo no recordar a tantos desaparecidos del conocido como el Desastre de Annual, que originó tantas discusiones políticas acerca de la conveniencia o no de permanecer en África, en razón de tanta permanente y sangrienta contienda y los gastos tan elevados que conllevaba; así como los ríos de tinta que se derramaron en los diarios del momento. Cómo no venir a la memoria de los supervivientes escasos, la figura, por ejemplo, del Teniente Flomesta, murciano de nacimiento, que formando parte de la Primera Batería de Montaña ocupan el monte Abarrán, en cuya posición queda destacado y se ve obligado a tomar el mando de la misma al morir su capitán y que herido ante el ataque durísimo de las tropas enemigas, nada le detiene en la lucha, exhortando a sus hombres para ejercer una defensa casi numantina y que cuando se agotan las granadas que disponía, inutiliza sus piezas para que no puedan ser utilizadas por el enemigo, siendo hecho prisionero al final y falleciendo al negarse a tomar alimentos.

Hasta en piezas de teatro se rendiría homenaje a estos héroes casi anónimos, como es el caso de la obra escrita por Leandro Alfaya, que bajo el título de “El blocar de la muerte”, hace honor a los legionarios muertos en la guerra del 21. Estaba establecido aquel blocar denominado “El Malo” concretamente en Dar Hamed, en el Gurugú, cerca de Sidi Hamed el Hach, conformado por una fortificación reducida de sacos terreros con cubiertas de tablas y una alambrada alrededor, lo que hacía que fuera presa fácil para los harkas; además en un terreno accidentado y muy apto para el camuflaje de los mismos. En la tarde del 15 de septiembre sufre un durísimo ataque con fuegos de fusil y cañón y desde el Atalayón, ocupado por los legionarios del Tercio de Extranjeros, piden voluntarios para reforzar la defensa del mencionado blocar y salir al anochecer. Al mando del Cabo Suceso Terreros salen 14 legionarios para socorrer “El Malo”, aunque son muchos más los que se ofrecen para tan difícil empresa. Estos consiguen romper el cerco enemigo y entran en el blocar, entablándose una terrible lucha. Hacia la media noche los harkas han conseguido colocar una pieza de artillería a unos 50 metros, que al ser disparada acaba con aquella resistencia. Es la primera vez que los enemigos han arrebatado a los legionarios una posición y cuando entran los harkas tienen que luchar contra aquellos medio muertos soldados y heridos graves, que se defienden heroicamente hasta que todos mueren.

Rincones conocidos de la ciudad en donde se gestan estas heroicidades, donde la muerte envuelve a los humanos en la leyenda que en la mayoría de las veces caerán en el olvido. Tal es el caso del Fuerte de Cabrerizas Altas, testigo mudo de tantas historias, como la del General Margallo, que hasta dio nombre a una guerra y que encuentra la muerte en sus mismas puertas al tratar de sacar a la explanada delantera de éste dos piezas de artillería de montaña para romper el cerco al convoy que procedía de la plaza. Piezas que están bajo las órdenes de los Tenientes Salto y García Cabrelles y manipuladas por doce soldados, que consiguen emplazarlas en las afueras del fuerte, pero que no evitan que el último de estos también caiga abatido por las balas enemigas, como le ocurrió a su general horas antes y cuando acudían a recogerlo, pues lo habían herido en principio en una pierna, para introducirlo y atenderlo en aquel fuerte de Cabrerizas Altas.

O con la lectura de los motivos por los que se concede al capitán Arenas Gaspar la Cruz Laureada de la Orden de San Fernando y que ocupa menos de una decena de líneas:
“El capitán Arenas se encontraba en Melilla la noche del 21 de julio de 1921 mandando la Compañía de la Red Permanente y salió en esa misma noche para Tistutin. No sólo marchó voluntario a Tistutin, sino que respondiendo a los dictados de su propio honor y espíritu prefirió quedarse en aquella posición, negándose a ser evacuado, a pesar de las graves quemaduras sufridas en la arriesgada empresa de incendiar los alminares de Intendencia, solicitando en la retirada el puesto de mayor responsabilidad, peligro y fatigas, en la que la fuerza tuvo un número de bajas considerables, y en la que, además, después de ser heridos todos los oficiales que constituían aquella, continuó en su puesto, defendiéndose con un fusil hasta que recibió una herida en la cabeza que le causó la muerte.”

Y para concluir, porque con alguna vez hay que hacerlo, pues la lista parece que puede hacerse interminable, la de aquel otro casi desconocido, Alonso Martín, granadino de Turón, que participa con doce presidiarios en un hecho destacado en el sitio que sufre la ciudad vieja en los años 1774-75, cuando estaba al mando de la misma el legendario Mariscal Don Juan Sherlok. Siendo cabo, Alonso Martín sale al mando de doce soldados de los más arrestados de la Plaza con el fin de destruir una mina enemiga que avanza con peligro en dirección a las murallas de Melilla la Vieja. Acuden en cantidad los moros para acabar con ellos y remediar el daño que estaban haciendo y en tanto, disparando sus armas se retiraban ordenadamente los nuestros, momento que es aprovechado para que abrieran fuego los cañones de la Plaza, de los Fuertes y de la fragata Santa Lucía, causando importantes daños a los sitiadores, contándose con más de 700 victimas entre ellos. Alonso Martín es ascendido a sargento y a los presidiarios se les indultan totalmente sus penas.

De ahí que ocupe un lugar importante en el corazón de la Plaza de España ese Monumento a los Héroes de las Campañas, realizado por el escultor de nuestra ciudad Juan López Merino e inaugurado en 1931. Rodeado por esa multitud de palmeras, erguidas y elegantes, elevándose sin complejos al cielo de nuestra Melilla y como vigilantes de toda esa multitud de héroes anónimos que entregaron su vida en la mayoría de los casos por una causa que hasta ellos mismos, aún siendo sus protagonistas, como pasa casi siempre, desconocían ni entendían.


73.- Una cruz: LA DE LOS CAÍDOS

En la mayoría de los pueblos y ciudades de España se levantaron cruces y lápidas en honor y recuerdo de los Caídos por el bando de los vencedores; sin pensar que por el otro bando y en defensa de lo que ellos también creían que era justa su lucha también cayeron multitud de criaturas que permanecieron durante muchísimos años de Dictadura en el olvido. Eran estas cruces símbolos de una de las dos España, la que ganó la contienda civil, si es que se puede hablar de triunfo en una guerra fratricida, ni en ninguna de las guerras. Melilla, la que se adelantó en aquel conocido como Alzamiento Nacional, también lo hizo en la construcción de este monumento fúnebre, pues su primera piedra se colocó en septiembre de 1937 e inaugurada cuando aún la triste contienda no había terminado, en un conmemorativo 18 de julio de 1938.

Fue un monumento con el que desde niños estuvimos muy familiarizado por levantarse en las inmediaciones de nuestra vivienda. Aproximadamente en la mitad de la calle General Mola, lugar habitual de muchos de nuestros juegos. Sobre una escalinata de cuatro peldaños y en su centro, se levanta una enorme cruz de mármol gris oscuro, que contaba en principio con un altar en sus pies y con un murete en su parte trasera, bajo y simétrico en sus construcción, que ocupaba todo el fondo de la parcela y que se elevaba con otro dibujo en su centro; presentando en su interior y en relieve el escudo de la ciudad y otros símbolos, en donde no podían faltar el yugo y las flechas de la Falange, que hizo de aquellos elementos casi su patrimonio, celebrando a su sombra muchos de sus actos conmemorativos y de reivindicaciones.

De pequeño siempre sentimos un gran respeto hacia el mismo; hasta tal punto, que cuando jugábamos en sus alrededores y algún elemento de nuestros juegos caían en el interior de aquel pequeño recinto, rodeado de pequeñas columnas y cadenas entre ellas, casi no nos atrevíamos a penetrar en él, mirando inconscientemente antes de hacerlo a todas partes. No sabría explicar la razón de este hecho, ya que descaro para otras situaciones similares o para invadir otros lugares no nos faltaba, pero allí era distinto. Tampoco lo hacíamos porque su vigilancia fuera extrema, ya que no existía ninguna, ni por aquello del que nos vieran, que como a la mayoría de los niños esta cuestión no nos preocupaba en demasía, ni era zona de excesivo tránsito.

Quizás fuera, desde el punto de vista de nuestra menudencia, por la enormidad con que veíamos esta cruz, la cosa de la relatividad de las cosas con relación a las diferentes edades, así como el respeto que se le tenía a este símbolo y como algo fundamental, el hecho de haber participado en su entorno y casi desde niño en aquellos actos que a pesar de nuestros escasos años iban envueltos en una seriedad excesiva e impropia y porque hacían referencia a los muertos, por los que también siempre sentí el mayor respeto.

Estaba emplazada en una especie de isleta cuadrangular, que se podía y debía rodear al circular en vehículo, ya que tanto la calle General Mola como la del General Aizpuru, contaban en su parte central con un paseo y eran de doble circulación. En la parte que llevaba a Carlos de Arellano desaparecía ésta, contando con una sola dirección y en su esquina se encontraba el taller y tienda de bicicletas de Escalona.

Además de encontrarse, como señalé anteriormente, en la proximidad de lugares habituales para nuestros juegos, la cruz estaba presente cuando acudíamos a la Academia de don Felipe Saavedra, que tenía doble entrada, por Miguel Zazo para los mayores y los de bachiller, y otra por Mola para la gente menuda. Cuando comprábamos en el quiosco de María, también se hacía visible al fondo del paseo, enmarcándose por el frondoso follaje de la abundante arboleda que crecía en los laterales del mismo. Igualmente nos ocurría cuando acudíamos a la farmacia El Sol, que llevaba el padre de Pepillo y Pacoli o a la pastelería que existía en el cruce de las dos calles señaladas con anterioridad y que no recuerdo su nombre, en donde sobre todo nos gustaban los dulces que parecían una maceta y que en su parte superior llevaban merengue.

Casi siempre la encontrábamos en nuestro paso; por ejemplo, al acudir a la casa de nuestra hermana Cuqui para echar un rato con los pequeños, Marimel y José Ángel, ya que vivía enfrente de la fachada del Hospital de la Cruz Roja, una vez pasado el colegio de los israelitas o al asistir al hogar de Falange, en donde muchas tardes nos reuníamos un buen número de chavales para jugar al ping-pong y otros juegos de mesa, para ver como los mayores jugaban al billar, para realizar actividades culturales y asistir a las reuniones que se celebraban en su salón de acto y para echar la tarde, con lo que luego íbamos apretados de tiempo para cumplir con las tareas escolares. Y finalmente cuando empezamos los estudios de Magisterio en la Escuela Normal del Magisterio.

Había señalado anteriormente que eran muchas las celebraciones conmemorativas y actos que tenían lugar en torno a ella; pero de todas guardo un excelente recuerdo, por lo que tenía de novedoso o de ruptura con lo cotidiano y rutinario, de la que tenía lugar el 20 de noviembre de cada año y en conmemoración de la muerte del fundador de la Falange, José Antonio Primo de Rivera y que comenzaba en la víspera de dicha fecha y que era lo que más nos atraía.

Consistía aquella celebración, entre otras cosas, en el montaje de un determinado número de tiendas de campaña, como una especie de efímero campamento o improvisada acampada, en donde se pasaba toda la noche de vigilia esperando que tocase el turno a tu escuadra, integrada por seis miembros, para pasar un tiempo señalado al pie de la Cruz, después de hacer como todo lo castrense y fascista, que tenía un gran encanto para la menudencia, el relevo de forma marcial a otra y hasta que una nueva relevara a la tuya.

Cuando eras demasiado pequeño y no podías participar en esta anual velada, deseabas que pasara el tiempo para poder tomar parte en ella y cuando ya llegaba la hora, perfectamente uniformado, disfrutabas muchísimo con esta experiencia, que ahora ves como trasnochada. Por la mañana del día señalado se celebraba el acto político central, con discursos de los políticos y autoridades de turno, con la entrega de coronas al pie de la cruz y con el desfile de alguna centuria al paso de los sones que marcaban los tambores y trompetas que conformaban parte de la banda de música que era dirigida por don Julio y con el paso de los años, por su hijo.

Allí nos concentrábamos también por otros motivos e igualmente recuerdo cuando lo hacíamos para dirigirnos, con uniforme y todo, hacia el Consulado de Inglaterra, para formados delante del mismo cantar aquella canción de “Gibraltar, Gibraltar, avanzada del pueblo español...”, con lo que reivindicábamos la devolución del Peñón a España. Lógicamente sin éxito y que a veces finalizaba con el lanzamiento de objetos sobre su fachada, además de una retahíla de improperios y tacos, que los inquilinos de dicho edificio oirían año tras año a través de las persianas echadas y ventanas cerradas como algo habitual llegado su momento y nada preocupante, que para eso se trataba de personas relacionadas con la flema de los británicos.

La Cruz de los Caídos era, como tantos otros lugares de nuestra ciudad, punto de encuentros. Oye, dónde nos vemos, podía preguntar alguien para acudir al cualquier parte y la respuesta podía ser la de: “Nos vemos en la Cruz de los Caídos”, lo que equivalía a encontrarnos en sus alrededores, que era espacio suficientemente diáfano para que el mismo se llevara a cabo sin problema alguno.

Como tantos otros rincones significativos de Melilla, no permaneció igual durante el transcurrir de los años. Pudimos conocer épocas en que estuvo bien cuidado en su totalidad, con el césped y la jardinería perfectamente, limpio en su interior y hasta pintado en condiciones óptimas y ¿por qué no señalarlo?, también existieron momentos de total abandono, en los que los jaramagos crecían a sus anchas en su entorno, la suciedad y el abandono la acompañaban y ni siquiera lucía la necesaria iluminación para poder ser contemplada con dignidad.

No sé cuál será su estado de conservación en la actualidad y sí me gustaría que para los jóvenes de la ciudad, los de ahora, fuera más que un símbolo de recuerdo hacia los que cayeron en una contienda entre hermanos, se convirtiera en señal de concordia, que no excluyera a nadie de los que murieron por tal disparatado enfrentamiento y que les invitase a que hechos como los de nuestra guerra civil no volvieran a repetirse.


74.- Un cronista: DON FRANCISCO MIR BERLANGA

Ningún hombre conocerá nuestra ciudad mejor como el que fue cronista oficial de la misma durante gran parte de su vida, Don Francisco Mir Berlanga, al que no conocí personalmente, sí de vista, como decimos coloquialmente; ya que le vi en multitud de ocasiones, pero nunca crucé palabra alguna con el mismo.

Este valenciano de nacimiento, nace en 1913, aunque melillense en plenitud, pues con un mes de vida es trasladado a Melilla y de ella nunca abandonó su residencia, es sin ningún género de dudas, hombre importante en la vida contemporánea de nuestra ciudad.

Debió ser un buen estudiante y persona siempre preocupada por el aprendizaje, como lo demuestra el hecho de realizar diferentes estudios universitarios, después de recibir la enseñanza primaria e inicio de los estudios medios en el Colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas de La Salle de nuestra ciudad y concluidos en el Real Colegio de Alfonso XII de San Lorenzo de El Escorial, de los Padres Agustinos, lo que viene a demostrar igualmente su sólida formación religiosa.

Se hace maestro de Enseñanza Primaria en la Escuela Normal del Magisterio de Melilla y se licencia en Derecho en la Universidad de Madrid; así como Letrado Mayor por oposición de dicho cuerpo. Como abogado se colegió en Melilla, Málaga y Tetuán, en aquella época en que la zona norte de Marruecos estuvo bajo el Protectorado de España. Y también fue militar, ejerciendo como oficial en las Mehal-las y Regulares, llegando a alcanzar el grado de Coronel de Infantería.

Hombre de amplísima cultura, investiga hasta la saciedad la historia de nuestra ciudad para publicar sus estudios y por su condición de maestro, enseñarnos a conocerla y con ello despertar nuestro interés y amor hacia ella. Como letrado trata de moverse sin salirse de los límites de lo justo, de lo puramente objetivo y nadie como él, con razones y argumentos, pone de relieve la españolidad de nuestra querida Melilla, ciudad conformada con hombres y mujeres que proceden de todos los rincones de España, que echan sus raíces en una tierra que les exige todo, hasta su misma vida en no pocos casos, que se pierde uno en ella en el paso de los siglos, no ya de los años. En tanto que su formación castrense le lleva a ser metódico y disciplinado en su tarea.

Su pluma fácil y llena de amor a la tierra que lo acogió hace que su producción sea prolífica. Sus escritos no cesan, teniendo permanentemente una excelente acogida por parte de sus lectores. Sus obras se agotan inmediatamente y sus artículos sobre Melilla, en todos los aspectos, son leídos con verdadera fruición.

Es autor de obras importantes con relación a nuestra ciudad, tales como “Resumen de la Historia de Melilla”, “Guía de Melilla la Vieja y su Museo Municipal”, “Melilla en la Poesía Española”, “Melilla en los pasados siglos y otras Historias”, “Melilla en los XXV años de Paz”, “Melilla, Floresta de Pequeñas Historias”, entre otras.

Es Cronista Oficial de Melilla desde 1953.

Gracias a su persona nuestra población cuenta con el Museo Municipal ubicado en el Pueblo. Es su fundador y como ejemplo de su generosidad está el que donara al mismo sus colecciones particulares, las que había ido configurando a los largo de los muchos años de interesarse por las cuestiones y cosas relacionadas con Melilla; pero no se queda en estas dos facetas, sino que lo dirige y engrandece durante más de una treintena de años y siempre de forma totalmente altruista.

Escritor incansable, periodista de la ciudad y ameno conferenciante, reclamado por instituciones para charlas acerca de nuestra Melilla, su pasado, presente y futuro, es galardonado en dos ocasiones con el Premio África de periodismo, por su obra escrita en torno a los avatares sufridos en esta zona tan cercana del continente africano y teniendo, entre otros, como protagonistas a los españoles y en especial, a los melillenses y habitantes de la vetusta Rusadir y la Melilla de los últimos siglos.
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MissatgePublicat: Dl Feb 08, 2010 12:42 pm    Assumpte: Respondre citant

75.- Un miedo. A LOS TERREMOTOS

Decían los antiguos cronistas de la vieja Rusadir que según los adivinadores y profetas, por su ubicación, sería destruida en el paso de los tiempos por un terremoto terrible, que no dejaría erguida ninguna de sus casas, ni monumentos dedicados a sus héroes pasados.

Alguien en nuestra niñez nos contó aquella historia de destrucción, añadiendo para ilustrar la misma, que estábamos en una zona muy propicia a que se produjera este fenómeno natural de los movimientos sísmicos y que por sus muchos años se había visto envuelto y padecido en sus propias carnes algunos de ellos, que siempre le producían un verdadero pánico.

Las historias según quién las cuenta tienen mayor o menor credibilidad. Aquella no nos debió quitar el sueño, pues sólo le prestamos la atención en el momento de su relato y más porque hablaba de pobladores fenicios, pueblo que debió ser más antiguo que el de los moros, pensábamos con nuestros pocos años y menos luces aún y que aparecían en las Enciclopedias que comenzábamos a manejar.

Era más importante para nosotros ese nombre que ya nos empezaba a resultar sonoro y conocido, el de Rusadir, y que fue poblado por gentes nombradas en las historias del mundo, que el hecho en sí de que cualquier día un terremoto acabase con ella; que por otra parte, tenía el atractivo, no le llamaría encanto, de pasar a la posteridad por haber sido destruida por un terremoto y contando siempre, por supuesto, de que no nos cogiera allí, ni a los nuestros, en el momento que se produjera.

Sinceramente no le echábamos demasiada cuenta al agorero narrador y seguimos durmiendo sin pesadillas motivadas por tal motivo, jugando en la calle a todas horas, gozando de los espacios abiertos y cantando, por ejemplo, el Tengo una vaca lechera, cuando ésta se puso de moda.

Sin embargo, se producía el fenómeno contrario cuando aquellos llegaban a nuestra ciudad, cosa que ocurría con relativa frecuencia, y siempre nos acordábamos de aquellas historias, como aquello otro del trueno por Santa Bárbara. Y cuando éstos eran grandes, que también llegamos a vivirlos en algunas ocasiones o por lo menos así nos lo parecían, al poder contar su paso felizmente podíamos comprobar que los mismos no habían destruido a la Melilla sucesora de la antigua Rusadir, agradándonos la poca entidad de aquellos profetas que nunca acertaban.

Lo peor de los terremotos es que, como los carteros de las películas famosas, nunca venían una sola vez. Era y permítaseme la comparación, como cuando uno busca un asiento agradable para descansar y vas cambiando de posturas hasta que encuentras la definitiva, la ideal y te quedas grogui. Se producía el primer movimiento de la tierra, como si estuviera cansada de estar siempre igual y buscando nuevas formas, se movía una y otra vez hasta que se ajustaban todas sus partes y descansaba. Pero claro, lo malo era que no avisaba ni tenía horario fijo como los autobuses; aparecían cuando menos lo esperábamos y sin previo aviso, como a traición, repetía cuando le venía en ganas y cada cual, con su miedo a cuestas, esperando que llegara el próximo, que a veces no acudía; gastándote además esta pesada broma de no acudir y sí quitarte el sueño por la noche o sembrándote de inquietud el día.

Recuerdo algunas temporadas y no exagero, en que se repitieron con tanta frecuencia que llegábamos a gastarnos bromas, eso sí, siempre con la boquita pequeña, de preguntarnos si no llevábamos reloj de si había pasado o no el de las quince y treinta o si salíamos e íbamos al parque, lugar más seguro, era porque allí esperábamos el de las nueve en punto.

Por ejemplo, mi hermano Domingo, el mayor de todos nosotros, cuando se producía algún terremoto se transformaba. El color moreno de su rostro, de tantas horas expuesto al sol de despachar miles de horas en la gasolinera, se tornaba en pálido de muerte, se le secaba la boca y lo peor venía al descomponérsele el vientre y tener que ir a cada instante al excusado para satisfacer sus necesidades, temiendo que el siguiente le cogiera en tal lugar y no le diera tiempo a salir del mismo. Se convertía casi en un niño medroso en exceso y la verdad es que no lo sabía disimular, aunque lo intentase sin éxito alguno.

Cuando se producía alguno grandecito, las iglesias casi vacías de antaño, igual que las de ahora, en horario no habituales de liturgia, se llenaban, en especial la del Sagrado Corazón. Era lo que dije antes, como si los feligreses al ruido de Santa Bárbara en forma de sacudida y tronar, acudiesen a la Casa del Señor para poner al día la libreta de su conciencia. Cuántos improvisados y repentinos contritos permanecían arrodillados en los bancos de la iglesia, haciendo colas ante los confesionarios, para aliviar sus miedos y ponerse a bien con su Dios y no dudo que los hebreos y musulmanes acudirían a sus sinagogas y mezquitas respectivamente con el mismo fin, que en estos casos a la Deidad no le falta jamás clientela.

El párroco contando con otros sacerdotes, reclamados porque el tajo era importante, casi no daban abasto, teniendo que echar horas extras. Seguro que alguno de los que llevaban sotanas por entonces, pudo pensar que no vendría mal un terremotito de vez en cuando para llenar los templos y para que sus continuas recomendaciones no fueran echadas en saco roto y sí atendidas. No obstante, la situación se tornaba pronto en pasajera y transcurrido un cierto tiempo sin que la tierra se agitara, se volvía a la normalidad y el párroco desde el púlpito se veía de nuevo obligado a echarle la bronca a los que asistían al culto, porque otros, la mayoría de los fieles, no iban.

¡Qué de ruegos a la Virgen y a los Santos! Había trabajo para todos, ya que cada cual tenía sus devociones particulares. Familias enteras en torno al Señor.

Algunos que visitaban el templo de terremoto en terremoto; otros que habían olvidado hasta las oraciones más comunes y que llegado el momento cuando la necesidad obliga, las improvisaban, llenando los huecos y olvidos con palabras que le sonasen, que seguro que el Dios siempre misericordioso no lo iba a tener en cuenta.

¡Qué alegría la de ver repleta la iglesia a todas horas!, pensaría con cierta nostalgia el cura que a veces se veía casi solo en su encuentro diario con Cristo y señalo el casi porque aquella docena de beatas con el velo cubriendo su rostro y con su misal de pastas negras nunca faltaban y que con tanta aglomeración, hasta no me extraña de que se sintieran algo incómodas.

Otro lugar de encuentro eran los espacios verdes, especialmente el Parque Hernández. No porque de pronto a los melillenses le entrara el amor a la naturaleza, la curiosidad por el medio ambiente, como se dice ahora; sino por aquello que se decía acerca de que las raíces de los árboles fijaban la tierra e impedían que ésta se abriera para engullir a los hombres.

Los que tenían vehículos comenzaban su peregrinaje a los pinares de Rostrogordo, donde llegaban a improvisarse campamentos hasta nocturnos. Tanto aquí como allá, no faltaban los que se pertrechaban estupendamente, sin que les faltara de nada, como si de obligado picnic se tratara. Permaneciendo en tales ocasiones formando grupos, en animada conversación para olvidar el verdadero motivo de los encuentros y como ocurre en los velatorios, que al principio y en un solo instante se habla del difunto, de lo bueno que era, que todos son buenos o casi todos a la hora de la muerte y durante todo el resto de la velada se charla de lo habido y por haber menos del finado. En ellos al principio se hablaba del dichoso terremoto, cada cual contando el suyo, el que había vivido y después se terminaba por hablar de todo: se hacían buenos trajes, se criticaba sin freno, se relataban chismes y se contaban chistes, se discutía de fútbol, los hombres se ocupaban del sexo opuesto y éstas iban a lo suyo, no dejando títeres sobre cabeza y del terremoto ni mijitas; hasta que algún desaborido lo introducía de nuevo en la conversación, llevándose las miradas más despectivas y bien disimuladas.

Ancianos envueltos en mantas, niños abrigadísimos para que no cogieran el relente de la noche, bostezos permanentes, algún que otro colchón salpicando el panorama, sillas playeras y todos los bancos del parque ocupados, llantos de niños pequeños que no entiende nada de toda esta historia y que desean dormir en sus cunas. Juegos de cartas para matar el tiempo y lecturas escasas aprovechando la luz de las farolas.

Recuerdo una noche que regresábamos del cine y a la altura de la calle General Marina, cuando cruzábamos la calzada, un fuerte ruido y distinto a los demás, sacudió el casi silencio de aquella hora y nos hizo perder el paso. La sorpresa del hecho no nos dejó pensar inmediatamente en cuál podría ser la causa de aquella situación. De un hotel que había en la cercanías del parque, cuyo nombre no recuerdo, comenzaron a salir algunas personas, la calle se animó en un instante ante nuestra extrañeza y fue oír en alguien la palabra terremoto para que nos pusiéramos a correr como posesos y sin decir palabra, hacia nuestra casa.

Aquella noche conocimos algo mejor a algunos de nuestros convecinos mayores. Viene, por ejemplo, a mi memoria una pareja de ancianos que vivían en el portal cercano al nuestro, ya en la calle y luciendo pijamas largos y blancos, ambos, él portando gorrito de dormir –la primera vez que lo veíamos- coronado con un pompón y ella con redecilla en su cabeza por encima de los rulos. Los dos llevan babuchas, la mujer guarda celosamente un joyero lacado y con dibujos orientales. El vejete no quiere ser menos y conserva entre sus manos una caja fuerte metálica de color verde. Cada cual podía imaginar lo que encerraban aquellos pequeños arcones; contenidos que ellos dos sólo sabían y que debían ser objetos de importante valor. Aquel casi anciano estaba a punto de jubilarse de su cargo importante en la Delegación de Hacienda de Melilla, lo que demostraba su conocimiento acerca del valor del dinero. Seguro que él cogió el terremoto en el primero de los sueños, que el susto fue tremendo y salieron en estampida del piso, no sin antes acudir a la búsqueda de sus tesoros más preciados.

Los miembros de otra pareja de no tanta edad se consolaban mutuamente. Ella demasiado nerviosa, casi al borde de la histeria, no prestaba ninguna atención al pequeño que con cara de sueño le tiraba de la bata para indicarle que le faltaba un zapato, que había perdido en la bajada acelerada de la escalera y que no entendía nada acerca del bullicio que había en la calle. En tanto que el padre confesaba que no se había enterado de nada, porque estaba profundamente dormido cuando se produjo el seísmo y que sólo saltó de la cama, no por los zamarreones que le propinó su mujer, sino al oír la palabra terremoto que repetía una y otra vez ella como una loca.

Los perros de la ciudad hacía un rato que habían comenzado a ladrar y de forma distinta, como si intuyeran la llegada del mismo y seguían en su tarea.

A la jovencita del tercero le dio tiempo de salir a la calle con un camisón la mar de provocativo y ligero, así como hasta de pintarse algo los ojos, colorear sus mejillas y labios y de lucir sus encantos, olvidándose del terremoto.

Mi tía Carmen, aunque no había visto morir a nadie como consecuencia de uno de ellos y a pesar de que se comentaba en aquella ocasión que se había derrumbado un edificio que estaba en ruinas y apuntalado en las cercanías de la Casa de los Cristales y que acabó con la vida de un indigente que se encontraba en la planta baja para allí dormir, señalaba con la frialdad que le caracterizaba que de algo había que morir; no queriéndose perder, por una parte, todo aquel jaleo que se había montado en la calle y deseando, por otra, que se acabara el mismo para marcharse a la cama después de una jornada más y tan pesada como la de todos los días de su existencia.

Mientras tanto los niños prolongábamos nuestra estancia en la calle, cada cual con su miedo y siempre tratando de disimularlo.

Vivía en el portal de la plazoleta un policía secreta que tenía unas grandes entradas en su frente y que esta ausencia de cabello de la cabeza la compensaba con un nutrido y poblado bigote, que nos imponía un enorme respeto a la chiquillería. Alguna vez nos había intimidado enseñándonos su cartera, en donde lucía su placa de comisario o abriéndose ligeramente su chaqueta para mostrarnos la culata de su pistola cuando la llevaba en su sobaquera. Sin embargo, aquella noche perdió ante nosotros todo su prestigio y nuestra admiración; pues estaba hecho un flan, todo un trapito, y su mujer e hija lo consolaban como si fuera uno de nosotros; hasta alguno de la pandilla, de los más descaradotes, se atrevió cuando lo vio en tan deprimente estado a cacarear e imitar el movimiento de la gallina, a los que él afortunadamente, con su pánico, estuvo completamente ajeno.

No faltaron los que en familia buscaban la arboleda del cercano Parque Hernández, ni los que movían sus labios como manifestaciones silenciosas de oraciones, ya que el pedir algo al generalmente olvidado Dios no costaba dinero.

Los miedos se manifestaban de las más diversas maneras y a casi todos nos ocurría igual. Teníamos miedo cuando el terremoto ya había pasado y no había tenido consecuencias. Era la incertidumbre del venidero lo que nos quitaba el sueño y en especial, porque temíamos ser sepultados si se derrumbaba la casa, lo que afortunadamente nunca ocurrió en la moderna Melilla, la que levantó sus cimientos sobre la vieja Rusadir, la que decían los antiguos cronistas que según los adivinadores y profetas sería destruida por un terrible y monumental terremoto.


76.- Un aviador: GARCÍA MORATO

Nos agradaba infinito aquel lema del piloto melillense de “Vista, suerte y al toro”, que en más de una ocasión rotulamos en nuestros periódicos de escuadra y murales, ya que nuestra centuria en las Falanges Juveniles fue precisamente la de García Morato. Menuda ilusión nos hacía a los pequeños todo lo relacionado con la aviación y con sus pilotos, con sus historias bélicas, aventuras y hasta derribos, de los que a veces salían milagrosamente ilesos.

En aquellos periódicos de escuadra que contaban con una decena de páginas, realizando cada componente una o dos de ellas, incluida la portada, que siempre se dejaba al que mejor dibujaba y que en el caso mío estaba muy claro, pues siempre correspondía su ejecución a mi mellizo Clemente, en más de una ocasión reflejábamos las hazañas del piloto García Morato, a base de datos que extraíamos de su biografía que encontrábamos en un libro que había en la biblioteca, que se llamaba “Guerra en el Aire” y que constituían sus memorias.

También estos datos los recogíamos en los periódicos murales que ejecutábamos en cartulinas o en trozos del papel “Canson” que nos entregaban, cortándolos de unos rollos grandes que se guardaban en un despacho que existía en el fondo de uno de los hogares. Así como las hojas de los primeros las realizábamos en casa con los materiales que cada cual tenía, los segundos eran ejecutados generalmente en el Hogar de Falange que existía en la planta baja de la Casa Sindical y donde contábamos con mejores y más variados materiales, con reglas, escuadras y cartabones, con pinceles de diferentes números y con todos los colores de témperas..., al igual que por aquella época contábamos con excelente maestros, a pesar de sus pocos años, entre los que destacaba Eduardo Morillas.

A aquel hogar, sito al final de la calle General Mola, asistíamos con bastante frecuencia y por diferentes motivos y siempre bajo la atenta vigilancia de Julián, su conserje, al que guardábamos bastante respeto; quizás porque era mayor y porque tenía mucho genio cuando se enfadaba. Pequeño de estatura, nos daba la impresión de que nunca cambiaba nada con el paso de los años, algo así como los muñecos de guiñol, parecía como si estuviera acartonado. Claro que, pensándolo bien, su seriedad y sus modos a veces algo agrios eran necesarios para bregar con tanto chaval que iba allí sólo para pasarlo bien y divertirse de lo lindo.

Contaba este hogar con dos amplios salones. En el de la entrada, que era principalmente para los mayores, pues contaba en su esquina de la izquierda con un pequeño bar, regentado por el mismo conserje, en donde servía café, refrescos y nada de bebidas alcohólicas, vendía tabaco y guardaba las pelotas y paletas de ping-pong y las bolas de billar. Justo a la entrada se encontraba la mesa de ping-pong y al fondo, delante de la puerta de cristalera que daba al patio, la de billar.

Frente a la puerta de entrada se encontraba otra, que bajando unos cuantos de escalones daba acceso al gran salón de actos, que era usado por nosotros y también por los sindicalistas, que por aquellos tiempos sólo podían pertenecer a uno, el del gobierno, por lo que reivindicaban poco o casi nada. Allí se celebraban todo tipo de reuniones, conmemoraciones y charlas, por supuesto, todas de tono político y en el mismo sentido, el del impuesto por los ganadores de la contienda civil, que no era otro que el emanado del Movimiento Nacional, que curiosamente encerraba el mayor de los inmovilismos.


la derecha de la mesa de billar, que por cierto sólo podían usar los mayores, dejándonos a nosotros solamente el privilegio de servir de mirones, se encontraba la biblioteca, que la verdad sea dicha tampoco la frecuentábamos mucho, con mobiliario en su frente de cristaleras desde el suelo hasta el techo y que cubrían las paredes con muchos libros de escaso interés para nosotros. Sí la usábamos a veces para consultar algunos diccionarios y enciclopedias o monografías que nos servían para realizar algún trabajo en concreto.

Al fondo y a la izquierda por una apertura sin puerta accedíamos al otro salón, donde existían mesas, sillas y bancos, donde nos entreteníamos con los diferentes juegos de mesa. En su fondo se encontraba armado nuestro magnífico teatro de guiñol. A su derecha estaban los servicios, dos despachitos para los jefes y separado por una mampara fija y de color marrón existía un cuarto más amplio donde se guardaban los materiales más diversos, donde había una mesa bastante grande que utilizábamos para realizar algunos trabajos, como murales, y en donde también tenían lugar algunas reuniones para grupos más reducidos.

Una cuestión que desde la lejanía en el tiempo llama mi atención ahora y que evidenciaba algo tan peculiar de los fascismos, era la necesidad o mejor escrito, la obligación que teníamos de saludar con el brazo en alto y con la mano extendida y abierta, acompañando este gesto con el casi grito de “¡Arriba España!”, tanto al entrar como al salir del salón, lo que te obligaba en este último caso a volverte en tu marcha natural, y a veces, a montar posturas incluso ridículas, sobre todo cuando tenías prisa. Este saludo lo teníamos de tal manera asumido que lo hacíamos de forma mecánica y rutinaria; así que no era de extrañar que en ocasiones algunos despistadillos, de esos que siempre tenían su cabeza en otros sitios, lo emplearan a la salida de cualquier cine o del Sagrado Corazón, por ejemplo, en lugar de santiguarse con el agua bendita y como manda la Santa Madre Iglesia.

Por aquellos trabajos conocimos al piloto de nuestra ciudad, Joaquín García Morato Castaños, que había nacido al comienzos del siglo XX, concretamente en el año 1904 en los conocidos Pabellones de Santiago y que había encontrado su muerte en plena juventud, tres días después de haber finalizado la guerra civil, el 4 de abril de 1939,en un accidente sufrido en una de sus exhibiciones aéreas en el pueblo madrileño de Griñón.

Fue considerado como uno de nuestros mejores pilotos a pesar de su juventud, contando con muchísimas horas de vuelo, con más de un medio millar de participaciones en misiones bélicas y viéndose envuelto en más de un centenar de combates aéreos, contando con el derribo de muchos aviones enemigos que le llevaron al ascenso a Comandante por méritos de guerra.

Con 16 años ingresa en la Academia de Infantería de Toledo y seis años más tarde obtiene el título de piloto. En 1927 participa en la Campaña de África, donde es herido y derribado en dos ocasiones, salvándose milagrosamente en ambas.

Cuando se produce el inicio de la contienda civil, en julio de 1936, se encuentra de permiso en Gran Bretaña. No lo duda un instante, alquila un avión y regresa a España, llegando a la ciudad de los Califas, Córdoba, el 3 de agosto, para incorporarse inmediatamente al ejército del bando nacional.

Su escuadrilla, que primero se llamó Escuadrilla Azul, luego Patrulla Azul y por último Grupo Azul, al aumentar considerablemente el número de sus componentes, llegó a ser famosa por sus intervenciones bélicas y por sus exhibiciones.

Contaban que durante la guerra civil, en donde destacaron sus intervenciones en el frente de Madrid, sólo fue derribado en una ocasión y curiosamente como consecuencia de los disparos de un piloto de su mismo grupo al perseguir ambos al mismo avión enemigo.

Para los falangista fue hombre importantísimo, ya que en 1938, junto a otro Laureado, el General Moscardó, defensor del Alcázar de Toledo, ingresó en el Consejo Nacional de FET y de las JONS.

Un año después de su muerte se publicaron sus memorias bajo el título de “Guerra en el Aire”.

Sus restos reposan en la iglesia malagueña del Carmen y sobre el manto de la Virgen de la Misericordia luce en oro y esmaltes el escudo de Melilla, como homenaje y reconocimiento a su ciudad natal.

Tuvieron que pasar diez años para que el Jefe del Estado concediera con carácter póstumo el título de Conde del Jarama, que se hizo extensivo a su viuda Doña María del Carmen Gálvez.

Ya en 1937,en plena guerra civil, el Ayuntamiento de nuestra ciudad le había nombrado “Hijo Predilecto de Melilla”, concediéndole en 1940 el honor de la nominación de una calle. El recuerdo más reciente que le otorgó nuestro Consistorio fue el celebrado en el año 1962, con la asistencia al mismo de su viuda e hijas, al acontecimiento que supuso la inauguración del monumento a García Morato que se levantó en la glorieta que da acceso al Auditorio Carvajal, en el Parque Lobera.

Aquel lema suyo de “Vista, suerte y al toro” permanece en mi memoria y no me costó trabajo utilizarlo como aliento para cualquier empresa en alguna que otra ocasión y sin necesidad de ninguna explicación, porque el mensaje goza de una claridad meridiana.


77.- La radio.- EAJ 21 RADIO MELILLA Y RADIO JUVENTUD DE MELILLA

Eran aquellos tiempos nuestros completamente diferentes a los actuales. En principio no había televisión, ni siquiera en blanco y negro. No teníamos, porque éramos demasiado normales, la intuición para pensar en lo que se nos venía encima con el paso de los años. ¿Cómo íbamos a poder imaginarnos que nos podrían retransmitir hasta una guerra con sus más crueles imágenes y en directo? ¿Quién de nosotros iba a ser capaz de pensar que se podría entrar en comunicación con cualquier parte del mundo a través de un teléfono móvil que podías guardar en la palma de la mano?

De verdad que eran otros tiempos.

Yo llegué a conocer la radio de galena, basada en este mineral sulfuro de plomo, de color grisáceo y brillo metálico, que es la principal mena del citado mineral, tan primitiva como difícil de oír bien; pero que cuando tenías la fortuna de hacerlo, alucinabas y faltaba poco para que creyeras en brujerías o cosas de magos.

Cuando la radio más perfeccionada llega a tu hogar, éste cambia. Primero tienes noticias de que existe este artilugio que te permite enterarte de las noticias de España y del Mundo, oír música y a los mejores intérpretes del momento, escuchar relatos y dramatizaciones, seguir los toros y los deportes en general y el fútbol en especial en directo...

Con cuántas cosas, lugares y personas la radio nos ponía en contacto. Yo era un crío todavía cuando descubrí el primero en casa de mis tíos Fausto y Adriana, que vivían encima del Garaje Bernabeu, del que eran sus propietarios. Cuando íbamos a su casa, que se encontraba en la planta alta, en su gran salón destacaba para nosotros aquel enorme aparato colocado encima de una mesita y junto a la pared que daba al río de Oro, con forma de u invertida y con una esfera en donde estaba dibujado el mapa del mundo en color y que se movía y se iluminaba cuando se trataba de sintonizar las diferentes emisoras por medio de los botones que se encontraban a sus lados, que también servían para aumentar el volumen de las voces o de la música, las cuales salían por el altavoz que existía en su parte superior y que no veíamos porque estaba cubierto por una especie de red tupida con muchos agujeritos y de material bastante sólido. Nos encantaba el sólo mirarla; mucho más, por supuesto, cuando conocedores de nuestra admiración, la encendían y buscaban entre los silbidos característicos que por entonces tenían, mezclados con el sonido de las transmisiones en morse y otros ruidos extraños, alguna de las emisoras, que al ser sintonizada bien nos dejaban boquiabiertos por la extraordinaria magia de aquel aparatejo.

Recuerdo algo difusamente el primero que llegó a casa, bastante más modesto y pequeño que el anterior y con redondel también para el altavoz, pero con un dial en forma rectangular con letras y números y con una barrita negra, que destacaba sobre la tenue lucecita que aparecía cuando se encendía el aparato, que se desplazaba en la búsqueda de las diferentes emisoras y con varios botones debajo. Estaba colocada sobre una mesita en el rincón que existía a la derecha de la ventana del comedor, lugar éste que usaba también mi madre como sala de trabajo, donde planteaba y cortaba los vestidos y que en su rincón adverso siempre contaba con la presencia majestuosa del maniquí, especie de enorme juguete que siempre llamó nuestra atención.
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78.- Una monja: SOR ALEGRÍA

El recuerdo más antiguo que tengo en el tiempo de estas religiosas que llevan el tratamiento de Sor, del latín soror que significa hermana, delante de su nombre de pila o del escogido cuando se entregan a Dios, es de cuando era un pequeñajo y pasaban acompañando a los niños de la Gota de Leche, formados en filas de a dos, pelados al cero y vestidos con una especie de babero beige, desgastados de tanto lavado, por la otra acera de mi casa, por la del Parque Hernández y yo las veía desde mi ventana.

Llamaba mi atención, creo que como a todos los críos, esa especie de artefacto, por llamarle de alguna manera, que cubría su cabeza, dejando ver una parte mínima de su rostro, como si éste estuviera enmarcado en esa ventanita ovalada y que iba acompañado de cómo unas alas, que además de servir para resguardarlo, me daba la impresión de que era como las alas de una paloma blanca dispuestas a emprender el vuelo, pudiéndose llevar, qué crueldad infantil la mía y qué ejercicio de imaginación tan brutal, su cabeza al cielo en su andadura, dejando su cuerpo mortal, ya sin cabeza y generalmente rechoncho aquí en la tierra; ordenando con pausada gesticulación de brazos a aquellos pequeños desheredado que no se salieran de la fila y tuvieran mucho cuidado al cruzar la calle por los adoquines, ya que nuestras calles por entonces no conocían el asfalto.

Curiosamente aquel tocado que era acompañado por una vestimenta propia de la sencillez del hábito de su Orden, cuyo dobladillo casi arrastraba por el suelo y que en su caminar con pasito corto no dejaba ver la economía de su calzado, despertaba en mí siempre un gran respeto y una curiosidad impropia de mis pocos años, la de cómo sería aquella mujer vestida como otra cualquiera de las que me rodeaban en mi mundo.

El tiempo y los adelantos brotados de los últimos concilios, la misma evolución de los asuntos humanos, acabaron con mi curiosidad y pude comprobar con cierto agrado que eran mujeres como las demás, más o menos agraciadas, rubias y morenas, altas y bajas y con una sola diferencia, que eso sí que lo descubrí pronto, con una plena dedicación, en la mayoría de los casos, a los demás.

Entre nosotros, cuando alguno demandaba las cosas en demasía, le soltábamos sin ningún miramiento, que pedía más que una monja. Y es que también desde nuestra más tierna edad estuvimos familiarizados con aquellas otras que de casa en casa recorrían toda la ciudad, en demanda de una caridad que la mayoría de los adultos habían olvidado de ejercerla sin que nadie llamara a sus conciencias. Las veía, porque siempre caminaban antaño en parejas, con su permanente sonrisa, con sus peticiones tímidas y sin apenas alzar la voz, con una paciente espera y conformidad, siempre prestas a pegar la hebra y con una alegría que contrastaba con las miserias en que transcurrían sus vidas. Aquello también llamaba mi atención, cómo se podía estar alegre mendigando siempre, estando continuamente a las expensas de los demás, no poseyendo nada. El tiempo igualmente me enseñó, cuando voluntariamente me vi en la tesitura de pedir, no para mí, como lo hacían también ellas, sino para otros, que se puede uno sentir alegre si la respuesta es generosa, ya no tanto en la cantidad y sí en la calidad de la misma.

Ellas tenían muy claro lo que hacían y por quién lo hacían. Nosotros tardamos más tiempo en descubrirlo y tengo que confesar sin que me costara trabajo alguno que siempre había sentido una profunda admiración, desde mi corta edad, por ellas.

Sabía, como todos los chicos de la ciudad, de la existencia de otras monjitas y no sé por qué viene a mi memoria el preguntarme por el porqué de esta forma diminutiva de tratamiento, que casi siempre usé al referirme a ellas y que, por supuesto, no encerró jamás el menor atisbo peyorativo, sino todo lo contrario, bastante afecto, dedicadas por entero a los demás, como aquellas que atendían a los enfermos en el cercano Hospital de la Cruz Roja, ejerciendo una tarea callada y raramente reconocida por la ciudadanía en general, entendiendo que era su obligación y sin pensar en el sacrificio que suponía su entrega.

Luego, en el estreno de mi magisterio, siendo casi un jovencito, me relacioné durante un curso escolar con las de la Gota de Leche. Se produjo una baja en dicha asociación y mi buen amigo y compañero Fernando Arjona, el que luego sería durante varios años alcalde del pequeño pueblo malagueño de Cortes de la Frontera, que ya trabajaba allí desde hacía unos años, me avisó y acepté gustosamente.

Aparte de mi primera experiencia con los sucesores de aquellos pequeños que en sus paseos por la ciudad y por su aspecto tan característico quedaron grabados en mi retina de niño, pude ejercer mi observación y me enriquecí personalmente al contemplar su forma de tratar a los ancianos y a los pequeños.

A aquellos mayores nuestros olvidados de la sociedad y de los suyos, lo que era aún más grave, que sólo contaban sobre sus hombros su propia soledad, sus miserias, sus muchas carencias y el afecto de estas mujeres buenas que era lo único que les quedaba que valiera la pena. A aquellos niños desheredados, huérfanos la mayoría o miembros de familias rotas, frutos del desamor, que crecieron sabiendo de violencias físicas y psíquicas, despreciados y abandonados por sus mismos progenitores y hasta algunos recogidos en la misma calle.

Allí estaban, sin fanfarrias ni trompetazos en el día a día, en las noches de insomnios y de rezos, las monjitas anónimas para la sociedad nuestra, elegidas por el Señor para aliviar penas y lavar culos, para reñir al travieso niño y al viejo que chocheaba, para sembrar esperanzas en los que aún tenían tiempo para que florecieran y consuelos para los que las habían perdido todas.

Otras, pertenecientes a diferentes congregaciones religiosas existían en nuestra Melilla de aquellos años de mi niñez y todas fieles al dicho de “A Dios rezando y con el mazo dando”. Como pertenecientes a la Iglesia que debió predicar el Cristo, dedicada principalmente a los sin techo, como se les llama ahora, a los pobres de las bienaventuranzas, a los enfermos, a los analfabetos y a los aparentemente, en contradicción, considerados como olvidados de la mano de Dios. Y que en la Melilla nuestra, sacudida siempre por tantas contiendas bélicas, les llevó también a la ocupación de los cuidos necesarios para los heridos y en el de dar cristiana sepultura a los que tuvieron peor suerte.

Sin embargo, entre mis sombras y con el atrevimiento de mi ignorancia, tengo que confesar que, con contadas excepciones, no sentía esta misma admiración, sí respeto, por aquellas otras monjas que se dedicaban casi en exclusividad a la enseñanza. No porque desde mi perspectiva posterior de enseñante las pudiera considerar como intrusas, Dios me libre de ello; pues seguro que podían tener excelente preparación, titulación adecuada y hasta una mayor dedicación que yo; sino porque sencillamente las veía más en las tareas anteriormente señaladas y menos aún, porque cobraban y bien por su docencia y se dedicaban a una clase social privilegiada de nuestra ciudad. Y me refiero en concreto a las que pertenecían al Colegio fundado en nuestra Melilla por las religiosas Sor Alegría de Jesús y Sor María Josefina, el de El Buen Consejo, allá por el año 1908; aunque estas buenas monjas destacaran por otras tareas y en especial la primera de ellas.

Oí mucho hablar de ésta, de aquella monja que había nacido en Aldeadávila de la Ribera (Salamanca) en 1880 y que era una institución en dicho colegio de niñas por entonces. Se contaba de ella que en cierta ocasión se sometió a una intervención quirúrgica y cedió tres trozos de su brazo para curar a un soldado herido en la conocida como Campaña de 1909. Mucha entereza había que tener, siendo una joven e inquieta hermana y con las ideas muy claras de su servicio a los demás para prestarse a ello.

Lo de menos fueron las condecoraciones que le dieron, como la Gran Cruz de Beneficencia, la del Mérito Militar y de la Cruz Roja de España y de la Campaña del Rif; así como que le pusieran su nombre a una de las calles de nuestra ciudad; lo importante fue su obra, su ejemplo, el esfuerzo que tuvo que realizar para la fundación de uno de los colegios más emblemáticos de Melilla, el ya mencionado El Buen Consejo, que contaba con un precioso edificio que era paso obligado en nuestro diario viaje al Instituto y en donde realizaban sus estudios muchas de nuestras amigas y compañeras de infancia y juventud, uniformadas con aquellas faldas tableadas de cuadros escoceses y camisas inmaculadamente blancas y con calcetines cortos de igual color, que en los cursos mayores las rebelaban, deseando llegar a casa para cambiarse y usar vestimentas de calle más atractivas.

Todas ellas conocerían a aquel mito de Sor Alegría y seguro que guardarán recuerdos de su fundadora y heroína. Nosotros personalmente no, porque por ser colegio exclusivamente de chicas por entonces y por el celo que ponían en cuidar a sus alumnas y protegerlas, era harto difícil para un chico introducirse más allá de su puerta de entrada y penetrar en el patio que rodeaban las aulas. Lo que no era obstáculo para que nos hablaran de ella y de otras de las Hermanas que se ocupaban de su educación; al igual que nosotros intercambiábamos información acerca de don José Boluda, de don Lucas, de la Señorita Mari o de don Lorenzo Villalobos, o los de la Salle nos hablaban del Pupa.

Esta buena y extraordinaria mujer, con 58 años de vida religiosa, moría en nuestra ciudad en julio de 1960, presidiendo su sepelio el mismísimo Comandante General don Ramón Gotarredona y el alcalde don Luis Carvajal y siendo enterrada en nuestro cementerio de la Purísima Concepción, en la capilla principal del mismo.

Y si alguna vez algún melillense viaja a Salamanca y se acerca a su pueblo, Aldeadávila de la Ribera, muy cerquita del Duero, donde hay un hermoso embalse de igual nombre y que sirve de frontera con los vecinos lusos, podrá ver en el Salón de Sesiones de su Ayuntamiento un cuadro con la imagen de Sor Alegría, que además de directora del Colegio de Nuestra Señora del Buen Consejo de Melilla fue Consiliaria General de las Terciarias Franciscanas de los Sagrados Corazones de Jesús y María.


79.- Un viaje: A NADOR

En el Diccionario Espasa de hace algunos años se podía leer, concretamente en su edición de 1957, que Nador era un antiguo aduar y hoy villa en vías de gran progreso del Marruecos español, región del Rif, situada a 15 kilómetros de Melilla, en el camino de Taza, que cuenta con 8.860 habitantes y pasa por ella el ferrocarril minero que llega a Melilla procedente de las minas del Rif.

Aquello de aduar despertó mi interés y buscando en la misma fuente, me encontré con la significación del vocablo, de origen lógicamente árabe, equivalente a casa y en donde pude leer que era una pequeña población de beduinos formada por tiendas, cabañas y chozas.

Yo, en mi infancia, me encontré con una pequeña población si la comparaba con Melilla, con construcciones que me recordaban los barrios alejados del centro de ésta, con viviendas bajas de una sola planta, con la presencia importante en su entrada de un cuartel que podía ser el de Regulares y con un club marítimo que se adentraba en el mar, que no era otro que el mismo de nuestra Mar Chica, donde el Mediterráneo se remansaba después de entrar por su bocana, que variaba según los movimientos lógicos y naturales de las mareas, que arrastraban la arena dorada y fina, siempre salpicada de múltiples y variadas conchas.

El viajar a Nador por aquellos años de nuestra infancia casi constituía una aventura y eso que estaría a unos doce o trece kilómetros solamente. Muchas eran las razones que avalaban esta afirmación; la primera, porque para una pequeño con su docena de años, más o menos, recién cumplidos, el salir de su ciudad ya era motivo de ensueños; porque recorrer la distancia señalada anteriormente que separaban ambas poblaciones, que hoy se hacen en un abrir y cerrar de ojos, en bicicleta o hasta algunos corriendo, por aquellos tiempos suponían un atrevimiento. Los vehículos dejaban mucho que desear, destartalados y sin ningún tipo de comodidades, parecían ahogarse en cuestecitas de nada, a la sombra siempre del Gurugú; con el añadido además de tener que circular por carreteras estrechas y mal asfaltadas, con un trazado muchas veces arbitrario que estaba peleado con la razón y que nada tenía que ver con la modernidad. Así que era lógico que los mayores nos pusieran pegas para llevar a cabo este tipo de desplazamientos.

Lo que hoy sería un paseo se convertía en un auténtico martirio; tardándose en llegar al destino casi una hora o algunas veces más, cuando sufrías algún percance como podía ser el de un simple pinchazo o un calentón del motor o cuando la carga era abundante y los ronquidos del anterior se hacían notar y los chirridos del freno te asustaban como el viento cuando se colaba por el patio de nuestra casa.

Era igualmente el hecho de la relatividad de las cosas, pues todo nos parecía cuando éramos pequeños grandioso. Aquella plazoleta, por ejemplo, donde jugábamos, el monte de San Lorenzo o el viaje, nada más y nada menos que a Nador. Hoy, con el transcurrir de los años y cuando te conviertes en un adulto, ves aquella misma plazoleta donde jugábamos a veces una treintena de chiquillos y que nos parecía el estadio Álvarez Claro y te da risa y hasta te preguntas que cómo podíamos reunirnos tanto chico en espacio tan reducido. Claro que evidentemente los reducidos éramos nosotros. O en aquella elevación mínima del terreno que nosotros alzábamos a la categoría de monte y que hoy, casi desaparecido en su totalidad, no la encontramos por ninguna parte. Y qué decir de aquellos kilómetros, que nos parecían el camino hacia el infinito y que hoy lo podrían recorrer multitud de críos en bicicleta y si me apuras, como señalé anteriormente, en el mismo coche de San Fernando, con ratitos a pie y otros andando. Así, hoy puedes, sin esfuerzo, alejar tu mirada desde cualquier elevación de nuestra ciudad hacia el sur y te encuentras, exagerando un poco, casi a tiro de piedra con el puerto de Nador, que parece avanzar en el mar para cerrar el de Melilla, viendo con relativa claridad los barcos atracados en el mismo y los materiales almacenados en sus muelles y que antes salían por el nuestro.


Tendríamos aproximadamente esos doce años cuando realizamos nuestro primer viaje a Nador y fue con motivo de las fiestas de esta población, con el fin de llevar nuestro teatro de títeres, de guiñol, y para hacer una representación ante un grupo de pequeños de dicho pueblo, pues aún no contaba con la categoría de ciudad.

Entre nebulosas, me parece recordar haberla realizado instalando nuestro monumental teatro de títeres, que así nos lo parecía, al aire libre y en un paseo con arboleda espesa y con doble circulación, que me hacía pensar que era algo muy parecido, aunque más corto, que el existente en el barrio del Real. Y en las cercanías de una especie de hogar de Juventud o Casa pequeña de Cultura, donde volvimos a reunirnos para otros motivos en diferentes ocasiones y en donde se celebraban encuentros entre chicos para acontecimientos relacionados con la cultura y el ocio.

Pertenecía por entonces aquella población de Nador al Protectorado Español y vivían en ella las dos comunidades, la marroquí y la española en una verdadera armonía, mezclándose las costumbres de ambas sin grandes ni pequeños recelos, con la única diferencia del rol que cada una desempeñaba. El castellano y el cherja, dialecto del árabe hablado en estas tierras, eran lenguas corrientes entre sus habitantes y las mezquitas e iglesias guardaban fielmente las creencias de sus moradores, sin ninguna guerrilla santa por medio.

Los garrotazos que dábamos a los malos y feos muñecos de guiñol, que en nuestras representaciones no faltaban como casi en todas las muestras de este tipo, eran coreados y aplaudidos por moros y cristianos, porque los niños de entonces, como los de ahora, se entendían más fácilmente que los adultos.

También realizamos diferentes excursiones a Nador por cuestiones deportivas, pues Nador era por aquel tiempo, con otras poblaciones pertenecientes al Protectorado que estuvieron bajo la tutela de España, tales como Segangan, Xauen, Monte Arruit, Larache, Tetuán, Alcazarquivir, etc., lugares en donde la presencia española, con sus peculiaridades, era importante.

Con el paso de los años, recuerdo una especial visita a Nador. Sería por allá entre los años 1956, fecha en que Marruecos obtiene su independencia, y antes de 1961 en que fallece su rey Mohamed V. Formando parte de la Tuna de Magisterio de Melilla nos desplazamos a dicha población para actuar delante del monarca marroquí, el citado Mohamed V, y así lo hicimos. Hecho verdaderamente curioso, que una estudiantina española cantase el “Clavelito”, entre otras canciones propias de rondas, delante del mismísimo rey marroquí y en donde pudimos descubrir dos cuestiones destacadas de dicho pueblo: la primera, el cariño que los moradores marroquíes de Nador sentían por su monarca, que hacía poco había regresado de su destierro de Madagascar en olor de multitud. Hombre ya mayor, como cansado, envuelto en su inmaculada chilaba blanca con capucha, con una agradable sonrisa -así lo vi aquel atardecer yo, un joven tuno- y que supo agradecer de esta manera nuestra rápida actuación. Así como la falta de seguridad del monarca y el desorden reinante en aquella jornada. Un rey casi sin protección y un ejército que parecía el de Pancho Villa, sin un uniforme igual para la tropa, ya que unos andaban con botas y otros con zapatillas y lo que más llamó mi atención en aquel desfile junto al rey, fue la existencia de personas de paisano marcando el paso a los soldados, dirigiendo la tropa y una enfervorizada y fanática multitud, que no cesaba con sus cánticos y gritos en especial de aclamar a un rey recién llegado al trono después de su destierro y que me atrevo a decir, no sintió lo mismo por su sucesor, su hijo Hasan II.

recuerdo bien, por motivo de la última exposición en nuestra ciudad. Viajamos en su coche y cuando llegamos a la Aduana marroquí nos dieron el alto y requirieron amablemente nuestro documento de identidad. Al contar el coche con matrícula de Melilla y sabiendo que los residentes en la ciudad con este documento podían entrar en Marruecos sin problema, nosotros quisimos aprovecharnos de nuestro nacimiento allí, no de nuestra residencia habitual en la misma, condición que no cumplíamos, y fuimos a dar seguramente con el único agente que sabía leer el castellano, el cual nos indicó con una cierta sorna de que no podíamos pasar y que necesitábamos el pasaporte para hacerlo. Haciéndonos los listillos le indicamos que se fijara en el documento, donde se podía leer que habíamos nacido Melilla. Aquel funcionario, sin perder su sonrisa socarrona nos indicó con absoluta claridad y con un rotundo “pero” que vivíamos en El Viso del Alcor, provincia de Sevilla. Nos dejó sin argumentos y cuando desde la frontera de Beni Enzar desandábamos el camino hacia el centro de Melilla, mi hermano Ángel que era algo cabezota nos preguntó si teníamos interés de verdad en conocer al actual Nador. La verdad es que no le contestamos, que nos dejamos llevar por él. Condujo entonces su Land Rover hacia el puesto fronterizo de Farhana y por allí pasamos sin ni siquiera bajarnos del coche y recibiendo hasta un cordial y marcial saludo por parte del aduanero de turno.

Es cierto que tuvimos que dar algún rodeo y en un abrir y cerrar de ojos, por buena carretera que en nada se parecía a la de antaño, llegamos a un mundo distinto al que recordábamos, algo demencial y lleno de contrastes. En primer lugar, nos encontramos con una ciudad, no ya que había doblado su población antigua, sino la de la misma Melilla. Vimos edificios de no sé cuántos pisos y muchos levantados en terrenos sin urbanizar, con aceras sin solar y calles todavía de tierra, sin asfaltar y aún peor, algunas sin servicios indispensables como los de agua corriente y desagües. Pudimos comprobar que los establecimientos públicos, con mesas y sillas en las afueras, seguían siendo lugar de encuentro sólo para los hombres. Ninguna mujer ocupaba las sillas ni consumía los refrescos y el té, salvo en la cafetería de un hotel que habían construido en el lugar que había sido el viejo club marítimo, en donde sí pudimos contemplar como éstas consumían las bebidas junto a los varones. Claro, que lo más probable es que se trataran de extranjeros como nosotros o que buscaban estos lugares para evitar la rigidez de la norma.

Pero aún hubo otra cuestión que llamó aún más mi atención. Pudimos observar en nuestro rápido deambular por la ciudad que en torno a las farolas que jalonaban la carretera de salida, en las proximidades de donde se encontraba el cuartel de Regulares, que seguía sirviendo de morada ahora a la tropa marroquí, una gran cantidad de chavales jóvenes como disfrutando de la lectura. No era normal aquello para nosotros y requerimos información acerca de la situación, diciéndonos que se trataba de estudiantes, que aprovechaban la luz de las mismas para realizar sus estudios, ya que en sus hogares carecían de ella. Loable esfuerzo el de estos jóvenes, privados de elementos tan fundamentales y que contrastaba en gran manera con aquellos otros, que montando a caballo jugaban al polo, como lo hace el mismísimo príncipe heredero Carlos de Inglaterra.

Es cierto que este país para nosotros siempre estuvo lleno de contrastes, donde la mayoría de la población convivía con la riqueza y abundancia de unos pocos privilegiados; pero nunca pude llegar a pensar que el progreso anunciado ya en el Espasa, allá por el año 1957, llegara a cotas tan desorbitadas y envuelto en tamaño disparate.

En nada se parecía aquel monstruo urbanístico, de verdadero culto al caos y al mal gusto, al pueblecito que recordábamos de nuestra niñez y regresamos a Melilla por el mismo camino de la ida, aunque estuvimos tentados de hacerlo por Beni Enzar llevados por un inconsciente y malsano sentimiento de superioridad y por qué no señalarlo, verdaderamente desencantados.

80.- Un acuarelista: VICTORIO MANCHÓN

No tuve la dicha de conocer a Victorio Manchón personalmente, pero sí su obra y confieso que fui un anónimo admirador de la que vi salida de sus manos y de su mente privilegiada para este arte de la pintura y en especial, para una de sus más difíciles manifestaciones, la acuarela.

Cuando pude conocerlo una decena de años nos separaban, demasiados para una niñez y juventud. Con el paso del tiempo y una vez que entramos en este mundillo del arte, a pesar de estar lejanos de Melilla, él igual, y cuando ya los años no son barrera para encuentros y éste puede ser propicio, a través quizás de su inseparable y amigo común, nuestro querido Eduardo Morillas, se nos va de este mundo en plena juventud y se hace imposible nuestro deseo.

Por el hecho de ser mayor que nosotros siempre fue un referente a través de su quehacer pictórico y como nos interesa el arte y el artista, desde los pocos años sabemos cosas suyas; así como de otros pintores de nuestra ciudad y casi siempre por medio de ese hilo conductor que es nuestro maestro, quizás sin pretenderlo y de manera informal, por generosidad y espontaneidad, del ya mencionado Morillas. Sabemos de la entrañable amistad que existe entre ambos, que llega casi al hermanamiento; de sus compañeros comunes entre la gente del pincel, del óleo y acuarela, del lienzo..., tales como Gregorio León, que firmaba como Arrumi Ben Jusef muchas de sus obras; Pepe Peña, al que veíamos por nuestro barrio común, el Obrero, delgado y siempre acompañado de su característico bigote; Manolo Castillo y Norita Montes, entre otros y que todos tuvieron como espejo en donde refugiarse alguna vez a otros algo mayores como Carlos Rodríguez Iglesias, que alternó pincel con pluma, a Adolfo Monclús, a Rafael Torres y a nuestro profesor de dibujo en el Instituto, personaje altamente controvertido, como lo fue don Miguel Delgado.

Qué difícil resulta hablar de este artista evitando no hacerlo de Morillas. Igualmente que hacerlo de éste sin que aparezca el anterior. Coincidieron en tantas cosas y en tantos momentos que es tarea arduamente complicada separarlos. Los dos pueden considerarse como autodidactas y se acompañan en la búsqueda de su forma de expresión, aunque sea por caminos bien diferentes. Ambos comparten su sensibilidad por aquellos lugares que bien conocían, llenos de luz de contrastes, como el entorno de Farhana, por ejemplo, como por los alrededores del manantial de Yasinem o la belleza de las recónditas calas, como las de Trifa o Charani; quedando prendidos en el encanto de los modelos y objetos de un Marruecos tan cercano y diverso, de la variada mercancía expuesta bajo el crudo sol en los zocos, de la luz rebotada como en la antigua Al-Andalus en las blanquecinas fachadas o confundida con escasas sombras en la sencillez del ocre suave del adobe que continúa en un mismo tono en suelo y morada y siempre como decorado de fondo un azul de cielo que te cautiva.

Se intercambian experiencias y se filtran inconscientemente influencias.

Cuando llega la independencia de Marruecos, allá por 1956, rompen momentáneamente con los vínculos anteriores y nace en ellos la curiosidad por conocer la Península y el deseo de reflejarla en sus obras. Viajan juntos al Pirineo aragonés, invitados por un tío de Eduardo que reside en el pueblo oscense de Graus. Los trabajos más destacados de aquella común experiencia fueron expuestos en el Parque Hernández en el año 1957. Al regreso de aquellas tierra norteñas cumplen con uno de sus deseos, se detienen en Madrid, donde realizan una obligada visita al Museo del Prado y conocen exposiciones en la diversas galerías de la capital; pero lo que más les impresiona es el conocimiento que tienen del pintor Ceferino Olivé, del que recibirían una influencia notable.

Hasta en el hecho de ser becario para estudiar en Madrid, bajo el patrocinio de la Obra Sindical de Educación y Descanso, siguen caminos paralelos, con la sola diferencia de un curso. Manchón va en 1957 y Morillas en el 1958.

Es en este mismo año cuando en la Sala de la Sección Femenina, en la calle Cervantes, donde vuelven a exponer una colectiva, uniéndose en esta ocasión a ellos, Norita Montes.

En el libro “Eduardo Morillas. El lenguaje de la luz” de Antonio Abad, al comenzar el apartado titulado “El grupo SADIR y otros acercamientos” podemos leer lo que sigue:
“En 1961 tiene lugar la marcha de Victorio Manchón a Asturias quedándose Eduardo Morillas sin el compañero con el que exploraba los rincones de la ciudad y la técnica de la acuarela.”

Haciendo posterior referencia a la casa de marcos y molduras “El Diamante” en donde se seguían exhibiendo las obras de Victorio Manchón, expuestas allí para su venta. En bastantes ocasiones fuimos a este establecimiento, pequeño taller que regentaba Francisco Mingorance, para poner marcos a nuestros primeros pinitos artísticos y para encontrarnos con el hijo del anterior, nuestro compañero de estudios y profesión, Enrique Mingorance, que anda actualmente por tierras granadinas y éramos de los que gozábamos contemplando las acuarelas, ya por aquellos entonces, de Victorio Manchón, quedando cautivados por la seguridad del trazo y por la limpieza de las mismas.

Siempre hemos admirado a este melillense por su magnífica obra. Lástima que no llegáramos a conocerlo personalmente.

Diez años mayor que nosotros, nace en nuestra ciudad el 29 de octubre de 1929 y transcurre su infancia en el barrio de Calvo Sotelo. Desde muy corta edad pone de manifiesto sus aptitudes artísticas. Seguro que sería de los niños que se aburría en la escuela y tenía todos los papeles que llegaban a su alcance lleno de garabatos y pintarrajeados, según la incomprensión del profesor de turno o de los adultos que le rodeaban, que podían ver en aquello incluso una notable y absurda manera de perder su tiempo en lugar de aprovecharlo en otras cuestiones más serias y sesudas, como las de aprender las cuatro reglas y todo el saber encerrado en la gramática.

Cuando es todavía un niño, con sólo trece años, pierde a su madre y ocho meses después la muerte cruelmente le vuelve a sacudir, fallece también su padre a causa de un fatal accidente, viéndose obligado a marchar a Oujda, donde es acogido por unos tíos. No es de extrañar y quizás esto sea un juicio algo temerario por mi parte, que ello fuera la causa de ese aspecto de seriedad que siempre le envolvía y su aire siempre taciturno con el que aparece en muchas de las fotografías que tuve ocasión de ver y en donde él se encuentra. Tengo la impresión de que todos aquellos acontecimientos de su niñez le llevan a ser un personaje introvertido que encuentra un bálsamo en su tarea pictórica; pero que por contraste refleja en su obra una limpieza de espíritu y en su manera de ver la realidad que le circunda, no existiendo ni el más mínimo rasgo de amargura.

Vuelve a Melilla cuando contrae matrimonio su hermana Pilar y vive con ella.

Se matricula en la Escuela Municipal de Arte situada entonces en el Mantelete y tiene como profesora a una persona muy conocida por aquellos años en estas tareas artísticas, a doña María Gallo. Encontrando en esta época en su tío Victorio el apoyo necesario, dentro de sus posibilidades, para realizar su trabajo. Me cuentan y no es el primer caso que he conocido, que para salvar su situación económica, ejerce como pintor, alternando la delicadeza de los pinceles con la brocha gorda; lo que no desmerece en absoluto su posterior carrera y es cuando termina su servicio militar cuando se plantea seriamente su verdadera vocación.

Trabajando en el pequeño estudio que tiene José Peña en nuestro barrio Obrero, en donde en más de una ocasión nos cruzaríamos con ambos en nuestros juegos, se empieza a dar a conocer en nuestra ciudad como acuarelista principalmente.

Su decisión de dedicarse a la pintura es seria y en 1959, rompiendo las ataduras de su Melilla, atiende la invitación y el mecenazgo de su amigo el doctor Gabriel León, que es destinado a Piñeres de Aller, en Asturias, donde permanecerá durante diez años. El paisaje y sus gentes le cautivan y decide montar su estudio en la populosa Mieres, que cuenta ya con un importante complejo minero-industrial y que está a un paso de la vetusta capital de Oviedo.

Ha descubierto y pinta sin cesar aquellos constantes cambios de luz que en nada se parecen a la claridad de su Melilla; ya está habituado a aquélla atmósfera de los suaves grises y variados verdes de la montaña asturiana; sin descartar, porque los tiene a tiro de piedra, los encantos de los pueblos pesqueros de la costa, desde Luarca o Navia, en el occidente asturiano, hasta Llanes que ya casi se toca con Cantabria.

Se encuentra a gusto en aquella tierra, le cuesta trabajo moverse de ella; pero por otra parte, su inquietud y el incipiente éxito, son como el aldabonazo que le obliga a emprender el camino hacia nuevas metas. Es consciente de que Madrid y Barcelona, si quiere ser alguien en este mundo de la pintura, son residencias obligadas y se decide por la capital del país, la que ya había dejado claras influencias cuando la visitó acompañado de su querido amigo Eduardo Morillas.

Ármase de valor y con parte importante de su bagaje artístico recogido en una carpeta y con sus miedos e inquietudes lógicas, se presenta en Madrid, siendo aceptada su obra por la conocida y prestigiosa Sala Macarrón, en donde presenta con notable éxito su primera exposición. Es tal el impacto que su obra ha causado que la Sala establece con él relaciones comerciales y le solicita que sus cuadros puedan estar en ella de forma permanente, con lo que comienza un largo periodo de tiempo en que el artista melillense, afincado en Asturias, envía numerosas acuarelas a Madrid.

Le cuesta salir de aquella tierra que le acogió tan maravillosamente y sus exposiciones, entre tanto, se van realizando por el norte peninsular. No puede olvidarse de su Mieres, lugar de residencia, del encanto de Gijón, de Zaragoza y Bilbao, por señalar algunas de las poblaciones, en donde se va ampliando el conocimiento de su nombre y cosechando en todas ellas un merecido éxito, tanto de público como de crítica, que ve en aquel joven como a uno de los mejores acuarelistas del momento.

Es llamado insistentemente de los Estados Unidos, pero le cuesta infinito abandonar aquella tierra que se le entregó y de la que se había enamorado desde un principio. Debió ser hombre tremendamente reflexivo y hasta tímido, así como poco ambicioso; por ello se resiste a emprender esta aventura de trasladarse al país más poderoso del mundo. Sin embargo, su obra si llega allí, ya que una galería de Nueva York se hace con algunas de sus acuarelas, que son vendidas inmediatamente, porque despiertan una notable admiración entre los coleccionistas americanos.

Su nombre comienza a sonar en el mundo de la pintura, especialmente por sus acuarelas y viaja a Italia y a París, que están más cerca, en donde queda maravillado del arte que encierran los países vecinos y en especial del mundo artístico que se mueve en la capital francesa. Comienza a preparar el material necesario para presentar sus obras en ambos países; cosa que no puede llegar a realizar porque una muerte sorprendente se lo llevó, ante el dolor inmenso de sus amigos, que no entendían su desaparición tan brusca ni se lo querían creer.


¿Hasta dónde podía haber llegado este melillense?

El pueblo asturiano, siempre agradecido con él, a través de la Galería Nogal, preparó una exposición en homenaje póstumo al pintor melillense y un grupo de amigos de Piñeres, solicitó del Ayuntamiento y del Ministerio de Información y Turismo que colocaran una placa en la casa-estudio donde vivió y realizó parte importante de su obra. Hasta tal punto lo querían por aquellas predios y fue tanta su producción pictórica que reflejaba el encanto de tan bellos lugares, que fue considerado y llamado con el calificativo de “Pintor de Asturias”.

Melilla, su ciudad natal, también recuerda a este hijo ilustre, dando su nombre a uno de los 16 edificios que integran el núcleo de viviendas Rusadir, ubicado en el barrio de la Virgen de la Victoria; aquellas que se concluyeron al final de los 70 y que tuvieron como Presidente-fundador de la Cooperativa que las propició a nuestro querido y ya desaparecido amigo Andrés Pimentel. El nombre de Manchón figura en el callejero mezclándose con el de monstruos de la pintura como Dalí, Goya, El Greco, Julio Romero de Torres, Picasso, Miró, Sorolla, Velázquez, Zuloaga, Zurbarán..., a los que acompaña también el conquistador de nuestra ciudad, Estopiñán.

No sé si la memoria de los melillenses es buena y justa en torno a la figura de Victorio Manchón, uno de los mejores acuarelistas del país, cuya obra sobrepasó sus límites. Yo, que sólo lo conocí, como se suele decir, de vista y un poco de su obra, me siento orgulloso de lo que hizo y de lo que fue, porque como diría nuestro entrañable amigo Luciano Tejedor, inventor del vocablo, supo conjugar perfectamente y de manera extraordimaria del verbo "melillear"


81.- Una tienda: LAS DE ULTRAMARINOS

Resultaba lógico que los establecimientos de alimentación de nuestra ciudad recibieran el apelativo de tiendas de ultramarinos, ya que la mayoría o casi la totalidad de sus artículos procedían del más allá del mar que la rodeaba en gran manera, siendo escasos los que venían por tierra o se generaban en la misma.
Aunque no creo que fuera una situación exclusiva de Melilla el uso de esta terminología, pues se podían leer rótulos con estos titulares en la mayoría de ciudades y pueblos españoles. Posiblemente su origen sería por venderse en los primitivos comercios de alimentación ese gran número de productos que venían de tierras lejanas y teniendo el mar por medio y por la misma sonoridad del vocablo, pues así nos lo parecía. Sonaba bien, por ejemplo, aquello de “Ultramarinos García”. Todavía el prefijo “ultra”no estaba deteriorado, sino todo lo contrario. ¿A quién no le habían contado la extraordinaria aventura del Plus Ultra en Melilla?, de tal modo que hasta aparecían tales voces en el escudo de entonces. No ocurría como ahora, que portarlo supone una carga negativa, ganada a pulso por supuesto, no sólo en el aspecto deportivo, sino en el político y en lo referente a las creencias, que afortunadamente es rechazado por la mayor parte de la ciudadanía.

¿Qué niño de aquellos años tan lejanos en el tiempo no recuerda la existencia en su entorno de uno o varios de estos establecimientos?

Claro que, era otra forma de comprar y vender. Las tiendas de ultramarinos de entonces abastecían al consumidor, como norma general, para el día a día. Había que ir a ellas como casi una obligación todos los días, en razón de que comíamos también todos los días. Así que no causaba extrañeza que te llevaras cuarto y mitad de algún artículo, que nada tiene que ver con las compras por kilos de ahora, o que pidieras en ellas media docena de sardinas en arenque o tres lonchas de jamón y que por supuesto, eran para el que estaba enfermo. Es cierto también que fueron años de penurias, de sueldos miserables, de peseta devaluada y dividida en céntimos, como los euros de la actualidad, aunque con valor infinitamente inferior.

Curiosamente, aunque eran tiendas de alimentación, vendían de todo. Casi como supermercados, pero en miniatura y con uno o dos dependientes a los sumo y en espacios bastante reducidos. Lo mismo uno podía comprar latas de conserva que bacalao seco o brillantina para dar lustre al cabello y había mucho papel de estraza para envolver; hasta tal punto era su uso que los dependientes era expertos en empaquetar y en hacer cartuchos, cortando el pliego en mitades o cuartos según la cantidad a despachar, con una habilidad digna de todo elogio.

Todo debía estar superordenado, porque te entregaban enseguida la mercancía solicitada; aunque se mezclaran en aquellas enormes estanterías, siempre repletas, los más variados artículos.

Sobre el mismo papel de estraza y con el lápiz que no faltaba en la oreja del que te atendía, que como la mina debía de ser tan dura o por hábito, la humedecía antes de escribir metiéndose la punta en la boca y tocándola ligeramente con la lengua, de tal manera que casi siempre tenía ésta punteada y más si el lápiz era de los conocidos como de tinta, se anotaba el precio de lo que costaba cada artículo que te llevabas, para al terminar y con otra habilidad del dependiente de entonces, hacerte la suma con rapidez y mostrarte el resultado final, dándote toda clase de explicaciones. No había mucha prisa ni en el vender ni en el comprar. Nada de máquinas calculadoras, ni de tiques ni cajeras de la modernidad; todo a lo natural, que hasta tenía su encanto. Y el comprar te propiciaba la conversación y se pegaba la hebra sin complejos y estabas, gracias a ello, al corriente de todo lo que pasaba en tu entorno. Cuando íbamos los pequeños a realizar los mandados, qué real era aquello de las letras que cantaban los “No me pises que llevo chancla” en aquella canción que decía: “Y tú, niño, de quién eres...”

Además ni existía el derecho de admisión ni distinción aparente de ninguna clase. Cualquiera podía ir a comprar, niño o anciano, que siempre eran atendidos bien, porque lo bueno para el dueño era vender y para el usuario encontrar lo que se necesitaba.

Señalaba antes que funcionaban con otras maneras, porque también existía el “fiao”. Cualquiera va hoy a una tienda y te dan el artículo por tu bella cara. Algún pufo no faltaría en este tipo de negocio; pero la mayoría respondía y aquellas listas de débitos de pequeñas cuentas diarias, que eran anotadas con escrupulosidad por los dueños, no faltaba más, se saldaban cuando se podía, porque la gente, como decía el dicho popular de la época, podía ser pobre, pero siempre honrada.

En mi casa como no había niñas y siguiendo la costumbre de aquellos años, los recados y pequeñas compras de urgencia los teníamos que realizar nosotros, los repetidos.

De la cuestión de la comida se encargaba mi tía Carmen, que se las sabía todas. Tres tiendas recuerdo de mi infancia y que visitábamos casi cotidianamente. Frente al parque y haciendo esquina con la calle Miguel Zazo estaba La Vinícola, que era una especie de bar con mostrador alto de madera oscura y tienda de embutidos. Allí íbamos por este material y también para comprar las gaseosas de la fábrica de Weil y aquellos famosos y ya desaparecidos sifones, cuyo contenido, la soda, se usaba para acompañar principalmente al wermouth o al tinto y que para que te dieran uno lleno tenías que llevar otro vacío, que debía de ser caro el material y escaso; algo así como ocurre en la actualidad con las bombonas de butano.

Allí nos surtíamos para casos extraordinarios del jamón y más habitualmente del chorizo, salchichón, de la rica sobrasada y sobre todo, de la mortadela, que era el artículo más económico, pero que nos encantaba cuando teníamos la fortuna de probarla; de las aceitunas, del vino dulce de Málaga con el que nos preparaban los ponches con huevos crudos como reconstituyente; así como la quina Santa Catalina, que tenía el mismo fin, el de ponernos más fuertes en momentos de debilidad o después de pasar las enfermedades comunes y lógicas de todos los críos y reponernos.

Comprábamos entre medio de clientes que sin prisas, en animada conversación y apoyados en el mostrador, bebían y degustaban las tapas que les apetecían y permitían sus economías. Ya con algunos años más y cuando dejamos de ser menores, cambiamos el rol y nos sumamos en ocasiones esporádicas, porque no fui notable bebedor, al papel de los anteriores y sobre todo, por aquello de estar con los amigos y sentirte un hombrecito al poder estar en los bares, con aquel olor tan característico producido por los productos que allí se comerciaban, mezclado con el del tabaco y los específicos de cada usuario, que variado es el aroma del género humano.

Al otro lado del barrio Obrero, qué lástima que no recuerde el nombre de todas aquellas calles que frecuentábamos a diario tantas veces en nuestras innumerables correrías y juegos, estaba Casa Fernando, porque el dueño se llamaba así, seguramente igual que sus antecesores que serían los que la habrían creado y pasaron de herencia de padre a hijo. Podíamos llegar a esta tienda por la calle General Mola, doblando por la esquina de la farmacia El Sol, que la regentaba el padre de Pepillo y Pacoli, o también por la siguiente esquina donde se encontraba la barbería y peluquería en donde siempre nos cortaron el pelo y en donde en su final instalaría su estudio, pasados los años, Eduardo Morillas. Justo era la calle anterior a la que bordeaba la Plaza de Toros, en cuya esquina se encontraba un pequeño estanco, como casi todos, en donde además de comprar el tabaco para los mayores se podían comprar revistas y periódicos, pequeños regalos, los famosos papeles de pago al Estado y pólizas, que a nosotros nos resultaban a chino hasta que tuvimos la obligación de utilizarlos, que cualquier españolito se libraba de ellos y que, sobre todo las últimas eran absolutamente necesarias para cualquier documento oficial.

Volviendo a Casa Fernando, esta tienda si que se dedicaba a la alimentación en exclusiva y allí se podía encontrar de todo. Agradable en el trato, al igual que los que le acompañaban en la dependencia y despacho, contaba con una estupenda y numerosa clientela de la zona, lo que contribuía a que el negocio le marchara estupendamente, viento en popa en términos marineros. Allí se encontraba lo necesario para el día y lo puntual para solucionar un desavío. Cuántas veces nuestra tía Carmen o nuestra madre nos decían: “Anda, llegaros a Casa Fernando en una carrera, que nos falta tal o cual cosa”. Eso motivaba nuestras lógicas protestas; pero es cierto que lo hacíamos casi antes de decir un amén y más, cuando en aquellos tiempos, estábamos ligeros de peso y más de piernas.

Fernando, su dueño, conocía bien a sus parroquianos y sabía dar conversación a la gente, que allí se encontraba a gusto; no excluyendo al personal menudo de este conocimiento, tratándonos igual siempre que nuestro comportamiento fuera el correcto; que si no lo era, sacaba su pronto y ya estaba el alborotador de patitas en la calle.
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82.- Un maestro y entomólogo: DON ANASELMO PARDO ALCAIDE

Vivir en Melilla, ser maestro y no conocer a don Anselmo Pardo era un pecado mortal. Cuando uno escoge un camino o las circunstancias de la vida te conducen por alguno determinado, que tú recorres, una vez en él, con agrado, siempre hay referentes que te marcan, ejemplos que te atraen, y este era el caso de este buen maestro, que cuando uno estrena su magisterio ya lo ves como mayor y experimentado y a él en muchos casos te gustaría parecerte.

De todos es sabido que Melilla demográficamente se va haciendo principalmente con ese aluvión de emigrantes peninsulares que arriban a la ciudad por las más variadas circunstancias. Esto no es nada extraño para mí, ya que mis progenitores, por ejemplo, procedían por parte de mi padre de la población albaceteña de Almansa, que desde su elevado castillo permitía contemplar las tierras de los antiguos reinos de Murcia y de Albacete, como si de su Gurugú se tratara y por parte de madre de tierras marineras de Murcia, de San Pedro de Pinatar, que se asoma al Mar Menor, como la nuestra mira curiosamente a la Mar Chica.

La familia de don Anselmo Pardo y permítanme el uso del don, ya que para nosotros siempre lo tuvo, procedía del pueblo manchego de Aldea del Rey, a mitad de camino entre Valdepeñas y Puertollano; aunque él nace en Melilla a principios del siglo XX, el 18 de septiembre de 1913, por lo que aún siendo niño pudo ser testigo de la inestabilidad de la zona y de algunas de las campañas bélicas, como la del 21, que tanto marcó a la ciudadanía melillense, cogiéndole también cuando ya ejercía el magisterio en Melilla, toda la tristemente recordada guerra civil.

Obtiene el título de Maestro de Primera Enseñanza en la Escuela Normal del Magisterio de Melilla en 1933. Posiblemente y como a más de uno le ocurrió, de haberse encontrado en otra población con distrito universitario y dada su inquietud por las Ciencias y por el saber en general, podría haber encaminado sus pasos por otros derroteros; pero es que en la Melilla de aquellos años sólo existía este tipo de estudios para aquellos que concluían el bachillerato y no contaban con medios económicos para costear los siguientes y superiores en Universidades como las de Granada o Sevilla. Sea por lo que fuera, también es justo señalar, que por fortuna Melilla encontró en su persona un extraordinario docente y especialmente querido por sus innumerables alumnos.

Un año más tarde, en 1934, oposita al Magisterio Nacional y obtiene plaza, siendo destinado a Ronda, en la provincia de Málaga. Otra curiosidad nuestra es, en cuanto a su coincidencia, que la primera escuela en la que nosotros nos enfrentamos con alumnos una vez aprobadas las oposiciones al Cuerpo Nacional de Magisterio es de la misma población rondeña y aunque 30 años nos separan en el destino, es posible que nos moviéramos por lugares comunes de dicha población. Un solo año igualmente ejercimos nuestro recién estrenado magisterio público en la ciudad del Tajo, cuna de celebrados toreros y llena de encantos.

Era tal su amor por el estudio, que ya siendo maestro termina el bachiller superior en 1943 en el Instituto Nacional de Enseñanza Media de la ciudad, en donde nosotros también realizamos los mismos estudios antes de ingresar en la misma Escuela de Magisterio, por lo que también coincidiríamos con algunos de los viejos profesores de aquel centro.

Se casa a los 35 años y fruto de aquel matrimonio son sus tres hijos.

Desde muy joven siente una gran atracción por los animales en general y por los insectos de manera especial, convirtiéndose de forma autodidacta en un estupendo entomólogo. Lo ya señalado anteriormente, insuficiencias económicas no le permitían poder realizar estudios superiores; lo que no evita una gran dedicación a este campo, así como el estudio por su cuenta en torno a estos animales.

De pronto viene a mi memoria otro estudioso melillense de los insectos y que seguro que se conocerían bien, como fue Juan Capilla Caballero, funcionario de prisiones, que también dedicaba su tiempo de ocio al estudio y colección de dichos animalitos. ¡Qué de cajitas en su casa con preciosas y coloristas mariposas! Él mismo la fabricaba con mimo y arte. También recuerdo que cuando andaba en aquellas tardes de Campamento por los pinares de Rostrogordo mirando siempre al suelo y a las plantas, encontrando especies de “bichos”, los cogía con delicadeza y los iba guardando en los diferentes bolsillos y para no mezclarlos, si tenía que depositarlos en su boca con cuidado, así lo hacía, ante la sorpresa y el “repelús” de la gente menuda que lo observaba. Éramos niños y nos atraían aquellas redes para capturar a las mariposas. Con qué cuidado las trataba cuando las atrapaba para evitarles el más mínimo daño y deterioro. Era al igual que don Anselmo algo más que meros coleccionistas. Siempre con libros de estos animales en sus manos y con una capacidad de observación distinta a la de los demás mortales, que pasábamos de largo de ellos.

Don Anselmo fue hombre importante dentro de este mundo de la Entomología y gozaba de gran prestigio, tanto en Marruecos como en nuestro país. Prueba de ello es que fue asesor-técnico, en este terreno, del Servicio Agronómico del antiguo Protectorado Español en Marruecos desde 1948 hasta la independencia marroquí de 1956. Teniendo el mismo cargo en el Servicio de Protección de los Vegetales en las provincias marroquíes de Nador y Alhucemas; así como Colector-preparador del Gabinete de Ciencias Naturales de la Escuela Superior Politécnica de Tetuán.

También colaboró con el Instituto Español de Entomología de Madrid desde el año 1952.

Cuentan algunos de sus alumnos que fue una verdadera suerte tenerlo como maestro, que era tal su trato con ellos y su forma de enseñar que los tenía como “enganchados” a la escuela. Incluso indicando algo que parece salirse de lo normal, como era el hecho de que algunos de estos, no pocos, con el fin de estar más tiempo con él y no sólo durante el horario lectivo, lo esperaban en el Puente del Mineral de la Compañía Española de Minas del Rif que volaba sobre el Río de Oro, para acompañarlo hasta la Escuela; ya que él vivía en los Bloques del General Orgaz, conocidos como de los Maestros, y tenía que pasar por allí para llegar al colegio que estaba ubicado en el barrio de Calvo Sotelo.

Contaban que los lunes, después del sábado por la tarde y la jornada del domingo sin clases, con tantas horas de ocio y con escasos entretenimientos por aquellos años, que no fueran los de jugar en la calle y en los campos del extrarradio de la ciudad o en el mismo río, eran días de entrega a don Anselmo de todos los bichos capturados, recibiendo a cambio el ejemplo de su trato, alguna palabra cariñosa no exenta de enseñanza e incluso alguna caricia.

Eran deliciosas, decían, aquellas excursiones que constituían verdaderos encuentros con la naturaleza, como si fueran adelantados en su tiempo a esos que hoy parecen haber descubierto la pólvora y pretenden el convertirse en los inventores de la defensa del medio ambiente.

Relatando igualmente que los chicos que tenían la fortuna de visitar su hogar salían maravillados del mismo, porque éste era un auténtico museo entomológico, por las importantes muestras de animales que existían allí; así como por la destacada biblioteca que poseía en torno al mundo de los insectos y de las Ciencias en general, amen de las innumerables publicaciones que realizó a lo largo de muchos años, como estudioso y experto en aquella materia y que guardaba celosamente como criaturas suyas que eran.

Otra de las cualidades de este excelente maestro fue su amor y facilidad para los idiomas. Dominaba perfectamente el francés y traducía muy bien el inglés y el alemán, lo que le proporcionaba unos conocimientos valiosísimos para aquello que le gustaba, además del magisterio ejercido con indudable y ejemplar vocación; ya que la mayoría de los textos importantes que consultaba y que le servían de fuentes para sus investigaciones y estudios estaban escritos en tales idiomas. Conocía a fondo el latín, lo que le permitía una amplia formación en lo relacionado con las lenguas románicas que de él derivaron y una cultura clásica, y por el entorno en que vivió no era de extrañar que se comunicara con los marroquíes estupendamente a través del conocimiento del cherja. Y es que en líneas generales fue un extraordinario estudioso; adornado con otra cualidad importantísima, la de saber transmitir sus conocimientos abundantes a su alumnos. En una palabra, que sabía atraer a éstos.

Era además lo que se suele llamar buena gente. Educado en el trato con todo el mundo, no sólo con sus pequeños. Gozaba de gran estima entre sus compañeros de profesión, existiendo gran número de éstos que sentían verdadera admiración hacia su persona. Yo fui de los que ejercí mi magisterio en la Península; pero algunos de los compañeros de nuestra profesión, como Hiscio Capilla, Manolo Ramírez o Rafael Imbroda, por citar a algunos, prefirieron como él, desarrollar su tarea en su ciudad natal, nuestra común Melilla, y cuando nos reuníamos para hablar de lo divino y de lo humano en aquellos encuentros siempre agradables y entrañables en los que destapábamos el arcón de los recuerdos comunes, no faltaban elogios para los veteranos maestros que nos precedieron, especialmente por parte de Falo Imbroda, entre los que destacaba don Anselmo Pardo y con el que mantuvo siempre una cordial y afectuosa relación.

Falleció don Anselmo sin hacer ruido, con la modestia de su vida y de los grandes hombres, el 20 de julio de 1977, cuando le faltaba muy poco para obtener una merecida y bien trabajada jubilación. Se nos fue para siempre en la ciudad de Córdoba, aquejado de un mal que ignoraba y tras una breve hospitalización, causando el triste hecho verdadera y sentida sorpresa entre todos los alumnos que pasaron por sus manos, entre el magisterio de nuestra ciudad y por parte de los innumerables conocidos y amigos con los que contaba en Melilla y fuera de ella.

Nuestra ciudad es sensible a esta notable pérdida y agradecida a la entrega y los desvelos de personaje tan ilustre, sin que él lo pretendiera nunca y en reconocimiento a la calidad humana y pedagógica de don Anselmo Pardo, a través del Ayuntamiento, dos años más tarde de su fallecimiento, porque las cosas de palacio siempre marchan algo despacio, aprueba el dar su nombre a un Grupo Escolar en el barrio de Calvo Sotelo, que se inaugura en 1979 y en cuya placa puede leerse:
“D. Anselmo Pardo Alcaide, entomólogo y profesor de EGB. Vocación, trabajo y sencillez. Melilla, 1979.”

Su ejemplo y su obra permanecerán en el tiempo. Muchos de sus ejemplares de coleópteros, que superaban los cien mil, se conservan hoy en la Universidad Canaria de La Laguna. Muchos de sus innumerables escritos estarán sin duda en las estanterías de muchas bibliotecas especializadas y en lugar destacado en la Biblioteca Municipal de nuestra ciudad, al igual que en las de los distintos colegios de la ciudad de Melilla. Existirá permanentemente en la memoria de sus compañeros de profesión y en la de todos aquellos que tuvieron la fortuna de conocerlo.

83.- Una procesión: LA POLLINICA

Con los ojos de niño recuerdo una Semana Santa en nuestra ciudad que gozaba de una excelente salud; claro que aún no conocía la grandiosidad de los pasos sevillanos, de los desfiles procesionales de la ciudad del Guadalquivir, con sus luces y sus sombras.

Sin ser excesivamente religioso, llegado el tiempo de la salida de las procesiones melillenses a la calle, sentía una especial admiración por ellas. Me impresionaba aquel Cristo yacente, metido en el sepulcro, que en el silencio de la noche recorría la Avenida. Sentía interés, curiosidad y admiración por aquellos nazarenos que hacían el recorrido procesional desde el barrio del Real y que paraban en su largo caminar cerca de nuestra casa para descansar en su recorrido en varios puntos, donde podías descubrir el sacrificio de aquellos penitentes. Poníame la carne de gallina el Cristo procesionado por los legionarios, rompiendo el silencio de la noche con el cántico de su himno. Daba algún sentido a mis escasas creencias aquel Resucitado que se encontraba con su madre, la Virgen María, en la Plaza de España, en aquellos domingos llenos de luz y alegría, porque qué sentido tendría la terrible Semana de Pasión sin un Cristo Resucitado.

Veía con un respeto impropio de mis pocos años a aquellos otros Cristos y Vírgenes que guardados celosamente en las diferentes iglesias de nuestra ciudad se mostraban con brillantez a todos los melillenses para refrescarnos la memoria acerca de un hecho trascendental de la Historia de la Humanidad, que marcó un antes y un después con meridiana claridad; respeto que hacía extensivo para todos los nazarenos con túnicas de diferentes colores, provistos de cucuruchos puntiagudos como de magos de cuentos infantiles, que a la altura del rostro sólo dejaban ver unos ojos que marcaban los diferentes modos de mirar; a aquellos pies descalzos, blancos, algunos de los cuales hasta arrastraban cadenas; a aquellos otros, que en lugar de cirios encendidos, portaban pesadas cruces como cumplimiento de promesas que ellos sólo sabían y el Dios al que a cambio algo le pedían o en señal de gratitud por haber recibido ya el bien solicitado; a los que se metían debajo del paso, aunque por entonces se les pagara, para soportar su peso enorme en tan largos recorridos.

De verdad que no era de aquellos niños que se tomaban a guasa la fiesta. Por ejemplo y quizás porque siempre lo había visto hacer, era de los que me santiguaba, como lo sigo haciendo en la actualidad, a su paso; aún sabiendo que aquellas eran diferentes representaciones de las mismas figuras de la Pasión y no cayendo en el fanatismo sevillano, que no lo entiendo de otra manera, de entender que las imágenes parecen referirse a Cristos y Vírgenes totalmente diferenciados.

Pero de todas las procesiones había una que llamaba más mi atención, porque yo era un niño y sus protagonistas principales también los eran, aunque tengo que confesar, que nunca participé en ella. Se trataba de la “Entrada triunfante de Jesús en Jerusalén”, que era la primera que procesionaba en la ciudad en el Domingo de Ramos, iniciándose con ella nuestra Semana Santa y que todos conocíamos como la “Pollinica”, por aquello de que Jesús entrara en la ciudad santa a lomos de un pollino.

Aunque luego me referiré con más detalles a los motivos por los que mis afectos y preferencias iban dirigidos a esta procesión, quiero antes señalar cómo vi la evolución de nuestra Semana Santa con el devenir de los años. Este fenómeno creo que se reflejó en el mismo sentido en otras poblaciones, especialmente del sur peninsular o quizás pudo darse la coincidencia de que ocurriera en aquellas de las que tuve conocimiento solamente. Lo cierto es que la Semana Santa melillense con el paso de los años fue decayendo; incluso corrió el riesgo o peligro si no de desaparecer sí de entrar en un letargo, con escasa participación de la feligresía cristiana, que en nada tenía en que parecerse con épocas anteriores de cierto esplendor.

El número de nazarenos de las distintas cofradías melillense fue disminuyendo de forma alarmante, hasta tal punto que recuerdo el tener que recurrir a la tropa, como ocurre casi siempre en nuestra ciudad cuando se producen carencias humanas, a cambio de alguna gratificación económica o permisos y que se dio hasta la paradoja, que no me la contaron, sino que la presencié con mis propios ojos, de encontrar bajo la túnica y el capirucho de nazareno a musulmanes, que no tengo ninguna duda que cobrarían por hacer número. Incluso se dio el caso de no llegar a realizar su penitencia algunas de las cofradías señeras de antaño.

Como si se trataran de asuntos de moda, sometidos a periodos cíclicos, a vaivenes caprichosos, parece que después de las horas bajas, de las flacas vacas, en los últimos años las ondas vuelven a alcanzar cotas de normalidad y en especial, porque son muchos los jóvenes que se están incorporando al fenómeno siempre controvertido de las Hermandades y Cofradías, que incluso llegan a pujar por entrar de forma absolutamente desinteresada crematísticamente en la nómina de los esforzados costaleros, sin duda de los que realizan los roles más duros de estas procesiones que tiene una complejidad tan tremenda, que no sólo son manifestaciones puramente religiosas, sino que cuentan con otros aditivos que son propios de lo mundano y material.

Quizás también por ello yo siempre me quedé con la de los niños, con la que protagonizaban principalmente los alumnos del Colegio de La Salle y no sólo por su salida tan colorista por las calles de nuestra Melilla, sino por toda la liturgia de preparación que llevaba la misma y a la que yo siempre asistí como espectador.

Había que contar en primer lugar que todo esto llevaba un gasto añadido a los específicos y propios del curso escolar, ya que ésta era como casi una actividad extraescolar para los colegiales de dicho centro y que tenía que soportar la familia de los mismos, que menos mal que en su mayoría contaban con medios suficientes. Pero no todo el mundo podía asistir a este Colegio de los llamados de pago ni apuntarse a estos gastos extraordinarios. Sin embargo, para los que contaban con “posibles” no constituía ningún problema y pasaban a convertirse en unos gastos más; porque no sólo se trataba de conseguir las palmas, sino de llevar el vestuario adecuado y lo que a veces resultaba más caro aún, el coste del trabajo artístico que realizaban en aquellas algunas manos expertas, que sí las había en nuestra ciudad.

Cuando llegaban las fechas próximas a la Semana Santa y con tiempo suficiente, se encargaban las palmas a las localidades levantinas. Creo que las traían de Elche y de la misma Alicante. Llamaban éstas nuestras atención por su flexibilidad y por el dorado de sus hojas. Eran tratadas con verdadero mimo para que llegaran a su día en perfecto estado de conservación. Y entonces aparecían los artesanos de las palmas, verdaderos artistas, que jugando con las hojas y en perfecta armonía, conseguían los más bellos y atrevidos dibujos a base de las filigranas más exquisitas; entrelazando las hojas, alternando las líneas curvas con las cuadrículas, haciéndolas volar, obtenían formas que se podían considerar como auténticas obras de arte. ¡Qué maravillas de trabajos!

Hasta que llegaba el gran día del Domingo de Ramos y de la cercanía del Colegio, de la Parroquia de la Medalla Milagrosa, donde tenía su sede la imagen del Cristo triunfante sobre el pollino, salía la procesión, recogiendo a esa ingente cantidad de niños que se congregaba en el Colegio, con sus palmas doradas y vestidos como los judíos de antaño, aquellos que veíamos en las películas del Señor.

Supongo que ningún alumno de dicho colegio se la querría perder, porque cuando recorría las diferentes calles antes de llegar a la Avenida eran incontables lo que participaban en ella. Venga niños y más niños acompañando a su modesto Jesús a lomos de un humilde asno, agitándose al aire el oro de aquellas palmas que le daban la entrada triunfal en el mismo corazón de Melilla, en su Avenida repleta de melillenses, convertida cada año por estas fechas en la Jerusalén de tantos críos que soñaban desde hacía algunos días con aquella jornada.

La caminata era lo de menos. Año tras año se renovaban las ilusiones, al igual que las palmas; hasta que los niños dejaban de serlo y otros ocupaban sus puestos con la misma alegría y los mismos anhelos, quedando para aquellos la nostalgia.

Después y terminada ésta, venía el reposo merecido y las palmas lucían en las balconadas hasta que ajadas por causa de las inclemencias y por el paso del tiempo, se marchitaban e invitaban a su desaparición de aquellos lugares, terminando su efímero protagonismo posiblemente en cualquier vertedero.
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83.- Una procesión: LA POLLINICA

Con los ojos de niño recuerdo una Semana Santa en nuestra ciudad que gozaba de una excelente salud; claro que aún no conocía la grandiosidad de los pasos sevillanos, de los desfiles procesionales de la ciudad del Guadalquivir, con sus luces y sus sombras.

Sin ser excesivamente religioso, llegado el tiempo de la salida de las procesiones melillenses a la calle, sentía una especial admiración por ellas. Me impresionaba aquel Cristo yacente, metido en el sepulcro, que en el silencio de la noche recorría la Avenida. Sentía interés, curiosidad y admiración por aquellos nazarenos que hacían el recorrido procesional desde el barrio del Real y que paraban en su largo caminar cerca de nuestra casa para descansar en su recorrido en varios puntos, donde podías descubrir el sacrificio de aquellos penitentes. Poníame la carne de gallina el Cristo procesionado por los legionarios, rompiendo el silencio de la noche con el cántico de su himno. Daba algún sentido a mis escasas creencias aquel Resucitado que se encontraba con su madre, la Virgen María, en la Plaza de España, en aquellos domingos llenos de luz y alegría, porque qué sentido tendría la terrible Semana de Pasión sin un Cristo Resucitado.

Veía con un respeto impropio de mis pocos años a aquellos otros Cristos y Vírgenes que guardados celosamente en las diferentes iglesias de nuestra ciudad se mostraban con brillantez a todos los melillenses para refrescarnos la memoria acerca de un hecho trascendental de la Historia de la Humanidad, que marcó un antes y un después con meridiana claridad; respeto que hacía extensivo para todos los nazarenos con túnicas de diferentes colores, provistos de cucuruchos puntiagudos como de magos de cuentos infantiles, que a la altura del rostro sólo dejaban ver unos ojos que marcaban los diferentes modos de mirar; a aquellos pies descalzos, blancos, algunos de los cuales hasta arrastraban cadenas; a aquellos otros, que en lugar de cirios encendidos, portaban pesadas cruces como cumplimiento de promesas que ellos sólo sabían y el Dios al que a cambio algo le pedían o en señal de gratitud por haber recibido ya el bien solicitado; a los que se metían debajo del paso, aunque por entonces se les pagara, para soportar su peso enorme en tan largos recorridos.

De verdad que no era de aquellos niños que se tomaban a guasa la fiesta. Por ejemplo y quizás porque siempre lo había visto hacer, era de los que me santiguaba, como lo sigo haciendo en la actualidad, a su paso; aún sabiendo que aquellas eran diferentes representaciones de las mismas figuras de la Pasión y no cayendo en el fanatismo sevillano, que no lo entiendo de otra manera, de entender que las imágenes parecen referirse a Cristos y Vírgenes totalmente diferenciados.

Pero de todas las procesiones había una que llamaba más mi atención, porque yo era un niño y sus protagonistas principales también los eran, aunque tengo que confesar, que nunca participé en ella. Se trataba de la “Entrada triunfante de Jesús en Jerusalén”, que era la primera que procesionaba en la ciudad en el Domingo de Ramos, iniciándose con ella nuestra Semana Santa y que todos conocíamos como la “Pollinica”, por aquello de que Jesús entrara en la ciudad santa a lomos de un pollino.

Aunque luego me referiré con más detalles a los motivos por los que mis afectos y preferencias iban dirigidos a esta procesión, quiero antes señalar cómo vi la evolución de nuestra Semana Santa con el devenir de los años. Este fenómeno creo que se reflejó en el mismo sentido en otras poblaciones, especialmente del sur peninsular o quizás pudo darse la coincidencia de que ocurriera en aquellas de las que tuve conocimiento solamente. Lo cierto es que la Semana Santa melillense con el paso de los años fue decayendo; incluso corrió el riesgo o peligro si no de desaparecer sí de entrar en un letargo, con escasa participación de la feligresía cristiana, que en nada tenía en que parecerse con épocas anteriores de cierto esplendor.

El número de nazarenos de las distintas cofradías melillense fue disminuyendo de forma alarmante, hasta tal punto que recuerdo el tener que recurrir a la tropa, como ocurre casi siempre en nuestra ciudad cuando se producen carencias humanas, a cambio de alguna gratificación económica o permisos y que se dio hasta la paradoja, que no me la contaron, sino que la presencié con mis propios ojos, de encontrar bajo la túnica y el capirucho de nazareno a musulmanes, que no tengo ninguna duda que cobrarían por hacer número. Incluso se dio el caso de no llegar a realizar su penitencia algunas de las cofradías señeras de antaño.

Como si se trataran de asuntos de moda, sometidos a periodos cíclicos, a vaivenes caprichosos, parece que después de las horas bajas, de las flacas vacas, en los últimos años las ondas vuelven a alcanzar cotas de normalidad y en especial, porque son muchos los jóvenes que se están incorporando al fenómeno siempre controvertido de las Hermandades y Cofradías, que incluso llegan a pujar por entrar de forma absolutamente desinteresada crematísticamente en la nómina de los esforzados costaleros, sin duda de los que realizan los roles más duros de estas procesiones que tiene una complejidad tan tremenda, que no sólo son manifestaciones puramente religiosas, sino que cuentan con otros aditivos que son propios de lo mundano y material.

Quizás también por ello yo siempre me quedé con la de los niños, con la que protagonizaban principalmente los alumnos del Colegio de La Salle y no sólo por su salida tan colorista por las calles de nuestra Melilla, sino por toda la liturgia de preparación que llevaba la misma y a la que yo siempre asistí como espectador.

Había que contar en primer lugar que todo esto llevaba un gasto añadido a los específicos y propios del curso escolar, ya que ésta era como casi una actividad extraescolar para los colegiales de dicho centro y que tenía que soportar la familia de los mismos, que menos mal que en su mayoría contaban con medios suficientes. Pero no todo el mundo podía asistir a este Colegio de los llamados de pago ni apuntarse a estos gastos extraordinarios. Sin embargo, para los que contaban con “posibles” no constituía ningún problema y pasaban a convertirse en unos gastos más; porque no sólo se trataba de conseguir las palmas, sino de llevar el vestuario adecuado y lo que a veces resultaba más caro aún, el coste del trabajo artístico que realizaban en aquellas algunas manos expertas, que sí las había en nuestra ciudad.

Cuando llegaban las fechas próximas a la Semana Santa y con tiempo suficiente, se encargaban las palmas a las localidades levantinas. Creo que las traían de Elche y de la misma Alicante. Llamaban éstas nuestras atención por su flexibilidad y por el dorado de sus hojas. Eran tratadas con verdadero mimo para que llegaran a su día en perfecto estado de conservación. Y entonces aparecían los artesanos de las palmas, verdaderos artistas, que jugando con las hojas y en perfecta armonía, conseguían los más bellos y atrevidos dibujos a base de las filigranas más exquisitas; entrelazando las hojas, alternando las líneas curvas con las cuadrículas, haciéndolas volar, obtenían formas que se podían considerar como auténticas obras de arte. ¡Qué maravillas de trabajos!

Hasta que llegaba el gran día del Domingo de Ramos y de la cercanía del Colegio, de la Parroquia de la Medalla Milagrosa, donde tenía su sede la imagen del Cristo triunfante sobre el pollino, salía la procesión, recogiendo a esa ingente cantidad de niños que se congregaba en el Colegio, con sus palmas doradas y vestidos como los judíos de antaño, aquellos que veíamos en las películas del Señor.

Supongo que ningún alumno de dicho colegio se la querría perder, porque cuando recorría las diferentes calles antes de llegar a la Avenida eran incontables lo que participaban en ella. Venga niños y más niños acompañando a su modesto Jesús a lomos de un humilde asno, agitándose al aire el oro de aquellas palmas que le daban la entrada triunfal en el mismo corazón de Melilla, en su Avenida repleta de melillenses, convertida cada año por estas fechas en la Jerusalén de tantos críos que soñaban desde hacía algunos días con aquella jornada.

La caminata era lo de menos. Año tras año se renovaban las ilusiones, al igual que las palmas; hasta que los niños dejaban de serlo y otros ocupaban sus puestos con la misma alegría y los mismos anhelos, quedando para aquellos la nostalgia.

Después y terminada ésta, venía el reposo merecido y las palmas lucían en las balconadas hasta que ajadas por causa de las inclemencias y por el paso del tiempo, se marchitaban e invitaban a su desaparición de aquellos lugares, terminando su efímero protagonismo posiblemente en cualquier vertedero.


84.- Una francesa: LA SEÑORITA MARI

El francés siempre fue un idioma por el que sentí una atracción especial y quizás ello fuera debido al hecho de que gran parte de mi familia, por la rama de mi padre, al que desgraciadamente no conocí, pues teníamos los mellizos dos años cuando falleció, habían vivido en colonias francesas del norte de África, teniendo muchos de ellos hasta la nacionalidad del país vecino.

Así recuerdo, porque me lo contaron en más de una ocasión que la familia de mi padre, por ejemplo, vivió muchos años en Argel y Orán, donde tenían propiedades relacionadas con la fabricación del pan, con la “Boulangerie” me decían. Prueba de ello es que cuando parte de la misma emigra a Melilla, sus miembros se establecen en el barrio Obrero y allí montan una panadería, que desaparece en el tiempo y que no llegué a conocer, aunque sí el lugar de su ubicación, cerca de La Callera, porque cada uno de los primeros responsables de la misma siguió por caminos diferentes. Mi padre encuentra empleo en la Tabacalera y se nos va para siempre en plena juventud por causa de unas malditas fiebres tifoideas; mi tía Adriana se casa con Fausto Mas, propietario del Garaje Bernabeu y crean su propio hogar en torno a los vehículos y su combustible; a mi tío Domingo, que vive al lado nuestro, le recuerdo elegantemente vestido, algo bajito, más que los demás hermanos, con su bombín y bastón y dando clases de francés; en tanto que la tía Rosé, que viene en temporadas por Melilla, y el tío Jesús, permanecen en Argel y son los últimos en abandonar aquella zona, cuando los argelinos, hartos de la dominación francesa arrasan con sus propiedades y se ven obligados a abandonar aquellas tierras sin ninguna compensación económica y casi en la indigencia, pues perdieron de la noche a la mañana todo lo que allí tenían y qué tanto esfuerzo les había costado obtenerlo.

Cuando visitábamos a las tías, en la planta alta del garaje, donde vivían y en donde por primera vez probé, aun teniendo pocos años, esa bebida de la tarde tan habitual entre ellos, como lo era el “anisette”, equivalente a la palomita nuestra, podíamos comprobar como el idioma que hablaban ellas era el francés, hasta tal punto que podía decirse que a pesar de los años que llevaban en Melilla lo que “chapurreaban” era el español.

También recuerdo que mis primeras clases de este idioma fueron las que recibí a través de mi tío, el padre de Niní y Dominguín, usando como libro de texto el Perrier de primer grado. No sé la razón, pero tengo que confesar que éstas fueron efímeras; quizás por aquello de ser familia o porque otros alicientes, como la calle misma de entonces con sus juegos, pudieron más que con el necesario esfuerzo para aprender un idioma, o incluso por no poder hacer frente económicamente a este tipo de enseñanza particular y que por aquellos tiempos no era absolutamente necesaria; pues para los alumnos que asistían a las mismas no dejaba de ser un auténtico lujo, que sólo se lo podían permitir algunos y hasta un cierto signo de distinción.

Lo mismo me pasaba con mis primos, tenía con ellos la impresión de encontrarme con extranjeros, con franceses concretamente y desafortunadamente para mí, era tal el sentido del ridículo que tenía, que cuando me hablaban en francés, en lugar de enfrentarme a él e introducirme en la conversación, les sonreía y abandonaba. Niní se casó y vivió en Montilla durante muchos años con un médico, que se llamaba Mónico y que llegó a ser alcalde de este bonito pueblo cordobés, famoso entre otras cosas por sus vinos. Mientras que su hermano Domingo, que recorrió medio mundo y que contaba con una tremenda aptitud para los idiomas, contrajo matrimonio con Sigrid, una enorme alemana e igual de políglota que él o aún mejor y establecieron su residencia en la estación de Pozuelo de Alarcón, en donde nos encontramos con ambos y sus perros en la última vez que nos vimos, dedicándose a impartir clases y a la traducción de textos de otros idiomas, después de fracasar en su intento de convertirse en comerciantes de electrodomésticos en Madrid, porque lo suyo era sin duda lo anterior.

Otro intento frustrado de mejorar mis conocimientos de francés, cuando ya no era un niño, fue con una nieta de mi tío Jesús, que por su belleza se dedico a la televisión, al cine y a la publicidad, trabajando, por ejemplo, en aquel programa de la televisión que se llamaba Escala en Hi-fi, cuando la TVE era la mejor televisión de España, porque sólo había una; que llegó a trabajar con Miguel Ríos, cuando el roquero comenzaba sus andanzas musicales y cinematográficas y hasta con el mismo Raphael en otras películas; siendo la chica de numerosas vallas publicitarias, destacando entre otros trabajos, por el de las medias “Jenny”. Margareth, que así se llamaba en la realidad, se divertía a mi costa un montón y me decía que era tal mi ridícula vergüenza para hablar su idioma que parecía que hablaba el francés con acento inglés.

Menos timidez y vergüenza sentía cuando en la soledad de mi cuarto me enfrentaba con un curso que me atreví a hacer de Francés sin esfuerzo, siguiendo el Método diario “Assimil”, que basaba todo en la repetición y que de tanto hacerlo aún recuerdo que la primera lección se titulaba “Bon voyage”, así como que la primera frase era aquella de: “Nous partons pour la France!”

A pesar de todo nunca llegué a aprender el francés bien. Llegué a leerlo, a traducirlo, conocí su gramática, llegando incluso a enseñarlo valiéndome de las técnicas modernas de reproducción, me resultaba familiar; pero a la hora de hablarlo me costaba la propia vida y es seguramente porque no seguí ninguno de los dos consejos que me dio una de aquellas tías mías, la tía Rosé, el de “Me coucher avec une française” y el de marcharme a Francia.

Este atractivo que siempre sentí por este idioma me llevó, cuando era ya un adulto, hasta casado y padre de familia y como para satisfacer un reto, el de no haber podido en la juventud realizar estudios universitarios, el llevar a cabo los de Filología Moderna en la Universidad Hispalense, escogiendo como idioma principal la rama del francés. Lo que me obligó a impartir, además de la Lengua Castellana dicho idioma en los cursos superiores de la 2ª Etapa de EGB, en los primeros cursos de la ESO cuando se implantó y hasta de forma provisional en el Instituto.

Así que no es de extrañar, después de tanto preámbulo, que sintiera un aprecio especial por una profesora de mi infancia y juventud que impartía esta materia del Francés, como le ocurría a tantos otros alumnos que pasaban por sus manos, y que no era otra que la Señorita Mari, que así la conocíamos todos, lo de Pimentel no nos decía nada, a la que tuve tanto en mis estudios de bachillerato en el Instituto, como en los de magisterio en la Escuela Normal del Magisterio de Melilla.

Muchas cosas se podía destacar de aquella mujer, aparte de su monumental humanidad, que seguro que sobrepasaba los cien kilitos y que ella llevaba sin complejos y que también, lógicamente, despertaba voces y comentarios hacia su figura por parte de una chiquillería que de la crueldad propia de los pocos años ella no podía escapar. Aunque tengo que confesar, por lo menos yo no intuí lo contrario, que no había maldad en aquellas apreciaciones, siempre acompañadas de pícaras sonrisas, pues era una profesora a la que se quería y por múltiples razones.

En primer lugar y cuestión siempre importante entre el alumnado, el de antes y de ahora, era que no gustaba catear al personal, lo que se aplaudía por parte de la mayoría. Curiosamente, tenía otra habilidad, que sin ser exigente nos hacía atractiva la materia; de tal manera que aún sabiendo lo anterior, lo de que no suspendía a casi nadie, trabajábamos lo suficiente para ganarnos el APTO y no ponerla en el compromiso de que tuviera que regalarnos algo.

Creo que su éxito también podía estar en que nunca se preocupó en demasía por el tema de las notas, no obsesionando a sus alumnos con el tema de aprobar o suspender, sino por el hecho del aprendizaje en sí. Cosa que para nosotros, ya con más edad, fue más notoria en Magisterio que durante el Bachillerato. Quizás en esos primeros estudios, pasada la enseñanza primaria, no faltaran alumnos que por su forma de actuar llegaran a catalogar su materia como una de las “Marías”, se tiraran al palo y se apuntaran a la nómina de los de la ley del menor esfuerzo; pero creo recordar que en general se trabajaba con ella y lo que era mejor, no estabas angustiado como con otras asignaturas, que a más de uno les quitaba el sueño, por la materia en sí y por los profesores que las impartían.

En tantos años de docencia nunca la vi enfadada y tenía la impresión que era feliz en su vida y en su trabajo y que lo pasaba fenomenal con sus compañeros; pues no era rara verla reír cuando estaba en compañía de ellos. En el Instituto se llevaba muy bien con todos, pero en especial con otro profesor muy querido igualmente por los alumnos, aunque no tanto por la asignatura que impartía, el Latín, que creíamos erróneamente que no servía para nada y sólo para los curas, como era don Lucas Lorenzo y que hacía cuando iban juntos que su figura se agrandara aún más si la comparábamos con la del buen profesor de Lengua Latina y Griega, que más bien era algo bajito.

En la Escuela de Magisterio nos ocurrió una anécdota con ella que demostraba que era algo despistadilla o que ya andaba cercana su jubilación, pesándole los numerosos años de su docencia. Ya estábamos en tercer curso y el número de alumnos de la Escuela en este nivel no era grande, creo que sobrepasábamos en poco la docena. La conocíamos tan estupendamente que en reunión informal acordamos asistir a las clases suyas siete u ocho alumnos cada día, intercambiando los apuntes y ejercicios cuando asistíamos a las mismas con los que no lo hacían. Debía ser igualmente poco observadora y como no tenía la costumbre de pasar lista, la burocracia debía aburrirla, ni de llamar a los alumnos para calificarlos de forma continua, tan sólo se dio cuenta de los que realmente conformábamos el curso cuando en el último mes asistimos todos a las clases y tuvo que calificarnos. No hubo ningún problema a la hora de poner las notas, ninguno se quedó atrás por culpa de ella y lo que nunca llegamos a saber es que si ella era tan despistada para no darse cuenta o se lo hacía para no incomodar a nadie.

Muy difícil para un alumno olvidar a una profesora como la Señorita Mari, no tan sólo por su monumental físico, sino por su agradable carácter, por su correcto trato y porque le caía estupendamente a todo el mundo.

85.- Una puerta: LA DE SANTIAGO

Gran parte de las obras que presentamos en nuestras cuatro exposiciones celebradas en Melilla tuvieron como motivos rincones de la Ciudad Vieja, de nuestro Pueblo; así que puedo decir que ello nos obligó a pasar muchas horas, por la laboriosidad de las mismas donde el tiempo casi no cuenta, estando reñidos los innumerables trazos de nuestros dibujos a plumilla con las prisas, delante de representaciones de éstos, quedando en nuestras retinas palmo a palmo detalles infinitos de estas piedras que se levantaron para defender el primitivo recinto de acosos, asedios y hostilidades que no faltaron durante muchísimos años. Y de tanto mirarla y mirarla, terminas por enamorarte de tu ciudad vieja.

Muchísimas horas dejándote la vista ante el primitivo y paciente papel, en donde van tomando forma y vida el foso de Hornabeque, su interior y puente, la puerta que te lleva a la Plaza de Armas, la ensenada de los Galápagos con la muralla de la Batería Real y sus torreones; la joya de la Puerta de Santiago y el túnel de Santa Ana en donde uno descubre la única capilla de estilo gótico del continente africano, la de Santiago; los Aljibes y el Faro; el Fuerte de Concepción Alto y la entrada al antiguo Museo; la calle San Miguel y la Iglesia del Pueblo...

Por ello, desde aquella primera muestra de junio del 65 tuvieron que pasar casi una quincena de años para volver de nuevo, años 79 y 80, y otros tantos para la última, que fue en 1995. Es mucho el tiempo que se necesitaba para plasmar tan exquisitos y siempre añorados rincones. Además del goce de las horas, que tampoco fueron pocas, en que uno con cámara en ristre andaba buscando fijar a éstos en los carretes fotográficos que una vez revelados nos servían de modelo o aquellas otras, mucho más placenteras aún, en las que nos deleitábamos con la mera contemplación o con el paseo obligado por nuestro Pueblo cada vez que visitábamos Melilla.

Pero de todos estos rincones de ensoñaciones, desde la obligada diáspora, hay uno que es fácil de destacar y del que tuvimos, a pesar de su excesivo trabajo y complejidad, la santa paciencia de dibujar en varias ocasiones y hasta los dos, la Puerta De Santiago, para que ojos expertos descubrieran quién hizo uno y otro, y que nosotros nunca revelaremos, salvo en excepcionales momentos por cumplir con el informal y hasta divertido pacto entre los dos hermanos mellizos, que además de firmar igual, nunca decimos quién realizó tal o cual dibujo.

Sin embargo, esta ocasión la voy a convertir en excepcional y tengo que confesar que fue extraordinario el trabajo que hizo mi hermano Clemente de dicha Puerta de Santiago y que sirvió para ilustrar el catálogo de nuestra exposición del año 1980, que más de un melillense lo tendrá modestamente colgado en sus paredes.

Confesando también, más por curiosidad que por otra cosa, que fue el primer dibujo a plumilla de este tipo y en un tamaño considerable que él realizó; pues hasta entonces se había movido entre el óleo y la témpera principalmente y terminó tan cansado de las horas que le echó que llegó a prometer que no haría ningún trabajo más con esta técnica. Menos mal que no cumplió con su promesa y nos dejó con el paso del tiempo obras maravillosas.

Aprovechando el tema, el del encanto de esta puerta, voy a recrearme, ya que estoy en mi querido Pueblo, con otras que existen en el recinto amurallado, que me hacen volver al pasado de nuestra ciudad y que me permitieron disfrutar con estos diferentes accesos al mismo.

Da lo mismo comenzar por una que por otra y por qué no hacerlo por la Puerta de la Marina; aquella sobria y sin grandes artificios que estuvo tanto tiempo oculta a la visión de los melillenses. Y es que no podía ser de otra manera, ya que era el acceso a este barrio desprovisto de florituras arquitectónicas, donde las privaciones y necesidades siempre estuvieron por encima de las abundancias y que como señalaba antes, sus murallas servían para defenderse de asedios y acosos o de las hostilidades de unos moros cabileños que siempre estaban dispuestos a la bronca, por aquello de considerarnos como intrusos.

Construida allá por el año 1796, contaba con foso y puente levadizo. Cuentan que estaba separada del mar a unos escasos metros y que las olas venían a parar a ella, a la playita que había al pie de las murallas; por supuesto, antes de que se hiciera el puerto primitivo, tampoco el actual, y que dicho rincón constituía el único que existía en aquella zona. Yo no la conocí en principio porque como dije antes estaba oculta por causa de las destartaladas y viejas edificaciones en uno de cuyos laterales se encontraba el Cuartel de la Compañía de Mar, que contaba en sus cercanías con una modesta cancha de baloncesto terriza.

Además de este desembarcadero llegaron a existir otros dos: el de la Florentina, que presentaba el peligro de encontrarse con las rocas bravías y el de San Jorge, que casi siempre estaba cegado por las arenas del Río de Oro que no tenía por entonces el curso actual, como puede deducirse. Ambos tuvieron una vida muy efímera.

Esta Puerta estaba ya flanqueada a su izquierda por el Torreón de la Cal y contaba desde 1793 como defensa con la Batería de San Luis de la Marina. A la derecha se levantaba el Torreón de San Juan y bajo éste se encontraba el fuerte de San Antonio de la Marina, de los que no queda nada, porque fueron derribados para construir los muelles civil y militar, que con el paso de los años fueron tapados por los actuales, quedando sólo en pie en aquella muralla la Puerta de la Marina.

En mis últimas visitas a la ciudad mi entrada al primer recinto de Melilla la Vieja lo hice subiendo las escaleras que reemplazaron a la empedrada rampa de antaño, para encontrarme de golpe con la Melilla Medieval y nada más atravesar el pequeño túnel, con la Plaza de los Aljibes, con aquellas cuatro puertas de madera que reproduje con mimo en uno de mis trabajos para destacar su modestia, entre tanta piedra celosamente trabajada, según contaban, por expertos canteros llegados posiblemente desde las montañas cántabras o por presidiarios, que dejaban símbolos extraños en lugar de firmas en cada una de ellas para recibir una cantidad por cada piedra labrada o para redimir culpas en su condición de reos. Contando aquella plazoleta con los aljibes tan necesario en sus entrañas, en lugar como éste de escasas lluvias donde el agua es preciado tesoro y que en conjunto formaban una importante obra de ingeniería.

Encontrándome con la misma disposición de sus calles, no con el mismo suelo ni con los mismos edificios, muchos de ellos ya caídos por causa de su vejez y abandono, por la ausencia del cuidado necesario, por los terremotos tan frecuentes en nuestra ciudad o por las bombas empleadas en tantos conflictos bélicos que tuvieron que soportar.

Presentándose ante nosotros esa doble opción para nuestro caminar: la de la izquierda, de entrada y salida, según sea la ruta y dirección elegida, del túnel de Santa Ana, donde se encuentra como señalé antes, la Capilla gótica de Santiago y que llevaría al caminante a la ciudad castrense, o la de la derecha, para dar de bruces con aquellas instalaciones, como embutidas en las murallas, en donde actualmente se encuentra la Compañía de Mar y en lugar que anteriormente dio cobijo a las Juntas Municipales de Arbitrios, antecedentes de los Ayuntamientos y que fue recinto donde se proyectaron las principales obras de nuestra ciudad.

Subiendo por la Maestranza y encima de la Compañía de Mar algunos llegaron a conocer al Teatro Alcántara, que reformado en la modernidad se convirtió en la vivienda del Capitán General y que no dejaba de ser un extraordinario pegote urbanístico, pues chocaba en gran manera con su entorno. Lugares que nos eran familiares como la cuesta de Peñuelas, frente a los depósitos de víveres y a su derecha el conocido callejón del ****; la calle mayor de la ciudadela, que no era otra que la de San Miguel, antiguo centro comercial hasta que se produce la expansión exterior y el comercio se traslada al Mantelete. La callecita de la Soledad que se convierte en atajo para arribar a la Plaza de la Parada, que seguramente recibiría este nombre porque sería lugar de formaciones y revistas militares, de homenajes y que tenía a sus espaldas el Hospital Real y se convertía en el gran balcón en donde Melilla la Vieja se asomaba al ancho mar, permitiendo esas vistas abiertas que llegaban en días luminosos y claros a los distantes cabos Tres Forcas y de Agua. Plaza que se prolongaba entre el Faro y el Torreón inacabado y protagonista de infinitas vicisitudes, como lo fue el de las Cabras. Lugar de ensueños para pequeños como nosotros, cuando lo fuimos, porque teníamos conocimiento de la existencia debajo de su suelo de cuevas, galerías y minas, como la del Hoyo de la Cárcel, que fue polvorín, depósito y almacén para el Hospital o el paso que conducía a la conocida Puerta del Socorro, entrada a la ciudad en la antigüedad cuando no se podía arribar por la playa de la Marina.

Ese Faro moderno, construido en 1918, levantado donde estuviera el Torreón de Bonete, desde donde el vigía avisaba la llegada de los barcos correos, cordón umbilical con la Península y que llegaba a nuestra ciudad cada quince días, si el tiempo lo permitía y que causaba la alegría de sus moradores por las más diversas razones.

En tanto que el Torreón de las Cabras, anteriormente conocido como el de los Hombres del Campo y después, el Desmochado, hasta el siglo XVII que recuperó su nombre, se desplomaba en 1928 y que está actualmente reconstruido, presentando en sus cercanías el acceso rodado a la ciudad vieja y cuyo entorno servía para paseos vespertinos de los moradores melillenses de finales del siglo pasado y para algunas de sus fiestas.

Rincones todos envueltos en la leyenda; fortificación, cuentan cronistas, que fue la primera obra que tuvieron que levantar en la misma noche de la llegada de las tropas española, con el fin de que los moros cabileños que la habían dejado desolada en el día anterior desde el campo, se encontraran sorprendidos ante la visión de aquellos muros, del sonar de tambores y de los tiros de artillerías. Así que no extrañaría que creyeran que era tarea de diablos y no de cristianos.

Mosaico de murallas y torreones completaban aquel primer recinto; siendo la más antigua de sus torres la de San Sebastián, sobre cuyo emplazamiento se levantó posteriormente el Baluarte Alto de la Concepción, que con el Bajo, albergan en la actualidad el Museo Municipal de la ciudad. Cerca se encuentra el de Sancti Spiritu que se unía con el Torreón del Vigía por medio de la Batería Real de las doce piezas. Hacía el sur podíamos encontrarnos con varios más: el ya citado de Bonete, en donde está actualmente el Faro; el de las Cruces, donde tendrían lugar las ejecuciones y que se conocería también como del Palo y más tarde como Volado; seguido del de las Pelotas o Bolaños y junto el de Bernal Francés, terminando por el de las Cabras.

Al poniente encontramos los de la Florentina, el de San Juan, el de la Puerta de la Marina y el de la Cal.

Otro itinerario que escogíamos con frecuencia para visitar el Pueblo era el del Foso del Hornabeque. Entrábamos a éste a través de un pequeño túnel que nos enfrentaba inmediatamente al puente que lo sobrevolaba. Dando un rodeo y dejando a un lado el destacamento de la policía, nos encontrábamos en él, desde donde podíamos comprobar la magnitud de aquel foso excavado en la roca y en donde no faltaban cuevas y galerías, algunas convertidas en centros de ocio y diversión, que se asomaban a la ensenada de los Galápagos, el primer puerto natural de la ciudad.

Desde el puente y elevando nuestra mirada al cielo podíamos contemplar como rompía la fachada en su parte alta y en la esquina el garitón del Fuerte de San Pedro Alto y nos conducía a través de su pequeña e igualmente sobria puerta, en cuyos flancos aún podían verse las cadenas que servía para alzar el puente levadizo de la antigua construcción, a la Plaza de Armas.

Pasada la puerta nos encontrábamos con un espacio abierto, donde se asentarían las primitivas poblaciones fenicias, romanas y árabes, conocida también como Alaphía, de origen árabe y que significa Paz, porque debió ser lugar de encuentro de las dos culturas, cuando los moros de paz de extramuros venían a ella a comerciar.

Tres baluartes la rodean: el de San Pedro, el de Hornabeque y el de San José.

Aquella amplitud te permite contemplar con claridad gran parte del conjunto defensivo del primer recinto, el cual se levanta en torno a la puerta principal de la ciudad vieja de Melilla, la de Santiago. Restaurada en varias ocasiones, nunca perdió para mí su encanto y atracción, ni siquiera cuando la desidia y el abandono la dejaban enfermar a manos de la erosión implacable del tiempo y de los años.

Siempre sentí una gran admiración hacia ella, por esta entrada construida a principios del siglo XV, rectificada y mejorada por el Artillero Mayor de España don Gabriel Tadino o por Fundiño de Martinengo, Prior de la Barleta, que la rectificó en 1515. Puerta y barbacana que han llegado a nuestros días casi igual que en su construcción, que presenta en su frontis magníficamente labrado el escudo del Emperador Carlos I. Delante y cavado a mano, a fuerza de picos, presenta un profundo foso que aislaba la ciudad vieja del resto y hacía casi inexpugnable la fortaleza; así como el puente levadizo y encima una casamata entre dos fuertes cubos.

Y si miras hacia su izquierda te encuentras con aquella impresionante muralla que se asoma al mar y al foso, la Muralla Real, fuertemente armada y dejando destacar en su interior aquella torre con reloj y campana.

De verdad que es una gozada perderse sin mirar al tiempo por tantos rincones de gran belleza, de los que y sin ninguna pretensión, como decía nuestro queridísimo amigo Luciano en sus escritos de ensoñaciones, como buen gallego que es de nacimiento y melillense de adopción y enamoramiento, inconsciente y modestamente fuimos con nuestros dibujos a plumilla como notarios en su devenir de estos últimos años.
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86.- Como el padre que nos faltó: MI HERMANO DOMINGO

Tuvimos la mala fortuna de perder a nuestro padre cuando sólo contábamos con unos dos años. Crecimos con esta notable ausencia; aunque tengo que confesar que en nuestra vida existieron dos personas que siempre trataron de suplir tan notable pérdida. Mi madre, esa bendita mujer que tuvo que asumir el doble rol de padre y madre para poder sacar adelante a aquella familia numerosa y mi hermano mayor, Domingo, que inconscientemente tuvo que desempeñar este papel con relación a nosotros desde bastante joven.

Me contaron muchas cosas acerca de mi padre, al que sólo conocí a través de escasas fotos, que hacían referencia a su enorme vitalidad; un ser corpulento y gran aficionado al deporte en general, que hasta llegó a practicar el boxeo en su juventud; con aptitudes para el bel canto y que no debía de hacerlo mal, según me contaron. Algo aventurero en su juventud y calavera, hasta que sentó cabeza al encontrar como compañera para su vida a mi madre, a la que ayudaba, cosa poco habitual por aquellos tiempos donde el machismo estaba fuertemente arraigado, en las faenas de casa, teniendo incluso los días no laborables el atrevimiento de meterse en la cocina para demostrar sus buenas maneras en torno a lo gastronómico. Y también me contaron de su extrema felicidad cuando llegamos al mundo los mellicitos, que hasta cuando apenas aprendimos a andar llegó a comprarnos un coche de pedales de dos plazas y que servía para recorrer el largo pasillo de casa, dejando las lógicas rayaduras en las paredes y ante la alegría reflejada siempre en su rostro.

Hasta que unas absurdas y malignas fiebres tifoideas acabaron con tantas ganas de vivir; pidiendo a gritos comer cuando los galenos de entonces recomendaban absoluta dieta; quedándose sin defensa alguna y escapándosele la vida en un suspiro.

Mi madre, como ya conté, se refugia definitivamente en la costura y saca el barco familiar a flote; pero como cualquier ayuda complementaria es buena, corresponde a los dos mayores arrimar el hombro. Domingo, siendo casi un niño, sin ya tiempo ni para ir al colegio, como le ocurrió a tantos españolitos de su tiempo, se ve obligado a trabajar. Cuqui, mi hermana, la que le sigue, más niña aún, comienza su aprendizaje con la aguja y el dedal bajo el amparo de Pepita, de la que no se separaría hasta que fundó su propio hogar.

Domingo se convierte en mayor antes de tiempo y como tantos chicos de aquellos años realizará un trabajo propio de adultos y además en una empresa de un familiar, a la que había que agradecer además esta aparente generosidad. Es cierto que por entonces la actividad laboral funcionaba de otras maneras y todo, en estos años de tantas carencias, casi estaba permitido. Allí había horas y más horas de trabajo, tenía que mover barriles de gran peso, la extracción de la gasolina se hacía a base de brazos hasta llenar los recipientes que estaban en alto y en donde se medía el combustible, para que pudiera bajar luego por su peso y a través de la manguera hasta el depósito de los vehículos. No había días de descanso apenas ni vacaciones pagadas; embutido siempre en aquellos monos en sus orígenes azules que pronto perdían su color y que se ponían tiesos de tanto aceite y grasas, ya que el garaje también estaba cercano y había que echar alguna mano de vez en cuando.

Así va creciendo en un trabajo duro y monótono sin grandes perspectivas de futuro, que no sea la de contar con un puesto de trabajo. Pronto lo acompañará en la faena mi otro hermano, Ángel, que siendo de otra manera de ser, terminará por buscarse otros vuelos. Domingo, sin embargo, es más tímido, no ama el riesgo; por eso no lo busca y aguanta tiros y carretas. Se construye la nueva gasolinera, cuando el hijo del dueño crece, nuestro primo, y Domingo sigue con él y así hasta que se jubila.

Él lo tiene claro y sabe que no debe abandonar a su madre mientras nosotros seamos unos niños. Le salen otras ofertas de trabajo, pero por la citada cortedad suya o más seguro por lo anteriormente señalado, no las aprovecha o no quiere aprovecharlas. Lo examinan para entrar en la Tabacalera, donde había trabajado mi padre antes de fallecer, y entrega el papel en blanco, renunciando a la posibilidad de realizar otra actividad bien diferente.

Siempre, eso sí, fue una persona muy responsable a la hora de trabajar, dando la impresión muchas veces de que parecía que iba a heredar algo por el excesivo interés que se tomaba en su tarea. Era también el más serio de la casa; lo que no sé es si ello era debido al papel que tuvo que asumir o por cuestión de genes. Lo que no quería decir que fuera triste, ya que le gustaban y disfrutaba con los alicientes propios de aquella época, tales como aprovechar los fines de semana para asistir a los bailes públicos que había por entonces en la ciudad, donde los jóvenes iban a ligar, o jugando a la pelota, afición a la que me referiré más adelante y que también pudo cambiar su vida.

De aquellos bailes guardo desde mis pocos años algunos recuerdos, ya que nunca fui a ellos por razón de edad, a través de conversaciones y comentarios realizados por ellos, cuando nosotros, siendo unos verdaderos monigotes, deseando continuamente ser mayores y agazapados en su torno, las oíamos. Hasta creo recordar el merodear en ocasiones por los alrededores de algunos de éstos y hasta localizar uno de ellos por las cercanías del río de Oro y junto al lugar donde él trabajaba, pasando el puente grande del Tesorillo y bajando por una escalera estrecha que daba al mismo río.

Le agradaba igualmente, como era normal por aquellos años, el copear con los amigos, el salir con ellos para callejear, el frecuentar aquellos bares del Parque Hernández en las veladas del largo estío melillense, que se adelantaba por la benignidad de la primavera y se alargaba por la misma razón en el otoño, en donde orquestas donde no faltaban vocalistas animaban las noches. Disfrutaba en las fiestas propias de la ciudad; no tenía pereza, como sus amigos y compañeros, a la hora de realizar escapadas a poblaciones cercanas del protectorado español y siempre le gustaron los vehículos de motor para poder llevarlas a cabo. Aunque su mayor afición la constituía el fútbol y la verdad que no lo hacía mal.

Para unos chavales como nosotros era una gozada el tener un hermano mayor que practicara este deporte casi de una manera formal. Algunas veces fuimos a verlo y era un central de los duros, de aquellos que como Campanal, aunque salvando las distancias lógicas, iba a por todas sin ningún tipo de reservas ni miedos y de una fortaleza física extraordinaria. En el terreno de juego, curiosamente, no era nada tímido y se fajaba con quien fuera necesario; así que no era de extrañar que después de algunos encuentros apareciera por casa con algún esparadrapo en sus cejas o con un aparatoso vendaje en la cabeza, con el que había terminado el partido de turno después de un terrible encontronazo con la cabeza de otro jugador, delantero igual de fogoso y temerario que él.

Eran otros tiempos, las botas, por ejemplo, las tenían que conseguir cada jugador y el día anterior al partido les entregaban las equipaciones a los jugadores y así sabían que iban a jugar aquel encuentro. Luego, también siguiendo la lógica, tendría que ser lavada en casa y entregada al club para el próximo encuentro. Estaban éstas descoloridas de tanto uso y lavado, pero eran cuidadas con verdadero mimo.

Otras veces aparecía en casa un balón de reglamento, de los que considerábamos de verdad, o un botiquín, que en cada partido le tocaba a alguno ocuparse de este tipo de material. Los ojos se nos agrandaban, ya que no era normal el tenerlo en casa y hasta nos atrevíamos a darles algunas pataditas, comprobando que eran durísimos y pesados. Se trataba de aquellos balones que tenían una vejiga con pitorro dentro y con una apertura en el cuero que se cerraba con un cordón. Se llenaban de aire y cuando se estimaba que tenían el suficiente se cerraba el pitorro con una cuerdecita y se doblaba para mayor seguridad y que no se le escapara aquel, metiéndolo para dentro. Después venía la tarea de cerrar la apertura, por donde se metía la mencionada goma, que tenía forma de pipa de calabaza en grande y de un color anaranjado y que constituía una faena bastante laboriosa y no al alcance de cualquiera; pues había que conseguir que estuviera perfectamente cerrada, coincidiendo las orillas y procurando que las tiras que cruzaban la apertura sobresalieran lo mínimo. De todas formas, si los cabezazos tenían que doler de por sí un montón, qué sería cuando la cabeza golpease el balón por el lugar del cierre; seguro que dejaría su marca en la piel; pero era lo que había.

También llamaban nuestra atención aquellas espinilleras que tan poco se parecían a las actuales, igual de duras que los balones y con escasa flexibilidad.

Recuerdo, aunque era un niño, a algunos jugadores de aquel equipo de nuestro hermano mayor, no por la calidad de los mismos, pues no sabría por entonces discernir acerca de sus habilidades con relación a este deporte, sino por otras razones. Así me acuerdo, por ejemplo, de Suárez, un gigantón para nosotros, con sus casi uno noventa de estatura y que jugaba de delantero centro, como se le llamaba entonces; de su antítesis, García, habilidoso y escurridizo extremo, pequeñito y que corría como un galgo; al talentoso Pepe Vega, que era de los que sabía mover el balón y que como todo jugador que se preciaba de ser muy técnico tenía más miedo que siete viejas. Contaban con un portero, cuyo apellido no recuerdo, que estaba medio loco, ya que aguantar las tarrascadas como las de antaño y arrojarse en sus vuelos descomunales en aquellos duros terrenos, sin duda, eran acciones que estaban reñidas con la cordura

Dejando el fútbol aparte, también tengo que confesar que en ocasiones la suerte no le era propicia a mi querido hermano Domingo. Por ser hijo de viuda se estaba librando de la mili, del servicio que le obligaba a cumplir con la patria. Y cuando ya estaba convencido de que se habían olvidado de él, por cumplir mi otro hermano su mayoría de edad, le reclamaron su incorporación a filas. La faenita fue doble entonces, convirtiéndose en una broma más que pesada, porque por no haber dado paso alguno para quedarse en casa, es decir, en Melilla, nada menos que lo destinan a Bilbao y además, andando ya casi por los veintinueve años. Menos mal y todo no iba a ser negativo, que su afición deportiva le sirvió para algo positivo, pues llegó a fichar por el equipo de tercera división del Baracaldo, lo que permitió que su servicio militar fuera más llevadero.

Y digo que en esta ocasión le sirvió para algo bueno, porque también y con anterioridad a su llamada al ejército, tuvo el requerimiento de otro equipo de fútbol de superior categoría, el llamado Español de Tetuán, con el que probó desplazándose a dicha ciudad marroquí, entonces bajo el Protectorado Español y que tomaba parte en las competiciones oficiales de nuestro país y a pesar de que agradó, sin casi deshacer las maletas, emprendió el regreso y volvió a la gasolinera de su tío Fausto.

El asunto de la mili tuvo también un desenlace poco agradable. Recuerdo que vino de permiso a Melilla antes de licenciarse definitivamente y con la promesa de no tener que volver al país vasco. Y cuando quedan pocos días para que le entreguen la “verde” recibe una comunicación de que debe incorporarse urgentemente, dándose la coincidencia de que se encuentra en cama con un fuerte enfriamiento. De nada sirvieron las razones de su enfermedad y aún con una alta fiebre y mal cuerpo tuvo que recorrer toda España de sur a norte y en las condiciones en que se viajaba por entonces, en aquellos trenes de carbonillas y con asientos de madera que te marcaban el trasero y la espalda y que tardaban en llegar a su destino una vida perdurable hasta llegar a la ciudad del puente colgante, porque paraban en todas las estaciones del mundo. Encontrándose al llegar con la noticia contradictoria, mezcla de alegría y tristeza, al comunicarle el oficial de turno que no tenía que haberse desplazado y que así lo habían comunicado por oficio al domicilio de Melilla. Tristeza por aquella paliza inútil y alegría porque con la “Verde” en la mano se sintió libre y se ponía fin a aquella terrible e injusta pesadilla.

Un día contrajo matrimonio y se fue a vivir al nuevo barrio de la Victoria, creando su propio hogar, en donde nacieron Dominguín, José Vicente y Mané. Fue un buen marido para su mujer, Otilia y un excelente padre para sus tres retoños; no olvidando jamás su rol de ser apoyo importante para mi madre; pues cuando la vida nos llevó a los otros tres hermanos a conformar nuestras respectivas vidas e historias en la Península, fue él la persona que se ocupó de las cosas de nuestra querida madre.

Ya de mayor y para ocupar su tiempo libre se dedicó a dos tareas bien distintas. Con otros benditos locos se preocupó de los jóvenes del barrio a través del fútbol, del que hacía mucho tiempo se había desligado, participando sus equipos, los de la barriada suya, en las competiciones de la ciudad y siempre en los escalafones o categorías inferiores. Aprendiendo también a encuadernar, contando con los útiles necesarios para realizar esta tarea en un momento en que los fascículos estaban de moda y llegando a tal calidad en sus trabajos, que encuadernó hasta cuanto pudo muchísimas obras a Casa Boix, a no pocas Instituciones Públicas e incluso al mismo Ayuntamiento de la ciudad, así como a un importante número de particulares que sabían de su nueva afición.

Gran parte de lo que somos hoy se lo debemos a su sacrificio y a su generosidad hacia nosotros. A él le tocó lo amargo del pastel, al igual que a nuestra madre; sin embargo, para nosotros fueron las mieles. Por todo ello, es lógico que para los mellizos especialmente Domingo haya sido algo más que el hermano de más edad, fue como un padre; la persona que se alegraba con nuestros modestos logros, que se atrevía a aconsejarnos, que jamás tuvo malos modos para nosotros, que siempre nos ofreció el ejemplo de su estupenda resignación con el duro papel que a veces le tocó interpretar en la vida y que en el fondo no era tan serio como parecía.

87.-Nuestra Patrona: LA VIRGEN DE LA VICTORIA

Era muy niño cuando la veía pasear a hombros de aquellos marineros de la Compañía de Mar que estaban instalados en el mismo puerto y la llevaban entre cohetes que rasgaban el cielo melillense a la embarcación que luego la pasearía por las aguas de nuestro Mediterráneo, acompañada por el vuelo de las innumerables banderitas y el sonar de sirenas y bocinas, aclamada por una fervorosa población y a la sombra del canto de la Salve marinera.

Siempre gozó de una gran devoción esta Virgen de la Victoria, Patrona de la ciudad, entre los melillenses, venerándose en el Altar Mayor de la iglesia del Pueblo, la de la Purísima Concepción.

Hecho curioso este, pues aun siendo la Patrona de Melilla y presidir el Altar Mayor de la Iglesia de la ciudad vieja este templo no lleva su nombre. Claro que todo ello tenía sus razones: la primera era que cuando se construye dicha iglesia, la imagen que se venera es la de la Purísima Concepción, obra de gran valor artístico que se encuentra en la actualidad en la Sacristía principal de la misma. En tanto que la imagen de la Virgen de la Victoria, antes de 1741 en que fue trasladada allí, se encontraba en una pequeña ermita que existía en la Plaza de Armas, que fue derribada por razones de defensa y en otra posterior, ubicada en el mismo lugar, que siguió la misma suerte.

En 1657 se comenzaba a construir dicho templo por deseo de don Luis de Velásquez y Angulo, Gobernador de Melilla entre los años 1656 y 1667. Las obras parecen eternizarse por la situación crítica que atraviesa la ciudad y duran muchos años más de los previstos en principio, casi veinticinco años; concluyéndose en 1682 y siendo inaugurada en el día de la Inmaculada de dicho año, bajo el gobierno de don Diego Toscano Brito.

El lugar escogido para su construcción fue uno de los más altos de la ciudad, por lo que su acceso principal a ella es en cuesta, a través de la calle de San Miguel; entorno que se convertiría en un enclave muy concurrido, por el carácter comercial de la anterior, por la misma existencia del templo y por encontrarse también en las cercanías del Hospital Real, el primero y único que existía por entonces en la ciudad. Su fachada es románica y su planta de cruz latina; cuenta con una nave central y dos laterales, ábside, dos capillas anexas y baptisterio. Posiblemente su arquitectura actual no es la originaria; pues en 1751 se realizaron obras de reparación, especialmente en paredes y techumbres, que la pudieron alterar de forma esencial.

Su misma altura y el estar expuesta de forma directa a las inclemencias del tiempo, sin edificios próximos que la pudieran resguardar, pudieron influir claramente en su deterioro y en la necesidad de tener que recurrir en no pocas ocasiones a tareas de restauración.

Tiene la nave central unos 40 metros de longitud, contando las laterales con unos 25 metros de largo, quedando éstas separadas por diez columnas que soportan arcos y bóvedas de medio punto que conforman el interior de la Iglesia, iluminada de forma natural por ventanas normales abiertas en la misma bóveda.

En su Altar Mayor, situado en el ábside, cuenta en la actualidad con un bello retablo realizado por artesanos sevillanos en 1931 y que vino a sustituir al inaugurado en 1757. Todo el fondo del presbiterio está ocupado por dicho retablo, en donde existen dos hornacinas en las que pueden contemplarse las imágenes de San José y la de la Virgen del Rosario, de la que cuentan que fue regalada a Melilla por el mismísimo don Juan de Austria en una de sus numerosas visitas a nuestra ciudad para vigilar los movimientos de las flotas turcas y tunecinas; perteneciendo esta última, que es una verdadera joya, a la escuela sevillana de finales del siglo XVI, siendo una verdadera lástima que no se conozca su autoría.

En el arco central está ubicado el Camarín de la Virgen de la Victoria, imagen de la escuela levantina del siglo XVI, que es una pequeña capilla exagonal a la que se tiene acceso a través de la sacristía principal de la Iglesia y en ella se encuentra en la actualidad la imagen de la Inmaculada Concepción. Ambas imágenes a consecuencia de tantas restauraciones han perdido mucho de su valor artístico.

En su nave derecha hay una capilla con sacristía que se comunica con la principal, en donde se da culto a la Virgen del Rosario y que cuenta con un retablo de estilo renacentista y de gran sencillez. En la actualidad también en ella se rinde culto a otra bella imagen, a la Virgen Dolorosa, igualmente de la escuela sevillana del siglo XVII, en cuyos pies y ocupando el fondo del altar se encuentra un Cristo yacente de notable ejecución.

Entre esta capilla y el Altar Mayor se encuentra quizás el retablo más brillante de todos los existentes en ella, de estilo barroco, en donde puede uno encontrarse con la Divina Pastora.

También se encuentra en esta nave de la derecha el altar del Cristo del Socorro, imagen de gran fervor entre los melillenses y según cuentan, muy milagrosa. Envuelta en la leyenda o tradición de que fue tallada por un capitán artillero que cumplía su castigo en estos penales de África, como lo era el de Melilla, en uno de los trozos de madera de los muchos que se recibían parra alimentar los hornos de la Intendencia. Imagen que contaba entre los antiguos habitantes de la ciudadela con una gran devoción y a la que acudían para pedir protección en momentos calamitosos o cuando se veían azotados por las epidemias o por los acosos y sitios de los moros cabileños.

En la nave izquierda nos encontrábamos con la capilla del Rosario, también llamada de las Ánimas y que es de grandes dimensiones, contando con dos sacristías. Su altar posee un magnífico retablo de estilo plateresco, que en muchos de sus ornamentos me recuerda los del Convento del Corpus Christi, de los mercedarios de El Viso del Alcor, en cuya población resido y ejerzo mi modesto magisterio. Encontrándose en el mismo una extraordinaria talla de Jesús Nazareno. Cuenta también que este retablo fue finalizado en 1751 por el malagueño Antonio Valdés, que estaba desterrado en este presidio de Melilla.

En sus proximidades está el altar de San Francisco de Asís, quizás la obra de mayor valor artístico de las que se encuentran en este templo. El retablo es de estilo barroco y se completa con una mesa de altar en forma de sarcófago realizada con mármoles de Coín con incrustaciones de otros mármoles. Pudiéndose venerar en su nicho un grupo escultórico magnífico, compuesto por el santo de Asís, abrazando a Jesús, que suelta uno de sus brazos de la cruz y lo apoya en la espalda de San Francisco.

A la izquierda y junto a la entrada, se encuentra la capilla del Baptisterio, de gran sencillez y en donde podemos contemplar la imagen del Santo Cristo de la Vera Cruz, la más antigua de todas las que hay en Melilla y que quizás fue traída por el mismo don Pedro de Estopiñán en 1497.

No éramos asiduos visitantes de esta Iglesia, valiéndome para despertar mis recuerdos confusos en esta ocasión de textos melillense que hablan de ella.

Con más claridad, sin embargo, veo su fachada sencilla, que me atrevería hasta considerar como pobre y que pone de manifiesto lo señalado al principio, acerca de las dificultades que tuvo que padecer para su construcción, pues veinticinco son muchos años para una obra de esta categoría.

Prácticamente carece de elementos ornamentales y de relieves. Sus continuas exigencias de retoques descubre la falta de buenos materiales y que se construyó con escasos recursos económicos. No es de extrañar tampoco que en ella, en su construcción, participaran de forma notable los moradores de la población, teniendo en cuenta la gran religiosidad de España en aquellos años de conquista y la necesidad de tener lugares destinados al culto; ya que con tantas dificultades habría que estar permanentemente en contacto con Dios y con sus elegidos, con la Virgen y con los Santos, para pedir su protección continuamente, ya que los riesgos eran muchos.

Y en su interior la cosa cambiaba, que el aspecto externo parece que no importaba tanto, y nos encontrábamos con nuestra Patrona la Virgen de la Victoria, en cuyo honor cada comienzo de septiembre celebra Melilla sus fiestas, las que difícilmente se borrarán de mi memoria y en donde cada año, cuando llegan estos días en que el estío anuncia la proximidad de su retirada y comienza el laboreo, el niño que uno lleva dentro sueña con fuegos de artificios y con nostálgicas imágenes, que por repetidas no pierden su encanto, que giran en torno a una madona que con su brazo izquierdo sostiene al Niño que cambió la historia de la Humanidad y que en su diestra porta el bastón de alcaldesa de la ciudad nuestra, de Melilla y que no podía llamarse más que de esa forma, de la Victoria.

Y para concluir por qué no hacer referencia a un dato interesante como el que aparece en el libro “Población General de España, sus Reynos y Provincias, ciudades, villas y pueblos, islas adyacentes y presidios de África”, impreso por Andrés Ramírez en el año 1768 y cuyo autor fue el melillense don Juan Antonio de Estrada y que dedica su obra a la Virgen de la Victoria, Patrona ya de la ciudad, de la siguiente manera:

“A la Serenísima Madre del Verbo Encarnado Dios y Hombre Verdadero, Reyna de Ángeles y Hombres, María Santísima señora Nuestra, en su bella y milagrosa imagen de la Victoria, patrona de la ciudad, plaza y presidio de Melilla.”
“Soberana Señora,”
“Siempre fue precisión del rendimiento aspirar a elevados patrocinios, porque en tanto es más sublime la ofrenda, en cuanto encuentra influxos soberanos. Por tanto imploro la protección de vuestra excelsa Magestad, Señora y Madre nuestra (pues no os desdeñáis de serlo) para consagraros reverente esta, Templo y Sagrario, en donde la Soberana Omnipotencia deposita los Thesoros de Gracias y Misericordias. Dios te salve, María.”
“En Madrid, a 8 de junio de 1746.”
“Señora,”
“Adora humilde, rendido y postrado a los pies de vuestra celestial y peregrina Imagen de la Victoria,”
“Vuestro rendido esclavo”
“D. Juan Antonio de Estrada”
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MissatgePublicat: Dj Abr 22, 2010 10:55 pm    Assumpte: Respondre citant

88.-Una santa: MI HERMANA CUQUI

Se llamaba María y curiosamente cuando los nombres son tan sencillos y hermosos como éste, los humanos nos complicamos solos y les buscamos sustitutos que no tienen comparación, pero que son los que perduran. No tengo ni idea del porqué le llamaban en principio Macuqui, ni de donde saldría aquel apelativo que sólo coincidía en su sílaba inicial. Si me explico, aunque sólo fuera por la propia economía del lenguaje, el que luego y de forma definitiva se quedara en Cuqui, resultando incluso más sonoro.

Siempre nuestra hermana fue Cuqui y conociéndola como la conocíamos, podemos decir sin temor a equivocarnos que lo llevaba estupendamente al igual que todos nosotros. No preocupándole en absoluto que al oírlo otras personas recurrieran al interrogatorio para saber a qué nombre correspondía, ni por la sorpresa que pudiera despertar cuando indicaba su nombre real de pila, el que aparecía en su partida de nacimiento, en el libro de familia y que le impusieron cuando derramaron el agua bendita sobre su cabeza en la Iglesia Parroquial del Sagrado Corazón de Jesús de Melilla.

Que el paraíso existe para los fieles creyentes de las distintas religiones monoteístas es innegable, aunque cada una de ellas tendrá una concepción bien distinta del mismo y así lo predican. Yo soy, dudas inevitables aparte y en momentos de crisis, de los que piensan que tiene que haber cielo y que hay personas en este mundo que por su forma de ser y de obrar, tienen ganada una parcela en el más allá y aunque pueda parecer a alguien herejía, no me paro a pensar que sólo los cristianos tenemos esa exclusividad, sino que en mi discurrir hago extensivo esta recompensa a todas las personas buenas del mundo, cualquiera que sean sus creencias.

Pues bien, en mi atrevimiento y quizás movido por el exceso de afecto y la absoluta falta de objetividad, pienso y declaro que mi hermana Cuqui está incluida sin ningún género de dudas, para mí, en esa amplia nómina de merecedores del cielo o paraíso; pudiéndola adornar con el calificativo cariñoso y coloquial, porque así también lo creo, de santa mujer.

Ya que muchas fueron las virtudes que le acompañaban en su ser.

Cuqui fue la segunda de cinco hermanos y la única hembra, en donde mi madre encontraría su mejor apoyo, al verse reflejada en ella y ésta encontraría su más sólido refugio en su madre de su alma.

Sufrió siendo una jovencita como nos ocurrió a todos sin excepción, la cruel y notable pérdida de nuestro padre, teniendo una conciencia clara de lo que realmente significaba aquella ausencia y en especial, dada su extraordinaria sensibilidad, por la situación en que se encontraba nuestra madre, con la necesaria obligación de sacar adelante a aquella familia que en un abrir y cerrar de ojos había perdido a su patrón y que había inmediatamente que reemplazarlo, porque existían muchas bocas que alimentar y los mismos cuerpos que vestir y calzar. Cuqui es consciente de su realidad y no necesita a nadie que le diga lo que tiene que hacer, convirtiéndose en la buena sombra de nuestra madre. Sabe que su sitio está con ella y con ella labora y labora sin descanso, olvidándose de apetencias propias de sus años y sólo gozando de las justas; pues tampoco quiero dar a entender que su vida fue un enclaustramiento.

Y es aquí cuando nosotros empezamos a descubrir sus virtudes. El dolor no le hace perder su natural alegría; Cuqui, chica tímida y callada, regala a todo el mundo su permanente sonrisa; pero no una sonrisa mojigata de simpleza; sino aquella que brota de un ser generoso que desea la felicidad de todo el que le rodea y que tiene conciencia de que otros sufren más que ella y razones además para dar gracias a Dios todos los días.

Cuando mi madre, de genio más fuerte o porque la misma vida la va endureciendo con sus golpes y en tiempos en que hay que tener fortaleza física y de espíritu para sobrevivir, riñe a algunas de las oficialas o aprendizas del taller porque algo no se hizo como ella creía que se debía hacer o por descuidos en la tarea, ella sufre y pide tranquilidad a su madre, tratando de quitar importancia a los hechos, ofreciéndose a colaborar en la reparación del posible mal; para terminar acudiendo, cuando las aguas volvían a sus cauces normales que era inmediatamente, a consolar a las muchachas y no tan muchachas que se sentían zaheridas por aquellas insignificantes amonestaciones.

Disfrutaba con el ambiente festivo que en momentos se creaba en el taller de costura de casa, siempre a espaldas de la jefa, Pepita, con las ocurrencias que tenían, con los chascarrillos que contaban, con los dimes y diretes que también los había por aquellos tiempos o más; tan sólo le molestaban y hasta la llevaban a ausentarse del lugar, eso sí sin acritud ni malos modos, las groserías y obscenidades o cuando sin fundamento o incluso con él se difamaba a cualquier persona con ánimo de hacerle daño.

Era una más del taller y la querían con locura. Se llevaba estupendamente con todas y nunca creó problema alguno entre ellas.

Con nosotros le ocurría igual. Éramos dos y algo traviesos cuando estábamos en casa; nos picábamos continuamente el uno al otro y terminábamos en no pocas ocasiones enganchados; teniendo que acudir nuestra madre para reprendernos y amenazarnos con usar la zapatilla, cosa que nunca llegó a emplear y echarnos la bronca. Pues bien, ella siempre salía en nuestra defensa, indicándole que éramos muy pequeños y se llevaba entonces el rapapolvo por ejercer de improvisada abogada defensora nuestra. Y es que no le agradaban en absoluto las voces, siendo la más comprensiva del mundo y de una tolerancia impresionante. Luego, cuando ocurrían hechos algo desagradables y dada su extrema sensibilidad, en la soledad de su cuarto las lágrimas acudían con facilidad y se desahogaba sin molestar a nadie.

No conocía el rencor, menos el odio y no le costaba trabajo alguno el perdonar. Cuando con nuestros pocos años le jugábamos inconscientemente alguna faenilla, intentaba imitar a nuestra madre poniéndose seria, pero no lo conseguía, todo quedaba en un simple intento; terminando por abrazarnos y besarnos, con lo que el pedir perdón por nuestra parte se hacía fácil y así nos desarmaba.

Todos fuimos creciendo con el paso de los años y cada cual fue cogiendo su propio rumbo. Lo importante fue que la nuestra siguió siendo una familia a pesar de no contar a partir de un momento determinado con pieza clave como el cabeza de ella. Mi madre, una extraordinaria mujer, tiró para adelante y de qué manera; nuestro hermano mayor, Domingo, y Cuqui tuvieron que arrimar el hombro desde sus pocos años y por causa de la situación económica y la mentalidad de la época se vieron privados de potenciales estudios u otras tareas; al que le seguía, Ángel, casi le ocurrió lo mismo y los grandes beneficiados, dentro de lo que cabe, fuimos los mellizos.

Cuqui se convierte en una agraciada jovencita y encuentra su pareja cuando le llega la hora. Pepe, el que luego sería su marido y el padre de sus dos criaturas, era hermano de dos de sus mejores amigas, Blasi y Paqui, con las que salía habitualmente.

No sé el porqué de que me venga a la memoria, cuando ya eran novios, de la asistencia a su baile de puesta de largo, que creo que por entonces era un verdadero ritual y se celebraba a finales de año en el Casino Español; así como la preparación de su traje de noche fue para nosotros el reflejo de un pequeño e importante acontecimiento. No porque fuera el primero que se hiciera en casa, ya que muchísimos, no exagero, eran los que mi madre realizaba para determinadas fiestas de la ciudad, pues pecando de inmodesto tengo que confesar que Pepita la modista, nuestra madre, tuvo una clientela muy escogida en nuestra Melilla; sino porque era el traje largo de nuestra hermana Cuqui, el que nos parecía el más bonito del mundo.

Recuerdo como mi madre, cuando terminaba la hora de sus compromisos, se metía en él, planteándolo en el maniquí, ante el gozo reflejado en el rostro de su hija y la mirada curiosa de sus hermanos pequeños. Me viene a la memoria igualmente la hermosa serenidad de ella cuando se recogía en la tarea que le señalaba nuestra madre para con su vestido, su ligera sonrisa y el brillo de sus ojos. La natural paciencia para pegar en el cuerpo del mismo las infinitas y brillantes lentejuelas que lo adornaban y con las que nos entreteníamos nosotros ensartándolas en un hilo para que no se perdieran.

Llegó la noche señalada de su estreno e iba guapísima. Con un peinado también de fiesta al que no estábamos acostumbrado a ver, al igual que su rostro maquillado y sus labios pintados; ya que ella era muy natural y no amiga de afeites, pinturas y acicalamientos en exceso. Parecerá casi una cursilería, pero me atrevo a decir que iba maravillosa. Una foto suya de aquella velada, enmarcada, lució siempre en el probador de nuestra casa.

Nunca la vi quejarse, ni siquiera cuando la cruel enfermedad la acompañó. Su dolor era suyo y se convertía, para ella, posiblemente en fuente de santidad.

Contrajo matrimonio con el que se convertiría en un hermano mayor más para nosotros, con José Pérez Galiana, que ejercía como subastador en la lonja del puerto melillense y que formaba parte de una familia procedente de Villajoyosa o Santapola, no lo recuerdo bien, que se afincó en nuestra ciudad, dedicándose a la pesca. Formaron su propio hogar en el que nacerían dos encantadoras criaturas, Marimel y José Ángel. La pequeña se llamaba realmente Melchora y cuando hablábamos con su abuela paterna, que se llamaba de igual forma y que tenía un cierto gracejo al hablar, sin perder en su habla el tonillo valenciano, para criticar en cierta manera el “sambenito” que le habían colgado a la niña, descargaba su responsabilidad en su hijo, tachándole de cabezota, que no dudo que lo sería, y nos decía que si se le hubiera ocurrido llamar a su hija, por ejemplo, Cagarruta, su nieta se llamaría Cagarruta. Nosotros, a pesar de que andaríamos por los doce o trece años, le suavizamos el nombrecito con el de Marimel, que hasta nos resultaba sonoro y que la ha acompañado durante toda su vida.

Fueron los dos, buenos chicos, auque algo latosos a la hora de comer cuando eran pequeños, en especial nuestra sobrinita, ¡Qué trabajito costaba hacerle probar bocado de una comida normal, que no fuera chuchería y con cuántas figuras de barro del Belén acabó a la hora de comer!

Vivían enfrente del Hospital de la Cruz Roja, en una planta baja, y fueron muchos los mediodías que nos acercábamos a su casa para echarle una mano en esta faena de la comida. Claro que, de paso y a cambio de nuestro servicio, recibíamos algunas pesetillas para ir al cine, para gastarlas en tebeos o en chucherías en el quiosco de María.

Lo de las figuritas del Belén que comenté anteriormente no era ninguna broma, a Marimel le encantaba, a cambio de dejarse meter una cucharada de comida en la boca y entre risas, estallarlas contra el suelo, cometiendo a diario extraordinarios “figuricidios”. No había ovejitas con sus cuatro patas, ni pastor que sujetara su regalo con los dos brazos; los camellos andaban cojos, a los ángeles les faltaban las alas y se podía uno hasta encontrar con las lavanderas o la soldadesca de Herodes sin cabezas. Menos mal que respetaba a los moradores del Portal o posiblemente es que nosotros no los dejáramos ni un instante entre sus manos. Aquello era de verdad un “Belenicidio” en su conjunto. Sólo nos consolaba que las figuras ya estaban viejas y que la niña tenía que comer como fuera; sin olvidar el tema de la propinilla.

Bromas aparte, tengo que confesar que Cuqui era nuestra tabla de salvación en materia económica, dada la precariedad existente en nuestro hogar para lo que se consideraba como superfluo, que curiosamente coincidía con todo aquello que nos apetecía a los pequeños, siempre nos socorría y a espaldas, por supuesto, de nuestra madre, a la que no le hacía ninguna gracia que acudiéramos a ella para estos menesteres. Pero es que además de necesitados, éramos unos extraordinarios pesados; pero como ella tenía un corazón de grande como una catedral y no había aprendido a decir que no, le habíamos cogido el punto.

Aunque tenían su propia casa la mayor parte de su tiempo lo pasaba en la nuestra, que nunca dejó de ser la suya, ayudando a mi madre en la costura, hasta que fueron apareciendo sus males. Recuerdo que vomitaba algunas veces cuando comía, lo que le llevó a una inapetencia casi total para no pasar por ello; en poco tiempo fue adelgazando y si sufría dolores se los guardaba para ella, porque, como señalé anteriormente, nunca la vimos quejarse. Nosotros, entre las tareas escolares, el que andábamos casi siempre en la calle y los pocos años, realmente no tuvimos clara conciencia de su enfermedad y menos aún de su gravedad. Sabíamos de sus visitas a diferentes médicos, de la preocupación de nuestros mayores, que trataban de disimular delante de nosotros; incluso recuerdo que se desplazaron a Málaga en busca de la solución a su problema. Además eran tiempos o años en que nadie quería hablar de aquella enfermedad maldita que empezaba a ser el cáncer, pues parecía que el sólo hecho de nombrarla causaba pavor a las personas. Allí le diagnosticaron su mal y vienen con la sensación de que han llegado tarde, que lo suyo es irreversible. Seguimos nosotros sin tener conciencia de la inmediatez del triste desenlace, por resistirnos todos a ello; entre otras cosas, porque ella se muestra fuerte ante su debilidad física, que se acentúa por días. Hasta que un día la ingresan en el Hospital de la Cruz Roja y tiene hasta la mala suerte de que es difícil encontrar sangre que sea compatible con la suya.

José Ángel, su pequeño, de poco más de un año, vive con nosotros en la casa de Teniente Coronel Seguí y es nuestro juguete en un sentido figurado. ¡Cuántas horas echamos con él, como si de un hermano menor se tratara! Es un pequeño encantador, que da poco ruido, con su dedo meñique siempre estirado. Marimel, un par de años mayor, está en casa de sus abuelos paternos y es una cría que asusta de lo que sabe y alcanza con sus poquísimos años.

Recuerdo que un día nos mandan a su casa a hacer algún recado, posiblemente a recoger algo relacionado con el pequeño y nos encontramos al doblar la esquina del colegio hispano israelita con una ambulancia en la puerta de la misma. El corazón se acelera y las piernas me tiemblan, apresuramos el paso y nos encontramos al llegar con un tremendo jaleo, con un ir y venir de algunas personas extrañas y con la noticia por parte del bueno de Pepe, que nos abraza, de que Cuqui ha fallecido.

Tengo que confesar que es tal mi sorpresa y desconcierto que no sé qué hacer. Van llegando familiares y los abrazos y los llantos se convierten en norma. Mis hermanos mayores han ido a por mi madre. Clemente y yo nos miramos sin querer comprender nada, nos comunicamos con la mirada, es casi telepatía y huimos del lugar, volviendo con paso acelerado a nuestra casa, pues alguien tiene que quedarse con el pequeño que nos acaban de regalar casi para siempre. No decimos ni una palabra por el camino, estamos deseando llegar a ella y nada más entrar las puertas de nuestras lágrimas se abren y lloramos sin consuelo durante un buen rato. Todo el mundo se ha ido a excepción de mi tía Carmen, que trata de calmar nuestro llanto. Nos hemos quedado en la entrada. Clemente sentado en la mecedora, balanceándose y cubriendo con las manos su rostro; yo apoyado en la puerta del patio y mi tía sin saber qué decir, porque era mujer de pocas palabras. Así nos encuentra José Ángel, que ha recorrido todo el pasillo y que hace muy poco que aprendió a andar. Lo abrazamos y sonriéndole después de limpiarnos los ojos nos ponemos a jugar con él como todos los días.

Durante muchos días creí oír la voz de nuestra hermana Cuqui en casa. Distraídamente, en no pocas ocasiones, la llamamos en demanda de alguna menudencia. Cuántas veces regresamos a nuestro hogar, con el pensamiento puesto en otras historias y de pronto, creímos poder encontrarnos con ella en el comedor y junto a mi madre.

Se nos había ido sin violentar nada, sufriendo en silencio.

¡Qué pareja de novios más ideal aquella que siempre nos acompañó en una foto en el probador!

Cuqui, querida hermana, fuiste tan extraordinariamente buena, que a pesar de haberte ido tan pronto, te incluyo entre las personas que me hacen mantener mi pequeña fe en el más allá.


89.- Un símbolo: EL ÁNFORA FENICIA

Si el nombre actual de Melilla tiene su encanto, qué decir del que sirvió para llamar a nuestra población como Rusadir.

Melilla, la que los africanos llamaron Deyrat Milila, que significaba melosa, porque en ella había gran cantidad de miel y de cera; amen de otras cosas, como minas de hierro, con el que se comerciaba. O como señalan algunos historiadores, que también hacía nuestra ciudad antiguamente un gran comercio de coral y de perlas, que se encontraban en su litoral, además de que suministraba la señalada y exquisita miel a una gran parte de la vieja Europa, llegando a adquirir por esto último tal celebridad que debe su nombre a este producto.

Rusadiro, la que llamó así el geógrafo y matemático griego Ptolomeo, aquel que sentó las bases de una cartografía más fiable que la de sus predecesores, llegando a señalar pormenorizadamente en su primera obra más de 8.000 lugares con sus coordenadas y que la sitúa entre los 34 grados y 45 minutos de latitud y los 10 grados y 45 minutos de longitud. Señalando que fue edificada por los mismos naturales de la tierra y que se empezó a poblar poco a poco, encontrándose a tres leguas del Cabo Tres Forcas, dentro de un seno del Mediterráneo Ibérico. Contando otros que está tan cerca de España, que de aquí a lo que sería el Reino de Granada, dicen los marineros a 38 leguas, que en día claro se descubren las playas de Motril.

El mismo Ptolomeo en su libro V, en donde aparece dibujado el Norte de África, situaba la antigua factoría púnica de Rusadir en el mismo lugar donde se encuentra la actual ciudad de Melilla.

Esa Rusadir, que sigue apareciendo posteriormente en otras obras de historia y geografía de hombres como Pomponio Mela o Plinio y en el mismo Itinerario Antonio.Y que cuando el Imperio Romano cae, allá por el siglo X, aparecería también nombrada por el geógrafo Al-Mokadasi, refiriéndose a la antigua Rusadir, pero con el nombre ya de Melilla.

Es lógico que la ciudad escogiera como uno de sus símbolos un ánfora fenicia, porque fueron muchas las que se encontraron en diferentes excavaciones realizadas en diversos lugares de nuestra ciudad y que vienen a certificar su origen púnico.

Está documentada que Rusadir fue una factoría que tuvo dicho origen, que fue fundada por fenicios o cartagineses.

Rusadir es un vocablo cuya etimología hace referencia a la península sobre la que se encuentra el mismo Cabo Tres Forcas y su raíz “Rus” se ve en numerosas factorías fundadas por los púnicos en el Norte de África, como puede comprobarse en Rusazus, Rusguriae, Rusubisir o Russurcuni.

Cuentan los historiadores que al terminar la segunda guerra púnica, la antigua Rusadir pasa a la dominación romana y es entonces cuando adquiere una gran importancia este enclave, que llega incluso a acuñar moneda propia, algunos de cuyos ejemplares se encuentran en el Museo de Copenhague. Otros señalan que en tiempos del Emperador Claudio ya no es sólo “portus”, lugar estratégico de refugio y de salida de embarcaciones, sino que adquiere la categoría de “colonia”, asentamiento fijo que además aparece en diversos itinerarios y descripciones del mundo romano.

Debía de ser lugar importante y estratégico, pues hacia el año 430 se produce su invasión por parte de los vándalos, que haciendo honor a su nombre y a su proceder habitual, la arrasan. Corresponde a los visigodos su reconstrucción y más tarde caería en poder del Imperio Bizantino, que quiere controlar el Mediterráneo.

A finales del siglo VII es cuando hace su aparición por estas tierras de todo el norte del continente africano un pueblo guerrero y fanático, que no es otro que el árabe, que trae una nueva religión y una distinta forma de pensar y que tratan de imponerlas como sea, aun haciendo uso de la fuerza. Dominada Rusadir por éstos, se convierte en la cabecera de un pequeño reino, el de Nekor, que por su situación geográfica se convierte en un importante centro comercial.

Esta misma situación de privilegio atrae a diferentes pueblos, desde los normandos, en primer lugar y procedentes de tierras lejanas, viéndose obligados incluso a tener que atravesar el mítico estrecho de Gibraltar, hasta los que procedían del sur de la cadena montañosa del Atlas, como almohades, almorávides, benimerines, etc.

Con el dominio árabe de gran parte de la Península Ibérica a partir del 711, Melilla, la antigua Rusadir, pasa a depender del Califato de Córdoba.

En 1382 la ciudad es apetecida por los reyezuelos vecinos, tales como los de Tlemcem, Vélez, Debdú, Taza, Fez... Esto conduce a que se vea como un emplazamiento siempre envuelto en luchas, en asedios y sitios y estas luchas de tantos años llevan a que la ciudad sea abandonada por sus habitantes, que buscan otros lugares más tranquilos donde asentarse. Derriban sus murallas, destruyen sus casas y huyen de tanta guerra inútil que no conduce más que a la miseria y a la muerte y se establecen en comarcas vecinas; hasta que la misma es ocupada por las tropas del Duque de Medina Sidonia, bajo el mando de don Pedro de Estopiñán, en 1497.

El mismo transcurrir de la historia de los pueblos marca o condiciona la forma de ser de sus hombres. Melilla fue en su historia antigua y me atrevería a decir casi en su época moderna una población siempre envuelta en conflictos bélicos; incluso en la actualidad, a pesar de contar con una real y apacible tranquilidad, no ha perdido ese carácter castrense que quizás da garantías a la misma. Esto llevó en otros tiempos a que sus gentes no estuvieran excesivamente preocupados por conocer su pasado, como ocurrió en muchos otros lugares por diferentes motivos, a través de los vestigios que ellos dejaron. Hablar de restos arqueológicos y preocuparse por ellos, por desenterrar el pasado, en una ciudad que se despierta todos los días pendiente de por donde vendrán los tiros o a qué cabileño próximo le toca la embestida o acostarse sin saber que le espera al día siguiente, puede justificar tal actitud de aparente despreocupación. Y si a ello unimos una desidia casi generalizada de los diferentes Gobiernos de España, que salvo raras excepciones vio a nuestra ciudad, desde su lejanía y desconocimiento, como la china que se mete en el zapato y que si no te impide caminar, sí que te molesta infinito y estás deseando descalzarte para olvidarte de ella, con razón o sin ella, uno se puede imaginar que esto de los restos arqueológicos, su descubrimiento y estudios posteriores, es plato de segundo orden o ni siquiera para entrar en el menú.

Menos mal que siempre aparecen románticos, soñadores, quijotes, que tiran para delante y emprenden tareas que por una parte deben generar nuestra gratitud y reconocimiento, cosa que rara vez se consigue, y que nos acercan a nuestro pasado, uno de los mayores atractivos para que valoremos y amemos lo nuestro y que nos explica nuestra propia identidad y la razón de muchos de nuestros comportamientos. Porque cuando un pueblo recibe influencias tan variadas y sabe asimilar de cada una de ellas lo mejor, como le ocurrió en general al pueblo andaluz, por ejemplo, y nosotros fuimos en gran parte de nuestra historia moderna Andalucía, te sale sin querer esa vena de generosidad, de tolerancia, de respeto al hombre...

Y entre ellos cabe destacar el trabajo ímprobo y sin medios ni casi apoyos que llevó a cabo don Rafael Fernández de Castro.

Aquel que sabe hurgar en nuestro pasado y encuentra en el cerro de San Lorenzo, que nosotros teníamos de niño como lugar ideal y lleno de alicientes y misterios para nuestros juegos infantiles, objetos valiosísimos en la necrópolis púnica-romana que allí desentierra. Por ello, no era de extrañar que al tener noticias de aquellos enterramientos encontrados en el lugar que era nuestro monte, nos causara verdadero pánico merodear por los alrededores de su Fuerte, si se le podía dar dicha categoría, que para nosotros sí que la tenía, y sobre todo, el poder encontrarnos con esqueletos o resucitados. Lo de encontrarnos con posibles restos de vasijas rotas u otros objetos, tengo que confesar con tristeza, que no despertaban nuestra curiosidad.

Siendo otra persona que merece destacarse en este aspecto el cronista oficial de nuestra ciudad don Francisco Mir Berlanga; pues bajo su iniciativa se crea el Museo de Melilla en el Baluarte de la Concepción, que a pesar de ocupar poco espacio es rico en su contenido y se encontraba en lugar de añejo sabor, conservando sus gruesos muros a prueba de bombas y contando con dos plantas en perfecto estado, con sus techos y suelos de madera que existían desde 1767. Contando con dos secciones que podían satisfacer muchas de las curiosidades de los melillenses: la arqueológica y la documental; así como gran número de objetos relacionados con el carácter eminentemente castrense de nuestra ciudad.

Sería a principios del siglo XX, allá por el año 1904, cuando con el desmonte de parte del cerro de San Lorenzo, nuestro monte, aparecen enterramientos y ánforas de gran tamaño, creyéndose que eran prerrománicas, púnicas concretamente y de antes de Cristo. Después y siempre bajo la dirección de don Pedro Fernández de Castro y con la única ayuda de los guardias del Fuerte de San Lorenzo, se extrae gran cantidad de cerámicas que son enviadas al Museo Arqueológico Nacional, que las clasifica como púnicas. Él mismo descubre tres tipos de enterramientos: los primeros son de épocas más modernas, pues parecen pertenecer a soldados, ya que tienen restos de metrallas y que podía ser de 1774. Otros enterramientos más profundos estaban acompañados de muchas piezas de cerámica y se realizaban en fosas que eran cubiertas con grandes ánforas, a su vez tapadas por la tierra.

De nada vale su extraordinario interés y preocupación, como lo demuestra el hecho de que por falta de ayudas se interrumpen los trabajos en 1916 e incluso en años posteriores, para construir la nueva plaza de toros y los bloques Orgaz, conocidos como de los maestros, el desmonte se realiza con barrenos, con lo que se pierden potenciales o posibles restos arqueológicos importantes de nuestra ciudad.

Otros yacimientos importantes fueron los del Parque Lobera, el de la calle Salamanca y el del barrio del Real, entre el primitivo cauce del arroyo de Mezquita y el acuartelamiento de Intendencia. En el cerro de Santiago se encuentran ánforas helénicas del mismo tipo y objetos similares a los encontrados en el de San Lorenzo. En las obras de la nueva casa de Socorro y en los terrenos de los nuevos mercados del Real y del Hipódromo también se encuentran importantes restos; así como en las proximidades de Ataque Seco, en el parque forestal Gómez Jordana y en la nueva carretera de subida a la Alcazaba. En ellos se encontraron piezas datadas entre el siglo IV a. C. y II d. C., algunas de las cuales pueden verse en el Museo de nuestra ciudad, siendo la mayoría romanas y especialmente jarros.

Variadísimos objetos que pueden contemplarse en el Museo son: platos, lucernas, ungüentarios y lacrimatorios, cerámica campaniense, jarritas, pendientes, etc.; pero sin duda lo que más llama la atención al visitante es esa estupenda colección de ánforas de cuello de trompeta, de 1,10 m. de alto y unos 25 cm. de diámetro.

En su parte documental nuestro Museo cuenta, por ejemplo, con documentos con la firma de los Gobernadores de Melilla, bandos de las distintas autoridades, censos de población, expedientes de limpieza de sangre, cartas y poderes y una importante representación de banderas, estandartes, condecoraciones y atributos de mandos, armas de fuego, piedras con leyendas y escudos...

Después de todo lo dicho, no es raro que se haya elegido en nuestros días a las ánforas anteriormente señaladas, por su historia y por su estética, que nadie la negará, como uno de los símbolos de nuestra ciudad, dando nombre a diferentes edificios y establecimientos de la misma, apareciendo en la cartelería más diversa, ilustrando portadas e interiores de publicaciones que hacen referencia a nuestra Melilla y ocupando rincones públicos, hasta tal punto que todo melillense las identifica como algo muy suyo.
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90.- Como otro hermano: JOSÉ PÉREZ GALIANA

Muchas fueron las familias del levante español que emigraron a nuestra ciudad en busca de mejores horizontes; sobre todo, compuestas por personas relacionadas con la mar. Una prueba de esto la encuentro en mi propia familia, por parte materna, cuyo padre se viene a trabajar al nuevo puerto de Melilla, teniendo a su cargo una de las enormes grúas, para aquellos tiempos lo eran, que se instalan en el mismo, arrastrando a todos los suyos y procediendo de la población murciana de San Pedro del Pinatar.

Un floreciente comercio se desarrolla en nuestra ciudad por su situación estratégica en esta zona del Norte de África, con el Estrecho de Gibraltar relativamente cerca, al igual que las costas españolas y que para la pesca cuenta además con caladeros vírgenes o no excesivamente explotados. Estos son alicientes más que suficientes para atraer a gentes de otros lugares cercanos. El puerto nuevo se va haciendo una realidad, al mismo tiempo que la ciudad se va ensanchando con agradables aires de modernidad.

Una de estas familias también es la de mi cuñado Pepe, que sería como mi otro hermano y sin necesidad del añadido de político y que no llego a recordar si su procedencia era de Santapola o de Villajoyosa, ya que a ambas poblaciones iban a veces a veranear por tener familiares en ellas. Viven bastante cerca de nuestro hogar, en el barrio actual de Concepción Arenal, que engloba al barrio Obrero, que era el nuestro, y toda la zona que iba desde el río, el Hospital de la Cruz Roja, hasta el anterior. Su casa da a una de las grandes puertas de la plaza de Toros, no la principal y se puede llegar a ella bordeando el coso taurino o torciendo a la izquierda en la encrucijada entre la calle General Aizpuru y la que conduce al pequeño puente de acceso al Tesorillo.

Por esta zona también vivía otra familia, que estaba emparentada con ellos, los Pérez Llorca, ellos eran Pérez Galiana, dedicados igualmente a la mar y de la que conocíamos bien a uno de sus miembros, al que llamábamos “Ichi”. Éste jugaba muy bien al fútbol, llegando a pertenecer como portero a la U.D. Melilla; fuerte y bragado como él sólo, valiente en exceso y que no tenía miedo a nada; convirtiéndose por ello en más de una ocasión en nuestro protector o líder para aquellas confrontaciones, sobre todo pétreas, a veces con balance de algún descalabrado, con los chavales de otras barriadas. Tenía otro hermano mayor, que en uno de aquellos terribles temporales de nuestra ciudad sobrevivió durante muchísimas horas, luchando con el enfurecido oleaje del mar gracias a su fortaleza, a su saber nadar y a la Providencia, amaneciendo terriblemente exhausto en las arenas de la playa de San Lorenzo, junto a algunas embarcaciones encalladas y casi destruidas y la misma barcaza con grúa enorme que se utilizaba para el dragado del puerto, que fue sacada de éste y tratada a pesar de sus muchas toneladas como cascarón de nuez.

Volviendo a mi querido Pepe, era su padre un señor elegante y educado, por lo menos este es el recuerdo que guardo de él, de hablar quedo, rostro agradable y pelo cano, así lo conocí siempre, y con bastante estilo en el vestir y en su porte general. Su madre, la buena Melchora, era una mujerona bastante casera, con un gracejo general en el hablar que lo hacía con gran rapidez y que lo acompañaba con unos golpes u ocurrencias impresionantes y no exentas de una cierta ironía y buen humor. A los mellicitos, que así nos consideraba a nosotros, nos apreciaba muchísimo y nunca le faltaba su sonrisa y algún que otro dicho afectivo y ocurrente cuando departía con nosotros. Tres varones y tres hembras eran sus vástagos. A Bartolo, el mayor, siempre le conocí como patrón del barco que poseían, el que estaba en la mar al pie del cañón, el que capitaneaba la tarea de cosechar el fruto de ésta. El otro varón era Ginés, también relacionado con el mar y con la milicia, ya que fue oficial de la Marina Española, llegando a obtener una alta graduación y que siempre lo ubico en Cartagena, en donde va conformándose su familia, después de recorrer medio mundo y que anecdóticamente lo asocio con aquella película, cuando era un jovencísimo y atractivo teniente o capitán de navío, que se rodó en la Escuela Naval de El Ferrol, en donde aparecía con el Dúo Dinámico, que protagonizaron aquel film y que creo que se llamaba Botón de Ancla o algo parecido.

De las tres hembras, las dos mayores, Blasi y Paqui, eran las amigas íntimas de mi hermana Cuqui, lo que facilitaría, digo yo, el encuentro de ambos para convertirse en marido y mujer. Encantadoras mujeres que habían heredado de su madre entre otros encantos el de ser unas excepcionales conversadoras y el aprecio que sentían hacia nosotros, los pequeñines de nuestro hogar. Tuvieron ambas la fortuna de contraer matrimonio con dos extraordinarios y buenos hombres, relacionados con la vida castrense, Fernando y Pedro respectivamente, y se instalaron, después de muchos ir y venir por diferentes destinos, que así lo exigía la vocación y profesión que habían elegido, en Huelva y Sevilla. Por la proximidad a nuestro destino tuvimos más contacto con Pedro y Paqui, así como con los suyos.

A Angelines, la hermana menor, la dejé para el final porque fue con la que tuvimos más relación en nuestra niñez y juventud, ya que por ser de nuestra misma edad, cosa que cuando ya habíamos cumplidos algunos años no le gustaba que lo dijéramos, fue hasta compañera de juegos, llegando incluso a hacer, si mal no lo recuerdo, juntos la Primera Comunión. Ella fue una de las que propició mi primera aventura amorosa con Marisa, cuando éramos unos críos y siempre mantuvimos una excelente relación con Angelines y los suyos, cuando formó su propio hogar; ya que su marido, Diego, entre otras cosas fue nuestro capitán en el Campamento de Instrucción de Viator, Almería, durante nuestro servicio militar y un buen amigo, como lo prueba el hecho de que cada vez que volvíamos a Melilla el encuentro con ellos era obligatorio, en especial si eran las fiestas de septiembre, con los que pasamos veladas muy agradables.

De Pepe conocí muchas cosas contadas por sus hermanas, pero especialmente relatadas por él mismo. Para mí fue un hombre extremadamente peculiar, por el que sentí una cierta admiración y especial afecto, lo que no quiere decir que estuviera desprovisto de sombras, que por supuesto no empañaban su singular forma de entender la vida, ni sus innumerables virtudes.

Por lo visto y oído fue un niño travieso como el que más, lanzado y atrevido como él sólo, hasta tal punto que nada que se le metiera entre ceja y ceja lo abandonaba en el primer revés; lo que equivalía a decir que era además constante, terco como una mula y testarudo hasta límites insospechados. Además de temido entre la chiquillería compañera de juegos y aventuras. Él mismo me contaba que tuvo una lesión en la pierna, por lo que se vio obligado a usar un suplemento o prótesis en uno de sus calzados, en el de la pierna dañada, que no era otra cosa que una bota especialmente fabricada para tal fin y de una dureza extraordinaria, que se convertiría en elemento espantoso para los compañeros de juegos. Apañado iba el que recibiera una caricia de ella jugando a la pelota, que él por lo visto no se privaba de nada, o el que peleara con el “cojito”, que así le llamaban algunos. En sus correrías no miraba la altura de los lugares a saltar, parecía como si aquella protección le salvara del riesgo de ella y correr, dicen que lo hacía como un galgo.

Por lo que me contaba con relación a los estudios, deduzco yo que su inteligencia sobrepasaba los límites de la normalidad, lo que le llevaba como a otros muchos pequeños estudiantes al aburrimiento. Dotado de tal manera para las Matemáticas y para el cálculo mental que cuando él terminaba de resolver los problemas con una inmediatez impropia de sus pocos años, los compañeros casi iban por la lectura de los enunciado o por sus primeras reflexiones, despertando la extrañeza lógica entre el profesorado, que caía en la tentación de creer que ya sabía el resultado de los mismos por coincidencia o por haberlo conocido con anterioridad. Con la más gran sencillez del mundo, sin darse importancia alguna, me contaba aquella anécdota que le ocurrió un día en una clase que era interior y que necesitaba obligatoriamente el uso de la luz eléctrica, porque de faltar ésta no se veía absolutamente nada y que cuando el profesor acababa de terminar de copiar el problema en la pizarra, como se hacía antes, problema que exigía varias operaciones y de cierta dificultad, se fue la luz dejando la clase en la oscuridad absoluta y él dio el resultado al poco tiempo y sin que esta hubiera llegado todavía. Cuando la luz se hizo de nuevo el profesor le recriminó que hablara y que no estaba bien que lo hiciera, como señalé anteriormente, si sabía de antemano el resultado del mismo. Difícilmente pudo convencer a aquel profesor de que no conocía el resultado y que lo había encontrado mentalmente.

Encuentros como éste seguro que lo fueron alejando de la enseñanza tradicional. Además contaba con que era un auténtico devorador de libros, con lo que su cultura era extraordinaria. Claro que por el contrario, no eran de su devoción, los de textos, que sólo servían para amargar la vida a los estudiantes y considerando que eran aburridos en exceso.

La situación económica de su familia era buena y si no estudiaba siempre tendría el recurso de embarcarse con los suyos; aunque por lo que yo intuía, a pesar de mis pocos años y menor experiencia, no lo veía en esta tarea de enfrentarse todos los días al mar como lo hacía su hermano Bartolo; era más bien marinero de secano, de tierra adentro. Cuando es jovencito se produce el comienzo de la guerra civil y aquí aflora otro rasgo de su carácter, el aventurero, que tiene también mucho de soñador y de quererse comer el mundo. Sin tener la edad de la mayoría se alista en la Bandera de Marruecos para irse al frente y lógicamente es rechazado. Sus padres no saben nada de su decisión y pasan un mal trago cuando se enteran; aunque afortunadamente para ellos no llega a cumplirse su deseo, pues a ningún padre le agrada que su hijo se vaya a la guerra. La vida continúa y justo el día que cumple su mayoría de edad vuelve a alistarse; ya no le pueden negar su deseo y se mete de lleno en esta triste y absurda aventura de la lucha fratricida. Marcha al frente y ahora sí que sus padres y hermanos se llevan el sofocón. Sin embargo, tiene la fortuna de regresar sano y salvo al terminar la contienda.

Muchas cosas nos contaba de su terrible experiencia, que a veces y porque no podía ser de otra forma, resultaba un sin sentido de dolor y muerte, que llega a convertirse hasta en rutina, con aquellos disparates de trincheras tan cercanas que podían comunicarse las tropas de cada bando entre sí, con aquellas treguas de días señalados, con familiares en bandos distintos, con monumentales atrocidades y disparates... De todas ellas me impactó aquella que me contó que ocurrió por tierras extremeñas, en una pequeña población, cuando después de pasar toda la noche cruzando un fuego intenso con los defensores de la misma, viendo como caen hasta algunos de sus compañeros y causan baja entre los que están enfrente, al amanecer del día siguiente se encuentran con la desagradable sorpresa de que los combatientes pertenecen al mismo ejército, al conocido como Nacional. Se han estado matando tropas del mismo bando, se habrá visto absurdo mayor.

Seguro que la experiencia vivida en la guerra le ha marcado para siempre, como a todos los que la padecieron; aunque posiblemente no de la misma forma y a pesar de encontrarse en el grupo de los vencedores, jamás le oí alardear de ello; sino todo lo contrario, de la estupidez de la guerra en sí. Fue de los que se fue a la contienda entre hermanos casi hecho un niño grande y volvió convertido en un hombre maduro.

No sé qué hizo para ello, pero yo le conocí ya de novio de mi hermana Cuqui y trabajando de subastador en el puerto, en aquellos años en que el pescado se subastaba al alza y tenía el sistema graves inconvenientes, como el de los piques brutales entre los compradores que llevaban a precios desorbitados y que luego pasó a la baja, que era más racional y evitaban los riesgos del sistema anterior, según nos contaba él.

Se casaron y tuvieron dos retoños, de los que ya hablé con anterioridad, Marimel y José Ángel.

Pero la felicidad le dura muy poco. Aquella enfermedad que tan sólo nombrarla daba escalofríos, el cáncer, ataca a mi hermana Cuqui y se nos va sin apenas darnos cuenta. Pepe, entonces decide quedarse a vivir con sus padres; en tanto que los pequeños se quedan con nosotros. Primero, José Ángel, que está en nuestra casa desde que mi hermana agravó y luego Marimel, que un día acompañada por su abuela Melchora es traída a nuestro hogar para entregársela a Pepita, ya que la pequeña no cesa de reclamar de todas las maneras posibles, a pesar de sus pocos años, el estar junto a su hermano más pequeño, porque era una niña que sabía demasiado. Dentro del dolor de tan importante pérdida, los pequeños se convierten en fuente de fortaleza para mi madre, para poder luchar por sacarlos adelante y tener ella así motivos para seguir viviendo.

Pepe tiene la fortuna de que tanto él como sus hijos están perfectamente atendidos. Nosotros, por otra parte, los mellizos en especial, porque somos los que más bregamos con ellos, hemos encontrado en la pareja como dos hermanos pequeños en lugar de dos sobrinitos. Por eso, cuando a Pepe alguno le pregunta, de entre sus amigos, que si ve la posibilidad de formar un nuevo hogar y rehacer su vida, contesta con la más absoluta sinceridad y claridad que no, que las cosas se hacen bien una sola vez en la vida. Y es que estaba enamoradísimo de mi hermana Cuquí y la quería un montón, aunque no era de las personas que se deshacía en muestras de cariño externas hacía ella, dada su seriedad y su forma de ser.

Con el paso de los años amplió su actividad, ya que la subasta se hacía a altas horas de la mañana y tenía tiempo para otras cuestiones, y se dedica a la exportación de mariscos y finalmente entró en la sociedad familiar de armador, inaugurándose en aquel tiempo uno de los mejores y más modernos barcos de pesca de la flota de nuestra ciudad, bautizándolo en jornada festiva, a la que asistimos, para ellos y familiares con el nombre de Rusadir.

Dos cuestiones nunca olvidó en su larga vida. La de mandar todos los días a nuestra casa una red con pescados o mariscos, cuando los había, para que a sus hijos no les faltaran tan rico manjar. A horas bien tempranas uno de los pescadores de la embarcación familiar o él mismo, golpeaba la persiana todavía echada de la gran ventana, no teniendo ni que llamar a la puerta de casa, y dejaba la preciada mercancía, con exquisitos salmonetes o pescadas, con gambas o cigalas y otras muestras apreciadas de la mar.

La otra era la de visitar nuestro hogar para encontrarse con sus hijos todos los días, cuando regresaba de su habitual visita al Casino Español, adonde solía ir para echar un rato con sus amigos de siempre, para tomar algún café o aperitivo, según la hora, y para sacar algún libro de su biblioteca, que seguía devorándolos. Incluso cuando sus dos hijos se vinieron a la Península a estudiar siguió con esta costumbre, visitando a su querida suegra, nuestra madre bendita, todos los días.

Los niños fueron creciendo y después de realizar sus estudios primarios y el bachillerato en El Buen Consejo, Marimel y en La Salle, José Ángel, se trasladaron a la Península para cursar sus posteriores estudios universitarios, en Sevilla. Ella residiendo como interna en el Colegio Mayor Santa María del Buen Aire, en Castilleja de Guzmán, pequeña población del Aljarafe sevillano, para hacer la licenciatura de Historia del Arte y José Ángel en la Escuela Superior de Ingenieros, primero en Sevilla y posteriormente en Madrid, residiendo en el Colegio Chino de la capital.

Nosotros ya andábamos por Sevilla, en El Viso del Alcor, y nos encontrábamos con ellos con bastante frecuencia, aunque no tanto como deseábamos, principalmente porque se tomaron muy en serio sus estudios; aunque José Ángel tenía como un sexto sentido y aparecía por nuestras casas en el pueblo, ya andábamos los dos mellizos casados, cuando había alguna fiesta o celebración sin necesidad de que le avisáramos.

Cuento esto porque aún estando fuera de Melilla sus hijos y nosotros, Pepe, hombre de costumbres y de una fidelidad extraordinaria, siguió en no pocas ocasiones enviando el pescado a casa cuando podía y en donde jamás falló, a no ser que estuviera enfermo o fuera de la ciudad, fue en su visita a nuestro hogar para estar un rato en compañía de mi madre, viendo la tele o departiendo con ella, hasta tal punto que cuando la llamábamos por teléfono desde Sevilla, casi siempre por la noche, no era raro encontrarlo en casa, lo que nos permitía charlar también un rato con él. Su recorrido cuando la noche se echaba encima era casi siempre invariable y tenía parada obligada en la que seguía siendo nuestra casa; de ahí nuestra gratitud hacia su persona, pues nuestra madre encontró siempre en él una notable compañía, siendo para ella, sin duda, como lo fue hermano para nosotros, un auténtico hijo.

Hasta tal punto existía esta conexión, que cuando él venía a Sevilla para encontrarse con sus hijos o con su hermana Paqui, visita obligada suya era la de reunirse también con los mellizos y sí sabíamos con tiempo lo de su llegada, que no era sorpresa, tanto Rosa como Adela, nuestras respectivas esposas, le preparaban su plato preferido, como buen valenciano, una exquisita paella, que engullía nada más apagarse el fuego, porque le agradaba en exceso y además demasiada caliente. Cómo recuerdo también uno de sus viajes a El Viso del Alcor y en el que coincidió con una matanza de un digno ejemplar de cerdo en casa de los Prada, amigos íntimos nuestros, y que al saber de nuestra relación familiar lo atendieron de tal manera que comentaba que aquel día le salían las variadas exquisiteces de tal animal hasta por las orejas.

De verdad, Pepe, que siempre fuiste para nosotros un verdadero hermano.

91.-Un escudo: EL DE MELILLA

¡Qué niño no fue aficionado a dibujar y colorear escudos!

Claro que era lógico también que nos inclináramos principalmente por los de los equipos de fútbol y especialmente por los de dos clubes que siempre contaron con el seguimiento de la gente menuda, como eran los del Atlético de Bilbao y del Barcelona. Es cierto que también eran muchos los seguidores del Real Madrid, que contaba con una importante nómina de trofeos y de extraordinarios jugadores; pero no con un escudo atractivo como el de los anteriores. En cambio, el de los leones de San Mamés sí que nos agradaba y sobre todo, por su original forma y colores, el del Barcelona.

Luego venía el pasatiempo propio, el de la creación, el de inventar escudos para nuestros juegos y equipos, que venían a recoger formas y elementos de los ya existentes y que nos permitían las combinaciones más atrevidas y el uso privilegiado, ya en soledad o juntos, del rojo y el azul, colores preferidos, sin que faltase en casi ninguno el balón y la corona.

Curiosamente y como si esta ocupación infantil fuera premonición de otras tareas más serias, cuando ya teníamos bastantes años más nos vimos envueltos, por el azar y por nuestra afición al dibujo y al color, en el diseño y la creación de escudos para entidades deportivas, culturales, de enseñanza y hasta tuvimos una cierta e importante colaboración en el pueblo donde residimos, especialmente mi hermano Clemente, con este fin. Así el equipo representativo de fútbol de El Viso, la Asociación Cultural “Amigos de El Viso del Alcor”, su Ateneo Popular y el colegio público Rey Juan Carlos I, por citar algunas, cuentan con nuestros diseños.

No es de extrañar, por lo anterior, que nos llame la atención este tipo de imágenes y que nos detengamos para curiosearla, cuando nos encontramos con ellas. El de nuestra ciudad no iba a ser una excepción, entre otras cosas, porque también lo dibujamos y coloreamos en muchas ocasiones, desde la niñez hasta la actualidad, pues aún seguimos, por ejemplo, presentando alguna que otra vez carteles que exigen su presencia en los certámenes de nuestra ciudad.
No creándonos ningún complejo el saber que el nuestro, el de Melilla, sea casi el mismo que el de la Casa de los Medina Sidonia, que por algo e importante será.

Todo melillense debe saber que fue el mismísimo Rey Alfonso XIII el que en un once de marzo de 1913, firmara el decreto de dar a la Plaza de Melilla, de acuerdo con su Consejo de Ministros, el uso del Escudo Oficial de la Casa de Medina Sidonia.

Es evidente que ello no es fruto del capricho, sino que responde al reconocimiento de una realidad y de unos hechos que tampoco ninguno de nosotros debe ignorar.

Y es que en el pensamiento de los Reyes conocidos como Católicos, Isabel y Fernando, aquellos que en la escuela nos enseñaban como los “tanto monta, monta tanto”, siempre estuvo la idea de tomar plazas y ciudades de la costa vecina del norte africano, para acabar con la piratería berberisca que asolaba las costas del sur y levante peninsular y para, teniendo estas plazas, impedir una nueva invasión procedente de África.

Para ello es lógico que se preparen expediciones con el fin de conocer el terreno, en donde caben gentes de la milicia y comerciantes, que se encargarán de informar a los monarcas de si vale la pena o no embarcarse en este tipo de aventuras. Estos informes, al ser elaborados por hombres, presentan las mismas complejidades y contradicciones del propio género humano; para unos todo es cuestión de coser y cantar y para otros es un puro disparate por el riesgo que se corre. Hasta que aparece la figura de don Juan de Guzmán, de la Casa Ducal de Medina Sidonia, Gobernador de la Plaza de Gibraltar, descendiente del famosísimo Alonso Pérez de Guzmán, llamado el Bueno, que quiere acabar con sus diferencias con la Corte y que se ofrece para ello a los Reyes para tomar Melilla. Don Juan de Guzmán para no quedarse sólo en buenas intenciones y palabras, envía en primer lugar y en misión de reconocimiento a su Contador Mayor, don Pedro de Estopiñán, y al Maestro Mayor de Artillería, don Francisco Ramírez de Madrid, y posteriormente sólo al primero de ellos para su toma, que se realizaría en el atardecer del 17 de septiembre de 1497.

No sé si es que lo veo con buenos ojos, pero de verdad que siempre me agradó el escudo de nuestra ciudad; resultándome agradable su descripción. Es un escudo típico de la heráldica española, pero como yo soy un profano en la materia y entiendo poco de su terminología propia, trataré de hacerlo bajo el prisma de los ojos de un niño que se atrevía cuando lo era a plasmarlo en un papel y a colorearlo con aquellos lápices alpinos con el mayor de los atrevimientos. El escudo se parecía, por ejemplo, en su forma al del Oviedo y en sus bordes nos encantaba dibujar leones y castillos en sus diferentes recuadros; sobre todo, estos últimos, con sus torres y puerta grande en el centro, que coloreábamos de marrón después de dibujar pacientemente sus ladrillos y sobre un fondo rojo; en tanto que los leones, que nos costaba más trabajo su ejecución y que no se parecían ni dos de ellos, como si cada uno fuera de camada distinta y tuvieran padres y madres distintos, eran rellenados de amarillo, dejando el blanco de fondo porque no contábamos con color que se pareciera al de la plata.

Después venía el dibujo de aquellas dos especies de cestas que los entendidos definían como calderetas jaqueladas en plata y gules, sobre fondo azur, que pensábamos que era una falta de ortografía o un simple cambio de letra en la imprenta. Sin olvidar en cada una de ellas la presencia de las siete serpientes que habían anidado allí y las defendían; con la grima que nos daban estos bichos, era normal que las dibujáramos a la ligera y que más parecieran gruesos fideos con los puntitos de los ojos.

A los lados las dos columnas con una cinta en donde escribíamos aquellos latines del Non plus ultra, que hacían referencia para nuestro corto entender a las tierras lejanas del Nuevo Mundo descubierto por Cristóbal Colón, que estaban en el más allá.

Las coronas con sus lógicas dificultades siempre nos atraían a la hora de dibujar, quizás por aquello de que las portaban algunos Reyes Magos, con los que teníamos que estar a bien y no tanto por lo de la monarquía. En ella cada cual ponía su arte y lo que más nos costaba era conseguir la simetría y que nos quedara igual en ambos lados del eje. Vamos, que teníamos que usar en exceso la goma de borrar hasta que lo conseguíamos. Más tarde, el amarillo más brillante que tuviéramos la rellenaba y los colores más variados para las piedras preciosas con las que la adornábamos, no faltando esmeraldas, rubíes ni zafiros, si era posible.

Y encima aquella torre fabricada con primor, como de ladrillos vistos, que no respondería a la realidad de los materiales empleados para construirla de verdad y asomándose a ella con la daga en su mano derecha Guzmán el Bueno. Aquel héroe al que tanto admirábamos en nuestra niñez por su gesta en la defensa de la villa de Tarifa, cuando era su alcaide por nombramiento del mismo Rey Sancho IV.

¿A qué pequeño no se le abrirían sus ojos de sorpresa y admiración, por supuesto, sin comprender muchas cosas, aquel relato de la defensa de la plaza de Tarifa ante el terrible ataque de los benimerines, no entregando ésta a pesar de que su hijo estaba en poder de sus atacantes y que lo amenazaban con matarlo si no se rendía; entregando su propio puñal, el que aparecía en el dibujo, para que los hicieran con él, en vez de rendirse?

Alonso Pérez de Guzmán, que recibió por aquel gesto el calificativo de Bueno, corona nuestro escudo con una leyenda en su torno, que no es otra que la que recoge las palabras que acompañaron a la entrega de su puñal; prefiriendo la muerte de su hijo a la de sus súbditos, a la libertad de estos.

Un descendiente suyo, como ya lo he señalado anteriormente, don Juan Alonso de Guzmán, conde de Niebla, fue el que recibió en 1445 del rey Juan II el título de Duque de Medina Sidonia. Y como esta Casa Ducal fue la que llevó a cabo la conquista de nuestra ciudad no es de extrañar que contemos con un escudo casi común; ya que el nuestro tiene una particularidad y es la existencia en su parte inferior de un dragón con una lanza clavada en su boca; siendo su originalidad también que aparece fuera del escudo, naciendo entonces en su torno la correspondiente leyenda.

Cuentan que la figura del dragón fue concedida por un rey de Fez al mismo Alonso Pérez de Guzmán, cuando este le prestaba su servicio con sus tropas.

Era corriente por aquellos años del medievo que capitanes y caudillos cristianos, con sus tropas, acudieran a la llamada de reyes del norte africano, porque tenían fama de gran valor y excelente preparación para la guerra su soldadesca; siendo ideales para tenerlos como aliados con el fin de aplastar levantamientos internos en sus reinos.

Esta leyenda que relato a continuación está recogida en el Libro I de la Crónica de la Casa de Medina Sidonia y cuenta que en el tiempo en que ya reinaba Abu Jacob, una serpiente extraña, poco común, habiendo dejado su lugar habitual de morada, la selva, donde siempre estuvo oculta, se había acercado a la ciudad de Fez, causando grandes daños a animales e incluso a personas, devorando ganados y asaltando y despedazando a criaturas humanas. Se contaba que era monstruosa, con su piel cubierta por durísimas conchas que hacían impenetrables los más cuidados y templados aceros. Se decía también que poseía alas, lo que le permitía que fuera más veloz que los mismísimos caballos.

Todo esto hacía que nadie se atreviera ni siquiera a intentar atacarla y menos acabar con ella. Lo que motivó que el primer ministro, Amir, aconsejase a su primo, el rey Abu Jacob, que ya tenía en gran aprecio a Alonso Pérez de Guzmán, pues le prestaba con sus hombres gran servicio al monarca, que llevara a cabo tal empresa.

Amir no tenía otra intención que el caballero leonés, al que no veía con buenos ojos porque le hacía sombra, pereciera en la tarea. Por otra parte, el rey Abu Jacob, que estimaba en gran manera a Pérez de Guzmán, por su labor, que aportaba gran tranquilidad a su reino, no deseaba enviarlo a tan arriesgada misión..
Como era lógico y no de forma directa, a Guzmán le llegó la noticia tanto de la propuesta de Amir como de la negativa del rey y como no era persona medrosa, sino todo lo contrario, por su cuenta y riesgo toma la decisión una mañana de que le prepararan su caballo y sus armas y haciéndose acompañar sólo por su escudero, al que obligó a que fuera desarmado, emprendió el camino de búsqueda del terrible monstruo, que tanto daño estaba causando en el reino de Fez.
Tras hacer largo camino se encontró con hombres, que en primer lugar trataron de convencerlo de que desistiera de su empresa, porque no tendría éxito en la misma. Poco después se dio de cara con un grupo de labradores que huían asustados porque tenían noticias del duro enfrentamiento que se estaba desarrollando, no lejos de allí entre el monstruo y en un enorme león.

Cuando llegó al lugar de la contienda pudo observar que el león, herido, se defendía a grandes saltos de los tremendos ataques del dragón. Entonces, el caballero leonés preparó sus armas y llamó la atención del animal, acometiendo inmediatamente contra él. Viendo el monstruo al caballero que requería su atención, dejó la lucha con el león, abrió su boca más enfurecido y se dirigió sobre Guzmán. Éste esperó paciente y valientemente su ataque y cuando se lo encontró a una distancia que estimó conveniente le atacó con su lanza, que entró por su boca y le llegó hasta sus entrañas.

En aquel momento, el león viendo que recibía ayuda del caballero, se sumo a la lucha y arremetió contra el dragón y lo derribó.

Al poco tiempo el monstruo moría. Guzmán hizo venir a los hombres, a los que había invitado a que no huyesen y que habían asistido boquiabiertos como testigos de semejante hazaña; a su escudero para que cortase la lengua del dragón y al león que se acercase, orden que cumplió al instante, moviendo su cola en señal de gratitud y acompañándolo hasta Fez como el más dócil de los animales.

La llegada del héroe portando la lengua del feroz dragón, seguido por el león y en compañía de aquellos labradores que habían presenciado el hecho, fue celebradísima. El mismo rey Abu Jacob, como recompensa y en señal de gratitud, admiración y amistad le mandó pintar en su escudo la figura del dragón con la lanza clavada en la boca, para que jamás se olvidara su valor.

Como era de esperar el hecho se propagó con gran rapidez por todo el norte africano y por la Península e hizo que la fama de los Guzmanes se acrecentara mucho.

Y de esta manera la Casa de los de Medina Sidonia puso en su escudo el dragón y que como propio, con la particularidad señalada anteriormente, figura también en el nuestro.

Amando estas pequeñas cosas y aparentemente insignificantes, al conocerlas mejor, uno se siente como más cerca de la ciudad donde nació y donde transcurrieron tantos años importantes de nuestra vida; de ahí, mi osada invitación a que nos detengamos a veces en estos pequeños símbolos que nos hacen en su conjunto ser verdaderos melillense.

92.-Un educador físico: ANTONIO DE ANTONIO CAMPOY

Creo que llegaron el mismo año Luciano y Antonio; traían la titulación nueva de Oficiales Instructores y me parece recordar que venían del INEF de Madrid, como profesores de Educación Física y de Formación del Espíritu Nacional.

Posiblemente estrenaban destino y dada su juventud les acompañaban unas grandes ilusiones y por qué no señalarlo, ganas de comerse el mundo, el nuevo con el que se encontraban y contribuir a que algunas cosas cambiaran.

Representaban en su tarea aires nuevos, tocándoles además en su labor pedagógica el bregar con unas materias bastante desprestigiadas y de las que se incluían en el capítulo de las llamadas “Marías”, junto a la Religión y a veces el Dibujo, en las que nadie suspendía, pues el aprobado general era lo habitual y que no se tomaban en serio por la mayoría de los alumnos.

Así como Luciano se inclinó más hacia la Formación Política, Antonio de Antonio Campoy se entregó en la actividad física y en el Deporte. Para ellos fue su bautismo, para nosotros una novedad y tengo que confesar, sin temor a equivocarme, que hubo comunicación entre las partes; ellos encontraron una respuesta positiva por nuestra parte, yo me encontraba aún en el lado de los que aprendían, con lo que pudieron realizar su trabajo en perfectas condiciones y con satisfacción en líneas generales y nosotros nos vimos igualmente beneficiados con sus nuevas aportaciones y concepciones acerca de la actividad física y deportiva, con lo que todos ganamos.

Fueron años de evidentes cambios. Aquellos anteriores ejercicios físicos, por ejemplo, de las clases que tenían muy poco de preparación del cuerpo y menos de la mente y sí mucho de los que se asemejaban a la rutina de la uniformidad, de la instrucción militar, de preparatorio para las grandes exhibiciones de los regímenes fascistas ante el caudillo de turno, que eran entre otras cosas aburridísimas, van dando paso a otras historias. Los alumnos comenzamos a tomarnos más en serio éstas, porque son más amenas, y descubrimos que tienen algún sentido, que puedan servir para algo más que para un aprobado, que además tampoco nos preocupaba en exceso, porque estaba garantizado antes de empezar cada curso escolar. E igualmente porque conducen a la práctica más racional del deporte en general, por lo que él también apuesta.

Estábamos acostumbrados a otros tipos de profesores, a aquellos que permitían dar las clases en traje de calle, sin despeinarse, hasta con corbatas en alguna ocasión, que para mandar derecha e izquierda, cubrirse y alinearse, flexionar el tronco o elevar los brazos en cruz, a golpe de voz y silbato, no hacía falta otra cosa. Ellos llegan y en especial, Antonio, y se ponen el mono de trabajo desde el primer día y las zapatillas de deportes y se mueven más que los alumnos, sudando igual o más que éstos.

Los que amábamos el deporte encontramos nuevas maneras y no exagero, porque en muchos casos de la anarquía se paso al método y me explico. En la mayoría de las ocasiones jugábamos como algo natural, hacíamos deporte porque así cubríamos parte de nuestro tiempo libre, para gastar las energías que nos sobraban y sencillamente por que nos agradaba la actividad en torno al balón y junto a otros compañeros. Pero todo esto lo llevábamos a cabo sin orden ni concierto, sin limitación de tiempo a veces, sin nadie que nos enseñara; como diría el castizo, a la buena de Dios; aunque Éste no tuviera nada que ver con el deporte en sí.

Con su llegada el deporte nuestro, de los jóvenes que ya hemos dejado la niñez, se empieza a ver de otra manera, porque aparece con cierta importancia el aspecto formativo. Ya no vamos, por ejemplo, a echar sólo y exclusivamente “patateros” al campo de Bandera de Marruecos o a poner la red del que llamaban “maricavolea” para jugar a pasar el balón por encima de ella; comienza la época de los entrenamientos y nos lo empezamos a tomar en serio.

Hasta las niñas se van incorporando al deporte poco a poco e incluso se empiezan a despertar vocaciones profesionales en torno a esta actividad deportiva gracias a su ejemplo e influencia.

Porque aquel joven deportista que llega a Melilla célibe no puede evitar encontrar en nuestra ciudad a su amor en el seno de una familia numerosa y amante del deporte, la de los Hernández, que justo es decir que encuentra en él un verdadero ángel custodio. Esta familia era de las avanzadas en este aspecto, pues hasta las chicas practicaban deporte y como se movían en este espacio común, no fue nada extraño que surgiera esta relación con una de ellas y que aquello que empezó seguramente como un juego, nunca mejor dicho, terminara en boda.

Nosotros por aquellos años habíamos dado el paso, conscientes de nuestras limitaciones y de ser aprendices de todos los deportes, pero maestros de ninguno, de dedicarnos al arbitraje y siguiendo sus consejos, al formativo, además en deportes que nada tenían que ver con el fútbol. Antonio jugaba bien, a pesar de su escasa estatura para el deporte del basket, porque era un verdadero atleta y a nosotros nos tocó ser jueces, nunca parte cuando lo hacíamos en partidos donde él intervenía, así como en otros en donde era su novia, sus cuñados y cuñadas los que intervenían y que francamente no se quedaban a la zaga. Curiosamente había dos familias que vivían el baloncesto melillense con una gran pasión y eran la de los Bohórquez y la de los Hernández, formando ésta última casi un clan deportivo, porque eran muchos de sus miembros los que lo practicaban, en tanto que en la primera de éstas era sólo Enrique.

Así como Guillermo Pezzi, el hombre del baloncesto melillense de nuestro tiempo, el sempiterno presidente de la federación melillense, propició que consiguiéramos el carné de árbitro de primera, con curso y exámenes realizados en nuestra ciudad; a Antonio de Antonio le debemos el que obtuviéramos el de entrenador de balonvolea, en curso celebrado en Madrid, bajo la dirección de un hombre importante del voley español de antaño, como era Eduardo Burges.

Los tiempos siguen cambiando en todo. Desaparecen las Falanges Juveniles y se crea la OJE, la Organización Juvenil Española; parece que se quiere poco a poco ir rompiendo con el triste pasado y dar a la juventud que no vivió la guerra otros aires, encargándose de ello jóvenes como Luciano y Antonio que ven el panorama de otra manera. Muchos de nosotros también vemos con buenos ojos, aunque queda mucho por hacer, estos cambios.

A partir de 1962 se crean los Juegos Nacionales de la OJE y nosotros, como llevamos trabajando varios años el voleibol en nuestra ciudad, gracias a la formación que recibimos en aquel curso de Madrid, obtenemos algunos éxitos en las finales celebradas en la capital de España, en las viejas instalaciones de Vallehermoso. Concretamente en el año 1963, somos subcampeones de España en las dos categorías, perdiendo sólo con Asturias en una y con Lérida en otra, de entre ocho equipos que habíamos ya sido vencedores anteriormente de los respectivos sectores, siendo el nuestro el de Andalucía y las conocidas por entonces como Plazas de Soberanía. Consiguiendo la misma clasificación en el año 1965.

Otro equipo nuestro, federado, se proclamó subcampeón juvenil de España en Murcia, al perder la final frente al equipo del Real Madrid por un apretado 3-2.
Y cuento todo esto porque en aquellos equipos, entre otros buenos jugadores, había dos hermanos, Manolo y José Luis, que por supuesto eran Hernández de apellido y que se convirtieron en hermanos políticos de Antonio de Antonio y que guiados por éste se marcharon al INEF de Madrid, convirtiéndose en profesores de Educación Física.

Alguien puede preguntarse acerca del porqué de tanto elogio y es que yo tuve la fortuna de conocerlo bien. Antonio era una persona y supongo y deseo que lo siga siendo, extraordinaria, de una capacidad de trabajo sin límites, excelente profesional, siempre preocupado por los demás, generosa al máximo y que sabía estar. Aparentemente tranquilo; pero que enseñaba su genio ante la injusticia y la doblez de las personas, dos defectos que detestaba sobremanera.

Inquieto y avanzado de su tiempo, crítico mordaz a veces, no comulgaba con muchas cosas y no tenía pelos en la lengua para denunciarlas; hasta me atrevo a decir que poseía una fina ironía contra ciertas posturas y comportamientos, en especial, contra aquellos que creían que su poder estaba en el dinero.

Yo también tuve la fortuna de encontrarme entre sus buenos amigos y compartí con él muchas jornadas y hasta mesa y mantel. Me llevó con él a un curso de Verano celebrado en Valladolid, en aquellos años en que los jóvenes vascos que luchaban contra el franquismo nos resultaban simpáticos y muchos de los cuales, tan jóvenes como nosotros, eran bajados de los furgones de la policía para ingresar en la cárcel de aquella ciudad; viéndolos desde nuestra residencia que estaba próxima a la prisión y cuando todavía no habían empezado a matar.

Estuve igualmente con él un verano en Gijón, en aquellas Universidades de la OJE como profesor del curso de voleibol que dirigía, junto a mi hermano Clemente y Rafael Imbroda, que conformábamos el cuadro de profesores de este deporte.

Un año más tarde y con el mismo fin lo acompañé a La Coruña y cuando él fue nombrado subdirector de aquella Universidad de Verano de la OJE, delegó en mi la dirección del curso de voleibol.
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93.-Dos Casinos: EL ESPAÑOL Y EL MILITAR

Muchas veces, el hecho de no conocer ciertos lugares no te impide el que tengas referencias de los mismos y hasta puede darse, como en mi caso, la osadía de opinar sobre ellos. Eso es lo que a mí me ocurre con relación a estas dos entidades melillenses tan señeras; que si bien las conocí de adulto, no tuve la oportunidad de visitarlas en mi niñez y juventud. Al Casino Español porque nadie de mi familia era socio del mismo, ni tampoco era lugar apropiado o destinado a la gente menuda, a no ser que acompañaran a sus progenitores y el Militar por la misma razón, porque tampoco entre los míos existía gente de los ejércitos.

Sé que otros niños como yo pudieron visitarlos y hasta posiblemente con asiduidad, acompañando como señalé anteriormente a sus mayores o para asistir a las distintas actividades que en su seno se organizaban y que no fueran exclusivamente para los de mayor edad; pero yo no me vi en esas circunstancias siendo un niño y por supuesto, no me creó ningún trauma, entre otras cosas, porque no había razón para ello.

Sin embargo, sí que tenía claras referencias de su existencia, de su ubicación y como eran lugares públicos y otros amigos y conocidos lo frecuentaban por y para diferentes razones y uno estaba en el mundo, me llegaban noticias de los mismos.

Posiblemente el Casino Español fuera la institución de este tipo más antigua de la ciudad, cuya sede local actual con su ampliación y todo es la única que yo conocí, cuando ya daba a la Avenida y en su trasera, a la calle Ejército Español.

Cuentan los que se dedican a estas cosas que fue fundado el día 10 de noviembre de 1898 y que tuvo sus primeras sedes en diferentes calles de Melilla la Vieja y con el primer y efímero nombre de Círculo Mercantil, como existen en otras poblaciones de la Península, ya que a los dos años de existencia se le cambió el nombre.

Después pasaría al Mantelete y en 1910 la entidad compraría uno de los solares de la calle Ejército Español para instalarse definitivamente en dicho lugar. Ampliándose éste con otro solar que daba a la Avenida.

Es uno de los edificios modernistas de nuestra ciudad y la verdad es que cuenta con amplias instalaciones.

Mis referencias acerca de esta institución venían por diferentes conductos. La primera y desde muy niño, por los trajes de noche o de fiesta que hacía mi madre a muchas jovencitas y a otras no tanto, las cuales ejercían de acompañantes, de la ciudad, principalmente cuando tenía lugar su puesta de largo y en torno a las fechas navideñas y en especial en la noche de despedida de cada año.

El taller de mi casa se llenaba de tules, de sedas, de bordados, de lentejuelas brillantes, de gasas..., y el maniquí servía de base a preciosos trajes largos que llegaban casi al suelo. Trajes como de novias o princesas de cuentos o de películas, con muchos adornos, originales y de atrevidos escotes, aunque eran para veladas invernales, que exigían a su vez capas u otras prendas de abrigo, que también algunas eran confeccionadas en casa.

Eran días de un ir y venir continuo en los atardeceres por parte de mi madre desde el taller al probador y viceversa, para lo que había que recorrer todo el largo pasillo de nuestro hogar y así poder atender a su clientela, que afortunadamente nunca le faltó; sino todo lo contrario.

Tiempos tan distinto a los actuales, en que una vez mi hermano Clemente vio a una señora, mientras se probaba, con un cigarro encendido y corrió el mismo pasillo gritando como un poseso: ¡Una mujer fumando!, como algo insólito o cuando fuimos creciendo, que nos atrevíamos disimuladamente al pasar por delante de la puerta entreabierta del probador, a echar una miradita por si alguna de aquellas jovencitas, aspirantes a mujer, casi en las mismas puertas de obtener este galardón, dejaba ver algunos de sus encantos y aún a sabiendas de que luego tendrías que confesar esto como un pecadillo más.

Sabíamos que el Casino contaba con cafetería y con bar como todos los casinos del mundo, donde sus socios tomarían el aperitivo del mediodía, que por entonces se estilaba a base principalmente del wermouth, Martini o Cinzano, sin olvidar la oliva pinchada en un palillo de dientes; el cafelito en sus diferentes modalidades por la tarde en torno a la lectura de la prensa diaria, especialmente la de Madrid, que llegaba más tarde a la ciudad, en tanto que la local ya se habría ojeado por la mañana y a la conversación amena, con el inevitable deseo de querer arreglar siempre el mundo; y dejando para el anochecer la copa de rioja, de clarete o la cerveza para abrir el apetito antes de llegar a casa. Supongo que cada cual tendría sus horas en razón de su actividad laboral, salvo aquellos que se habían ganado, con el sudor de su frente o con el del azar de la vida, su merecido jubileo y que no tendrían que estar sujetos a horario alguno, haciendo del lugar su segundo y casi principal habitat.

Teníamos conocimiento indirecto igualmente de que contaba con una excelente Biblioteca; aunque mi opinión sobre su cantidad y calidad no pueda expresarla porque realmente no la conocí; porque mi cuñado Pepe, que era un auténtico devorador de libros, de vez en cuando portaba libros de ella, paseándolos del Casino a su casa y de su casa al Casino. Siempre me atrajo este comportamiento del mismo; que era sin duda una de las fuentes más importantes de su vasta cultura, lo que hacía agradable el departir con él o el simple hecho de escucharle.

Y tampoco ignorábamos que, como en otros casinos, clubes, círculos o asociaciones en general de esta índole, llegado su momento, se jugaba en su doble vertiente: en la del mero ocio o pasatiempo y en la otra, algo más arriesgada, que comportaba el que cada cual se jugase sus cuartos y a veces algo más que éstos.

Un casino sin los juegos de mesa habituales parece que sería imposible darse con él; tales como el ajedrez para los intelectuales, a los que no les preocuparía el tiempo en demasía, o el dominó para vengar afrentas ahorcándoles el seis doble a los enemigos de partida, o el tute subastado o sin subastar para jugarse la combidada de turno y poder cantarle las cuarenta a alguien, sin olvidar las partidas de mus que demostrarían las habilidades del lenguaje de los gestos y el arte del faroleo...

El otro capítulo, que para los pequeños siempre estaba envuelto en la leyenda y en el misterio y a los que sólo accedíamos, como rumores o noticias, a través de conversaciones que se mudaban en quejas, siempre en voz baja cuando nosotros aparecíamos y que nosotros magnificábamos según el grado de imaginación de cada cual, no era el de todos los días y hasta me parece recordar que durante un mes se abría la veda y se podía jugar por la noche, hasta altas horas de la madrugada y al dinero, como decíamos nosotros.

Claro que como decían los sabios de aquel lugar, en esta temporada de juego sólo ganaba el Casino y aquel que le acompañaba la diosa Fortuna en la última noche. El Casino porque recibía la cantidad estipulada por jugarse en sus instalaciones sin arriesgar nada en el envite y el ganador de la última jornada porque no corría el riesgo, por lo menos allí, de perder sus ganancias.

Y hablo de leyendas, a las que siempre estábamos dispuesto la gente menuda a prestar oído, porque aparecían en dicho escenario hombres inmensamente ricos, que despertaban nuestra envidia, y otros no tanto, que nadie se explicaba de dónde sacaban los cuartos; porque además del dinero, algunos, los más atrevidos y menos cuerdos y afortunadamente en casos muy aislados, se llegaban a jugar, como en las películas del oeste americano, vivienda y hasta mujer.

Por supuesto, que esto último respondía más a nuestra imaginación que a la realidad. Al igual que aquella otra historia del que después de una noche trágica, de pérdidas notables y compromisos de débitos extraordinarios, desapareció y se encontraron restos de su ropa, como si hubiera acabado con su vida. Apareciendo al cabo de los muchos años cuando todos lo daban por muerto, que hasta celebraron sus familiares el oportuno funeral y seguro que cuando ya se habían olvidados de sus deudas.

O aquella otra de un notable ex-jugador del Real Madrid, central de gran nombre y hasta internacional ya venido a menos, que jugaba por entonces con el Hércules de Alicante y que fue goleado en una visita a nuestra ciudad por los azulinos de la U.D. Melilla; jugando en ese encuentro, o mejor dicho, siendo un coladero el mencionado jugador, porque se había pasado toda la noche jugando a las cartas en el Casino y bebiendo para celebrar sus ganancias, después de escaparse del hotel donde residía su equipo, lo que le originaría una notable multa, seguramente inferior a las mismas en esa noche de su suerte jugando al bacarrás, que nos sonaba como juego de cartas, porque lo habíamos escuchado en alguna ocasión, pero que no teníamos ni idea en qué consistía.

En definitiva, una institución viva de nuestra ciudad, que albergaría también un sinfín de actividades culturales o que prestaría sus instalaciones para la celebración de las mismas; pero que para la niñez y la infancia, en el mayor de los casos, pasarían desapercibidas.

La otra institución, la del Centro Cultural de los Ejércitos, más conocida en la ciudad como el Casino Militar, presentaba para mí casi las mismas características por el mismo hecho de su lejanía. Ubicada en la Plaza de España y dedicada principalmente al patrocinio y realización de actividades culturales y contando como cuerpo social con los jefes y oficiales de los distintos ejércitos, que no eran pocos en nuestra ciudad.

Como el anterior, seguramente el origen del mismo, donde estos celebraban sus encuentros y reuniones, estaría situado en cualquier edificio público de Melilla la Vieja. Así, de un primer edificio situado frente al Torreón de las Cabras pasaría a otro adosado a la antigua Comandancia General, en la Plaza de los Aljibes y con entrada por la conocida calle de San Miguel. Se situaría posteriormente a un edificio construido sobre los almacenes de Intendencia, frente a la misma plaza; al que se adosaría algunos años después el Teatro Alcántara, pequeño y administrado por el mismo Casino.

A partir de 1909, cuando se empieza a edificar en el extramuro de la ciudad vieja, en lo que se conocía como el Llano, el comercio sale de ella y después los organismos oficiales; así que también deciden correr sus responsables la misma suerte, trasladándose a una casa particular en la Avenida en tiempos del General Aizpuru. Hasta que el 31 de diciembre de 1920 se colocaba la primera piedra del edificio actual, que se inauguraría en 1925.

Nosotros teníamos la concepción por aquellos años de que este Casino Militar venía a ser como el Club Marítimo, pero para los militares con alta graduación y sin mar, que para eso ya tenían la Hípica, de tal manera que al principio marchaban como una sola entidad y que se separarían allá por el año 1945, en las que aquel recibiría la denominación de Centro Cultural y Deportivo de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire.

Mis recuerdos de infancia también son variados con relación a esta asociación.

Por ejemplo, llamaba nuestra atención y no en un sentido positivo precisamente, la ocupación que hacían de todo el amplio acerado que existía delante de su fachada, para la instalación de veladores y sillas cuando llegaba el buen tiempo a nuestra ciudad. Era uno de los tantos privilegios con los que contaban los militares en nuestra ciudad, porque no sólo era esta ocupación de espacios públicos, sino el emplear en su servicio a gran número de soldados, que en lugar de cumplir su servicio con la Patria lo hacían con ellos y allí pasaban la mar de bien su mili, ejerciendo de camareros en el pequeño bar que había en su interior y para atender a la clientela que se asentaba en el exterior. Allí sí que había chicos correteando y saliendo del interior en sus juegos como si fuera otra de sus casas grandes, que no sería la única.

También teníamos noticias de que se usaba como residencia de oficiales, sobre todo para jóvenes célibes que llegaban a nuestra ciudad y aún no vivían en cualquiera de las innumerables viviendas militares que se repartían por toda la ciudad, que tenía su entrada por la trasera del edificio y que también sus moradores contaban con otro privilegio, el de tener a su servicio a los conocidos como “machacas”, que entre otras faenas, se ocupaban de la pulcritud y brillo del calzado de la oficialidad, además de ser sus más fieles recaderos; destino que curiosamente tenía una demanda extraordinaria entre la gente de tropa y por el que se buscaban hasta importantes recomendaciones.

Una de las cosas que más nos atraían era la de su Sala de Armas, donde jóvenes, chicos y chicas, practicaban el viejo y noble deporte de la esgrima y que contó en determinadas épocas con hombres que llegaron a ocupar un puesto destacado en esta actividad deportiva, tanto a nivel nacional como internacional y que llevaron el nombre de nuestra Melilla por todos los rincones de la Península y por el mundo entero. ¿Cómo no recordar a aquellos héroes de nuestra infancia como lo fueron los Bossini y González Herrera? Además en una actividad tan añorada y practicada en nuestros juegos, emulando al Guerrero del Antifaz o al Capitán Trueno, con espadas improvisadas de madera, para convertirnos en espadachines como ellos y batirnos en duelo, hasta que en cualquier descuido o despiste, que la concentración y el cuidado no era buenos amigos nuestros, recibíamos algún espadazo en los nudillos de los dedos que siempre teníamos heridos y con postillas por diferentes motivos y que nos hacían ver las estrellas y soltar algunos tacos impropios de nuestros pocos años.

Envidiábamos a aquellos pequeños que se podían batir de verdad, con aquellas espadas, sables y floretes como los que usaba Robin Hood en la defensa de los débiles, en aquellas películas que nos hacían patear el suelo de madera cuando las veíamos. Envidiábamos más que el obligatorio traje blanco que debería resultar bastante incómodo y caluroso, la careta que como un colador cubría su rostro y que debía permitir ver al enemigo como a cuadritos.

Eso de ser espadachines les daba una cierta autoridad a los que practicaban este deporte. Claro que, a la hora de los juegos de calles, todo esto se olvidaba y cada cual se las arreglaba como podía y sin sujetarse a ninguna de las normas de dicho deporte. Existiendo los que usaban los mamporrros y mandobles a diestro y siniestro, imponiendo sus propias normas o los que eran tan escurridizos como los peces en el agua o el jabón en la bañera, que no había forma de tocarlos y siempre te convertías, por el contrario, en enorme diana para sus golpes.

También teníamos noticias de sus actividades culturales, que como las del otro Casino, no despertaban nuestra curiosidad; así como de sus fiestas, que serían similares a las del Español.

Era otra entidad elitista de nuestra ciudad, a la que no podía pertenecer cualquier ciudadano, que contaba con muchos privilegios y que curiosamente en nuestra población era vista con absoluta normalidad; quizás por el carácter castrense que siempre primó en la Melilla de entonces, en la del pasado y creo que también en la de ahora.

Con el paso de los años, es justo reconocer que recibimos toda clase de atenciones en nuestra exposición celebrada en su sala y sirva también como anécdota señalar que mi hermano mellizo fue de los que se sirvió de su sala de armas para pasar una estupenda mili. Claro que él tenía que ir de paisano y hasta con corbata a realizar su trabajo en aquel destino y cuando se licenció y les enseñó su cartilla verde a algunos de los oficiales que la frecuentaban, descubrieron que lo suyo no era afición a la esgrima, sino el cumplimiento de su deber con la Patria.

Una gran diferencia con el Casino Español, me daba la impresión, era la de que éste era lugar de encuentro de las consortes de los militares; en tanto que en el otro primaba casi exclusivamente el varón. Así que no es de extrañar que cuando se puso de moda el bingo, que no era otro juego que el de la vieja lotería que se jugaba en todas las casas española, pero en versión americana, en torno al mismo se reunieran ellas para pasar la tarde y ganar algunas pesetillas. Mientras que los serios varones departían amigablemente y se contaban sus batallitas, nunca mejor dicho.


94.- Un actor: JOSÉ TALLAVÍ

Poco sabíamos de pequeño acerca de este personaje melillense, que no fuera que se dedicaba al teatro por su condición de actor y que debió ser importante para que las autoridades de la ciudad le otorgaran el honor de nominar con su apellido una calle, que además era bastante frecuentada por nosotros por múltiples razones.

En ella, por ejemplo, vivió con su familia uno de nuestros mejores amigos, Pacoli, el que siempre sería para orgullo y satisfacción suya y de todos, el hermano del gran Pepillo, cuando dejó el barrio Obrero. A su casa íbamos muchas tardes, así que transcurríamos por ella con mucha asiduidad por esta razón; aunque con la curiosidad de que en lugar de andar el camino del la Casa de Socorro y pasar por debajo del puente del cargadero del mineral, preferíamos ir por la travesía que había entre los Bloques Orgaz y la Plaza de Toros, subir el monte de San Lorenzo, atravesar las vías del tren de las minas del Rif y descender, casi por senderos de cabras, con las que nos encontrábamos a veces, para dar con la mencionada calle. Aquella que recorría el terreno entre la Plaza de España y el puente, al que conocíamos como grande, del General Marina.

Era también una calle que teníamos obligatoriamente que cruzar para ir a nuestra playa, en donde realizábamos gran parte de nuestros juegos cuando el tiempo era propicio; unas veces gozando de los encantos de la orilla del mar, de aquellos bloques del cargadero, de su dorada arena y tranquilas aguas o de su parte más cercana, posiblemente de relleno, donde celebrábamos numerosos encuentros de fútbol, porque terreno había para algunos campos donde practicar este deporte.

Esta misma calle era la que cogíamos en nuestro ir y venir, cuando el andar no nos pesaba, al cine Perelló; ya que no siempre hacíamos uso de la COA y se convertía en un auténtico paseo.

Con el crecer, la referencia de este hombre ya no sólo es la de la calle; pues empezamos a tener noticias de la existencia de una Asociación, por supuesto, relacionada con la dramatización, que también lleva su nombre e incluso nos relacionamos puntualmente con sus miembros cuando se embarcan en la puesta en escena de algunas zarzuelas, en las que nosotros colaboramos con la ejecución de sus decorados. Conocemos así a algunos de sus componentes y sabemos de su quehacer en nuestra ciudad.

Creo que dicha Asociación hoy se encuentra ubicada en la conocida Casa de los Cristales y que sigue viva, dedicándose a la actividad teatral como ocurría por aquellos años ya tan lejanos y haciendo honor al nombre de este actor ilustre de nuestra ciudad, casi un desconocido para los melillenses, como fue José Tallaví Villalobos.

Mi curiosidad y mi afición al teatro, pues hasta incluso me atrevía a escribir algunas piezas dramáticas y a dirigir alguna que otra obra, me llevaron a interesarme por este personaje y a conocer algunos detalles de su vida.

Fue el 1 de abril de 1916 cuando la Junta de Arbitrios aprobaba el dar su nombre a una calle de la ciudad, como homenaje y reconocimiento a su labor artística, ya que hacía algo más de un mes, como siempre suele ocurrir, lo de acordarnos de la gente cuando ya se ha muerto e ignorándolo en vida, que había fallecido, concretamente el 20 de febrero, en Madrid.

Las noticias sobre su nacimiento parecen contradictorias, ya que algunas personas del mundo del teatro lo situaban en la capital malagueña y otros en el Peñón de Vélez, por la condición de preso de su padre y el que pudiera encontrarse en dicho lugar, dada la condición de estos lugares del norte africano, incluyendo nuestra ciudad vieja, como presidios de España en África. También podría asociarse por similitud al hecho de que su madre, doña Ana Villalobos, fuera natural de Vélez Málaga y que sólo tuvieran en cuenta la primera palabra de dicha población de la Axarquía malagueña.

En los últimos escritos aparecidos en torno a su biografía parece existir la coincidencia de que nació el 18 de noviembre de 1876 en una cueva existente bajo la que fue Comandancia de Ingenieros, en el conocido Callejón del **** de nuestra ciudad vieja; aclarándose lo de que en el registro apareciera la calle San Miguel en contraste con la placa colocada en la vivienda del Callejón del ****, en que la entrada de la misma fuera por éste y que la cueva en donde moraba en unión de su madre diera a la calle citada anteriormente.

Su padre, José Tallaví Ferrer, natural de Lérida, por razones que se ignoran estaba preso en Melilla cuando nació él, siendo trasladado en unión de su mujer e hijo a las Islas Chafarinas, otro de los lugares que servía de confinamiento, en donde nacería su hermano Antonio en 1879.

Algunos años más tardes su padre fallecería de la misma enfermedad que acabaría con él cuando sólo contaba con cuarenta años, demasiado joven. Su madre fija su residencia en Málaga y moriría en el año 1918 en la mayor de las miserias, dos años después que su hijo.

José Tallaví fue bautizado en la Iglesia del Pueblo, en la de Nuestra Señora de la Concepción.

Residiendo en Málaga se inicia en la actividad dramática en el conocido Café de Chinitas a los dieciséis años aproximadamente, formando parte posteriormente de grupos de aficionados y actuando en diferentes teatros menores de la ciudad. Pronto el éxito le sonríe, porque cualidades no le deben faltar y su nombre comienza a aparecer con asiduidad en las reseñas teatrales de la prensa malagueña de finales del siglo XIX.

Su inquietud artística le lleva a Madrid y en el año 1902 triunfa en el Teatro de la Comedia con la obra de los hermanos Álvarez Quintero, “Las Flores”.

Dos años más tardes el éxito le volvería a sonreír con dos obras, “El Aniversario”, de Arenas y Capús y “Las Vírgenes Locas”, arreglo de una pieza francesa llevado a cabo por Francos Rodríguez, que le permitió actuar en importantes teatros de provincias.

En 1908 inicia una gran gira por la América hispana. Comienza triunfando en Buenos Aires, el éxito le sigue igual que en España y culmina la misma en 1911 en Santiago de Chile. Toda esta fulgurante trayectoria le llevan a convertirse a su regreso a España, en 1912, en la primera figura de los teatros “El Dorado” de Barcelona y “El Español” de Madrid.

En 1913 es profeta en su tierra; tras una gira por Andalucía, desembarca en su ciudad natal, Melilla, actuando con notable éxito en el Teatro Reina Victoria; iniciándose con su paso una cadena importantísima de actuaciones de figuras y compañías destacadas del teatro español que llenarían el aforo de los teatros existentes por entonces en Melilla, como lo fueron el mencionado Reina Victoria, el Alfonso XIII, el Imperial y el Kursal. Lo curioso del hecho es que a José Tallaví se le reconoce en nuestra ciudad su mérito como actor y no por la circunstancia de ser melillense, que el público ignoraba en su mayoría.

Un año más tarde, en 1914, actúa en Lisboa y en Oporto, convirtiéndose también en el primer actor del teatro “Infanta Isabel” de Madrid. Ese mismo año viviría una experiencia inolvidable, en su gira por tierras andaluzas, recala en el Puerto de Santa María y organiza una representación para los presos del penal de dicha ciudad, a los que luego se les obsequió con una comida extraordinaria sufragada por él. Sería, sin duda, el sentido homenaje a su padre, recluso como aquellos en el penal de Melilla, imagen que tendría muy arraigada desde su niñez.

Es curioso como define el Espasa a nuestro actor, señalando que sobresalió en el drama y en la alta comedia. Indicando que en su trabajo hacía siempre un estudio concienzudo de sus papeles y que tenía un extenso repertorio, lo que le hizo brillar en sus campañas por España, Portugal y América.

Era tal su obsesión por preparar sus intervenciones con tanta minuciosidad que cuentan que para interpretar el papel de protagonista en la obra de Ibsen, “Los espectros”, estuvo muchos días visitando hospitales para captar el estado de ánimo de los enfermos.

Estrenó obras importantes como: “El Cardenal”, de Parkers y “Sor Simona”, de Benito Pérez Galdós, entre otras.

En 1916 acude a Valladolid para realizar algunas representaciones; pero su estado de salud es tan crítico que se ve obligado a regresar a Madrid. Cuentan que la enfermedad estaba en un estado tan avanzado que sólo ingería como alimento leche y agua azucarada. Estaba tan mal que hasta pensó quitarse la vida.
El regreso urgente a la capital de España, por el estado terminal en que se encuentra, le lleva al Hospital, siendo intervenido sin éxito, muriendo el 20 de febrero.

Como puede comprobarse, con el tiempo, este personaje para mí fue algo más que un simple personaje que se vio honrado con nominarse una calle en nuestra Melilla y el de prestar su nombre a una asociación cultural que giró en torno a su vocación y profesión; fue una persona que hizo bien su trabajo, que nació en Melilla y que pudo aún ser más grande si la inevitable muerte no se lo hubiera llevado tan pronto.


95.- Una asociación: LA GOTA DE LECHE

A lo largo de este centenar de razones varias veces me detuve en esta Asociación General de Caridad de nuestra ciudad, más conocida como la Gota de Leche, que tan magnífica labor llevó a cabo a favor de los más desprotegidos y gracias en especial a la tarea realizada por las que siempre y de un modo afectuoso llamamos las Hermanitas de la Caridad. Aquellas monjas que escondidas en el anonimato, renunciaron a ellas mismas y al mundo para entregarse a los niños y a los ancianos.

Para nosotros la Gota de Leche era algo muy familiar, sobre todo, porque estaba enclavada físicamente en las cercanías de nuestros hogares y porque lugares habituales de nuestros juegos lindaban con ella. Ocupaba en nuestra ciudad un amplio terreno y uno de sus muros la separaba de la nueva plaza de toros, la Mezquita del Toreo, como la llamaban algunos entendidos en el arte de Cuchares, al que nosotros no conocimos, pero que debió de ser un extraordinario matador. Otro de sus muros blanqueados y deteriorados siempre en su exterior por la misma erosión de los agentes climatológicos, por el abandono y por los efectos del polvo del mineral de hierro de los vagones procedentes de las minas del Rif que por allí circulaban, daba al monte de San Lorenzo, lugar muy frecuentado en nuestras correrías; aunque no nocturnas, porque aquello sin luz alguna era como la boca del lobo. Tapial que desheredados de la sociedad utilizaban para hacer a su amparo sus necesidades o que en caso de urgente necesidad servía para tal fin, en especial, cuando llegaba la oscuridad de la noche y por su escaso tránsito, ya que a no ser para jugar o para atajar el camino no conducía a ninguna parte.

El otro murete, en donde se encontraba la puerta que conducía a la Administración de Loterías, daba al barrio del General Aizpuru, el que la inauguró el domingo 24 de febrero de 1918, bendiciéndola el vicario don Miguel Acosta y encargándose del Gobierno de la Casa las Hermanas de Nuestra Señora de los Desamparados, que tenían como superiora a la Madre Esperanza. Y que se encaraba con el eucaliptal que era orilla ya del nuevo cauce del Río de Oro.

La fachada de entrada daba precisamente a nuestro presuntuoso río. Allí, en su interior se encontraba la Residencia de las monjas y de los internos, la capilla a la derecha conforme se entraba, en un gran patio y al fondo las clases. En ellas ejercí el magisterio un curso escolar, nada más terminar los estudios en la Escuela Normal y porque me llamó un buen amigo y compañero, Fernando Arjona, que ya llevaba otro curso allí, al producirse una vacante en su profesorado laico. Para mí, tengo que confesarlo, fue una experiencia muy enriquecedora, porque viví de cerca lo que no se puede uno imaginar desde fuera y porque estrené mi vocación en un lugar donde nada sobraba, más bien eran notables las carencias y con unos niños que te necesitaban de verdad, porque la vida era muy injusta con ellos.

Aquella institución que nació por iniciativa del Ateneo de Sanidad Militar, cuyo director facultativo era el médico don Paulino Fernández, que se llamó en principio la “Gota de Leche”, como ocurrió en otras tantas ciudades de España, pasó posteriormente a denominarse Asociación General de Caridad, cuando su Presidente era el General Monteverde, que ya lo había sido antes de la Junta de Arbitrios y al que se debe el encargo del proyecto de la Casa al ingeniero de la Corporación, don Tomás Moreno; aunque la mayoría de los melillenses la hemos llamado siempre por su nombre primitivo.

Tuve la suerte en mi cortísima experiencia docente en aquella bendita Casa de coincidir con una superiora, cuyo nombre desafortunadamente no recuerdo, aunque creo recordar que procedía de una rica familia de Guadalajara, la de los Pastranas y que abandonó todas las comodidades que le rodeaban para dedicarse a los demás; de la que conservo en especial el recuerdo de dos circunstancias que llamaron mi atención. Por un lado, su exquisita preparación y trato con todo el mundo y su empeño, aún más importante esto, de convertir a sus niños y ancianos en personas iguales a las del resto de la sociedad, no sólo en su aspecto exterior, sino en el interno; trabajando ingentemente para elevar la autoestima de sus criaturas y el prepararlos para la vida sin complejos. Era una mujer moderna y dispuesta a romper con muchas ataduras del pasado. No sé si conseguiría su objetivo, porque yo emprendí otros caminos pronto; aunque sí tuve noticias posteriores acerca de que se vio envuelta en incomprensiones, en dimes y diretes de gentes cortas de miras y entendederas y con otros intereses más bien bastardos y que nada tenían que ver con la auténtica caridad y que abandonó la ciudad, buscando posiblemente otro destino en donde poder seguir sirviendo mejor a los que ella eligió voluntariamente como suyos.

Yo sí pude comprobar como aquellos pequeños, rapados casi siempre y que eran paseados por la ciudad con sus babis grises o beiges como símbolo de una caridad de la de entonces, en filas de a dos, dieron paso a otros niños con pantalones cortos sin culeras, con calcetines de marca y zapatos gorilas, con camisas y jerséis de colores, que podían confundirse con cualquiera de nosotros o de los chavales que por entonces jugaban en la calle o en el mismo parque.

Tuve como alumnos a los externos y la historia aquí sí que era algo más triste; pequeños pertenecientes a familias, como se dice ahora, desestructuradas, con padres alcohólicos y enfermos, hijos algunos de prostitutas o con sus padres en la cárcel, creciendo entre la más brutal violencia, que en ocasiones ellos mismos padecían en sus propias carnes... ; culpables de nada y pagando las consecuencias ajenas. Sin embargo, guardo un gratísimo recuerdo de ellos; olvidé sus nombres y casi sus rostros, pero me enseñaron mucho de la vida. De verdad que nunca los olvidaré, ni siquiera a aquel que me robaba algunas perrillas que guardaba en el cajón de mi mesa de la forma más habilidosa, ni al otro que me hizo uno de los mejores regalos de mi vida.

Al primero, porque cuando descubrí aquellas insignificantes ausencias e hice las pesquisas necesarias para dar con el autor de los pequeños hurtos, si hubiera tenido que confeccionar una lista ordenada de todos los alumnos en razón de mi sospecha él hubiera ocupado el último lugar. La puerta de la clase se abría desde dentro y para ello a la altura de la palanca había una falta de un cristal en un pequeño cuadro por donde se metía la mano para conseguir abrir. Él caminaba por el pasillo botando un bolita y tenía tal habilidad, conseguida por infinitos ensayos, de introducirla por el hueco, aunque fuera acompañado por un compañero, entrando en la clase cuando esto ocurría para buscar y coger su bola y de paso llevarse algunas monedas, nunca todas, sólo las que necesitaba para sus chucherías. Hasta que un día uno de sus compañeros dijo que a Manolito se le había caído la bola en la clase y entró para cogerla.

Al segundo, porque aquel año cuando llegó el día de San José, mi onomástica, cuando todavía los socialistas no lo habían quitado del capítulo de las grandes fiestas de nuestro país, apareció en mi hogar una tarta, con una nota realizada con titubeante letra infantil en donde sólo se podía leer ”felicidades don José”. Supuse que pudo ser cualquiera de la treintena y pico de alumnos que tenía y no me equivoqué en ello; aunque lo que sí me llegó al alma, después de echarle una buena reprimenda y cariñosa a su autor en un tono adecuado para no herirle, fue el hecho de que había sufragado el coste de la misma con los míseros ingresos que había obtenido recogiendo cartones durante una buena temporada por las calles y llevándolos al trapero de turno que también se dedicaba a este negocio del papel y el cartón, explotando a tanto niño y adulto que malvivían con ello. Cuando llegó su día le recompensé igualmente; yo no lo hice amparándome en el anonimato y sus ojos abiertos al máximo y brillantes y con el silencio de su timidez, me agradeció el detalle, que seguramente sería de los pocos que recibió en sus desgraciada vida. Al día siguiente y aunque hacía ya un poco de calor, apareció en clase con aquel jersey de cuello alto que tanto le gustó, despertando la envidia de sus compañeros y sin decir nada de quién se lo había comprado, ya que a ese acuerdo llegamos y fue fiel a nuestro compromiso.

Allí pude ver de cerca el desvelo de aquellas monjas Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, que desde 1924 se habían hecho cargo de dicha Asociación, hacia los enfermos y ancianos; descubrí con la naturalidad con que los trataban, como si fueran algo muy suyos, el cariño que derramaban sobre ellos, su fortaleza física para manejar a algunos, su psicología para saber llevarlos; cualidades y habilidades que posiblemente vinieran de su compromiso con Cristo, decían ellas, a las que casi nunca les faltaba en sus rostros una sonrisa.

Sabíamos de las dificultades que tenían que vencer para seguir adelante cada día, ya que sus recursos eran limitadísimos, contando con los que obtenían de la generosidad de la gente y de aquella rifa, que hoy aún pervive en connivencia con la de la poderosa ONCE, cuyos beneficios estaban en razón de cómo se administrara; así como de ayudas públicas que posiblemente nunca faltarían; porque si las monjas sabían hacer bien su trabajo y con verdadero amor hacia los demás, también tendrían maneras para saber pedir como nadie a las Instituciones, con la tranquilidad de conciencia que no pedían para ellas, sino para tantos desgraciados que en nuestra ciudad tampoco faltaban.

Una rifa que tenía sus peculiaridades; entre las que se podía destacar el que los números fueran reconocidos por nombres propios; así los vendedores pregonaban a toda voz que llevaban al “abuelo”, la ”bruja”, la “niña bonita”, la “suegra”, la “muerte” o los “patitos”; en tanto que los habituales clientes los solicitaban también por los nombres en lugar de los números.

En la actualidad, tanto el edificio como su cerramiento ha sido remozado y se ha convertido en el Centro Asistencial de la Ciudad de Melilla. No sé si el problema de la escasez de vocaciones religiosas habrá disminuido el número de monjitas, de lo que sí tengo noticias es de que en 1996, hace pocos años, el Presidente de la Ciudad Autónoma de entonces, Ignacio Velázquez, entregó la medalla de Oro de Melilla a las Hijas de la Caridad, en reconocimiento a la extraordinaria labor realizada en nuestra población durante tantos años y siempre a favor de los marginados y abandonados de nuestra sociedad, de los más pobres y desfavorecidos.


96.- Un dramaturgo: FERNANDO ARRABAL

El melillense y universal escritor Fernando Arrabal, al hablar de su tierra de nacimiento en la obra “Melilla Ayer y Hoy”, escribe cosas como éstas:
“Nací dentro del casco amurallado de Melilla ¡La Vieja! A un paso del teatro (antiguo) y del antiguo faro..., para que desde la aurora alumbraran mi vida símbolos de mi vocación.”
“Melilla de hoy: plácida y mágica.”
“Corajudo don Pedro de Estopiñán...”
“Melilla en cuatro siglos se ensanchó renaciendo.”
“En 1929 el gobierno le da título de muy caritativa a mi ciudad.”
“Su capacidad de integrar en su seno sabiduría y conocimientos dispares.”
“Su tolerancia, elevada al rango de arte de vivir.”
Y señala para reafirmar lo anterior la existencia en nuestra ciudad de fiestas tan significativas para las comunidades que la conforman, tales como el Ramadán, el Yon Kipur, el Holim Hindú y la Navidad.
Con que sencillez y clarividencia resume lo que es su Melilla este personaje tan controvertido, que uno no sabe cuando lo ve o intenta escucharlo, si habla en serio, si está loco, si pretende quedarse con el personal, si está sometido a los efectos de algún alucinógeno, si es un humorista o un cachondo mental, si actúa como hombre de teatro que es o sencillamente que es así de especial. Lo que no plantea ningún género de dudas es que es un hombre inteligente, que consiguió ser alguien e importante dentro del mundo de las letras con alguna dosis de fortuna y toneladas de trabajo, que va por la vida de libre, que su radicalismo intransigente crea siempre polémicas en su torno originando defensores y detractores y que su producción dramática goza de más aceptación fuera de su país que en su compleja España.
Sin duda también, Fernando Arrabal, nuestro escritor universal, nace marcado por una compleja y difícil infancia que transcurre entre fenómenos tan dispares como el final de una República, una guerra civil y una dictadura, de la que jamás podrá escapar.
La última vez que lo vi en la televisión española, no sé si estaba bebido, empleando este eufemismo por no llamarle borracho al estado en que se encontraba, o interpretaba el papel que le exigía su guión personal. Sentí entonces una mezcla de vergüenza ajena y de admiración profunda, sin saber el porqué; quizás porque lo vi débil, aflorando en él el llanto de aquel niño que padeció lo indecible y necesitaba el cuidado que nunca tuvo, llamando la atención, como niño descarado y malcriado, de los demás contertulios e inmenso, al mismo tiempo, porque supo convertirse en el centro de atención de los sesudos intelectuales que lo tomaban a chufla, que sonreían, pero que no eran capaces por mucho que lo desearan de comportarse como él.

Fernando Arrabal nace en Melilla el 11 de agosto de 1932; es por tanto unos pocos años mayor que yo, coincidiendo por su edad más con mis hermanos mayores. Sus padres, Fernando Arrabal Ruiz, militar de profesión y Carmen Terán González, aparecerán reflejados frecuentemente en su obra, porque también ellos le marcaron y de forma muy diferente.

Fernando Arrabal, padre, era teniente del Ejército de Tierra. Cuenta algún biógrafo que era algo raro de carácter, pues había sufrido depresiones nerviosas y está destinado en Melilla cuando llega el 17 de julio de 1936, fecha en que para un republicano, como él lo era, se produce la rebelión del Ejército de África en aquella plaza del Protectorado Español en Marruecos. Por tal motivo es detenido y más tarde juzgado y condenado a muerte; aunque la pena ésta sería conmutada un año después por la cadena perpetua. Contaba su esposa que el día que vienen a buscarlo a su casa estaba enfermo y por ello no había acudido al cuartel y un ordenanza se presenta con la orden de que se incorpore inmediatamente al mismo. Aquella tarde las tropas ya están en las calles de Melilla, incorporándose él al cuartel para ya no volver a su casa.

Con cuatro años, Fernando Arrabal, hijo, seguro que no tendría evidentemente conciencia de lo que estaba sucediendo en el seno de su familia, que comenzaba a sumirse en una situación impensable hacía poco, rota y que luego aparecería a través del teatro del absurdo de manera permanente en su producción dramática.

La familia Arrabal pasa en principio a Ceuta, en donde el padre ha sido llevado al ser condenado a muerte. Gracias a la ayuda de un comandante jurídico, su madre consigue que trasladen a su marido a la cárcel de Ciudad Rodrigo; viajando ella con sus tres pequeños a aquella población donde residía su familia.
¿Qué pensaría aquel crío que aún no ha cumplido cuatro años, de tanto ir y venir de un lado para otro y sin aparecer en tanto ajetreo su padre?

Con cinco años es alumno de las teresianas en un colegio de Ciudad Rodrigo, iniciándose su educación dentro de esas coordenadas propias de la época, como eran la exaltación de lo religioso y el autoritarismo, que le acompañará en un largo periodo de la misma.

Posteriormente, el padre es trasladado a la prisión de Burgos y la madre se instala en Madrid, trabajando como secretaria en los Ministerios.

Nuestro personaje se encuentra ahora, cuando empieza a tener conciencia de su realidad, sometido a un doble mensaje, el del padre preso por el nuevo régimen y al de la madre convertida en funcionaria del mismo y siempre en un marco, el madrileño, que como ocurría en tantos rincones de nuestro país, envuelto en la lucha por la supervivencia.

Son años en los que la situación económica de España es tal que hace brotar la figura del mercado negro del estraperlo, del que se aprovechan unos muchos desaprensivos para enriquecerse brutalmente; incluso existen altos cargos civiles y militares que se olvidan pronto de los ideales de salvación entrando en este bastardo juego. La madre de Fernando, como tantas miles de madres españolas, que soportan la economía familiar porque los hombres están en el frente por causa de aquella absurda guerra, como todas las guerras, fratricida, que es aún peor, hace también su mínimo estraperlo y cambia aceite por huevos y engaña a la Compañía de Electricidad instalando un aparatejo para eliminar gastos y con estas y otras cuestiones poder sobrevivir y evitar el hambre de sus tres criaturas. Sin olvidar por ello en casa los principios y valores de su clase y con la rigidez que puede.

Así que nuestro Fernando sigue aprendiendo de forma práctica la relatividad de todo; otro mensaje doble, el de querer ser y no poder.

Tan sólo hay en su infancia algo que no tiene doblez y que influiría de forma importante con el paso de los años en Fernando Arrabal, es la ausencia del padre, preso por ideas políticas; cosa que se convertiría en tabla de salvación para él, pues le explicará muchas cuestiones acerca del funcionamiento del mundo real. Cuando se interesa por las causas de la desaparición definitiva de su padre, le informarán que se escapó del hospital, donde había sido ingresado por una depresión nerviosa, en la noche del 28 de enero de 1942, en pijama, con un metro de nieve en la zona de Burgos.

Y cuando se entera de verdad y tiene clara conciencia de la causa de la muerte de su padre se irá empeorando la relación con su madre. De nuevo se ve atado a otra dualidad, que ahora se la construye él mismo. En un lado queda su madre y el franquismo, en el otro su padre desaparecido con sus ideas rotas. Para él, el mundo de su progenitora incluirá el franquismo, la traición, la mentira, lo sucio, todo lo que odia, que reflejará subliminalmente en su obra. Por el contrario, el mundo paterno incluirá el antifranquismo, lo bello, la utopía, la verdad y la fidelidad, del que brotará el amor que igualmente aflora en su producción teatral. Con la diferencia también de que el mundo materno lo ha experimentado realmente; en tanto que el del padre responde a ensoñaciones, ya que nunca fue real en su existencia.

Curiosamente, por indicación de su madre y aunque él carecía de espíritu militar, en 1947, inicia su preparación para ingresar en la Academia General Militar. ¡Qué disparate! Cuentan algunos que en lugar de ir a clase se pasaba horas y más horas en las salas de cine de sesión continua, descubriendo por entonces el cine cómico americano y admirando especialmente a los Hermanos Marx. En ellos encuentra la fórmula de acabar con las estructuras restrictivas de los convencionalismos sociales a través del humor, la ironía y la inocencia. Esto le lleva a un lenguaje sencillo, lleno de frescura inocente, a una mezcla de personajes mitad adultos y mitad niños, en donde basaría su universo imaginario.

Y se va convirtiendo en un “niño terrible”.

Su madre descubre que no acude a las clases y se origina otro gran drama familiar. Descubriendo éste además cartas y recuerdos de su padre, que su madre se había esforzado continuamente en que no llegaran a sus manos y rompe definitivamente con ella.

Llegó a estudiar en la Escuela Teórica-Práctica de la Industria y Comercio del Papel en Tolosa (Guipúzcoa); después termina el bachillerato en Valencia y vuelve en 1952 a Madrid, donde sigue sin aguantar el ambiente familiar.

Su formación cultural puede decirse que la adquiere de forma autodidáctica y se inicia en el Ateneo de Madrid. Allí se relaciona con viejos intelectuales liberales y con jóvenes, que como él, no se conforman con la situación del país. Es un devorador de libros, se lo lee todo.

En 1955 consigue una beca para pasar tres meses en París y ya no regresará nunca. Cuando la beca está a punto de concluir enferma de tuberculosis y es ingresado en el sanatorio de Bouffemont en febrero de 1956 y operado el mismo año en el hospital Foch, de Suresnes.

En 1958 se casaría con Luce Moreau, que será luego profesora de la Sorbona y una excelente traductora, ocupándose de traducir al francés la obra de Fernando Arrabal, que siempre ha escrito en español.

Aquella aventura que comenzó tan mal, enfermo, hablando mal el francés, siendo un total desconocido, rodeado de personas marginadas como él mismo, en compañía sólo de exiliados españoles..., no le desaniman y un día se produce el milagro y todo empieza a cambiar. Encuentra el apoyo de Jean Marie y Geneviève Serreau; siendo ésta la que escribe el primer artículo importante sobre el autor en “Les lettres Nouvelles”, bajo el título de “Arrabal, un nouveau style comique”, en 1958. En tanto que Jean Marie estrena su primera obra en Francia “Pique-Nique en champagne” un año más tarde, en 1959. Consigue entonces firmar un contrato con la Editorial Julliard para la edición exclusiva de toda su obra dramática, que continuaría Bourgouis, cuando aquella desaparece. En 1962 entra en contacto con el grupo surrealista de André Breton; hasta que comete el atrevimiento, por no estar de acuerdo con los métodos y criterios de éste, de crear su propio grupo, el “Pánico”, no tomándolo demasiado en serio; sino teniéndolo como una disidencia del anterior.

Como él ha contado varias veces en televisión, la última vez, por ejemplo, en el programa de Jesús Quintero “Ratones Coloraos”, en 1967 es encarcelado en Carabanchel por causa de una dedicatoria, que no podía ser de otro nada más que de él; pues firmando ejemplares de su novela “Arrabal celebrando la ceremonia de la confusión” en la desaparecida Galerías Preciados de Madrid, un joven se le acerca y le solicita una dedicatoria que incluyera una blasfemia y así lo hace, se le va la pluma y el anterior lo denuncia. Todo el proceso se convierte en una farsa y se libra gracias a su mujer, que se encarga de buscar las oportunas ayudas, y a la presión nacional y extranjera contra causa tan ridícula. Esta experiencia carcelaria y la solidaridad de los presos políticos y amigos, le permitirán descubrir las limitaciones del individuo frente a los procesos sociales y la necesidad de la aparición del sujeto colectivo, salvando desde entonces a sus héroes del fracaso total, al negar la realidad, escapando de ella o transgrediéndola. Arrabal descubre que no es suficiente incluir a otros en su ceremonia particular, abandonando su problemática como centro del mundo; sino que su teatro debe ser la ceremonia de los otros.

Como consecuencia de sus reiteradas declaraciones antifranquistas, de las descripciones que hace del mundo carcelario en sus obras, de su colaboración con los partidos contrarios al régimen y de su famosa Carta al General Franco, enviada en 1971 y publicada un año más tarde, toma conciencia de ser un exiliado real, sintiéndose preso para España y libre en el mundo.

Hasta que con la llegada de la democracia puede circular por el país como cualquier otro ciudadano, tomando contacto con la tierra que nunca dejó de amar, incluyendo a su Melilla, cuyas raíces, las suyas, se han extendido por los aires y vientos más crudos y diferentes del mundo.

Lector empedernido y escritor incansable, polifacético del arte, como lo demuestra en su aportación a muchas de ellas. Se atreve con la ópera y escribe tres, dos de ellas ya estrenadas en Alemania, publica novelas y poemas, libros de biografías y de